Superado el límite finisecular del siglo XX, cabría obtener alguna conclusión en referencia a las disfuncionalidades del neoliberalismo. La implosión del Consenso de Washington tras la crisis en América Latina a finales de la década de 1990, evidenció los síntomas de agotamiento del experimento y los obstáculos objetivos de una política del hambre y de la muerte. Tras la caída de la oposición “orden neoliberal-desorden hiperinflacionario” se empezó a plantear el apremio por avanzar hacia una era postneoliberal.202 Las crisis financieras cíclicas entre las que se arrastró el
pasado siglo elevaban al rango de obviedad señalar los riesgos perturbadores del incontrolado flujo financiero. En sentido análogo, ante las fracasadas esperanzas guardadas en un bienestar proveniente de la adquisición creciente e ilimitada de satisfacciones perecederas, debería ser igualmente innecesaria la significación del consumo como un dispositivo de dominación.
No obstante, ni una ni otra conclusión resultan factibles. Para explicar dicha imposibilidad cabría denunciar que los sujetos de las sociedades opulentas solo reaccionan ante la incomodidad inmediata que se les enrostra. El sufrimiento ajeno, y más aún, el de un otro que está más allá de los círculos personales más íntimos, desaparece a la velocidad del zapping. Sin embargo, resulta determinante advertir que el éxito del neoliberalismo radica en impedir la reacción ante la más salvaje de las dolencias personales. Los individuos asumen la racionalidad suicida de entregarse dóciles a los juegos de un mercado-coliseo que se beneficia-divierte al observarlos perseguir en la dirección equivocada un queso que no existe. La parábola ¿Quién se ha llevado mi queso? de Spencer Johnson, además de venderse por millones, explica cómo y por qué se debe perseguir el queso prometido. Mantiene viva la fantasía del final feliz anhelado, al tiempo que elabora el razonamiento que da sustento a su renuncia. Celebra que el pequeño ratón del cuento continúe a la
202 BORON, Atilio A., “El pos-neoliberalismo: un proyecto en construcción”, en La trama del neoliberalismo.
Mercado, crisis y exclusión social, (Buenos Aires: CLACSO, 2003); KARCZMARCZYK, Pedro, “Democracia y
caza de más queso aunque disponga de un depósito lleno. No sea cosa, razona Johnson, que un viraje en la situación lo tome desprevenido. Mientras tanto ridiculiza a aquellos que se preguntan quién es el responsable de la promesa incumplida.
Este juego entre realidad y paranoia se desarrolla sobre la base de dos imperativos simultáneos y contrapuestos. En primer término, se impele a abandonar la apetencia por entender. El neuroliberalismo requiere que los sujetos abracen el ideal de dejar que las cosas pasen por sí solas. El equilibrio del sistema económico adquiere la formulación de un artículo de fe. El mito del
laissez faire se actualiza de un modo perverso: poco importa que la búsqueda de equilibrio
económico se alcance allí donde la “selección natural” descarte a los menos aptos en la lucha por la supervivencia. El fracaso en la lucha por la acumulación de capital humano no inculpa a los que sí han logrado dicha hazaña, tan solo denota la “incapacidad cerebral” para “regentear con éxito una empresa mercantil”.203
El segundo imperativo se dirige en sentido contrario. Mientras los individuos de a pie deben persistir en su rezo según la teología del laissez faire, los magnavoces del neoliberalismo pregonan que el Estado debe emplear toda la fuerza necesaria para imponer el sistema económico recortado al molde de las corporaciones o de las minorías egregias que sí saben qué es ser libre. De ahí que no se reduzca a la mera casualidad que esos magnavoces hayan sonado con especial estruendo en países cuyas democracias fueron raptadas por dictaduras cívico-militares. Hemos dicho que la noción de capital humano convierte a los sujetos en empresarios de sí. Artilugio por el cual se “tolera” la ausencia política de la democracia. En tanto los individuos dispongan de capacidad de consumir sus satisfacciones –afirma el neuroliberalismo–, la forma democrática del mercado opera como bálsamo reconstituyente de las heridas morales que ocasione el contubernio con la dictadura de turno.
En el desarrollo del libro hemos explicado cómo la característica sustantiva de esta connivencia no consiste en una moralina técnica que “mira para otro lado”. Muy por el contrario, la asistencia neuroliberal a las dictaduras –sean estas militares, cívicas o financieras– parte de la concepción degradada de la justicia y la democracia. Susan George en Informe Lugano escenifica la intrínseca relación política que aquellos orquestan entre gobernar y acallar a las mayorías. El riesgo de una ciudadanía hablando en voz alta reside en que llegue a considerar oportuno pensar por sí misma e intentar corregir aquellas disfunciones políticas y económicas que la perturban.
Para enfrentar el riesgo innato de cualquier pluralismo se emplea un argumento idéntico en relación con el mercado. El neuroliberalismo denuncia que la defensa “clásica” de la capacidad de elección –equivalente a salvaguardar la soberanía del consumidor– incurre en la equivocación de
renunciar al bienestar. La mayor eficacia económica y técnica de un mercado gobernado por unos pocos, afirman, produce mayor capacidad de satisfacción que la competencia entre muchos. El gobierno oligárquico, ya sea de la economía o de la política, promete un bienestar al que no se ha de renunciar, salvo por inferioridades atávicas. Podría refutarse afirmando que la Escuela Austríaca o la de Friburgo abogan por un nivel menor de concentración económica. Sin embargo, la ortodoxia de esas escuelas no protege al pluralismo ya que lo oculta tras un gendarme burocrático. El discurso republicano formalista sirve para identificar en la tecnocracia a los anunciantes calificados de la tolerancia social a la pobreza extrema, al tiempo que sostiene la intangibilidad de la libertad de mercado. La intervención en el mecanismo de la “selección social” queda así vedada. Entretanto, la asignación de responsabilidades y la ruptura del consenso técnico se equiparan al autoritarismo: recurso “indecente” al que propenden los populistas.