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III. El debate político

3. Las ideas aristotélicas

La posición de Aristóteles respecto a los problem as sociales del siglo IV suele ser crítica, pero sus soluciones, aunque son m enos radicales y riguro­ sas que los proyectos platónicos, pe­ can asim ism o de u n cierto idealism o o, al menos, de ser tan inviables com o las del autor de la República. Por lo que hace al co m ponente h u m an o , la

Las condiciones de la Polis en el siglo IV y su reflejo en los pensadores griegos 49

Crátera ática

(Comienzos del Siglo IV a. C.) Museo Nacional de Atenas

50 Akal Historia del Mundo Antiguo

Los defectos de la Constitución espartana según Aristóteles

Pero d e sde el m om ento en que el estatuto de las m ujeres no está bien d e fin id o pa re­ ce, c o m o ya m en cio né anteriorm ente, que no sólo se genera una cierta in con sistencia entre el p ro p io sistem a político y sus p o s ­ tulados, sino que gana más aceptación la estim a por el dinero. Sin du d a después de lo que venim os de exp on er cabría dirig ir rep roch es a cuanto suscita irre gularidad es en la pro p ie d a d ; de hecho ha su c e d id o que una parte de la po blació n ha a d q u irid o un pa trim on io enorm e, pero el del resto es c om p le ta m ente exiguo: por esta razón el territorio se ha qu e d a d o en po de r de p o ­ cas personas. Y este p ro blem a tam bién se halla de fectuosa m en te co n te m p la d o en las leyes: pues se d e c la ró ilícito co m p ra r o vender el lote perteneciente a cada uno, lo que con stituyó un acierto, pero se o to rg ó a quien lo quisiera facultad para hacer d o n a ­ ción o c on cesión del m ism o; a la postre por cua lq u ie ra de estos dos m edios se d e ­ rivan fo rz o s a m e n te ig u a le s c o n s e c u e n ­ cias. A dem ás, casi dos quintas partes de todo el país son pro p ie d a d de m ujeres, puesto que existen m uchas herederas ú n i­ cas y se ha hecho entrega de gra nd es d o ­ tes. Desde luego m ás valdría haber d is ­ puesto la supresión de la dote, o bien haber señalado una dote escasa o incluso m o d e ­ rada: la legislación vigente autoriza a de s­ posar a la heredera única con quien se d e ­ see, y si uno fallece sin haber de term in ado nada en el testam ento, la persona a la que

ciudad ideal de Aristóteles está más cerca de la de las Leyes, pero con b a s­ tante flexibilidad en las co ncepcio­ nes. El núm ero de h ab itan tes d ep e n ­ derá de cada situación y deberá estar en co n so n an cia con la propia au to su ­ ficiencia, p o r lo que se acaba propug ­ nando m ayor libertad y m argen de nacim ientos. Las b arreras entre go­ bernantes-filósofos y guerreros-guar­ dianes no las m arcará la estricta per­ tenencia a distintos grupos sociales, sino el hecho natu ral de la edad de cada uno de los ciudadanos, que p or supuesto no deben ocuparse de n in ­ guna actividad económ ica ni trabajo m anual. M ientras sean jóvenes d e­ fenderán al estado con su fuerza y vi-

deja por heredero puede entregarla a quien prefiera. Así pues, au nq ue el territorio p o ­ see recursos para proveer a las ne ce sid a ­ des de mil qu inientos cab allero s y de tre in ­ ta mil hoplitas, los espartiatas form an un g ru p o inferior a mil. La pro pia realidad ha puesto en cla ro que esta serie de m edidas no les p ro c u ró ningún bienestar: pues la p o b la c ió n no ha s up era do ni siq uié ra un em bate, sino que se extinguió po r la e s c a ­ sez de hom bres. Cuentan que en la é p oca de los prim eros reyes hicieron a más gente partícipe de la ciudadanía, de suerte que e n to n c e s jam ás c a re c ie ro n de ho m b re s aun c u a n d o hubo con tinu as guerras; y d i­ cen que en otro tiem p o eran hasta diez mil los espartiatas. Pero no im p orta si tales historias son o no auténticas, pues la m ejor s o lu c ió n consiste en m ultiplicar el censo de c iu d a d a n o s por el sistem a de im p ed ir d e sig u a ld a d e s en la p ro pieda d. La ley re­ lativa a la p ro crea ción contraría asim ism o la po sib ilidad de esta reform a. Porque en su an helo de que los espartiatas fueran m uy num erosos el legislador e m p uja a los ciu d a d a n o s a e n ge nd ra r la m ayor cantidad de hijos: y en efecto, rige en Esparta una ley según la cual quien hubiera p ro d u c id o tres hijos qu ed a exento de salir en e x p e d i­ ción, y el padre de cua tro es d e c la ra d o in ­ m une de cu a lq u ie r c o n trib u c ió n . Sin e m ­ ba rgo resulta visible que al crece r la p o b la ­ ción, m ientras que el país sigue repartido de aquel m odo, surgen por fuerza n u m e ­ rosos pobres.

Aristót., Pol. II 1270 a 11 ss.

gor, cu an d o alcancen la vejez gober­ n a rá n auxiliados p o r la p ru d en cia y su experiencia, lo que les perm itirá co m p ren d er el carácter de los guerre­ ros, en cuyas filas form aron d u ran te su juventud.

D esde el p unto de vista social A ris­ tóteles acepta la realidad y las desi­ g u a ld a d e s que p re se n c ia en tre los griegos, pero se esfuerza en h a lla r a l­ guna contención para evitar que las diferencias no p u ed a n n u nca conver­ tirse en abusos excesivos. Así, todos los m iem bros de la ciudad, toda la co­ m un id ad , debe tener, sean ricos o p o ­ bres, vivienda y sub sisten cias, pero adem ás conviene que existan unos te­ rrenos públicos con cuyo rendim ien-

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to cu b rir las necesidades com unes y socorrer, sobre todo, a los más pobres.

Para que la ciudad de Aristóteles fu ncionara se requería una serie de instituciones adecuadas. Desde a n ti­ guo existía una clara distinción entre el m onarca y el tirano, entre la b uena o m ala oligarquía, entre la acertada o incorrecta dem ocracia, com o las tres únicas form as posibles de gobierno; en los tres casos era la sujeción o no a las leyes la línea que m arcaría la dife­ rencia. El acceso a las m agistraturas que recom ienda Aristóteles está liga­ do. en todos los casos, a una buena posición económ ica y social del c a n ­ didato en cuestión, tendencia que se h ab ía acentu ado cada vez m ás a lo largo del siglo IV.

Sin em bargo, ese grupo social esco­ gido d estinado a g o bernar o a aconse­ ja r a los futuros reyes —com o sucedió con los m onarcas helenísticos— debe tener unos principios m orales y filo­ sóficos que le perm itan llevar a cabo u na lab o r de purificación de la ciu ­ d a d . S ig u ie n d o el e je m p lo de su m aestro y de la A cadem ia. Aristóteles establece el Liceo com o lugar de difu­ sión de estas ideas, que cabría com ­ p a ra r con los ideales h um anistas del siglo XV y con los principios d efendi­ dos. m ás tarde, p o r los ilustrados.

4. La interpretación de los

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