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industrial por la vía de la elevación de los salarios, la única solución eficaz al problema de la demanda ha sido su recomposición por vía financiera, es lo que aquí llamamos keynesianismo financiero o de precio de activos.

Por último, en este epígrafe se dedica también un importante lugar al otro gran elemento de articulación de las soluciones financieras: el territorio y los mercados inmobiliarios. La solución espacial ha sido el perfecto complemento, y para el caso español el gran instrumento, de los procesos de financiarización.

¿Qué fue y qué queda del neoliberalismo?

Desde que en los años ochenta triunfase una concepción ideológica del papel económico del Estado como un mero garante jurídico de las operaciones de un mercado «autorregulado», se ha ido formando un sistema de dominio de clase, que ha sido conocido bajo el paraguas omniabarcante de neoliberalismo. El término

neoliberalismo recubre una serie de prácticas económicas, de distinto alcance, bajo

un manto de fuerte espesor ideológico, y siempre con mucha mayor eficacia política que homogeneidad doctrinal. Los distintos significados del concepto en los países capitalistas avanzados —en los países pobres y emergentes la tipología sería distinta, aunque el sentido de dominio de clase sería semejante— deben ser analizados para intentar comprender qué persiste y qué se ha transformado dentro del modelo económico y social dominante en los últimos veinte años.

Para entender la naturaleza del cambio operado en las políticas públicas resulta indispensable despojar al término neoliberalismo de las connotaciones que lo refieren a la no intervención estatal1 en los asuntos económicos. Es preciso enmarcar

el neoliberalismo dentro de la misma estrategia de dominio de clase basada en la redistribución del producto social hacia las fracciones superiores de la clase capitalista. Como se sabe, el aprendizaje político de las elites capitalistas durante los años posteriores a la crisis de 1973 estuvo centrado antes en el perfeccionamiento del control del Estado, de sus grandes instituciones financieras y de su política macroeconómica, que en su mero abandono a

1 Como se verá repetidamente y de manera más específica a lo largo de este libro, hablar de una recuperación de la posición del Estado en el proceso económico, no implica una vuelta a una concentración visible de poder en manos de un foco único de acción estatal. Antes al contrario, las estrategias de intervención pública en el proceso de acumulación se benefician enormemente de la dispersión y descentralización de las formas de poder político en distintas escalas y entre distintos agentes. El aire nebuloso que acompaña a la descentralización de la toma de decisiones suele favorecer una imagen de reproducción automática de los mecanismos económicos, muy conveniente para la eficacia simbólica del discurso neoliberal de la no intervención.

la libertad de los mercados. El objetivo último era la articulación de una solución financiera a la crisis de rentabilidad de los circuitos económicos convencionales. Y el instrumento fue un obvio reforzamiento de lo que Marx definió como la posición del «capitalista en dinero» (geldkapitalist).2

La emergencia histórica, y posterior hegemonía, del capitalista en dinero, ha estado asociada a la separación originaria entre propiedad y gestión que sirvió de punto de partida para el modelo de reparto del plusvalor del compromiso keynesiano. Si el modelo monopolista implicaba una alianza de clases entre el geldkapitalist y el capitalista industrial, constituida desde las posiciones respectivas del propietario y el gestor,3 para el reparto del plusvalor generado en los ciclos industriales; el

neoliberalismo implica la ruptura de esta alianza por la parte de la propiedad y la progresiva construcción de un gigantesco mercado de títulos de propiedad relativamente independiente de los ciclos industriales.4 Tal y como hemos visto,

esto es lo que la tradición marxista denomina capital ficticio. En términos históricos, el triunfo de las finanzas ha supuesto la canalización de un porcentaje creciente del plusvalor y de los flujos primarios de interés5 hacia las finanzas; amplificando

el poder de los propietarios sobre el capitalista industrial. La duplicación de la estructura económica entre capital real y capital ficticio, implicaba la aparición de toda una nueva clase de gestores estrictamente financieros, concebidos desde los parámetros e intereses del nuevo dominio de clase.

Siguiendo con este esquema simplificado del poder de clase,6 la nueva

política de intervención neoliberal se ha venido fraguando bajo la forma de una incrustación de un conjunto nuevo de gestores financieros en los distintos

2 G. Dumenil y D. Levy, La finance capitaliste: rapports de production et rapports de classe, disponible en www. jourdan.ens.fr/levy

3 Según la formulación marxiana clásica, la posición del capitalista industrial se define por el ciclo D-M-D’, mientras que la posición del capitalista en dinero se define por el ciclo D-D’. «Es en el capital a interés donde la relación de capital toma su forma más externa y fetichista. Aquí nos encontramos con D-D’ dinero que engendra más dinero, valor que se valoriza a sí mismo, sin el proceso intermedio entre ambos extremos». K. Marx, El capital, México, FCE, 1959, libro III, p. 373. 4 Una de las críticas clásicas al espejismo de la «riqueza» que genera el sistema financiero, consiste en denunciar ésta como un espejismo provocado por la doble contabilidad que se deriva de que el capital ficticio sea contabilizado efectivamente como riqueza y sus títulos de propiedad asuman funciones de dinero, dando derechos de «señoreaje» a las instituciones financieras frente al resto de la estructura económica.

5 Estos flujos parten directamente desde los salarios hacia las distintas modalidades de la propiedad financiera, y conforman la vertiente monetaria de la acumulación por desposesión. G. Dumenil y D. Levy, La finance capitaliste, op.cit.

6 Hablamos de clases dominantes en un sentido restringido pero pertinente, según la posición de los grupos en los mecanismos de distribución social del plusvalor. Aunque no sea una traducción automática esta posición guarda una relación estrecha con la posición de las clases en la producción. Somos conscientes de las limitaciones de esta definición a la hora de hablar de clases en un sentido pleno.

estamentos del mando capitalista. Éstos representan el actual geldkapitalist,

cuyos intereses se han extendido a fracciones cada vez más amplias del cuerpo social. La apuesta política por la extensión y la profundización de la financiarización hasta los rincones más recónditos de la vida cotidiana, señala simplemente el poder de esta nueva clase capitalista.7

A las primeras manifestaciones de este nuevo dominio de clase, desde sus comienzos thatcherianos hasta los programas de estabilidad de principios de los años noventa, se les ha venido llamando neoliberalismo tout court. Precisamente en esos años, un programa de reformas de los principales Estados capitalistas acabaron por determinar el objetivo explicito de consolidar institucionalmente las subidas de la tasa de beneficio por medios propiamente financieros. Conviene recordar que la disolución de las políticas institucionales del keynesianismo se produjo durante los años ochenta a velocidades muy distintas y con un impacto geoeconómico muy diferenciado. Si Reino Unido entró de lleno en el desmantelamiento de las políticas del ciclo de postguerra, Alemania y los países nórdicos reorientaron su gasto público hacia nuevos objetivos y los Estados de los países periféricos, además de Francia, incrementaron el gasto público agregado.8 La resistencia del gasto social

a decrecer rápidamente en Europa contrasta, sin embargo, con la rapidez y unanimidad con que se impuso el control salarial, que fue el motor real, aunque limitado, de la recuperación de la tasa de beneficio en los años ochenta. El nombre neoliberalismo hace referencia, pues, al discurso ideológico que unificó simbólicamente estas prácticas económicas bajo una referencia explícita a la esencia del capitalismo industrial decimonónico. La paradoja de esta referencia, situada en un momento mítico en el que supuestamente la acumulación de capital era «sencilla» y daba pocos quebraderos de cabeza, es que el neoliberalismo ha operado desde una lógica completamente diferente, encauzada precisamente a favorecer la articulación del beneficio financiero antes que el industrial. La formación de la hegemonía neoliberal es bien sabida. Fueron las instituciones transnacionales del Consenso de Washington (el FMI, el Banco Mundial y, en el caso que nos ocupa, la OCDE) las encargadas de proporcionar el recetario, el discurso y una supuesta dimensión global —que no soporta, por otra parte, un análisis a fondo— de las nuevas prerrogativas de intervención económica. Los principios eran sencillos: los Estados debían reducir sus déficit fiscales y desregular los mercados financieros.

7 R. Martin, The financiarization of daily life, Filadelfia, Temple, 2002.

8 A. Glyn, «The costs of stability: Advanced capitalist countries in the 80’s», New Left Review,

El gobierno sobre el déficit fiscal no llegó a ser efectivo durante la década de 1980. A principios de los años noventa, los presupuesto públicos volvieron a desequilibrarse debido al menor crecimiento, pero también, y esto era novedoso, a las fuertes reducciones de impuestos y a los altos tipos de interés de la época.9

La OCDE llamó, entonces, a una menor financiación pública con el fin de «no desincentivar» la iniciativa privada. Igualmente, el FMI pidió presupuestos más equilibrados, esta vez mediante el recorte de los gastos y no a través de una subida de impuestos.10Estos llamamientos eran en realidad una simple revisión

de las llamadas economías de oferta que, como luego se verá, se impusieron en los años ochenta como alternativa al keynesianismo.

Pero la operación central del discurso neoliberal fue la de justificar ideológicamente y dotar de un cuerpo sistemático al proceso de desregulación financiera que se había iniciado a principios de la década de 1980. En este sentido, el neoliberalismo ha conseguido subsumir los aspectos históricos concretos de la formación y apropiación del beneficio por parte de las finanzas en un discurso esencialista que remite a los elementos centrales de la ideología liberal. En ningún ámbito se puede apreciar tan nítidamente esta maniobra ideológica como en el proceso de conversión de la desregulación financiera en una no-intervención estatal en el proceso económico. Las innovaciones bancarias, que aparecieron en Estados Unidos en el periodo de postguerra11 y luego en Reino Unido,

han servido así para producir un ámbito de innovación financiera de vastas proporciones. Esta evolución ha tenido básicamente dos consecuencias. Por un lado, ha aumentado enormemente las posibilidades de endeudamiento a corto plazo de los bancos, generando nuevas oportunidades de beneficio financiero a partir de la conversión de esa nueva masa de deuda en activos canjeables. Por otro, ha alejado la inspección más o menos directa, que la Reserva Federal o los bancos centrales llevaban a cabo. De hecho, uno de los aspectos en los que más se ha dejado sentir la desregulación financiera ha sido la falta de supervisión de los numerosos instrumentos financieros que han venido surgiendo en las últimas décadas al calor del crecimiento del sector.

La innovación financiera y la desregulación estatal de estos ámbitos se enmarcan, pues, en el proceso de formación del beneficio financiero, esto es, del reparto de los flujos de liquidez transferidos a las finanzas a partir de títulos de

9 G. Dumenil y D. Levy, Crisis y salida de la crisis. Orden y desorden neoliberales, op cit.

10 «Porque la oferta y la demanda se incrementarán como una respuesta a la mayor eficiencia, productividad y crecimiento». FMI, World economic outlook, mayo de 1992 citado en Glyn, op. cit.

11 Estas innovaciones estuvieron dirigidas a incrementar la financiación privada de los bancos frente a un modelo clásico en el que las entidades bancarias financiaban su deuda a corto plazo exclusivamente mediante operaciones de adquisición y venta de deuda pública. H. Minsky,

propiedad sobre el plusvalor futuro. Hay que recordar que las finanzas, en la medida en que son improductivas desde un punto de vista técnico,12 necesitan de

formas crecientemente complejas, que combinen socialización y restricción de la propiedad en los grados y tiempos adecuados, a fin de asegurar la apropiación de un beneficio creciente. Un buen ejemplo sería la imparable creación y uso de nuevos derivados financieros, en los que la mera novedad y la complejidad creciente del producto suponen la creación de nichos de beneficios extraordinarios.

Esta libertad para generar nuevos productos financieros sería una de las causas que estarían detrás de la paradoja del sector financiero: ¿cómo pueden crecer simultáneamente los niveles de competencia y la tasa de beneficio?13

Por eso quizás sea más apropiado entender la desregulación financiera como una fuerte intervención institucional dirigida a crear un espacio financiero libre de obstáculos, en el que el objetivo es antes la reproducción ampliada del sector financiero, que la utópica apuesta por un laissez faire económico generalizado, tal y como es proclamado por la vulgata neoliberal.

La estructura de clases del neoliberalismo: la sociedad de propietarios

A pesar de ser un aspecto menos visible, o quizás por serlo, de las medidas neoliberales de estabilización, el proceso central y más duradero de las prácticas económicas neoliberales ha sido el reforzamiento del dominio de clase de los capitalistas en dinero a través de la transferencia de porciones

12 La cuestión del origen y la expansión de los beneficios en las finanzas no se resuelve apelando a su carácter técnicamente improductivo. Esta apelación supone, más bien, el punto de partida del análisis desde el que se deben recomponer las redes más amplias de realización del plusvalor en la circulación sin las que simplemente sería imposible la acumulación de capital. Este tema fue objeto de un interesante debate en las páginas de la New Left Review entre Robert Pollin y Giovanni Arrighi a propósito de la identificación de fases históricas de hegemonía del capital financiero. Robert Pollin se preguntaba: «¿De donde surge el beneficio financiero?» Y apuntaba tres posibilidades: a) algunos capitalistas ganan dinero a expensas de otros capitalistas; b) la clase capitalista fuerza una distribución a su favor del producto social cuyo reparto final se dirime por medios financieros; c) las finanzas pueden generar beneficios sostenidos en el movimiento de capitales de líneas productivas y de distribución con tasas reducidas de beneficio a otras líneas con tasas crecientes de beneficio. Esta última visión coincide con la calificación del trabajo financiero en su relación con los procesos productivos a la que Gerard Dumenil ha denominado trabajo maximizador de la tasa de beneficio. R. Pollin, «Contemporary stagnation in world historical perspective», New Left Review, núm. I/219, 1996 y G. Arrighi, «Financial expansions in a world historical perspective. A reply to Robert Pollin», New Left Review, núm. I/224, 1997. 13 J. Crotty, «If Financial Market Competition is so Intense, «Why Are Financial Firm Profits so High?», PERI Working paper series, núm. 134, 2007.

crecientes del producto social hacia los sectores más altos de la escala salarial.14 En una situación de estancamiento generalizado del salario

medio, el creciente control de distribución del plusvalor por parte de los más ricos se ha consolidado mediante una alianza con la capa más alta de los asalariados. En paralelo, así, a la rápida concentración de la riqueza en el pequeño segmento de los superricos, se ha producido una fuerte subida en el porcentaje de la masa salarial captada por el 10 o el 20 % superior de la distribución de ingresos.15 Esta capa está formada principalmente por

los nuevos gestores financieros, pero también por toda la superestructura laboral que les proporciona servicios de «alta gama», tanto en los ámbitos laborales como personales, desde los gabinetes jurídicos hasta los servicios privados de salud.16 A esta capa de asalariados ricos se le suele denominar

working rich17 como contraposición al otro fenómeno social emergente que

genera la redistribución neoliberal, los working poor,18 o trabajadores a los que su salario nominal no les permite superar los umbrales de pobreza.

Por consiguiente, si la complicidad del 10 o el 20 % más rico con el orden neoliberal se ha generado fundamentalmente a partir de una mayor captación de los salarios, el dominio del 1 % superior se ha basado en un fuerte control de las rentas de capital y, desde mediados de los años noventa, de las ganancias de capital por revalorización de activos.19 Consecuentemente, 14 Dumenil y Levy muestran que la concentración de los ingresos en las capas más altas de la pirámide (el 1 % y el 0,01 % más rico) ha seguido una trayectoria en U desde principios de siglo hasta ahora, pasando por su punto más bajo durante la Segunda Guerra Mundial. G. Dumenil y D. Levy, «Neoliberal income trends», New Left Review, núm. 30, 2004.

15 Es ya clásico el análisis comparativo de Piketty y Saez sobre los patrones de desigualdad del periodo de postguerra y los que surgen de la crisis de 1973 en EEUU. T. Piketty y E. Saez, «Income Inequality In The United States 1913-1998», The Quarterly Journal of Economics, vol. CXVIII, Issue 1, febrero de 2003.

16 El papel que han desempeñado los servicios a la producción ligados al crecimiento del sector financiero, entendido en un sentido amplio, en la reestructuración del empleo de los últimos treinta años ha sido extensamente analizado, tanto en el marco de la nueva distribución sectorial del trabajo como de sus impactos sobre las configuraciones urbanas. En este último campo es clásico el análisis de Saskia Sassen, Cities in a world economy, Pine Forge, Thousand Oaks, 2000. 17 «La categoría de los trabajadores ricos se construye como un espejo inverso de la categoría de los trabajadores pobres (working poor), de la misma manera que se puede ser pobre y muy pobre teniendo un trabajo asalariado, se puede ser rico gracias al trabajo». O. Godechot, Working Rich,

París, La Decouverte, 2007.

18 El surgimiento de los modernos working poor como categoría social se puede rastrear fácilmente en las diferentes encuestas de condiciones de vida bajo la rúbrica trabajadores en riesgo de pobreza. España con una tasa de trabajadores en riesgo de pobreza cercana al 10 % es uno de los países con peores resultados en este indicador.

19 D. Power, B. Epstein y G. Abrena, «Trends in the Rentier Income Share in OECD Countries 1960-2000», PERI Working paper, núm. 58a, 2003.

aunque existen fuertes diferencias entre los superricos y los working rich, durante los años del neoliberalismo ha habido una diferencia aún mayor entre éstos y el resto de la población, que fundamentalmente ha visto cómo su salario real seguía decreciendo. Un deterioro generalizado del poder adquisitivo de las mayorías sociales que sólo se ha visto compensado, tal y como se verá, con cargo a unos niveles de endeudamiento nunca vistos.

Se podría afirmar que el discurso neoliberal constituye la justificación institucional de la emergencia de un capitalismo de «dos niveles», en permanente oposición al resto de la población.20 Estos dos niveles estarían

representados por las dos posiciones mencionadas respecto al reparto del plusvalor y la captación de rentas salariales, y sólo resultarían legibles a partir de las distintas composiciones patrimoniales de ambos grupos. En el primer nivel, se encontrarían, por lo tanto, las formas de propiedad financiera de la clase capitalista. Todo lo más el 1 % de la población. El poder de estas capas se basa en la fuerza de sus instituciones financieras para ejercer presión sobre el reparto de beneficios de las empresas no financieras. Esta modalidad incluye el uso de los fondos de inversión así como instituciones de inversión especiales,21 dirigidas a la consecución de ingresos financieros.

En un segundo nivel, se encontrarían las capas salariales superiores, que

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