Capítulo 1. Masculinidad y violencia: la mujer imaginada
1.1. Las tramas del ahora: pensar, ver, sentir
Nos parece necesario insistir, aunque quizá parezca una obviedad, que entendemos que la violencia no es algo innato, ningún ser humano nace con conductas violentas, sino por el contrario, es un modo aprendido de relacionarse, que se ha ido construyendo a lo largo de la vida, y en la medida que existe esa construcción, es que creemos necesario poder dar cuenta de ello, para entonces pensar en un camino deconstructivo, lo que habilitaría luego un volver a construir(se). Historias de vida que condensan situaciones padecidas a lo largo de sus existencias, en un contexto propicio como es un sistema patriarcal aún vigente, donde las relaciones de género no son igualitarias, nos llevan a trazar algunas líneas que puedan vislumbrar cómo la agresión es un fenómeno social, en la medida en que es lo que el contexto ordena, otorga vigencia y propone como mandatos posibles y deseables de cumplir a toda la población. Es claro que la capacidad de agencia de los sujetos, no hace que se transforme en una réplica exacta de las demandas contextuales, pero sí al proponer las líneas argumentales, hace que sea más fácil reproducirlas acríticamente antes que negarlas, cuestionarlas y/o no acatarlas.
Entendemos que aquí es necesario poder reflexionar sobre por qué para los hombres violentos hay personas que son factibles de ser objetos de violencia. Esas características reúnen, en forma general, algunos elementos que iremos dilucidando, pero que tienen como factor común, la concepción de esa otra o ese otro, como una persona que no tiene el mismo rango, o no merece el mismo
respeto que él, en tanto él es varón, y es la autoridad a la que el resto de la familia se debe someter. El hombre mismo se autohabilita la violencia como mecanismo de control y disciplinamiento, y en el caso propio de las situaciones de abuso sexual intrafamiliar, se le suma el goce o el placer como otra característica, ligada a ese control y ese disciplinamiento.
Entendemos que estos sentidos y prácticas tienen su anclaje en un deber ser social, que fue incorporando a lo largo de la vida, como forma de trato, como experiencia posible, como salida a los conflictos o como modo de resolución de tensiones propias de todo grupo humano, en este caso, el grupo familiar. De no ser así, no aparecerían en los discursos los malestares enunciados que se generan a partir de los hechos que los llevaron a la cárcel. Algunos de ellos, con posibilidades de haber revisado sus conductas, sobretodo quienes tienen una relación positiva con los pastores evangélicos, otros negando la situación y victimizándose, y otros entendiendo que lo que hicieron estuvo bien, porque era lo que correspondía hacer.
En todos los casos que se logró hacer entrevistas grabadas, se notaba un alivio propio de quien habla de sí, de sus problemas, de su historia, y que hace mucho tiempo, en algunos muchos años, que no ha tocado el tema con nadie. En esas situaciones, son las que menos posibilidad de revisión sobre lo sucedido han podido realizar. Y son quienes encuentran en el diálogo propio de una entrevista, un alivio que es notorio, y que se manifiesta también en el ofrecimiento de parte de ellos, a poder volver a ser entrevistado, en el caso que se considere necesario.
Respecto a este tema, Fernández Martorell (2012: 268) en su investigación encontraba algo similar, al sostener que “ellos quieren hablar, lo necesitan, tienen necesidad de desahogarse”, mientras que afirma que “pueden cambiar si alguien les habla y los ayuda a repensar su vida”. Coincidimos con ella también, en cuanto a la necesidad de tener una mirada amplia a la hora de intervenir sobre el tema, y que sesgar únicamente la intervención hacia la protección de las mujeres para luchar contra el machismo solo hace que se consolide el orden patriarcal instaurado y, por ende, que se refuerce el modelo de debilidad femenino.
A partir de sus relatos pareciese que no hay nunca una conformidad con la vida que estos hombres han construido. Aún en aquellos que sostienen que actuaron como debían actuar, los discursos aparecen sostenidos por una cuestión sentida, racional, ideológica, lo que permitiría sostener la necesidad de generar nuevos conocimientos, que involucre sus propias perspectivas, para de esa forma, como sociedad, tener mayores y mejores elementos habilitadores de desarticular el machismo. Fernández Martorell (2012: 269) insiste que para acabar con el machismo, es necesario modificar el punto de vista desde el que se mira y se trata a los maltratadores, un cambio de perspectiva. Ella advierte que “a lo mejor no gusta, pero que es una necesidad” pues tiene que ver con la construcción de la identidad de estos hombres.
Es en esa advertencia donde encontramos un gran desafío. No es casual que no haya igual experiencia de trabajo con los hombres, como lo hay con las mujeres que han sufrido violencia. Es claro que el trabajo con ellas es extremadamente necesario, pero también necesario es el trabajo con ellos, en la medida que al menos hoy por hoy, el único lugar que habilita un reconocimiento al hombre violento, es a través de la nominación oficial que le otorga la justicia o la cárcel. Son escasas las experiencias en el ámbito de la salud o en espacios comunitarios, y por ende, también el ingreso a esos espacios en forma voluntaria, ya requiere al menos de una predisposición del propio hombre.
Por su parte, los ámbitos de la justicia, incluidas las unidades penitenciarias, no son lugares que se desarrollen estrategias ni programas que contemplen intervenciones profesionales con hombres violentos. Pareciese que bastaría con el castigo de la cárcel para quien ha sido violento, pero esa cárcel no tiene herramientas que permitan al hombre volver a la libertad y no cometer nuevamente delitos similares al que lo llevó al encierro. La cárcel actúa privando de la libertad por el delito que se ha cometido, pero sigue siendo necesario incorporar una política más amplia que la simple condena.
Entendiendo la violencia no como un problema individual, sino como la manifestación individual de un problema social, nos parece oportuno traer aquí a Jimeno (2004: 246) quien plantea “la perspectiva de la violencia entendida como
un acto relacional, eminentemente interactivo. Ésta no acontece en soledad, habita en las relaciones sociales. En la acción violenta entran en diálogo los protagonistas, el contexto social específico y los códigos cognitivo/emotivos aprendidos y que sirven como medio de orientación para la acción”. La autora considerará, por ende, que la elección del uso de la violencia no depende solamente de una decisión personal, sino de su conexión con el contexto socio cultural en que ocurre.
El planteo relacional, como parte de lo social, y superador a la cuestión individual, lleva a hacer mención al papel que desempeña la mujer o la niña/niño o joven que puede sufrir de actos violentos por parte de un hombre de la familia. En este caso, si bien no trabajaremos con testimonios directos de quienes han sufrido esa violencia, merecen ser tenidas en cuenta dentro de todo el proceso en el que se ha incorporado el modo de convivencia violento, dado que también quien sufre esa violencia, se halla inserto en la misma sociedad con rasgos patriarcales, lo que la coloca en un lugar difícil de lograr autonomía, más allá que muchas veces pueda “naturalizarse” el lugar pasivo de la mujer, aún entendido de esa forma, por ella misma.
Aquí otra cuestión que aparece como recurrente, será la facilidad de establecer alianzas entre hombres, y la dificultad de lograr alianzas entre mujeres. Este tema apareció muy fuertemente explicitado en una investigación anterior (Artiñano, 2015: 46) con jóvenes. En una línea similar Fernández Martorell (2012: 283) se encuentra con la respuesta de una entrevistada quien sostiene que “las mujeres son más malas que los hombres”, a la vez que repara en haber oído esa afirmación en numerosas ocasiones de “boca de mujeres, sobre todo en aquellas que se someten a la pareja y disponen de un obtuso sentido crítico sobre lo que ellos les imponen”. Esa falta de sentido crítico, no puede entenderse si no es por ser parte de un esquema que en el reparto de roles ha prefijado el lugar de sometimiento de la mujer por parte del hombre, y haber incorporado que otra mujer no es sujeto de confianza. La autora va más allá, al analizar tres generaciones de mujeres que tuvieron hijas, sin contraer matrimonio, y manteniendo por ende, el propio apellido. Estas mujeres fueron llamadas “las mujeres de Gaucín”, en referencia al origen de esta línea familiar en una localidad de España. Ella (2012: 283) reflexionará: “no tenían padres que pudieran repudiar su actuación, era
mayor de edad y procedía de una familia no marginal. Ninguna de esas características la liberó de lo que aún hoy homogeneiza a tantas mujeres: la falta de complicidad entre ellas a la hora de enfrentarse a la sumisión que suponen las leyes impuestas por los hombres. Hombres a los que se les enseña a ser cómplices entre sí frente a las mujeres”. Respecto a los dobles estándar para mujeres y varones, en cuanto a maternidad y paternidad de solteros, Fernández Martorell (2012: 280) sostiene que “las leyes sociales las han ideado los hombres; los hijos concebidos por parejas no legalizadas son repudiados, pero ¿por qué no se desprecia a un hombre y sí a la mujer que concibe un hijo fuera de la ley masculina?”.
Si bien este estudio fue realizado en España, entendemos que hay lazos que nos unen en cuanto a concepciones y valoraciones sobre estos temas tratados. Poderío de parte del hombre intentando la sumisión de parte de la mujer, pareciera que son los elementos complementarios, que permitirían hacer factible el fenómeno de la violencia masculina en el ámbito familiar. En otra de sus entrevistas, en este caso a una pareja heterosexual que en su contacto previo habían confirmado que se llevaban muy bien en la vida de pareja, Fernández Martorell (2012: 259) observaba que estaba frente a una escenificación plena de “una pareja convencional, es decir, en la que ella ha aprendido que para sentirse como verdadera mujer tiene que aceptar la sumisión y obediencia a su pareja y que él es un verdadero hombre cuando la domina a ella”.
Como reiteraremos una y otra vez, la capacidad de agencia de cada sujeto está presente, lo que hace que podamos pensar la realidad sin caer en determinismos estructurales absolutos, pues de lo contrario, todo planteo realizado aquí carecería de sentido. En este sentido, Jimeno (2004: 244) propone la noción de “eventos” en tanto desenlace de fuertes contradicciones en la pareja, que se han debatido entre una permanente tensión de ruptura y permanencia, por lo tanto no surge la violencia de manera abrupta e imprevisible, sino como resultado de conflictos que se van acrecentando entre sus protagonistas. La autora también encuentra en su investigación que el uso de la violencia aparece en hombres y mujeres, como una “única ruta de escape a los múltiples efectos, morales,
económicos, familiares, de seguridad personal y de reafirmación identitaria, de una ruptura de la relación”.
Otro de los elementos que aparece es una mayor vulnerabilidad en el hombre frente al abandono y a la infidelidad de su pareja, mientras que las mujeres en relación a los conflictos de la pareja y los sentimientos ligados a la ira, el odio o la rebelión parecen opuestas al mandato moral de mantener la relación de pareja a toda costa, donde la “oposición termina resuelta a través del uso de la violencia y pareciera indicar que es mayor el temor a romper con obligaciones sociales morales por la vía de una separación, que el miedo al crimen” (Jimeno, 2004: 244). Esta posibilidad planteada, nos lleva a pensar que quizá el crimen no hace romper con la sociedad, sino que es el medio que lo integra a sus valores a través de la permanencia del honor. También es interesante lo hallado en esa investigación, respecto a que en situaciones donde se culmina en crímenes, en que se planifica en detalle todo lo previo al hecho, en cambio nunca se reparó en las consecuencias que ese hecho tiene en el grupo familiar y el entorno social. Ante estas situaciones, valdría preguntarse si acaso es una crisis de egoísmo fatal, donde sólo se puede mirar el deseo coyuntural y propio sin ir más allá, al segundo posterior de haber cometido el crimen, o ¿es que se buscará pagar una culpa, contraída con anterioridad al crimen, y es necesario el acto para ir a la cárcel y repararlo con prisión?
En el marco de estas tramas del ahora, en tanto se yuxtaponen cuestiones propias de la cultura, la subjetividad y el género, tomaremos tres ejes que surgen del análisis general de las entrevistas realizadas y que nos permitirán ir viendo la concepción del mundo que ellos traen, y dentro de ese mundo, cómo aparece imaginada la mujer. Nos parece que las tres miradas se pueden constituir a partir de tres verbos diferentes que connotan a su vez, tres dimensiones de lo humano. En primer lugar “Pensar” denota una reflexión, una justificación, una explicación que los entrevistados encuentran o que han podido elaborar para dar cuenta de lo sucedido en sus vidas. En segundo término “Ver”, intenta rescatar y poder observar la acción contemplativa de ellos, sobre lo que son sus vidas, y la vida de quienes los rodean. La noción de vidas volátiles, aparece como un registro testimonial de la vulnerabilidad a la que han estado sometidos tanto ellos, como las personas
allegadas. Por último “Sentir” apela a la parte emocional y al sentido que le otorgan a cuestiones claves como el silencio, la tragedia, la soledad. A la vez, da elementos para pensarse ellos en tanto integrantes de un colectivo de hombres, y también para sugerir o proporcionar elementos que definen a la mujer por ellos imaginada. Podríamos decir que serían tres factores de una masculinidad trágica que nos permiten caracterizar a nuestros entrevistados.
a. Pensar: agresiones y justificaciones
Ulises tiene un relato preciso, exacto, de cómo demostrar su inocencia en la causa que lo ha llevado a estar en prisión, para expresarlo ante quien lo quiera escuchar. No es nuestra misión creer o descreer de su relato, sino poder analizar cómo él describe lo sucedido a lo largo de su vida, y aquí particularmente, lo relacionado al motivo de prisión. Ulises dice contar con la solidaridad de su esposa, y también con la del padre de su hijastra, ya que ambos entienden que lo han hecho caer en una trampa. El relato entra por momentos en contradicciones, dado que la denuncia contra él se realiza a partir del novio de su hijastra y cuando quien lo denuncia es llamado a declarar, dice no conocer a la niña. Estas contradicciones detectadas por Ulises mismo, las explica como parte de una causa llena de arbitrariedades, y donde no es sólo víctima de su hijastra y el novio de su hijastra, sino también de un poder judicial que no toma en cuenta todos los elementos que a él lo favorecen, y que prueban su inocencia.
-Ulises: En ese entonces trabajaba mucho y mi mujer también trabajaba y estaba embarazada, estaba media mal del embarazo, entonces pusimos un remís para que lleve los chicos a la escuela y me entero por la escuela que (la hija de
mi esposa que tenía 12 años) se puso de novio con el remisero. Se hace un
informe y la empiezo a seguir porque la nena iba con plata grande, le empiezo a preguntar y comenzó con mentiras, hasta que un día la encontré besándose con el remisero como si fuese una persona grande. Le corté las salidas, se empezó a escapar, se manda a mudar y se va con esta persona, sale a decir que yo había abusado de ella, la madre del pibe la lleva a hacer la denuncia, me hacen la denuncia y me enjuician, la madre de Claudia, la chica en cuestión, estaba a mi
favor y el padre de la nena también, no había ni hay nada en contra mío pero por la ley de libre comulgación (sic) quedé preso.
El papel del padre de la niña, aparece en su discurso como un aliado imprescindible, quien es una de las garantías más fuertes de su inocencia, quien se siente avergonzado por lo que ha hecho su hija, quien pide perdón en forma constante, y quien tampoco puede solucionar el problema, llegando al punto de tener que internar a la niña.
-Ulises: No, el padre la internó, se la habían dado y se volvió a escapar con el muchacho este y la internó porque era insostenible, de hecho el padre de la nena me viene a ver. Él dice que tiene vergüenza de lo que pasó, “sé que vos no sos pero las cosas son así y tengo vergüenza de lo que hizo mi hija” dice. Yo le digo que va a ser, si vos no sos el juez. Pero bueno, pero en el juicio se comprobó por contradicciones, que (el remisero y la chica) se conocían, ella dijo que sí, él la llevaba, mientras el remisero en el juicio dijo que no la conocía, el juez preguntó si había algo entre ellos y él contestó que no, que era menor. En los papeles está, hay constancia de esto, como se querían desligar de que no la conocía, y está asentado en la escuela que tanto la madre como yo no podíamos retirarla por lo tanto estaba la autorización nuestra para que la retire él, yo tengo confianza en Dios y la Virgen que se va a hacer justicia, tarde pero se va a hacer justicia.
La práctica de control sobre la niña, aparece clara en todo el relato. Supongamos que él sea inocente y, por un momento, creamos en su relato. Ulises, sin ser el padre, despliega un dispositivo de observación, interrogación, control y seguimiento hasta llegar a encontrarla besándose “como una persona grande”. Todo el dispositivo lo despliega él, no aparecen decisiones tomadas en conjunto con su esposa, ni tampoco la vos del padre de la niña, hasta que él termina preso. Desde su lógica pareciera que, por ser el hombre de la casa donde la niña vive, Ulises tiene la potestad exclusiva de decidir qué y cómo hacer para evitar una relación que la niña estaba teniendo con una persona mayor. Con esto no estamos avalando la relación de una niña de 12 años con una persona mayor, sino intentando dilucidar la actuación de un varón que reproduce un modelo masculino hegemónico, basado en la jerarquía de tener la primera y última palabra y acción por sobre los demás miembros de la familia.
Por otro lado, en el caso que sea todo una fabulación de él, un relato armado para poder sostener una posición que sea comprensible por un “otro”, en este caso quien lo entrevista, da elementos importantes en cuanto no poder poner en palabras que el hecho en sí -el abuso- ha ocurrido. Estos tipos de imposibilidades, como lo profundizaremos en el capítulo 4, es recurrente en todos los casos. La no