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9 Las tres dimensiones de una vida completa

Siendo iguales su longitud, su latitud y su altura.

Ap 21,16.

Juan el Apocalíptico, prisionero en una isla solitaria y desconocida, Pat- mos, carecía de toda libertad excepto la de pensamiento, y por tanto pensa- ba en muchas cosas. Pensaba en el antiguo orden político y en su trágica insu- ficiencia y horrible injusticia. Pensaba en la antigua Jerusalén, en su piedad superficial y ritualismo formal. Pero, en medio de esta dolorosa visión de cosas pasadas, Juan tuvo también una esplendorosa visión de algo grande y nuevo. Vio bajar del cielo una nueva Jerusalén Santa que procedía de Dios. La cosa más noble de esta nueva ciudad celestial era su perfección, radiante como el alba que pone fin a la larga noche de estancada imperfección. No era parcial o lineal, sino completa en sus tres dimensiones. Al describir la ciudad, dice Juan: «Siendo iguales su longitud, su latitud y su altura». Esta nueva ciudad de Dios no sería una entidad desequilibrada con virtudes preciosas a un lado y al otro vicios abyectos; sería completa en todas sus dimensiones.

El Apocalipsis, para muchos, es un libro extraño y difícil de descifrar. A menudo se deja a un lado como un enigma misterioso. Pero, bajo el peculiar lenguaje de Juan y su simbolismo apocalíptico prevalente, encontramos muchas verdades incitantes y profundas. En nuestro texto presentamos una de estas verdades. Cuando Juan describe la ciudad de Dios, describe en realidad la humanidad ideal. Dice, en sustancia, que la vida perfecta es completa en todas sus dimensiones.

En nuestras vidas individuales y colectivas existen una escasez y una par- cialidad deprimentes. Pocas veces podemos afirmar la grandeza en sentido absoluto. Detrás de cualquier afirmación de grandeza aparece la conjunción «pero». Namán «era un gran hombre», dice el Antiguo Testamento1, «pero...»

Este «pero» revela algo trágico y turbador: «pero era leproso». ¡Cuántas vidas humanas pueden ser descritas con esta sencillez!

Grecia era una gran nación, que dejó a las generaciones sucesivas un tesoro inagotable de sabiduría. Dio al mundo la penetrante poesía de Esquilo, Sófocles y Eurípides, la filosofía de Sócrates, Platón y Aristóteles. Gracias a estos espíritus grandes, cada uno de nosotros hemos heredado un legado de

ideas creadoras. Grecia fue una gran nación, pero... Este «pero» subraya la trá- gica realidad de que Grecia era una aristocracia para «algunas» personas y no una democracia para «todo» el pueblo. Este «pero» denuncia el hecho negati- vo de que las ciudades-Estado griegas se basaban en la esclavitud.

La civilización occidental es una gran civilización, que ha ofrecido al mundo las magníficas conquistas del Renacimiento, los alegres compases y los dulces suspiros de Haendel, la suave majestuosidad de Beethoven y las impre- sionantes sinfonías de Bach; la revolución industrial y el inicio de la marcha del hombre hacia la ciudad de la abundancia material. La civilización occidental es grande, pero... Este «pero» nos recuerda las injusticias y males del colonialis- mo y de una civilización que ha permitido que sus medios materiales supera- sen en mucho a sus objetivos espirituales.

América es una gran nación que, por medio de la Declaración de Inde- pendencia, ofrece al mundo la expresión más elocuente e inequívoca de la dig- nidad del hombre impresa en un documento socio-político. Desde el punto de vista técnico, América ha producido puentes inmensos para cruzar los mares, y rascacielos para llegar al firmamento. Gracias a los hermanos Wright, pudo ofrecer al mundo el aeroplano, e hizo posible que el hombre suprimiera la dis- tancia y acortara el tiempo. Sus maravillosos descubrimientos en el campo de la medicina han curado enfermedades espantosas y han prolongado la vida del hombre. América es una gran nación, pero... Este «pero» es un comentario a doscientos años y pico de vergonzosa esclavitud y a veinte millones de hom- bres y mujeres negros privados de vida, libertad y esperanza de felicidad. Este «pero» es consecuencia del materialismo práctico, que suele estar más intere- sado en las cosas que en los valores.

De forma que casi cualquier afirmación de grandeza va seguida, no por una frase que indique totalidad, sino por una coma que indica su parcialidad entorpecedora. Muchas de nuestras más grandes civilizaciones son grandes sólo en algunos aspectos. Muchos de nuestros más grandes hombres lo son sólo en algún aspecto, mientras que en otros se muestran débiles y ruines.

Sin embargo, la vida debería ser fuerte y completa en todos sus aspec- tos. Toda vida completa tiene las tres dimensiones sugeridas en el texto: lon- gitud, latitud y altura. La longitud de la vida es el impulso interior para alcan- zar los fines y ambiciones personales de cada uno, una preocupación interior por el bienestar de los demás. La latitud de la vida es la preocupación exterior por el bienestar de los demás. La altura de la vida es la aspiración ascenden- te hacia Dios. La vida, en su mejor momento forma un triángulo equilátero. En un ángulo se sitúa la persona individual. En el otro ángulo están las demás personas. En el vértice se encuentra la Persona Infinita, Dios. Sin el desarro- llo necesario de cada una de la partes del triángulo, ninguna vida puede con- siderarse completa.

I

Fijémonos, primero, en la longitud de la vida, es decir, en la preocupa- ción individual por desarrollar las potencias internas. En cierto modo es la dimensión egoísta de la vida. Existe, evidentemente, el propio interés racional y saludable. El fallecido rabino Joshua Liebman señalaba, en un interesante capítulo de su libro Paz espiritual, que debemos amarnos a nosotros mismos antes de poder amar adecuadamente a los demás. Muchas personas caen en el fatalismo emocional porque no se aman a sí mismos como es debido, de una forma total.

Cualquier persona debe preocuparse por ella misma y sentir la respon- sabilidad de descubrir su misión en la vida. Dios ha dado a todas las personas normales la capacidad de llegar a una meta. Cierto es que algunos tienen más talento que otros, pero Dios no ha dejado a nadie sin talento. En nuestro inte- rior existen poderes creativos en potencia, y tenemos el deber de trabajar asi- duamente para descubrir estos poderes.

Una vez una persona ha descubierto para qué ha nacido, tendría que apli- car todo el poder de que dispone a su realización. Debería intentar hacerlo mejor que nadie. Tendría que hacerlo como si Dios todopoderoso le convoca- ra precisamente a él, por esta razón, y en este momento particular de la histo- ria. Nadie hace una gran aportación a la humanidad sin este amplio sentido de finalidad y esta terca determinación. Nadie aporta nunca una gran contribución a la humanidad sin este poderoso impulso interno. Longfellow escribió:

Las alturas conquistadas por los grandes hombres no fueron alcanzadas de golpe,

sino que, mientras sus compañeros dormían, trepaban penosamente en la noche2.

Permitidme que dedique unas palabras a nuestra gente joven. La longi- tud se apoya en la provocación. Muchos de vosotros estudiáis en la Facultad. No es necesario que insista sobre la importancia de estos años de estudio. Debéis daros cuenta de que se os abren muchas puertas que no se abrieron a vuestros padres. Vuestra gran responsabilidad consiste en estar preparados para entrar por estas puertas. Tenéis que descubrir pronto para qué estáis hechos y trabajar infatigablemente para llevar a cabo con éxito las diversas actividades. Dicen que Ralph Waldo Emerson declaró: «Si un hombre puede escribir un libro, predicar un sermón o fabricarse una ratonera mejor que su vecino, el mundo abrirá un camino hasta su puerta aunque viva en el rincón más escondido del bosque». Esto irá siendo cada vez más evidente. No debéis

esperar el día de la emancipación total sin contribuir antes positivamente a la vida de esta nación. Aunque os sintáis víctimas de un incomprensible dilema, consecuencia del legado de esclavitud y segregación, de escuelas inferiores y ciudadanía de segundo orden, debéis abriros paso resueltamente a pesar de las circunstancias. Tenemos ya ejemplos edificantes de negros que en lóbregas noches de opresión se han convertido en nuevas y brillantes estrellas de méri- to. Desde una humilde cabaña de esclavos en las montañas de Virginia, Boo- ker T. Washington llegó a ser uno de los más importantes dirigentes america- nos. Desde las obsesivas tierras rojas de Gordon Country, en Georgia, y de la mano de su madre que no sabía leer ni escribir, Roland Hayes se reveló como uno de los cantantes más destacados, y su voz melodiosa se escuchó en los palacios de los reyes y en las mansiones de las reinas. Procedente de un ambiente miserable de Filadelfia, Marian Anderson llegó a ser la mejor con- tralto del mundo; Toscanini dijo que una voz como la suya sóla aparecía una vez cada cien años, y Sibelius exclamó que su techo era demasiado bajo para aquella voz. Partiendo de circunstancias difíciles, George Washington Carver alcanzó fama eterna en el mundo de la ciencia. Ralph J. Bunche, nieto de un predicador esclavo, ha aportado gran prestigio a la diplomacia. Son sólo algu- nos de los numerosos ejemplos que nos recuerdan que, a pesar de la falta de libertad, podemos aportar nuestra contribución, aquí y en este momento.

Por todas partes nos incitan a trabajar infatigablemente para triunfar en nuestra profesión. No todos los hombres están llamados a realizar trabajos especializados o profesionales, y pocos se elevan hasta la cima del genio en las artes y ciencias; muchos están llamados a ser trabajadores en las fábricas, campos o calles. Pero ningún trabajo es insignificante. Cualquier esfuerzo que eleve a la humanidad tiene dignidad e importancia, y había que emprenderlo con un gran afán de perfección. Si un hombre es barrendero, tendría que barrer las calles como pintaba Miguel Ángel, como componía Beethoven sus partituras, o como escribía Shakespeare. Tendría que barrer tan bien las calles que todos los habitantes del cielo y de la tierra se detuviesen a decir: «Aquí vivió un barrendero que hacía el trabajo perfecto». Es lo que quería decir Dou- glas Mallock al escribir:

Si no puedes ser un pino en la cima de una colina, sé maleza en el valle..., pero sé

la maleza mejor junto al torrente; sé arbusto, si no puedes ser un árbol. Si no puedes ser camino real, sé atajo. Si no puedes ser el sol, sé estrella. No vencerás por el volumen, sino por ser el mejor de lo que seas.

Lanzaos afanosamente a descubrir para qué habéis nacido, y entonces aplicaos con pasión a realizarlo. Esta acción encaminada a la plena realización de uno mismo es la longitud de la vida del hombre.

II

Algunas personas no llegan a superar nunca esta primera dimensión. Quizá sean personas brillantes que desarrollen sus potencias internas de forma soberbia, pero están sujetas con las cadenas de una limitación paralizadora. Viven encerrados en los límites estrechos de sus ambiciones y deseos perso- nales. ¿Hay algo más trágico que encontrar a un individuo hundido en la lon- gitud de una vida sin latitud?

Si la vida ha de ser completa, debe incluir, además de la dimensión de la longitud, la de la latitud, por la cual el individuo se interesa por el bienestar de los demás. Nadie habrá aprendido a vivir mientras no pueda erigirse por enci- ma de los estrechos límites de sus intereses individuales, hacia los intereses más amplios de toda la humanidad. La longitud sin la latitud es como un río tributario de sí mismo, que no tiene salida hacia el mar. Estancado, fijo y malo- liente, le falta vida y no tiene frescor. Para vivir creativa y significadamente, nuestro interés personal debe hermanarse con el interés de los demás.

Jesús, al describir la imagen simbólica del Gran Juicio, dejó bien senta- do que la norma para determinar la división entre ovejas y carneros serían las cosas que se hubiesen hecho en pro de los demás. No nos preguntarán cuán- tas distinciones académicas hemos conseguido o cuánto dinero hemos gana- do, sino lo que hemos hecho por los demás ¿Diste de comer al hambriento? ¿Diste de beber al sediento? ¿Vestiste al desnudo? ¿Visitaste al enfermo y con- solaste a los presos? Éstas son las preguntas que hace el Señor de la vida. En cierto modo, el juicio tiene lugar cada día, y, nosotros, por nuestras obras y palabras, por nuestro silencio y discurso, escribimos continuamente en el Libro de la Vida.

La luz vino al mundo y todos los hombres deben decidir si caminarán en la luz del altruismo creador o en la oscuridad del egoísmo destructor. Éste es el juicio. La pregunta más urgente e insistente de la vida es: ¿Qué haces por los demás?

Dios ha estructurado este universo de forma que las cosas no vayan bien del todo cuando los hombres no son diligentes en el cultivo de su latitud. «Yo» no puedo ser completo sin «vosotros». El propio ser no puede ser tal sin ser los demás «propios» seres. Los psicólogos sociales nos dicen que no podemos ser personas del todo si no interactuamos con las demás personas. Toda la vida está interrelacionada y todos los hombres son interdependientes. Y, a pesar de todo, continuamos recorriendo un camino de egoísmo desordenado.

La mayoría de los trágicos problemas que nos plantea el mundo de hoy refle- jan la incapacidad voluntaria del hombre para añadir la latitud a la longitud.

Se descubre claramente en la crisis racial planteada en nuestra nación. La tensión en las relaciones raciales es consecuencia del hecho de que muchos de nuestros hermanos blancos están demasiado interesados en la longitud de la vida: su posición económica privilegiada, poder político, consideración social, la llamada «forma de vida». Si se pusieran de acuerdo para añadir la lati- tud a la longitud —la dimensión que incluye a los demás añadida a la dimen- sión que incluye a uno mismo—, las discordias de nuestra nación se transfor- marían en una bella sinfonía de hermandad.

Esta necesidad de añadir la latitud a la longitud aparece también en las relaciones internacionales. Ninguna nación puede vivir aislada. Mi mujer y yo tuvimos el privilegio de realizar una memorable visita a la India. A pesar de haber momentos sublimes y valiosos, también hubo en nuestro viaje momen- tos depresivos. ¿Cómo podemos dejar de sentirnos deprimidos cuando vemos con nuestros propios ojos a millones de personas que se van a dormir ham- brientos? ¿Cómo podemos no sentirnos deprimidos al ver con nuestros pro- pios ojos que millones de personas duermen en las cunetas? ¿Cómo no hemos de sentirnos oprimidos sabiendo que, de los 435.000.000 de habitantes de la India, 350.000.000 ganan menos de 70 dólares al año, y la mayoría de ellos no han visto en su vida a un médico o a un dentista?

¿Podemos, aquí en América, seguir despreocupándonos ante esta situa- ción? La respuesta es un no rotundo. Nuestro destino como nación está vin- culado al destino de la India. Mientras la India, o cualquier otra nación, esté insegura, nosotros no estaremos seguros. Tenemos que utilizar nuestros amplios recursos para ayudar a los países subdesarrollados del mundo. ¿Hemos gastado demasiado dinero de nuestro presupuesto nacional estable- ciendo bases militares por todo el mundo y muy poco estableciendo bases de auténtico interés y comprensión...? En última instancia, todos los hombres son interdependientes y, por tanto, están involucrados en un proceso singular, único. Somos inevitablemente guardianes de nuestros hermanos a causa de la interrelacionada estructura de la realidad. Ninguna nación ni ningún individuo pueden vivir aislados. John Donne interpretó esta verdad en términos gráficos de absoluta claridad cuando afirmó:

Ningún hombre es una isla, que se baste a sí mismo; cualquier hombre es un pedazo de continente, una parte del todo; si el mar se lleva un trozo de tie- rra, todo eso pierde Europa, tanto si se trata de un promontorio como de la casa de uno de tus amigos o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me dis- minuye, porque pertenezco a la Humanidad, y por eso no es preciso que pre- guntes por quién doblan las campanas: doblan por ti 3.

Este reconocimiento de la unicidad de la humanidad y de la necesidad de un interés activo es la latitud de la vida del hombre.

III

Todavía nos queda una tercera dimensión de la vida completa, la altitud o tendencia ascendente hacia algo diferencialmente mayor por encima de la humanidad. Debemos elevarnos por encima de la tierra y prestar nuestro pri- mordial juramento de fidelidad al ser eterno que es la fuente fundamental de toda realidad. Cuando añadimos la altura a la latitud y a la longitud, hemos completado la vida.

De la misma forma que algunas personas no llegan a superar la longitud, hay otras que nunca llegan a superar la combinación de la longitud y latitud. Desarrollan brillantemente sus potencias internas y tienen un poder genuina- mente humanitario. Pero se quedan cortos. Están tan ligados a la tierra, que llegan a la conclusión de que la humanidad es Dios. Pretenden vivir sin cielo. Probablemente hay muchas razones por las que el hombre moderno olvi- da negligentemente esta tercera dimensión. Algunos hombres tienen dudas intelectuales honestas. Viendo los horrores del mal moral y natural, pregun- tan: «Si existe un Dios todopoderoso y bueno, ¿por qué permite el dolor y el mal gratuitamente?» Su incapacidad para contestar adecuadamente a esta pre- gunta les lleva al agnosticismo. También hay quien considera difícil encajar sus descubrimientos científicos y racionales con los dogmas no científicos de la religión y las primitivas concepciones de Dios.

Sin embargo, sospecho que la mayoría de la gente pertenece a otra cate- goría. No son ateos teóricos, sino ateos prácticos. No niegan la existencia de Dios con los labios, pero la niegan continuamente con sus vidas. Viven como si no hubiera Dios. Esta forma de borrar a Dios de la agenda de la vida puede haber sido muy bien un proceso inconsciente. Muchos hombres no dicen: «Me voy, Dios, ahora te dejo». Pero se hunden en las cosas de este mundo, son arrastrados inconscientemente por el oleaje creciente del materialismo y se quedan chapoteando en las confusas aguas del laicismo. El hombre moderno, viviendo en lo que ha sido llamado por el profesor Sorokin «una cultura sensi- tiva», sólo cree las cosas que pueden ser conocidas por medio de los cinco sen- tidos.

Pero este esfuerzo por subsistir en un universo centrado en el hombre conduce solamente a frustraciones más hondas. Reinhold Niebuhr dijo: «Desde 1914 se suceden los acontecimientos trágicos, como si la historia estuviera destinada a refutar las vanas ilusiones del hombre moderno». Surcamos los mares de la historia moderna como navíos sin brújula. No tenemos guía, ni sentido de la dirección. Dudamos de nuestras propias dudas y nos pregunta-

mos perplejos si, en realidad, y a pesar de todo, no hay alguna fuerza espiri- tual que sostenga disimuladamente la realidad.

A pesar de nuestras negaciones teóricas, tenemos experiencias espiri-