17 de Mayo de 1961
C
oufontaine, te pertenezco! Tómame y ház de mí lo que quieras.Sea yo una esposa, sea que ya más allá de la vida, allí donde el cuerpo no sirve más, nuestras almas se sueldan la una a la otra sin ninguna aleación".
Les quería indicar el retorno todo a lo largo del texto en la trilogía de un término que es aquél don de se articula el amor. Es a estas palabras de Sygne,en el Rehen, que inmediatamente Coufontaine va a responder:
"Sygne, la última encontrada, no me engañes como el resto. ¿Por lo tanto habrá al final para mi, algo sólido fuera de mi propia voluntad?"
Y en efecto, todo está allí. Este hombre que todo ha traicionado, que todo ha abandonado, que lleva, dice, "esta vida de bestia perseguida, sin un escondite que sea seguro", recuerda lo que los monjes hindúes dicen, "que toda esta mala vida, es una vana apariencia, y que sólo permanece con nosotros porque nos movemos con ella, y sólo sería suficiente sentarnos y permanecer, para que pase de nosotros".
"Pero son viles tentaciones; yo por lo menos, en esta caída de todo, sigo siendo el mismo, el honor y el deber, el mismo.
Pero tu, Sygne, piensa en lo que dices. No vayas a flaquear como el resto, en esta hora en
que me acerco a mi fin. No me engañes..."
Este es el inicio que da su peso a la tragedia. Sygne se encuentra traicionando a aquél mismo a quien se ligó con toda su alma. Volveremos a encontrar este tema del intercambio de almas, y del intercambio de almas con centrado en un instante, más adelante, en El Pan Duro, en el dialogo entre Louis y Lumir (Loum-yir, como Claudel nos indica expresamente que hay que pronunciar el nombre de la Polaca), cuando concluido el parricidio, el dialogo se entabla entre ella y el, donde ella le dice que no lo seguirá, que no retornará con él a Argelia, pero que lo invita a ir con ella a consumar la aventura mortal que la espera Louis, que en ese momento acaba de experimentar la meta morfosis que en él se consuma en el parricidio, rehusa.
Hay, sin embargo aún un momento de oscilación, en el curso del cual se dirige a Lumir apasionadamente, diciéndole que la ama como es, que solamente hay una mujer para él. A lo que la propia Lumir, cautivada por este llamado de la muerte que da la significación de su deseo, le contesta:
"Es verdad que no hay más que una sola mujer para ti? Ah, sé que es verdad'
"Ah, dí lo que quieras! Hay sin embargo algo en tí que me comprende y que es mi hermano!
"Una ruptura, una lasitud, un vacío que no puede ser colmado.
"No eres más el mismo que cualquier otro. Eres el único. "Para siempre no puedes más cesar de haber hecho lo que has hecho, (suavemente) parricida. "Estamos los dos solos en este horrible desierto.
"Dos almas humanas en la nada que son capaces de darse la una a la otra.
"Y en un sólo segundo, igual a la detonación, de todo el tiempo que se aniquila, de reemplazar todas las cosas el uno para el otro'
"¿No es cierto que es bueno estar sin ninguna perspectiva? Ah, si la vida fuera larga, "Valdría la pena ser feliz. Pero es corta y hay forma de tornarla más corta aún.
"Tan corta, que la eternidad se sostenga allí! Louis —no tengo más que hacer la eternidad! Lumir —tan corta que la eternidad se sostenga allí!
"Tan corta que se sostenga allí este mundo, al cual no queremos, y esta felicidad con la cual la gente hace tantos negocios'
"Tan pequeña, tan apretada, tan estricta, tan acortada, que nada, salvo nosotros dos se sostenga allí"'
Y más adelante retoma:
"Y yo, seré la Patria entre tus brazos, la Dulzura abandonada antaño, la tierra de Ur, la antigua Consolación.
"Sólo estás tu conmigo en el mundo, en fin, sólo existe ese momento en que nos habremos percibido cara a cara'
"Finalmente accesibles hasta este misterio que encerramos. "Hay manera de sacarse el alma del cuerpo como una espada, leal, plena de honor, hay forma de romper la mampara. "Hay manera de hacer un juramento y darse por entero a ese otro que sólo existe. "A pesar de la horrible noche y la lluvia, a pesar de esto que está alrededor de nosotros, la nada, "Como los bravos! "De darse uno mismo, y creer en el otro por entero! "Dars e y creer, en un sólo relampagueo! "Cada uno de nosotros al otro y solamente a eso"'
Tal es el deseo expresado por aquella que, después del parricidio, es por Louis apartada de él, para desposar, como lo dice, a "la amante de su padre". Allí está en el giro de la transformación de Louis, y es lo que va a permitir interrogarnos hay sobre el sentido de lo que va a nacer de él, de esta Pensée de Coufontaine, figura femenina que al amanecer del tercer término de la trilogía responde a la figura de Sygne, y alrededor de la cual vamos a interrogarnos sobre lo que allí Claudel quiso decir.
Pues, en fin, si es fácil y habitual desembarazarse de toda palabra que se articula fuera de las vías de la rutina, diciendo, es de fulano —y saben que no omiten decirlo a propósito de alguien que por el momento os habla— me parece que nadie piensa ni siquiera en extrañar sea propósito del poeta, que allí uno se contenta con aceptar su singularidad. Y frente a las extrañezas de un teatro como el de Claudel, nadie sueña más con interrogarse, frente a las inverosimilitudes, a los rasgos de escándalo, adónde n os arrastra, sobre lo que al final de cuentas podía bien ser su vida y su designio.
Pensée(239) de Coufontaine, en la tercera obra El Podre Humillado ¿qué es lo que quiere decir? Vamos a interrogarnos sobre la signifi cación de Pensée de Coufontaine como sobre un personaje vivo. Se trata del deseo de Pensée de Coufontaine. Deseo de pensamiento. Y el deseo de Pensée vamos a encontrarlo evidentemente en el pensamiento mismo del deseo.
Evidentemente, no vayan a creer que sea allí, al nivel donde se coloca la tragedia claudeliana, una interpretación alegórica. Estos personajes son símbolos en la medida que juegan al nivel mismo, en el corazón de la incidencia sobre una persona. Y esta ambigüedad de los nombres que les son conferidos, dados por el poeta, está allí para indicarnos la legitimidad de interpretarlos como momentos de esta incidencia de lo simbólico sobre la carne misma.
Sería muy fácil divertirnos en leer en la ortografía dada por Claudel ese nombre singular de
Sygne(240) que comienza con una S, que e stá allí verdaderamente como una invitación a reconocer efectivamente un signo, además justamente con este cambio imperceptible en la palabra, esta substitución de la i por la y , que quiere decir esta sobreimposición de la marca, y reconocer en ella por no se qué convergencia, una (...) matrie(241) cabalística, algo que viene a encontrar nuestro $, por el cual les mostraba que esta imposición del significante sobre el hombre, es a la vez, lo que lo marca y lo que lo desfigura.
En el otro extremo, Pensée. Aquí la palabra es mantenida intacta. Y para ver lo que quiere decir este pensamiento (pensée) del deseo, debemos recomenzar sobre lo que significa, en el Rehen, la pasión experimentada por Sygne.
Es en lo que esta primera. obra de la trilogía nos dejó palpitantes, esta figura de la sacrificada que hace un signo no es efectivamente la marca del significante llevada a su grado supremo, un rehusamiento (refus) llevado a una posición radical, que debemos sondear.
Sondeando esta posición, volvemos a encontrar un término que es aquél que nos pertenece por nuestra experiencia, en el más alto grado si sabemos interrogarla, pues si recuerdan lo que les enseñé en su momento aquí y en otro lugar, en el seminario, y en la Sociedad, y en varias ocasiones; si les he rogado revisar el uso que se hace hay en nuestra experiencia, del término frustración, es para incitar a volver a lo que quiere decir,en el texto de Freud donde este término frustración jamás es utilizado, el término original de la Versagung, en la medida que su acento puede ser colocado mucho más allá, mucho más profunda mente que toda frustración concebible.
El término Versagung, en la medida que implica la falta a la promesa, y la falta a una promesa por la cual se ha renunciado ya a todo, allí está el valor ejemplar del personaje y del drama de Sygue, es a lo que él le ha pedido renunciar, es a lo que ella ya comprometió todas sus fuerzas, a lo que ella ha unido ya toda su vida, a lo que ya estaba marcado por el signo del sacrificio. Esta dimensión en el segundo grado, en lo más profundo del rehusamiento por la operación del verbo, puede ser a la vez exigida, puede ser abierta a una realización abisal.
Es eso lo que no es planteado en el origen de la tragedia claudeliana, y también es algo frente a lo cual no podemos permanecer indiferentes.
Es algo que no podemos simplemente considerar como lo extremo, lo excesivo, la paradoja de un tipo de locura religiosa, ya que, muy por el contrario, como se los voy a mostrar, es allí justamente que estamos colocados nosotros, hombres de nuestro tiempo, en la medida en que esta locura religiosa nos falta.
Observemos bien de lo que se trata para Sygne de Coufontaine. Lo que le es impuesto no es solamente del orden de la fuerza y del apremio. Le es impuesto comprometerse, y libremente, en la ley del matrimonio, con aquel que llama el hijo de su sirvienta y del brujo Quiriace. A lo que le es impuesto, sólo puede estar ligado lo maldito para ella.
Así, la Versagung, el rehusamiento del cual no puede desligarse, se convierte bien en lo que la estructura de la palabra implica, versagen, el rehusamiento concerniente al dicho. Y
si quisiera usar equívocos,para encontrar la mejor traducción, la perdición, si todo lo que es condición deviene perdición. Y es por lo cual allí no decir deviene el dicho no(242). Ya hemos encontrado este punto extremo . Y lo que quiero mostrarles, es que aquí está traspasado. Lo hemos encontrado al final de la tragedia edípica, en el Mèphynai de Edipo en Colona, ese "podría yo no haber sido" (puissais—je n'etre pas) que quiere tam bién decir: no haber nacido (n'etre pus né), donde, os lo recuerdo al pasar, encontramos el verdadero lugar del sujeto en tanto que es sujeto del inconsciente. Ese lugar es el Mè ese no tan particular del que no aprehendemos en el lenguaje más que los vestigios en el momento de su aparición paradójica en términos como estos: "temo que él venga" (je crains qu' il ne vienne), o "antes que él aparezca" (avant qu'il n'apparaisse), donde aparece a los gramáticos como expletivo, cuando es justamente allí que se muestra la punta del deseo. No el sujeto del enunciado que es el yo (je), el que habla actualmente, sino el sujeto donde origina la enunciación.
Mè ephynai ese "no soy" (me fus-je), o ese "no fui" (ne fus-je), para estar más cerca, ese "no ser" (n' être que equivoca tan curiosamente en francés con el verbo del nacimiento(243)), he aquí donde nos encontramos con Edipo Y qué es designado allí, sino que por imposición al hombre de un destino, de un intercambio de estructuras parentales, algo esta allí recubierto, que hace ya su entrada en el mundo, la entrada en el juego implacable de una deuda. A fin de cuentas, él es culpable simplemente por esta carga que recibe de la deuda del Ate que le precede.
Desde entonces ocurrió otra cosa. El Verbo se encarnó para nosotros. Vino al mundo, y, en contra de la palabra del Evangelio, no es verdad que no lo hayamos reconocido. Lo hemos reconocido y vivimos de las consecuencias de este reconocimiento. Es eso lo que quisiera articular para ustedes.
Es que para nosotros el Verbo no es simplemente la ley donde nos insertamos para llevar cada uno de nosotros la carga de esta deuda que hace nuestro destino, sino que abre para nosotros una posibilidad, una tentación de donde nos es posible maldecirnos, no solamente como destino particular, como vida, sino como la vía misma donde el Verbo nos compromete, y como encuentro con la verdad, como hora de la verdad. No estamos ya solamente al alcance de ser culpables por la deuda simbólica. Es por tener la deuda a nuestro cargo que puede sernos reprochada, en el sentido más próximo que esta palabra indica. En fin, es que la deuda misma en la cual teníamos nuestro lugar puede sernos arrebatada, en la cual podemos sentirnos a nosotros mismos, totalmente alienados. El Ate antiguo, sin duda nos hacía culpables de esta deuda, pero por renunciar a ella, como podemos hacerlo ahora, estamos cargados de una desgracia que es mayor aún, que ese destino no sea ya más nada.
En resumen, lo que sabemos, lo que tocamos por nuestra experiencia de todos los días, es la culpabilidad que nos queda, la que palpamos de cerca en el neurótico. Es ella la que debe ser pagada, justamente porque el Dios del Destino está muerto. Que ese Dios esté muerto está en el corazón de lo que nos es presentado por Claudel. Ese Dios muerto está aquí representado por este cura proscripto que no nos es presentado, más que bajo la forma de lo que es llamado el Rehén, que da su título a la primera obra de la trilogía, figura de lo que fue la fe antigua. Y el Rehén en manos de la politica, de aquellos que quieren
utilizarlo para fines de restaurant(244).
Pero el revés de esta reducción del Dios muerto, es esto, es el alma fiel que deviene rehén. El Rehén de esta situación, donde propiamente renace, más allá del fin de la verdad cristiana, lo trágico, a saber, que todo se escapa en ella si el significante p uede ser cautivo. Sólo puede ser rehén, bien entendido, aquella que cree, Sygne, y porque cree deber testimoniar de lo que cree, y justamente es tomada allí, cautivada en esta situación donde sólo es necesario imaginarla, forjarla, para que exista: es ser llamada a sacrificar, a la negación de lo que ella cree.
Es mantenida como rehén aún en la negación sufrida de lo que ella tiene de mejor. Nos es propuesto algo que va más allá de la desgracia de Job y de su resignación. A Job le es reservado todo el peso de la desgracia que no mereció, pero al heroísmo de la tragedia moderna se le pide asumir como un goce la injusticia misma que lo horroriza. Esto es lo que cubre como posibilidad ante el ser que habla, el hecho de ser el soporte del Verbo, en el momento en que le es solicitado garantizar ese Verbo. El hombre se convirtió en rehén del Verbo porque se dijo, o también por haberse dicho que Dios está muerto. En este momento se abre esta hiancia donde nada más puede ser articulado sino lo que es sólo el comienzo mismo del "no fui" (ne fus-je), que sólo podría ser un rehusamiento, un no, un ne, este tic, esta mueca, en resumen, este desdoblamiento del cuerpo, esta psicosomática que es el término en el que tenemos que encontrar la marca del significante.
El drama, tal como prosigue a través de los tres tiempos de la tragedia, es saber cómo de esta posición radical puede renacer un deseo, y cuál. Es aquí que somos llevados al otro extremo de la trilogía, a Pensée de Coufontaine, a esta figura Incontestablem ente seductora, manifiestamente propuesta a nosotros como espectadores, y qué espectadores, vamos a intentar decirlo, hablando con propiedad, como el objeto del deseo. Y no hay más que leer El Padre Humillado, no hay más que escuchar, que esos lo repelen hacia qué más repelente que esta historia; qué pan más duro podría sernos ofrecido que aquél de esta puesta, de este padre que es promovido como una figura de viejo obsceno, y que sólo el asesinato figurado ante nosotros trae la posibilidad de una prosecución de algo que se transmite y que sólo es una figura, la de Louis de Coufontaine, la más degradada. degenerada de la figura del padre. No hay más que escuchar lo que a cada uno pudo serle sensible, la ingratitud que representa la aparición, en una fiesta nocturna, en Roma, al comienzo del Padre Humillado, de la figura de Pensée de Coufontaine, para entender que nos es representaba allí como un objeto de seducción. ¿Y por qué?¿Y cómo? ¿Qué es lo que ella equilibra? ¿Qué es lo que compensa? ¿Es que algo va a retornar sobre ella del sacrificio de Sygne? ¿Es en nombre del sacrificio de su abuela que va a merecer algunas consideraciones, para decirlo todo? ¿En qué momento se hace alusión a esto? Es en el diálogo de dos hombres que van a representar para ella la aproximación del amor, con el paje. Y se hace alusión a esta vieja tradición familiar como a una historia antigua que se cuenta; es en la boca del propio Papa dirigiéndose a Orlan —del cual se trata y quien es la apuesta de este amor— que va a aparecer a propósito de esto la palabra superstición. "¿Vas a ceder, hijo mío, a esta superstición?" ¿Será que la propia Pensée va a representar algo así como una figura ejemplar, un renacimiento de la fe, un instante eclipsado? Muy lejos de todo eso.
término claudeliano. Pero es efectivamente de eso de lo que se trata. Sygne está animada por una pasión, aquella, dice ella, de una justicia que para ella va más allá de todas las exigencias de belleza en sí. Lo que ella quiere, es la justicia, y no cualquíera, no la justicia antigua, la de algún derecho natural a una distribución, ni a una retribución; esta justicia de la cual se trata, justicia absoluta, justicia que anima el movimiento, el ruido, el tren de la revolución, que hace el fondo de ruido del tercer drama del Padre Humillado, esta justicia es justamente bien al revés de todo lo que, de lo real, de todo lo que, de la vida, es por el Verbo sentido como ofendiendo la justicia, sentida como horror de la justicia. Es una justicia absoluta en todo su poder de sacudir violentamente el mundo del cual se trata, en el discurso de Pensée de Coufontaine.
Lo ven, es bien algo que puede parecernos lo más alejado de la predicación que podríamos esperar de Claudel, hombre de fe. Es bien lo que nos va a permitir dar su sentido a la figura hacia la cual converge todo el drama del Padre Humillado. Para