Tal vez la primera crítica que hace González al campo pedagógico se encuentra en El payaso interior, escrito cuando el autor aún estaba inmerso como estudiante en el mundo educativo. Allí, refiriéndose a los fines de la educación, anota:
94 Pasan los colegiales. Les están afirmando más y más los prejuicios, las visiones de los abuelos. Cuántos años necesitará para librarse el que a ello se dedique, de tanta tontería. Cuántos dolores el desprenderse de esas doctrinas hechas carne de su carne.
Sólo debe enseñársele al hombre aquello que disponga su alma para el análisis. Debe enseñársele a ser el creador de su vida y el artífice de su destino.
Pero siempre los colegios serán los sostenedores del orden, de la paz, del estancamiento de los espíritus. Siempre en ellos se repetirá, con Don Quijote, que los refranes son sabios por ser cosa de los abuelos; y eternamente en ellos se llamará bueno al valor de los antepasados.
¡Oh! Sitios corrompidos en donde no se dispone al hombre para crearse un fardo, sino que se le echa un fardo ajeno, que eternamente le servirá de tristeza, y que en el instante del morir amargará su ánima. ¡Alma que no tenga
huella de otros espíritus, pero ágil para modelarse a sí misma! Predica así…
(González, 2005).
Desde aquella época, reconocía González que la escuela cumple una función esencial en el acendramiento de la estructura social y que, si se desea provocar un cambio en la sociedad, es necesario transformar la educación para que no transmita las verdades de otros, sino que entregue a los alumnos las herramientas para analizar, descubrir, crear y poseerse a sí mismos. Por eso, como señaló Núñez Trujillo (1983), la pedagogía gonzaliana tiene una fase de desnudamiento para liberarse de los atavismos sociales, y una fase creativa o autoexpresiva que se logra por medio del cultivo de sí.
González, en cuanto figura autoral de maestro, pone en práctica la fase de desnudamiento en su insistente crítica de la sociedad que, como se vio en el tercer capítulo, encuentra en la novela de formación un medio privilegiado de expresión. Cuando Lucas Ochoa, por ejemplo, es expulsado de la Universidad a causa de su franqueza o cuando Manjarrés pierde el puesto de maestro de escuela por no invitar a beber aguardiente al inspector, González está denunciando una condición de la cultura que resulta inhóspita para el individuo que quiera vivir auténticamente, con tanta vehemencia como cuando argumenta de manera
95 explícita en Los negroides o en Santander que la cultura latinoamericana es vanidosa, vanidosa en sus formas coloniales, vanidosa en su política y vanidosa en su educación.
En un pasaje autoficcional de Don Mirócletes, cuenta cómo eran las clases de mineralogía que recibía Manuel Fernández en el seminario y de nuevo emerge el problema de la transmisión de conocimiento que no nace de la experiencia del estudiante:
El padre Torres nos enseñaba mineralogía en el Seminario, así: “El cuarzo es blanco, de sabor tal, inodoro y abunda en…” No lo veíamos por ninguna parte. ¡El cuarzo! ¿Comprendéis? Cuando salí del Seminario y me di cuenta de que toda mi niñez había sido vicio solitario [descarga nerviosa excitada por la imaginación y no por la realidad], me fui por ríos y quebradas en busca del cuarzo, y lo traje a casa y lo olía y acariciaba, exclamando: ¡Que no venga a mi mente la especie cuarzo en soledad, sino al tocarte, a causa tuya, hermosa piedra! (González, 1994: 115).
González se refiere en Nociones de izquierdismo a este tipo de educación como “las escuelas de muchachos sentados”, en un pasaje que muestra su crítica y su visión de la educación:
Los santistas llaman Universidad a un edificio con bancas en donde están sentados unos muchachos; llaman maestro a un hombre cualquiera que señala la lección. El candidato santista, en sus discursos, dice, como el súmmum de sus promesas, que «va a hacer estudiar mucha gramática». Para los izquierdistas, Universidad es la estructura en que se plasma la tendencia de las sociedades hacia la expansión de la conciencia, hacia la libertad; para nosotros, maestro es todo lo que incita la mente hacia la comprensión; para nosotros, el teatro, los mercados, los paseos, la calle, los hogares, etc., son órganos de la Universidad (González, 2015).
Los libros de González ilustran esa nueva forma de escuela en la que el discípulo y el maestro se confunden, pues cada uno es maestro en cuanto hace que el otro se descubra más; en la que las aulas son los caminos, o las montañas donde se pierde el sendero, o la historia revivida emocionalmente a través de los documentos y testimonios directos, y donde el currículo está formado por las
96 vivencias que cada uno puede absorber. Viaje a pie y Mi Simón Bolívar son dos ejemplos emblemáticos de esta manera de proceder: el viaje de don Benjamín y Fernando hacia el suroccidente colombiano es un viaje pedagógico en el cual la escuela y los maestros son la naturaleza, los fenómenos sociales con los que entran en contacto y sus propias vivencias. Escuela es la meditación honesta y paciente acerca de la realidad. En el caso de Lucas Ochoa, el esfuerzo por “revivir” a Bolívar para absorber su grandeza humana constituye un proceso pedagógico donde el maestro es el “gran hombre” puesto como acicate para que el joven se confronte a sí mismo, admire las virtudes heroicas y se disponga a progresar. Aplica en este contexto la caracterización del gran hombre aportada por Emerson, a quien sin duda leyó González:
“Los demás hombres son lentes a través de los cuales leemos nuestra propia mente. [...] Considero como un gran hombre al que vive en una esfera más alta de pensamiento a la cual los hombres se elevan con trabajo y dificultad; le basta abrir los ojos para ver las cosas a la luz verdadera y en amplias
relaciones [...]” (Emerson, 1991: 2)
Bolívar, Juan Vicente Gómez, Gandhi, Jesucristo son grandes hombres a los que González mira como su universidad e invita a los lectores a hacer lo propio, no para imitarlos, sino para “reaccionar” con ellos y crecer en el conocimiento de sí al meditar sobre esas reacciones.