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LECCIONES DE LA MESA DE JESÚS El hecho de que Leví abriera su hogar, no

solamente a Jesús, sino también a todos los que solían sentarse con él en las mesas de recaudación de impuestos, nos abre cuatro ideas importantes acerca del Reino y de Je- sús, que no podemos pasar por alto.

1. En la mesa de Jesús no siempre están sentados los que nos resultan más ob- vios.

Nunca podemos pensar que sabemos a quién quiere salvar Jesús y a quién no. Cuando Jesús afirma: “quien quiera” eso es exactamente lo que Él quiere decir. Ja- más debemos juzgar quién puede y quién no puede salvarse. Seamos una iglesia que no solamente abra sus puertas, su mesa de

amor, a los que pensamos que se lo ‘me- recen’ y que son los perfiles más “obvios” para nosotros.

2. Una mesa para Jesús es una mesa abierta.

Aún hoy día a muchos les espanta la idea de abrir las puertas de la iglesia a cualquiera y a todos, y sin embargo la misión del reino es salvar a todos y cada uno diariamente. No nos toca a nosotros determinar en qué corazón el Espíritu Santo va a tocar. Solo nos corresponde a nosotros ver los resulta- dos, y entonces, darles la bienvenida a la familia del reino para que también puedan crecer en amor y en gracia. Hagamos siem- pre de nuestra mesa una mesa abierta, sa- biendo que Jesús se sienta especialmente en estas mesas.

3. Una mesa para Jesús recuerda quién solía sentarse allí.

Leví nunca se olvidó del lugar de dónde había salido, ni de quienes se sentaban con él a la mesa antes de que Jesús lo llama- ra. Es demasiado fácil para nosotros, como cristianos, olvidarnos del lugar donde Jesús nos encontró, y cuánto nos ha hecho avan- zar y crecer por su gracia. Jesús quiere que recordemos a las personas que hemos de- jado atrás cuando lo encontramos a Él y co- menzamos a seguirlo. Él quiere que recor- demos a quienes hacíamos sentar a nues- tras mesas, y que les hagamos espacio en nuestras nuevas mesas. Es necesario que seamos cuidadosos de no volvernos ‘dema- siado salvos’. Las personas que se vuelven ‘demasiado salvas’ miran hacia atrás, a las personas con las que se asociaban antes, con desdén y desprecio, porque ahora ellas tienen una nueva vida que es muy diferente de su vida antigua. Pero como hizo Leví, al nosotros encontrar esta nueva vida en Je- sús, tenemos que recordar a las personas que hemos dejado atrás, y hacerles espacio en nuestras nuevas mesas.

4. Una mesa para Jesús nunca pide dis- culpas, sino que siempre defiende a quien se sienta allí.

Jesús nunca pidió disculpas por las perso- nas que se sentaron a su mesa. Él siempre

defendió tanto su presencia allí como las razones por las que se sentaban con él. Él vino a demostrar, primero con sus hechos, y luego con sus palabras, que Dios estaba verdaderamente con nosotros. Él no se dis- tanció a sí mismo de aquellos a quienes los gobernantes del Templo creían que estaban fuera del alcance de Dios, y que, por lo tan- to, no eran merecedores de ser ayudados ni de recibir la salvación.

Vivimos en una sociedad que ya no escu- cha nuestras palabras, pero que está atenta a nuestras acciones. El antiguo refrán sigue siendo cierto: “Obras son amores, que no buenas razones”. Y es que una acción vale más que mil palabras. La vida y el amor de Jesús en nosotros se conocerán siempre por cómo defendemos a los marginados y a los faltos de amor en nuestra sociedad. Jesús se esmeró precisamente en defender a los marginados y a los faltos de amor para dar- nos ejemplo de cómo vivir con los demás, y los unos con los otros.

5. Finalmente, Jesús es el único Camino a la mesa.

Volvamos brevemente a la parábola del banquete de bodas. El Rey había hecho provisión para que cada invitado tuviera, a la puerta, su vestido de bodas listo. Sin embargo algunos rechazaron el vestido de bodas que se les había preparado. En el tiempo del fin, nuestro único acceso al banquete de bodas del Reino eterno es el manto de justicia que Jesús nos pro- vee gratuitamente a través de su precio- sa sangre vertida en el Calvario. En este manto de justicia no hay ni un solo hilo de hechura o fabricación humana. Nues- tra única parte en esto es aceptarlo como don del Cielo.

Pero estamos felices de que es Dios y solamente Dios quien toma la decisión fi- nal acerca de nuestro acceso final al Reino eterno, porque nosotros no conocemos el corazón de las personas. Nuestra tarea es ser generosos al dar la invitación a toda la humanidad y dejar la separación de buenos y malos al Único que lee los motivos y las intenciones del corazón humano.

Cada uno de nosotros somos Mesas para Jesús: nuestros hogares, nuestras iglesias, nuestras aulas, nuestros automóviles. Aún las páginas y los comentarios en Facebook, Instagram, y Twitter pueden ser Mesas para Jesús, si escogemos usarlos de tal manera que, por su medio, le demos gloria a Él.

¿Es posible que, para una Iglesia que lu- cha para hacer que el Evangelio tenga un impacto real en nuestras sociedades secu- lares occidentales, Jesús lo haya hecho tan simple como abrir nuestros hogares? ¿Es posible que las verdaderas buenas nuevas del Reino que Jesús nos está pidiendo que impartamos sean nuestras vidas transfor- madas y nuestras mesas abiertas? ¿Es po- sible que lo que Jesús está pidiéndonos es que compartamos nuestras vidas transfor- madas, porque ellas hablan más alto que cualquier sermón?

Mientras estamos ocupados buscando, tratando de dar con nuestra próxima gran idea, posiblemente la gran idea sea prepa- rarle una mesa a Jesús.

Tomemos tiempo para orar ahora mis- mo por tres cosas:

1. ¡Que nos demos cuenta de nuestra nece- sidad de un Salvador ahora mismo!

2. Que creemos espacios / mesas en los que puedan encontrarse Jesús y la socie- dad que nos rodea.

3. Que yo no nunca me avergüence de quien Jesús elija para compartir la mesa.

1. “La sociedad secular ya no escucha información con el fin de encontrar la verdad, sino que

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