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Lecciones de lo salvaje

Gary Snyder:

La práctica de lo salvaje

Varasek Ediciones, Madrid, 2016 260 páginas, 18 € (papel + ebook)

vinculada al medio que nos ampara como especie. Su libro es una incitación a la es- cucha del mundo natural, una mirada hacia el sesgo salvaje que tiene la cultura misma –no contrapone civilización y mundo salva- je– y un testimonio de las lecciones que él ha aprendido de las montañas, los animales o las mareas. «Asesorado por un cedro», es- cribe en un momento dado un Gary Snyder que ha aprendido a escuchar lo que un ár- bol puede decirnos sobre nosotros mismos. Lector inquieto y plural, a Snyder le in- teresa la escritura de civilizaciones y épo- cas dispares. Es más, para Snyder un tex- to es «información almacenada a lo largo del tiempo»; por lo tanto, «la estratigrafía de las rocas, las capas de polen en una ma- risma, los anillos concéntricos en el tronco de un árbol también pueden considerarse textos». A esta lectura holística de la na- turaleza suma un interés por la poesía, la lingüística, la narrativa, la filosofía y se si- túa próximo a escritores que han plasma- do un lamento por el ocaso de lo indómito o intuido la gravedad que entraña su pér- dida. «Sin alrededores no hay camino», apunta Snyder. Veamos algunos de sus alre- dedores como medio indirecto de acercar- nos a Snyder, ya que, como él mismo se- ñala, es un engaño la creencia de que ca- da uno de nosotros seamos una especie de «conocedor solitario», que «existamos co- mo inteligencias desarraigadas sin sucesi- vas capas de contexto localizado». Una ca- pa remota que puede hablarnos lateralmen- te de Snyder nos llevaría al poema épico más antiguo que conocemos, El poema de

Gilgamesh, donde está narrada la profana-

ción y tala de un bosque sagrado, el Bosque de los Cedros. Para la civilización sumeria era el bosque de la vida, lleno de símbo- los de gran valor para la mentalidad primi-

tiva. En el primer párrafo del prólogo de La

práctica de lo salvaje, Snyder nos habla de

quién es él en relación con el medio que lo vio crecer y lo que narra es «la implacable deforestación de uno de los más imponen- tes bosques de todos los tiempos» en el entorno del estrecho de Puget, en la cos- ta noroccidental de los Estados Unidos. Desde entonces y hasta hoy, tanto el ensa- yista como el poeta que en él conviven han tratado de incorporar a la vida moderna lec- ciones y destrezas aprendidas del mundo animal y vegetal, de las tormentas, venda- vales y demás fenómenos que nos afectan a todos, en forma de poemas, ensayos, con- ferencias o acciones medioambientales de distinto tipo. Dice beber de símbolos anti- guos, elementales: «Como poeta sostengo los valores más antiguos sobre la tierra. Se remontan al Paleolítico: la fertilidad de los campos, la magia de los animales, el po- der de la visión que da la soledad, la ini- ciación y el renacer, el amor y el éxtasis de la danza, el trabajo comunal de la tribu». Su respeto por el mundo animal y vegetal está vinculado a un pensamiento animista en el que todo se comunica, próximo al de ciertas comunidades indígenas o a la filo- sofía del Japón antiguo, de la India o de la antigua Mesopotamia del cual se nutre su pensamiento. Ese mundo de relaciones tan amplio implica una ética, una forma de so- lidaridad.

En la antigua Grecia –pese al «narcisismo griego» que incordia a Snyder–, Platón en su

Critias se lamentaba de que: «Lo que aho-

ra permanece, comparado con lo que hubo, es como el esqueleto de un hombre enfer- mo» o de que «hay montañas que ahora no tienen más que comida para las abejas, pe- ro que tenían árboles hace no mucho». Una conciencia de hermanamiento con lo natural

subyace en estas palabras. ¿Qué pensaría a día de hoy? En realidad, en la historia clási- ca abundan relatos con nostalgias similares. Incluso en el medievo, esa época tan teme- rosa de lo salvaje y del caos por identificar- lo con lo brutal, lo alejado de Dios, tenemos la singularidad de Petrarca, «el primer mon- tañero moderno y primer poeta lírico en len- gua vernácula», nos dice Snyder en su ensa- yo «Gramática parda». Cuando en 1336 es- caló el monte Ventoso de los Alpes –de 1909 metros de altitud– y más tarde escribió una memoria del viaje, dio inicio a una actividad que no tenía precedente: escalar montañas sin fin práctico alguno. Una mentalidad más próxima en este aspecto a la veneración de la naturaleza propia del Lejano Oriente, pe- ro Occidente tiene, por supuesto, sus rara

avis, y de estas aves también Snyder reco-

ge su legado.

Acercándonos un poco más a Snyder en el tiempo –aunque para él lo próximo es más bien lo remoto– el siglo xx ha dado singula-

res voces literarias que han lamentado la pér- dida de biodiversidad y de territorio natural. Especialmente próximos a la experiencia de Snyder son los que narran la entrada del hom- bre en las últimas fronteras deshabitadas. Un gran ejemplo son las memorias de los viajes del explorador Vladimir K. Arseniev (1872- 1930) –célebres en gran parte por la pelícu- la Dersu Uzala de Akira Kurosawa–. Los ex- pedicionarios consiguieron sobrevivir al recio ambiente de la taiga gracias a un sabio caza- dor que leía e interpretaba los más mínimos mensajes de la naturaleza. El cazador era un experto conocedor de las leyes de lo salva- je. Había incorporado lo que Snyder señala como el protocolo del mundo salvaje que re- quiere «no sólo generosidad, sino también una fortaleza bienhumorada que tolere la in- comodidad jovialmente, la comprensión de

la fragilidad de todos y cierta modestia». En

La práctica de lo salvaje subyace un lamento

por el profundo analfabetismo de la narrativa de lo natural que afecta a nuestra cultura im- pregnada de «ideología mecanicista y nega- dora de la naturaleza». Emparentado con el sabio cazador, Snyder recibió su primera for- mación «de las lagunas, los bosques y la alta montaña». Creció en una pequeña granja en el noroeste del Pacífico norteamericano, en la Isla de la Tortuga. Su amigo Jack Kerouac definió al joven Snyder como un muchacho «criado en una cabaña de madera, en la pro- fundidad de los bosques, con su padre, su madre y su hermana, y desde pequeño un montañés, leñador y granjero, al que le gus- taban los animales y la cultura indígena». Un retrato más amplio del joven Gary Snyder, reinventado bajo el nombre de Japhy Ryder, lo encontramos en la novela de Kerouac Los

vagabundos del Dharma, en donde aparece

como un monje zen, leñador de los bosques y descifrador del legado de los misterios de los indígenas americanos.

Atraído por el indigenismo, Snyder ha re- corrido Estados Unidos (especialmente Alaska) y Canadá escuchando testimonios y valores de los pueblos indígenas que ha hallado a su paso. Los concow, nisenan, salish, inupiaq, atabascanos, haida, hopi, crow, washo, chehalis, yupik o los lakota le han dado claves de otras formas de habitar la naturaleza. Claude Lévi-Strauss, ese viaje- ro que odiaba los viajes y a los exploradores, aparece también como referente, como no podía ser de otro modo, en los ensayos de La

práctica de lo salvaje. El autor de esa suer-

te de libro de viajes que es Tristes trópicos (1955) narró veinte años de trabajo antropo- lógico en Brasil. Habitó con los nambikwa- ra, los caduveo, los bororo, y los tupí-kawaíb y vio cómo las sociedades a las que dedicó

su estudio desaparecían al igual que lo ha- cían sus tierras bajo las máquinas de los co- lonos. Frente a la discriminación y el etno- centrismo en perjuicio de los pueblos na- tivos, Snyder aboga por reducir (ambición, codicia…), por aplicar ese «menos es más» de Mies Van der Rohe con el fin de lograr un mundo más sostenible. Personalmente le gusta lo sencillo, soltar más que ateso- rar, prescindir y caminar –«primera medita- ción»– al encuentro de poblaciones que ate- soran valiosos conocimientos sobre plantas, animales específicos y valores «fundamenta- les y eternos de nuestra especie». Además, al caminar señala un puente entre lo espi- ritual y lo práctico. Lévi-Strauss reiteró en sus libros la creencia de que «aprender pa- sa por el cuerpo»; Snyder no podría estar más de acuerdo con esta corporeidad, po- tenciada por su conocimiento y práctica del budismo zen.

Continuando este pequeño paseo por algu- nos de esos viejos maestros o familiares de Snyder –«¡Los libros son nuestros abuelos!» exclama gozoso en estas páginas–, hallamos, ya en Norteamérica, a Ralph Waldo Emerson (1803-1882), quien se lamentaba de vivir un tiempo incapaz de mirar con sus propios ojos a la naturaleza o a Dios. Decía vivir una época retrospectiva más dedicada a construir «los sepulcros de sus padres» que a pensar por sí misma mediante la experiencia directa. En Gary Snyder se produce un equilibrio en- tre el erudito, el viajero, el místico y el hombre común. Ha sido granjero, leñador, marinero, guarda forestal, viajero impenitente y profe- sor universitario, lo que probablemente le ha aportado el suficiente primitivismo como pa- ra carecer de la altivez que impide tomar en- señanzas de lo salvaje. Otro gran vínculo con el pensamiento de Snyder lo encontramos en Henry David Thoreau (1817-1862), el menos

académico de los intelectuales antimetropo- litanos. Fue amigo de Emerson, escritor a me- dio camino entre el filósofo silvestre y el natu- ralista ácrata o el viajero esteta; un robinsón de los bosques que celebró en su Walden su

roussoniano retorno a la naturaleza que ins-

piraría a multitud de escritores, ecologistas y viajeros. Thoreau hizo del bosque su templo. Su espíritu, agreste y rebelde, sigue vivo en Snyder y en actitudes como la protección del medio ambiente, la lucha por los derechos ci- viles, el antimilitarismo, etcétera.

Zhuangzi, Dogen, Bartolomé de las Casas, Baruch Spinoza o Jack London son tam- bién autores cercanos a Snyder, pero si so- mos ortodoxos con la horizontalidad del tiem- po, donde se lo ha incluido muchas veces es en la beat generation, a la que perteneció por ser amigo de Allen Ginsberg, Alan Watts, Kenneth Rexroth o Jack Kerouac. No obstan- te, aclaraba el poeta en una entrevista a un periódico en 1992: «Se puede hablar de mí como amigo de la generación beat en sus pri- meros tiempos, pero no formo parte de esa generación». Cuando sus compañeros anda- ban en la cúspide de su fama, rodeados de excesos, Snyder viajaba a Japón, donde vivió durante diez años en monasterios de budis- mo zen.

En Snyder encontramos a un autor com- prometido con sus palabras, algo que no siempre va unido, pero que –cuando se da– es el conocimiento más digno de respeto. Defiende la necesidad de construir una civi- lización que conviva entera y creativamente con lo salvaje y nos invita a meditar sobre las implicaciones de existir como seres huma- nos, urgiéndonos a deshacer el daño; deseo, tal vez, del niño que sigue avivando el tesón de un ya octogenario Gary Snyder, ese niño que presenció la deforestación de los bos- ques del entorno que lo vio nacer.

En la década de los setenta, George Steiner sospechaba que la literatura del momen- to estaba siendo escrita en la Europa co- munista o en América Latina –censura y te- rror atizando el genio–. Que la vida pudiese pender de un libro contrastaba con la in- significancia de la literatura en las socieda- des democráticas. Se hacía así eco del pos- tulado irónico de Borges: la censura obli- ga a afilar las herramientas del oficio. En cambio, Cabrera Infante zanjaba el asunto con ese humor que era bilis: en Cuba ya no hay escritores, tan sólo comisarios políti- cos. Posiciones adversas éstas que coinci- den en un fetichismo de los lazos entre arte y política.

El asunto se complica cuando bailamos entre dos aguas: un liderazgo fuerte que va

cambiando (o vaciando) las instituciones de una democracia históricamente ende- ble, sin llegar, pese a los visos autoritarios, a ser abiertamente una dictadura y, por si fuera poco, con tintes bufonescos: «Un po- der como éste, que produce risa y sin em- bargo te mata, es más corrosivo que un po- der serio, de esos que provocaban terror con la sola presencia de sus líderes o de sus símbolos […]. Pero no hay forma de decir- lo sin quedar en ridículo, como a esos niños a los que hacen llorar los payasos». ¿Cómo decir semejante terror sin quedar en ridícu- lo? Tal parece ser el reto de la primera nove- la del escritor venezolano Rodrigo Blanco.

Se necesitará, pues, «entrar en el horror como quien poco a poco se adormece y le da la espalda a la vida» e ir tejiendo «una