• No se han encontrado resultados

La lectura del 68

El IV Informe Presidencial

El 18 de septiembre a (Conversación del 30 de noviembre de 1968)

III. La lectura del 68

La consagración (por así decirle) del 68 es el corolario de una serie de lecturas de esos acontecimientos. Según creo, y muy a grosso modo, estas serían las etapas de interpretación del Movimiento:

La primera lectura se da en el tiempo siguiente al 2 de octubre, y se divide entre quienes ensalzan martirológicamente al Movimiento, quienes lo ven como la subversión aplastada por la fuerza del Estado, y los convencidos de que la democracia no se hizo para México. Es difícil mantener la memoria de lo acontecido en medio de la Guerra Fría, y el 2 de octubre de 1969, por ejemplo, hacen su debut los Halcones (tan protagónicos el 10 de junio de 1971), fuerzas de choque encargadas de dispersar a los asistentes al homenaje luctuoso en la Plaza de las Tres Culturas. Se publica poco sobre el tema, el Sistema todavía actúa unificadamente y, en el lado contrario, pesan demasiado las reverberaciones de la derrota. De allí la incomparable importancia de La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, no el único libro sobre el 68, pero sí, y comprobada- mente, el de más perdurable resonancia.

La noche registra el entusiasmo, el desmadejamiento anímico, la abnegación, el deseo de revancha, lo que sustituye al lenguaje conceptual que o se ignoraba o se vivía por unos cuantos como desfile de fórmulas rituales ("Lenin dice..."). Si en 1971 La noche de Tlatelolco es denuncia y testimonio, en los años siguientes divulga el método profundo del Movimiento, el arribo a la crítica a través de la indignación cívica, y la continuidad de la indignación gracias a la crítica. Hartazgo y esclarecimiento de las razones del hartazgo, en un continuum. Incorporado el 68 a toda explicación del proceso mexicano, La noche continúa narrando el procedimiento gracias al cual la historia se vuelve vida íntima y el conjunto de las experiencias individuales define la versión de un momento histórico.

De otros movimientos se han rescatado estrategias, querellas internas, documentos, aprovechamientos o desaprovechamientos de los instantes álgidos. Pero si se descuenta la crónica de Mauricio Magdaleno sobre el vasconcelismo (Las palabras perdidas), sólo del 68 se dispone del registro de la hondura emotiva (que es también conciencia política y vislumbre inaugural de otra cultura), que le permite al Movimiento sobrevivir al 2 de octubre.

La segunda lectura se produce a contracorriente de la demagogia gubernamental. El Presidente Echeverría no concede en materia de democratización, mientras el término gana terreno. Si en 1968 la democracia era palabra ritual y concepto un tanto lejano, unos cuantos años después resulta clave en su interpretación, por la situación internacional, y porque 68 se explica más adecuadamente si su retórica radical se traduce al idioma de la democracia.

La tercera lectura se da en medio de situaciones tensas y del auge y la descomposición de la guerrilla urbana. El radicalismo domina en muchos centros de enseñanza superior, y su alegato se centro en el fracaso categórico de la vía legal. Remember Tlatelolco. La Liga 23 de Septiembre, por ejemplo, es consecuencia innegable del 68 y de la exasperación revolucionaria.

La cuarta lectura del 68 se conoce a partir de 1978. Una gran marcha estudiantil vuelve a Tlatelolco, se disipa el cerco de ocultamiento y emergen realidades impensables diez años antes, por ejemplo la presencia de un contingente gay, que si no es recibido con vítores, sí se integra sin mayores problemas. Ya en 1978 el Movimiento Estudiantil es una formación simbólica de primer orden, no obstante y gracias a las interminables querellas sobre los hechos y su interpretación. Además, el énfasis puesto en el antiautoritarismo se desplaza a la exigencia de muros de contención del presidencialismo, esa doctrina del "Único Hombre Libre" en el país.

La quinta lectura elige como punto de partida lo que no pocos describen como amortiguamiento de los significados del 68. Entre 1978 y 1993, el neoliberalismo cobra vuelo, se convierte en la teoría que desdeña por "locales y localistas" fenómenos como el 68, se burla de los intentos de justicia social, ironiza a costa del fraude electoral de 1988, no admite ni como modelo antiguo al "idealismo romántico" del Movimiento, desdeña movilizaciones basadas en reclamos de derechos humanos y civiles, le atribuye al 68 el delirio de la guerrilla y sólo le concede la calidad de experiencia generacional. Y todo a nombre del salto salinista al Primer Mundo.

La sexta lectura es consecuencia del 94, del EZLN y el subcomandante Marcos, de los asesinatos políticos, del deterioro inocultable del priísmo, de la emergencia del PAN (y su cauda de intolerancias), de la vida errátil del PRD, de la necesidad de allegarle un pasado formativo a la transición a la democracia. Se desprende el velo "romántico" del 68, y reaparecen el humor, la imaginación, la oposición irónica, los apuntes de la sociedad civil. A diferencia de otros movimientos, el 68 no es relegable con una frase o un gesto. El cinismo puede declararlo obsoleto, pero sin democracia todos, los activistas y los cínicos, exhiben su obsolescencia, y por eso el 68 recupera su actualidad, al incorporársele al Movimiento palabras clave que no manejó, pero que le corresponden: democracia, pluralidad, tolerancia.

La séptima lectura es parte del resumen internacional del siglo XX. ¿Cómo no revalorar y jerarquizar al 68? A la tragedia se le adjunta lo que parecía relegado, el impulso multitudinario. Por vez primera, se intenta leer y se lee al Movimiento en su conjunto, y allí son muy valiosas las aportaciones de líderes del CNH como Raúl Álvarez Garín, Roberto Escudero, Tita Avendaño, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca y otros, que continúan el ejemplo de Los días y los años, de Luis González de Alba, el primer libro de un protagonista, ampliamente leído.

Gracias a los rasgos de ingenuidad del 68 es posible enfrentar y criticar el vasto desencanto. Reconocer los méritos del 68 es subrayar los deméritos del cinismo post- militante, post-activista, post-cívico. El 68 fue una movilización básicamente de izquierda; al recuperarla, se descubre lo prestigioso del pasado de un sector hoy tan combatido por "premoderno".

El 68 no murió por nuestros pecados. El tono semirreligioso y de martirologio que dominó en un tiempo las evocaciones cede el paso al espíritu totalmente secularizado del 98. Al recuperarse panorámicamente el Movimiento, tantos años fragmentado por el peso enorme del 2 de octubre, ya se comprende lo que tanto importa: la mezcla de relajo y seriedad, de compromiso y desenfado, de individualismo y espíritu comunitario, de voluntad épica e instinto de conservación.

Post-scriptum

Documento similar