No podemos entrar aquí en todo un ámbito que es más propio de la Filosofía del Derecho, pero tenemos que hacer en este punto al menos algunas precisiones.
Como ha señalado Murillo Ferrol, los valores y creencias producen una presión sobre los miembros de una sociedad, que les lleva a cumplir unas normas establecidas por esta, muy a menudo por el convencimiento de que es su obligación el hacerlo así. En frase de Linton, «la gente vive principalmente según hábitos, obrando en la forma en que se le ha enseñado a actuar, sin pararse primero a pensar».
De aquí que quienes tienen el poder, al dictar tales normas, se acojan precisamente a valores compartidos por todos los miembros de aquella cultura, justificando así sus decisiones. De hecho, tanto en países pluralistas como dictatoriales, numerosas presiones encontradas habrán conducido a una decisión final. Presiones que en unos casos, responderán a intereses generales y quizás en otros a intereses más particulares. Pero de todas las motivaciones que producen la decisión, el legislador o el gobernante elijen alguna o algunas, coincidentes siempre con valores a los que se considera duraderos y superiores. Con lo cual muy frecuentemente se enmascara con estos, que se presentan frontalmente, sus normas, en las cuales han podido pesar en cambio otros factores menos visibles.
El pensamiento marxista ha venido considerando por su parte al Estado (burgués) como el mero gestor de los intereses de una clase social. Y en consecuencia, al Derecho, como un mero «sistema de relaciones sociales correspondientes a los intereses de la clase dominante, tuteladas por la fuerza organizada de esa clase» (Stucka). En forma menos radical, algunos autores de esta línea de pensamiento tienden hoy a creer que el Derecho no es tanto resultado directo de la lucha de clases, sino matizando tal apreciación, resultado de un compromiso entre las fuerzas sociales, especialmente en los países desarrollados. En tal compromiso predominará, como es lógico, el interés de una clase o fracción de clase, y también la ideología de los propios líderes.
En la medida en que unos valores sustituyen a otros y son considerados a su vez superiores, cambian las bases de la legitimación de unos gobernantes, que dictan unas normas jurídicas. Así, en ciertos países, las creencias religiosas que sustentaban el derecho de las autoridades políticas han cambiado, y hoy se considera como supremo valor quizás, a la eficacia. Es decir, a la capacidad de un Gobierno para proporcionar a los ciudadanos una satisfacción de sus necesidades individuales, a través de unos servicios públicos. Si el sistema político consigue que la mayoría de la población acepte este valor —mucho más complejo de como lo describimos aquí, porque por ejemplo puede llevar implícito el orgullo nacional u otros factores psicológicos— el sistema queda legitimado para ella. En otros países, en cambio, como los de Europa occidental, se parte de considerar como valores supremos los democráticos, el respeto y las libertades y derechos, al pluralismo, la tolerancia y la lucha frente a la desigualdad. En ellos no se aceptaría, digamos por caso, un mejor nivel de vida a costa de aquellos.
De aquí que la definición del Derecho sea tan relativa en el tiempo y en el espacio como cualquier otro valor. Un simple cambio de poder político, puede conducir a una legislación diametralmente opuesta a la anterior, hasta el punto deque difícilmente se encuentra un régimen político que sea legal ni legítimo con arreglo a las normas del que le precedió.
Lo que ocurre en algunos países del Este de Europa merece a este respecto comentarse. Puesto que según la teoría de Marx la división en clases es resultado de la posesión de los medios de producción por una clase minoritaria, una vez eliminada la causa, desaparece automáticamente la antigua estratificación, y al mismo tiempo se autolegitima el nuevo sistema político. De hecho, sin embargo, como veremos en otro lugar, lo que hasta el momento ha ocurrido ha sido la sustitución de una clase de propietarios por una nueva clase de controladores de los medios de producción, a través de una poderosa burocracia.
Naturalmente, es posible establecer una legalidad que no responda a una legitimidad. Las involuciones desde una democracia a una dictadura, que en el siglo XX han sido relativamente frecuentes, así lo demuestran. Como ya dijo en otro tiempo Ángel Ganivet, «el Derecho es una mujerzuela flaca y tornadiza, que se marcha con el primero que hace sonar las espuelas y arrastra el sable». Pero en la medida en que la mayoría de los ciudadanos compartan unas creencias no exclusivamente referidas al mero mantenimiento del orden público, y basadas en el principio de que la soberanía reside en el pueblo, la legitimidad terminará por cambiar la legalidad. Una vez más, se trata de una cuestión de valores compartidos.
10,— LA PERSONALIDAD V EL PROCESO DE SOCIALIZACIÓN
Aunque posteriormente nos ocuparemos en particular del proceso y resultados de la socialización política, es preciso partir de algunas consideraciones generales sobre la formación y desarrollo de la personalidad. Es esta un producto de la sociedad, que la moldea con arreglo a los elementos componentes de la cultura. Por consiguiente, no hay personalidad sin sociedad. Precisamente este razonamiento fue el que llevó a Aristóteles a definir al hombre como «animal social».
Tan importante es el influjo de la cultura en la formación de la personalidad, que condiciona la manera en que el hombre satisface sus necesidades, otorgando a tales «maneras» valoraciones positivas o negativas. Jiménez Blanco ha definido a la personalidad como «organización individual de motivaciones de la conducta».
Según Piaget, el niño adquiere conciencia de sí mismo hacia un año y medio después de su nacimiento; antes y después de este momento, actúa observando las reacciones de los demás para con él, lo que ha dado origen a que se hable de culturas más o menos «permisivas». Lo cual es importante por cuanto se condicionan, desde muy tempranamente, comportamientos de su vida adulta, en el campo político o económico, que de otro modo no tendrían explicación.
El proceso en el que el individuo incorpora a su personalidad los componentes de la cultura se denomina «socialización»^ por cuanto se integra un «socio» en una sociedad. Este proceso, de trascendental importancia en la infancia, en que se forma la «urdimbre» de la personalidad (según Rof Carballo), dura toda la vida, y, mejor o peor, va produciendo sucesivas adaptaciones a los cambios de la sociedad y a las propias circunstancias personales. Es decir, se van aprendiendo sucesivos status-roles, como ya hemos señalado.
Ahora bien, el que las normas impongan unas regularidades de conducta y un grupo de individuos comparta una misma cultura, no origina que sus comportamientos sean totalmente iguales. Por el contrario, la experiencia cotidiana muestra grandes diferencias entre ellas. Durante algún tiempo se ha polemizado en torno al origen de estas diferenciaciones. Una escuela de pensamiento suponía que se deben a la herencia biológica, y otra al medio ambiente social y físico. Las implicaciones políticas de aquella son evidentes: una herencia genética «mejor» o «peor» justificaría toda clase de discriminaciones raciales y étnicas. Sin embargo, como ha señalado Yela, ciertos rasgos de la personalidad dependen de una peculiaridad cromosómica. Entre ellos, las aptitudes, el temperamento, la extraversión y tal vez las grandes psicosis. Otros, en cambio son moldeados por el medio ambiente, como los componentes de la cultura que antes hemos mencionado en su manifestación individual, las aspiraciones, efectos, odios, prejuicios y actitudes hacia el arte o el trabajo. Sobre todo, este autor subraya que el contacto humano determina en gran parte las «actitudes básicas». Una actitud «abierta» en que el individuo se siente seguro de si mismo, le hace percibir las dificultades como problemas, que hay que resolver racionalmente. Un núcleo de convivencia distinto puede originar actitudes «cerradas», con sentimientos de inseguridad, dependencia y fracaso, en que el sujeto tiende a percibir las dificultades como amenazas, y a defenderse, encubrirse e incomunicarse frente a ellas. Las consecuencias a nivel colectivo de uno u otro ambiente, son evidentes, en la medida en que estos se encuentren suficientemente generalizados.
Adviértase también que en las aptitudes físicas puede influir decisivamente, ya desde antes del nacimiento, el medio ambiente social. La alimentación y trabajo que realice la madre, las atenciones higiénicas y médicas de que disponga, y la transmisión de enfermedades, son factores sociales que durante siglos han venido condicionando el desarrollo del ser humano y su supervivencia misma. No se pierda de vista que, todavía hoy, en los países de baja renta per cápita, la tasa de mortalidad infantil es muy superior a la de los países avanzados, incluso en proporción de diez a uno.
11.— LA RELACIÓN CULTURA-PERSONALIDAD, A PARTIR DE FREUD
Una de las mayores aportaciones al conocimiento de cómo la sociedad influye en la formación de la personalidad la realizó Sigmund Freud. Al poner de relieve «el molesto hecho de la sociedad», hacía notar que toda personalidad queda coaccionada por las normas de su cultura. El individuo interioriza en su «superego» tales normas en su sentido más puro e ideal, a través de mecanismos de imitación entre los cuales destacaba Freud la superación del «complejo de Edipo» (cuestión ésta discutida por Malinowski). El
segundo aspecto de la personalidad analizado por Freud, era el «ego», que establece un compromiso consciente entre lo que la cultura le dice al individuo que debe hacer y lo que a este le conviene o interesa más en ese momento. Hay una transacción, que adapta la norma ideal a una situación concreta. Finalmente, apuntaba Freud a la existencia del «id», un mundo de impulsos —para él fundamentalmente de origen sexual— oscuros, no siempre claramente percibidos por el individuo, que la sociedad refrena para mantener la convivencia. Marcuse, Wilhelm Reich y otros han hecho nuevas aportaciones, con posterioridad, al carácter represivo de la cultura en sociedades actuales.
Se comprueba así que existe en toda personalidad una faceta inconsciente, que sólo surge cuando en los sueños, o en estado de hipnosis, por ejemplo, se levanta la «censura» que bloquea al «id». Jung y Fromm han hablado de un «inconsciente colectivo» compartido por la mayoría de los miembros de una sociedad; unos impulsos que no se dejan aflorar, precisamente para facilitar su funcionamiento.
Conectando la tesis de Freud con los elementos componentes de la cultura y la personalidad, esquemáticamente encontraríamos una disposición como la que sigue:
superego ego e id valores \ normas \ motivaciones actitudes y I comportamientos cultura personalidad (status-roles)
Conocemos ya en qué sentido deben usarse los conceptos de valores y normas. En cuanto a los demás, aunque sean de uso bastante común, no es ociosa una corta explicación. Por motivaciones entendemos predisposiciones de ánimo, tendencias arraigadas en el individuo concreto, como por ejemplo la ambición política, o la «necesidad de logro», estudiada por MacClelland, y que particularmente explica los fundamentos psicológicos del desarrollo económico. Una persona estará motivada, en fin, a votar habitualmente por los partidos de la derecha frente a los de izquierda, o viceversa, o simplemente a no votar. La actitud manifiesta al exterior aquella motivación, o un estado de ánimo en particular. Es un gesto o un mero decir. En cambio el comportamiento es algo mas; se trata de un hacer. Entre una y otra hay importantes
diferencias, que se exteriorizan precisamente en un* de las debilidades de la técnica de encuesta. Se puede manifestar genéricamente la conveniencia de establecer un fondo especial de ayuda a personas disminuidas, por ejemplo, pero en La conducta real no dar un céntimo para tal fondo. Estas diferencias usuales entre actitudes y comportamientos pueden en ocasiones plantear graves dilemas a los políticos, y aún a veces confrontarlos con la distancia existente entre sus programas y promesas electorales y las realidades de go- bierno.
En su espléndida obra «Carácter y estructura social», H. Gerth y C.W. Mills, relacionan actitudes hacia las normas o ideales, con el comportamiento real respecto a ellos, lo que da lugar a una tabla de doble entrada que definiría cuatro «modelos» o arquetipos.
Actitud hacia las normas o ideales + Comportamiento real respecto a normas o ideales I II III IV
El tipo l, según esta mutua relación, da lugar a una congruencia total entre actitudes y comportamientos. Si la referimos por ejemplo a las creencias del cristianismo, surge el modelo de conducta protagonizado por S. Francisco de Asís. También, desde el punto de vista político, encontramos aquí el fanático, que lleva hacia sus últimas consecuencias sus convicciones.
El tipo II es un oportunista, que carece de tales convicciones, al menos en aspeaos importantes de su personalidad, pero que actúa como si creyese en ellas. Intenta «quedar bien» ante los demás, pero en su superego no ha internalizado unos valores y normas, con arreglo a los cuales aparentemente se comporta. Es un hipócrita, en suma, a quien interesa mucho el «qué dirán». Se trata de una conducta muy frecuente en personas que han de presentar una imagen pública de respetabilidad, por su posición social o cargo institucional. En el fondo, son en estos casos unos cínicos que actúan en la forma más pía.
El tipo III igualmente es un oportunista, pero en circunstancias diferentes del anterior. Posee en efecto unas convicciones en su superego, pero su ego le dice que en ese momento lo que le conviene es hacer otra cosa muy distinta, y a veces, contraria a aquellas. Como arquetipo, este es el caso del traidor o
del cobarde. Como ya señalaba Michels a comienzos de siglo, quienes tienen un puesto con responsabilidad política, a menudo han de llegar a compromisos no siempre acordes con los ideales que dicen profesar. Naturalmente, es preciso en tal caso distinguir si tal compromiso se acepta por ser inevitable o por beneficiar en definitiva los intereses de la mayoría, o si se llega a él simplemente para beneficio propio. Sólo en este caso nos encontraríamos en las circunstancias del tipo III.
Finalmente, el tipo IV corresponde a la persona que se Opone a los códigos prevalecientes y actúa en consecuencia. Se trata pues del cínico, el escéptico o el revolucionario. Es también el caso de los protagonistas de toda contracultura. Se trata de un no conformista no sólo de palabra, sino también de hechos. En cierto modo cabría incluir aquí a los delincuentes, pero en muchos casos estos entrarían en el tipo I I I .
No es necesario subrayar que los tipos I y II son «anormales», pero que los cuatro, en cuanto «modelos» no son atribuibles a personas concretas por lo regular. Más bien, todos los seres humanos actúan según los cuatro tipos cada día, en distintas situaciones.
12.— LA TESIS DE RIESMAN
En un libro que ha tenido bastante difusión, «La muchedumbre solitaria», David Riesman estableció una teoría que giraba en torno a las diferentes maneras en que, en el mundo occidental, se ha ido produciendo a lo largo de la Historia la introducción de la cultura en !a personalidad. Según Riesman.cn la sociedad de la antigüedad, se daba un «hombre dirigido por la tradición», de tal modo que esta le dotaba de unos objetivos, básicamente de orden religioso, y le indicaba los medios para alcanzarlos.
Con la Reforma protestante, la cultura va a sufrir un importante cambio: aparece el «hombre dirigido desde dentro». Se le indican al individuo unos fines a alcanzar, de nuevo referidos fundamentalmente a su salvación, pero queda a su propia interpretación y a su conciencia el cómo conseguirlo. No se le indican, pues, los medios a través de los que alcanzar tales fines. Dicho sea de paso, según Weber, esa indeterminación fue causa indirecta de la aparición y difusión en ciertos países del espíritu capitalista.
En ambos tipos de «hombres» descritos, la familia constituía el más poderoso agente de socialización y transmisión de los valores, muy por encima de cualquier otro. Era el «grupo de referencia» supremo. Pero modernamente surge, siempre según la tesis de Riesman, el «hombre dirigido por otros». La institución familiar pierde importancia, y actúan con eficacia otros agentes de
socialización que veremos en detalle al hablar de la socialización política, como el «grupo de iguales», los medios de comunicación de masas y las instituciones educativas. La cultura es transmitida por estos agentes en forma mucho más difusa y menos congruente que en épocas anteriores y ya no se ofrecen ni unos fines ni unos medios como valores trascendentales. Hay menos coordinación entre actitudes y comportamientos, así como entre los componentes de los status-roles. Con todo ello, se encuentra un superego debilitado, y en cierto modo, inseguro.
Frente a él, ciertos grupos de interés, políticos y comerciales sobre todo, que sí tienen unos fines muy concretos producen sobre este hombre una permanente presión, desde muy distintas direcciones, convirtiéndose prácticamente en orientadores de la cultura. Con lo cual, el individuo adquiere un especie de «moral de radar» en la que está pendiente de lo que le dicen o hacen «los otros» para imitarlos. La influencia de estos es muy grande cuando los refuerzan los medios de comunicación de masas, como veremos al hablar de la opinión pública. Aparece así una «cultura de masas» que incita a un consumo a menudo irracional a las personalidades moldeadas por ella.
Psicológicamente algunos encuentran en tales consumos una forma de evasión de sus frustraciones. Pero a la vez, con gran frecuencia surgen nuevas situaciones anómicas y de frustración, cuando los potentes medios de difusión de la publicidad provocan nuevas necesidades e incentivan nuevas aspiraciones. A la vez, en una contradicción ínsita a la cultura de los países de economía capitalista, esta no ofrece más que a unos pocos la posibilidad de satisfacer aquellas. Con ello, la tensión psicológica en el «hombre dirigido por otros» es mayor, al tener muchas cosas que apetecer y escasos medios institucionales para alcanzarlas. A lo cual, además contribuye su pertenencia a una sociedad de clases, en la que no predomina ya un conformismo con un destino predeterminado por la acción de unas fuerzas ultraterrenas.
13.— CULTURA POLÍTICA Y CAMBIO
A partir del desarrollo del concepto de cultura, que hemos visto, conviene fijar los límites del de cultura política, cuya importancia no hay que resaltar en nuestro contexto. Entendemos por ella un sistema mayorita-riamente compartido de valores, creencias, ideas, símbolos y normas, que motiva a los miembros de dicho grupo haciéndoles reaccionar en forma de actitudes y comportamientos, en todo lo que se refiere al sistema político, especialmente en cuanto al uso del poder y adopción de decisiones, y más en general en cuanto a la manera en que debe estar regulado (y por quienes), el sistema social.
Uno de los fines del proceso de socialización es el de legitimar ante los miembros de un grupo cultural determinado a los incumbentes de los roles públicos, a los principios y decisiones de gobierno, y sobre todo a las instituciones propias del sistema político en que viven, a menudo a través de ellas mismas, aunque en el mundo moderno operan también otras influencias. De este modo, cuando la persona llega a un determinado grado de madurez, adquiere un "modelo" de sistema político ideal o deseable, que luego coincide o difiere más o menos tanto del existente en el propio país, como de otros.