Lucien Febvre Combates por la Historia
6.1. SOBRE LENGUA Y EPIGRAFÍA
La escritura entendida en sentido amplio es decir, incluyendo en ella todos los elementos icónicos, es producto y a la vez produce dos efectos poderosos: la autonomía relativa del universo representado y de su campo de acción y la capacidad de hacer explícitas algunas contradicciones y de esta manera superarlas.
Este trabajo propone que por su mayor coherencia, para la zona en estudio el sistema conocido como meridional pase a denominarse del
SUDESTE, sin olvidarnos en ningún caso de que se trata de la misma lengua
ibérica que la conocida en el Levante. Pretende demostrar también que las características de fragmentaria, dispersa, poco homogénea, innecesaria y algunas otras que le han sido imputadas a esta variedad tienen únicamente que ver con:
! el menor número de testimonios conocidos (realidad que afortunadamente parece ir cambiando en los últimos años). ! con la falta de tradición y rigor en sus estudios.
! con las carencias en estos mismos de las adecuadas contextualizaciones históricas.
! por tratarse de una lengua que se halla en una etapa de formación y evolución constante.
Por otra parte no hay que olvidar que frente a la oralidad, la escritura y lo impreso producen clases especiales de dialectos (Ong, 1987) y que en nuestro caso la desrregionalización ha producido cuando menos numerosos subsistemas.
La escritura, instrumento surgido de la necesidad de atesorar y transmitir cierto tipo de informaciones no supuso una ruptura radical de las relaciones sociales que antecedieron a su adopción, sino que en muchos casos contribuyó más bien a su consolidación. De esta manera, podríamos acordar que las sociedades civilizadas son las que logran institucionalizar textualmente la coerción o, si se prefiere, aquellas en las que la explotación involucra un nuevo mecanismo para el control de individuos y grupos. La escritura no es imprescindible para que la explotación instituida se instaure y/o consolide.
En esta línea hay que comprender que la extensión de la escritura ibérica es demasiado amplia como para no haber ido paralela a toda una serie de procesos de jerarquización e incluso de estatalización que suceden en tiempos y modos diferentes en las distintas regiones o áreas ibéricas de la Península pero donde en el fondo existe cierto tipo de cohesión, no en vano toda ella está bautizada como cultura Ibérica1. Por desgracia la falta de
estudios en muchas de estas zonas no permite todavía que esa relación (desarrollo socio-histórico/desarrollo lingüístico) quede claramente dilucidada. La investigación desarrollada ha pretendido seguir esta línea y circunscribirse por tanto a una zona geográfica no demasiado amplia (en lo que se refiere a la totalidad de la cultura ibérica) pero si lo suficientemente atractiva como
para tomar algunos casos como ejemplo que nos han permitido comprobar la eficacia de nuestro sistema propuesto.
Del modo más sucinto posible, tres son las características definidoras del sistema de escritura ibérico tanto el del nordeste como el del sudeste; las mismas que las de la escritura tartésica:
! el uso de signos alfabéticos para las vocales y para las consonantes continuas.
! el uso de signos silábicos para la serie de las oclusivas ! la no diferenciación entre oclusivas sordas y sonoras.
El estudio de la escritura ibérica ha estado desde sus inicios rodeada de una absoluta indefinición, valga como resumen la siguiente cita (Untermann, 1963, 168) "Como ibérico designo todas las variantes de escritura de tipo silábico-alfabéticas que aparecen entre Obulco y Cástulo en un extremo y Ensérune en el otro. Sabemos que estas escrituras se dividen en dos grupos: uno muy uniforme y bien testimoniado al Este y Norte y otro más disperso y variado, que se extiende desde la región de Albacete hacia el Sur. Este último grupo se conoce bajo la desconcertante etiqueta de "tartésico"; peor es aún la denominación de "turdetano" que nosotros mismos empleamos en la versión alemana de este artículo, por lo que hoy prefiero denominarlo, siguiendo a Tovar "ibérico meridional" o simplemente "meridional"”. Hoy la mayoría de autores mantiene como hemos visto la nomenclatura de meridional, por más que al no explicitar a qué se refieren de modo concreto esta resulte a nuestro juicio, tan inoperante como el apellido “turdetano” al que se refería Untermann en este texto que cuenta ya con muchos años.
En lo que se refiere a los signos para la zona a la que nos hemos centrado sigue sin haber acuerdo en las transcripción de muchos de ellos. Dentro de eso tenemos un amplio abanico entre las posiciones más conservadoras (hoy en minoría) defendidas por de Hoz y que plantea serias dudas para muchos signos; la posición intermedia abanderada por Correa y la que seguramente sea la más ambiciosa y completa que es la que propone Rodríguez Ramos y en la que nos hemos mirado muchas veces para alcanzar respuestas.
En este sentido nuestra Tesis aporta una transcripción/adjudicación de valores para los distintos elementos del signario que es la que hemos contrastado a través de nuestra lecturas. Somos conscientes de que la pervivencia de interpretaciones en este campo, como hemos visto en el amplio repaso historiográfico realizado, no dura mucho, pero creemos que solo con propuestas que respondan preguntas y rellenen vacíos podemos hacer avanzar la disciplina.
En lo que se refiere a metodología, una obviedad: la importancia de la autopsia directa. Aunque no siempre nos ha sido posible efectuarla, esta sin duda permite, con las herramientas adecuadas –en nuestro caso ha resultado angular el uso de la lupa binocular- profundizar en las lecturas dudosas y abordar la paleografía de un modo más preciso.
Podemos definir a la escritura en el mundo ibérico como un fenómeno generalmente privado, donde importa el carácter imitativo hacia los colonizadores. Sin embargo no debemos considerar esta imitación como una mera adopción de una lengua alóctona2 ya que en realidad se trata de una
reinterpretación. Todos los llamados "inventos" no son en definitiva nada más que una mejora de algo que había sido conocido con anterioridad; por más que nos resulte difícil de comprender el paso de una escritura alfabética a una semisilábica esto responde a unas necesidades reales que por ahora se nos escapan.
La ibérica es una sociedad sin una escritura de tipo estatal que pueda monopolizar y dar un sentido institucional y uniforme a la práctica escrituraria aunque sí entendemos que se trata de un fenómeno fuertemente jerarquizado.
La creación, adopción y formación de la escritura ibérica es el producto de una decisión voluntaria, y por lo tanto tiene lugar por una determinada motivación.
2 (Wagner, 1991) ha señalado convenientemente que si bien el cambio lingüístico supone el
mayor vehículo de la aculturación, la mera adopción de la lengua de "otro" no necesariamente ha de ser un rasgo significativo.
Esta motivación se puede discernir a partir de los propios documentos, pero sobre todo a partir del contexto en que aparecen, y tiene que ver con el sector de individuos que poseen dicho conocimiento. Por consiguiente: la escritura nos refleja indirectamente el tipo de organización de aquella sociedad. Por otra parte, sus modalidades de uso y las respectivas frecuencias nos dan una idea del carácter restringido (por prestigio u otras causas) o general de esta práctica.
Del análisis globalizador realizado pueden derivarse algunos enunciados:
1. Aunque queramos atribuir el carácter de elemento de prestigio a la escritura, lo cual es bien probable, la existencia de ésta asociada a contextos de necrópolis no nos proporciona suficientes datos para afirmarlo de modo rotundo, puesto que las tumbas donde aparece seguirían siendo ricas también sin la existencia de epigrafía3.
2. Que los soporte elegidos sean en muchos casos “nobles” o monumentales: ya sean vajilla de plata o esculturas nos confirma su valor jerárquico y social como marca de desigualdad y estatus. 3. La epigrafía parece hacer un mayor acto de presencia en los poblados, lo cual es altamente significativo, sobre todo si tenemos en cuenta que en realidad son las necrópolis las que cuentan con un número más abundante de trabajos arqueológicos.
3 Algo similar sucedería con la presencia de oro, cuyo análisis han realizado (Chapa y Pereira,
1991). Siendo igualmente mayor el número de testimonios que han aparecido en poblados que en necrópolis.