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CAPÍTULO IV: Migraciones, cultura y relaciones sociales desde la perspectiva de

4.1. Dimensiones de las identidades culturales

4.1.1. Lenguaje

Para introducirnos en esta temática tendremos en cuenta algunos datos aportados por los investigadores bolivianos Xavier Albó y Amalia Anaya. Según su análisis, Bolivia es uno

de los países latinoamericanos con mayor población indígena y diversidad étnica, cultural y lingüística. Los autores se basan en algunos datos del Censo Nacional 2001, según los cuales el 50% de sus 8.274.325 habitantes tiene menos de 20 años y el 62% se reconoce como perteneciente a alguno de sus 34 pueblos indígenas u originarios, prevaleciendo entre ellos los quechuas (31%) y aimaras (25%).

Respecto del lenguaje, los autores afirman que en los años sesenta hubo un salto hacia el reconocimiento de la identidad cultural de estos pueblos mediante la incorporación de las lenguas quechua y aymara en las radios. A su vez, diversos grupos religiosos (católicos y evangélicos) difundieron y utilizaron regularmente los primeros textos en lengua indígena, mayormente cánticos y traducciones de ritos y textos bíblicos.

Sin embargo, la educación formal seguía encerrada en su práctica castellanizante salvo en algunas misiones evangélicas de las tierras bajas132. Recién en el año 1994 se ubica otro hito importante al respecto, año en que comienza a implementarse la Reforma Educativa que introdujo la Educación Intercultural Bilingüe (EIB), llegando a haber incluso tres ministros de origen quechua y aymara en el Ministerio de Educación133.

El lenguaje es una de las manifestaciones culturales que pueden dificultar la inserción de las migrantes en un espacio nacional y cultural con una lengua diferente. La mayoría de nuestras entrevistadas migró siendo bilingüe, pero también hay casos en los que la única lengua que conocían era el quechua. Esto implicó un desafío adicional para insertarse en la sociedad de destino. Asimismo, durante el trabajo de campo, nos encontramos con mujeres que sólo hablan quechua, por lo cual no pudimos entrevistarlas. De todas formas son mujeres que trabajan como vendedoras ambulantes a pesar de la barrera idiomática.

Las lenguas originarias en Bolivia se mantienen a pesar de importantes embates contra ellas que datan de la época colonial. A nivel oficial, por ejemplo en el sistema educativo, es muy reciente su reconocimiento y la implementación de la educación bilingüe continúa atravesando grandes obstáculos.

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Albó, Xavier y Anaya, Amalia (2004) “La audacia de la educación intercultural y bilingüe en Bolivia”, en: “Revista andina”, n° 38, p. 281. Disponible en línea en www.revistandina.perucultural.org.pe.

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De acuerdo a las edades de nuestras entrevistadas, la lengua quechua no fue aprendida ni promovida desde la escuela, sino que ha sido la lengua hablada en sus contextos familiares. De ahí que, dentro de nuestra población objeto de estudio, las mujeres que tienen más de 50 años siempre han hablado quechua, mientras que las que tienen entre 30 y 40 años lo han escuchado y lo aprendieron en el contexto familiar pero no lo hablaban de manera cotidiana.

El tema es complejo, ya que las lenguas originarias se relacionan con los distintos pueblos indígenas, pero a su vez han existido cruces culturales, resultado de la conquista incaica, por lo que algunos pueblos adoptaron la lengua de los incas. De esta manera, las identidades lingüísticas y culturales presentan límites difusos en algunos casos.

Nuestras entrevistadas provienen, mayoritariamente, de La Paz y de Potosí. Estas regiones están conformadas por los pueblos aymara y quechua y es cuantitativamente mayor la presencia de quechua-hablantes. En el trabajo de campo nos encontramos con mujeres que hablan quechua y no la lengua aymara.

Hablar lenguas indígenas en Bolivia, aunque es un fenómeno masivo, ha sido históricamente (desde la conquista española) objeto de discriminaciones. Esto puede explicar el bilingüismo y el uso de las lenguas originarias en el contexto más bien doméstico.

Sin embargo, según los relatos de las entrevistadas, el conocer y hablar quechua es positivo y reviste hasta cierto orgullo. En el caso de mujeres jóvenes que no lo aprendieron en sus lugares de origen existe el deseo de aprender la lengua y consideran la posibilidad de pedirle a alguna de sus compatriotas que les enseñe.

E: ¿Y cómo es la relación con la gente que es de Bolivia? O sea, entre ustedes, acá

M: Ah, es buenísima E: ¿Sí?

M: Es buenísima, porque nos entendemos, qué se yo. Nos entendemos bien, como vos te podés entender con uno de acá, ¿ves?

E: Claro, hablás igual

M: Hablás igual… sí pero yo no sé hablar quechua, no (sonríe) ¡Tengo que aprender eso!

E: Estaría bueno…

M: Sí, estaría bueno, sí, tengo que aprender a hablar

En el contexto familiar de las entrevistadas el asunto asume características diferentes según cada caso. Existen casos en los que las mujeres han enseñado la lengua quechua a sus hijos y ellos la han aprendido, mientras que en otros existe un rechazo por parte de los hijos de que sus madres hablen quechua en la casa, ya que lo consideran algo extraño y lo critican.

E: ¿Y usted con la familia habla quechua, o sea, todavía lo mantiene de alguna manera o no?

T: Mmm, no. Mis hijos no saben hablar, nada. No sabe ni saber, ni escuchar sabe. “Mamá, no hablés esa aylluma”, me dijo, “no hablés”, “¿por qué?”, le digo, “si tienen que saber”, le digo, “algún día vamos a ir allá, también, capaz”, le digo, “nooo, mamá, que no hablés”, me dijo. No, no, nadie sabe F: ¿Ninguno sabe? mi hija habla

T: Claro, habla, por eso. No, mis hijos, ninguno

F: Hay uno, se enojaba, cuando vino mi hermana le dejé acá, yo me fui a Bolivia y ahí aprendió el otro, porque mi hermana entiende castellano, pero no puede hablar, entonces ella le ha enseñado. El Daniel no sabía, él se enojaba, entonces un día vino mi hermana, la dejé y me fui a Bolivia, me fui un mes, ahí aprendió, entendió. Ahora entiende, el otro más grande habla en quechua

(Teodora retoma su relato)

T: ¡Ah! El más grande entiende, el Raúl, pero el Ezequiel no entiende nada.

Por lo tanto, se da una relación de reivindicación de ese aspecto cultural por parte de las mujeres y de resistencia, en algunos casos, por parte de sus hijos. En este último caso consideramos que puede operar la discriminación internalizada por los hijos e hijas, ya que al ser argentinos buscan diferenciarse de aspectos culturales que en este contexto socio- cultural son valorados negativamente.

Es decir, al interior de estas familias existen tensiones culturales dadas, por un lado, por la línea materna con las costumbres ancestrales que migaron con ellas y, por otra parte, por su descendencia ya socializada en una cultura diferente, que estigmatiza lo indígena.

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