El mundo romano finalmente colapsó; la energía militar aglutinante respaldada en la mística racial se disolvió imperceptiblemente, entre otros motivos por acción del catalizador moral propuesto por el Cristianismo.
Cada pequeño territorio se vio obligado a asumir su propio control y defensa ante el debilitamiento y finalmente disolución del poder central de Roma.
Una nueva utopía comenzó a organizar el pensamiento y a resolver las inseguridades de cada uno de estos nuevos centros de autonomía política.
Como decíamos anteriormente, las cosas cambian en parte y en parte siguen igual, el mundo ya no será el mismo pero no se percibirá como tan distinto por la continuidad del discurso histórico, ahora preñado por la concepción moral y el mensaje religioso instalado por el cristianismo.
La enorme maquinaria política, militar, de comunicaciones, etc. del imperio fue finalmente reemplazada por pequeñas autonomías.
El gran ejército que fue la base del sistema imperial se desarticuló y su lugar lo tomaron pequeños sistemas de defensa locales.
El único denominador común entre los distintos territorios pasa a ser la doctrina religiosa y los centros de administración del conocimiento pasaron a ser las entidades monásticas.
La Iglesia Católica que durante los primeros años de la era Cristiana estaba regida por la clandestinidad de las catacumbas deja de estar sumergida en la reserva y la persecución para ocupar un rol cada vez más destacado en la organización social.
El otrora fluido comercio que circulaba por las vías romanas a lo largo y a lo ancho de Europa pasa a verse cada vez más limitado por la inseguridad, al desaparecer el control del ejército imperial y aparecer los salteadores de caminos; las regulaciones regionales, impuestos y trabas al comercio que cada Feudo o porción en la que se había dividido el imperio imponen a la circulación de mercaderías.
circulación de ejércitos y mercaderías, languidece en un progresivo estancamiento por la nueva realidad geopolítica.
El paganismo romano, con su pragmatismo religioso que los llevaba a adoptar los dioses de los pueblos conquistados como propios y a utilizar los bienes culturales saqueados desprejuiciadamente, poco a poco se fueron transformando en una organización rígida, basada en el monoteísmo cristiano.
Al igual que en otras sociedades y culturas, la rigidez del dogma reemplazó la flexibilidad de las creencias multiculturales, porque un esquema de pensamiento cerrado, garantizaba la reproducción del modo social, mientras que la diversidad, a los ojos de quienes detentaban el poder, lo ponía en peligro.
Estancada por un lado por la falta de acceso a los bienes culturales y científicos que antes, durante el imperio se le ofrecían naturalmente.
Por el férreo control que pasa a ejercer sobre la organización social, la otrora clandestina y ahora omnipresente estructura religiosa.
Del pragmatismo romano que priorizaba el conocimiento en función de las necesidades técnicas de su ejército y de su desprejuicio cultural que le permitía rápidamente ajustar sus códigos de conducta a los valores regionales de los pueblos conquistados, se pasa a la rigidez de los valores del catolicismo, que no eran permeables al conocimiento práctico por el temor a poner en riesgo el dogma, y esta actitud comienza a gobernar todos los actos cotidianos.
De alguna manera, cuando vemos las ruinas romanas a lo largo y lo ancho de Europa, advertimos que sus soldados pasaban a ser los habitantes vip de los lugares que conquistaban.
La infraestructura que desarrollaban para vivir, los acueductos que alimentaban sus baños públicos, que en esos tiempos eran una conjunto de costumbres tan sofisticadas, que estaba más allá del lujo siquiera imaginado por los pueblos sometidos.
De estas realidades rayanas en lo extravagante poco a poco se vuelve a las vidas aldeanas.
El discurso social que se impone es el mandato moral que propone el catolicismo.
El conocimiento que deja de ser una oportunidad al servicio del poder político a través de los instrumentos que ofrece a la maquinaria militar, será a partir de ahora una constante reivindicación herética severamente controlada por la dominante estructura religiosa.
Los caminos ya no llevan a Roma, ahora las otrora modernísimas
y en todo caso recorrerlos es una más que peligrosa aventura solo encarada por los individuos expulsados de la estructura social formal:
los comerciantes, que además de sufrir el repudio y desprecio de los
nobles y los religiosos, eran victimas permanentes de toda clase de atropellos.
El nuevo rol del conocimiento, ahora subversivo para el nuevo poder, lo confina a ser controlado por la institución religiosa, y pasa a estar subordinado al nuevo paradigma de la sociedad: el acceso a la vida eterna.
La salvación del alma es el eje del discurso social, y las estrategias que la posibilitan incluyen prosaicas prácticas palaciegas similares a las de cualquier corte imperial.
Pero como ya hemos visto la historia no vuelve sino que se recrea en nuevos meandros, síntesis de los saberes pasados y las nuevas perspectivas.
El pensamiento inaugurado por los filósofos griegos, deslumbra también a los sabios del catolicismo quienes adoptan sus categorías y estructuras racionales reacomodándolas al paradigma ético de la doctrina, tal cual ellos la interpretan.
Los sabios religiosos, Oresme, San Agustín y principalmente Santo Tomás de Aquino ajustan ambos discursos y nace la Teología Católica, como una cosmovisión Aristotélico – Tomista.
Una compleja explicación de la correcta forma de la organización social humana es lanzada desde este cuerpo doctrinal.
Se inaugura la era del iusnaturalismo que establece que: así como existe un orden en la naturaleza que explica los hechos del mundo físico, al que el hombre accede a través de la ciencia existe un orden natural en la organización de las cosas que no es tan evidente y que nos es revelado por la doctrina a cuyos designios debe ajustarse la acción de los hombres para alcanzar la salvación.
Pero volviendo a nuestros interrogantes iniciales, ¿como resuelve ahora el hombre lo forma de producir y distribuir los bienes?
La esclavitud ha quedado deslegitimada por el mensaje de Jesús, nadie que adopta la doctrina cristiana la aceptará porque está fundada en el ahora antivalor que admitían las culturas antiguas que establecía que había hombres que nacían para ser libres y otros, la mayoría, para ser esclavos.
La distribución de los roles y los bienes ya nos es un simple y obvio arbitrio de quien controla el poder, ahora es un complejo laberinto donde la palabra justicia (entendida según la óptica de los pastores católicos)
guía las acciones.
Santo Tomás de Aquino (1226-1274) establece que para la doctrina de Jesús, la economía estaba reglamentada por la justicia y fundamentada en la propiedad privada y el intercambio.
El concepto del cambio justo se instala en el centro del debate teológico la idea Tomista esta fundada en la equivalencia de sus términos, de ahí que durante siglos los términos “desiguales” que eran la base del comercio, o sea comprar algo a un precio y venderlo a uno mayor, para obtener ganancia, estuviera expresamente condenado por la Iglesia.
Así también el interés por el dinero, dado que este último es estéril e
incapaz de generar riqueza alguna, mal le vale al que presta una suma
de dinero pretender una suma mayor por ello en devolución.
El pensamiento de Santo Tomás liga claramente la ética a la distribución: ésta tiene que ver estrictamente con la justicia.