IENTRAS volvía a casa a través de los bosques con mi sarta de pescado, arrastrando mi caña de
pescar y habiendo oscurecido del todo, vislumbré una marmota que se cruzó furtivamente en mi camino y sentí un extraño estremecimiento de placer salvaje, y me tentó cazarla y comérmela cruda, no porque tuviera hambre, sino por el estado salvaje que representaba. Una o dos veces, sin embargo, mientras vivía en la laguna, me sorprendí vagando por el bosque, como un sabueso hambriento, con un extraño abandono, buscando cualquier tipo de venado que pudiera devorar, y ninguna pieza habría estado demasiado cruda para mí. Las escenas más salvajes se me habían hecho indeciblemente familiares. Encontraba en mí mismo, y aún encuentro, un instinto hacia una vida superior o, como se suele llamar, espiritual, como la mayoría de los hombres, y otro hacia un estadio primitivo y salvaje, y siento reverencia por ambos. Me gusta lo salvaje tanto como lo bueno. El lado salvaje y aventurero que hay en la pesca la vuelve recomendable para mí. A veces me agrada plantarme firmemente en la vida y pasar el día como los animales. Tal vez deba a esta ocupación y a la caza, cuando era muy joven, mi intimidad con la naturaleza. Esas actividades nos introducen y nos sitúan en un paisaje con el que, de otra manera, no tendríamos tanta relación a esa edad. La disposición de ánimo de pescadores, cazadores, leñadores y otros, que pasan sus vidas en los campos y los bosques, en cierto modo siendo ellos mismos una parte de la naturaleza, es a menudo más favorable para su observación, en los intervalos de sus propósitos, que la de los filósofos e incluso que la de los poetas, que se acercan a ella con expectación. A la naturaleza no le preocupa mostrarse a ellos. El viajero de la pradera es naturalmente un cazador, en las fuentes del Missouri y Columbia, un trampero, y en las cataratas de St. Mary, un pescador. Quien sólo es un viajero aprende las cosas de oídas y por mitades y será de escasa autoridad. Nos interesa más la ciencia cuando comunica lo que esos hombres ya saben en la práctica o instintivamente, pues sólo en ello reside la verdadera humanidad o relato de la experiencia humana.
Se equivocan quienes afirman que el yanqui tiene pocas diversiones porque no tiene tantas vacaciones públicas y hombres y muchachos no juegan tanto como en Inglaterra, pues aquí las diversiones más primitivas, pero solitarias, de la caza, la pesca y otras parecidas no han dejado sitio a aquellos juegos. Casi todos los muchachos de Nueva Inglaterra, entre mis contemporáneos, llevaban al hombro una escopeta entre los diez y los catorce años, y sus terrenos de caza y pesca no estaban limitados como los cotos de un noble inglés, sino que eran más extensos, incluso, que los de un salvaje. No es extraño, por tanto, que no se detenga a jugar en la plaza. Sin embargo, las cosas están cambiando, no por el incremento de humanidad, sino por la creciente escasez de piezas, pues tal vez el cazador sea el mejor amigo de los animales de caza, sin excluir a la Sociedad Humanitaria.
Cuando estaba en la laguna, deseaba a veces añadir pescado a mi alimentación para variar. En realidad, pescaba por la misma necesidad que movió a los primeros pescadores. Cualquier sentimiento de humanidad que pudiera conjurar en contra de la pesca sería falso y tendría más que ver con mi filosofía que con mis sentimientos. Sólo hablo de pescar, pues hace mucho tiempo que siento de manera distinta respecto a la caza de aves y vendí mi escopeta antes de ir a los bosques. No es que sea menos humano que otros, pero no creí que afectara demasiado a mis sentimientos. No siento lástima por los
peces ni por los gusanos. Era un hábito. Respecto a la caza de aves, durante los últimos años que usé la escopeta tenía la excusa de que estudiaba ornitología y buscaba pájaros nuevos o raros. Confieso que ahora me inclino a pensar que hay un modo mejor de estudiar ornitología. Requiere tanta atención a los hábitos de los pájaros que, sólo por esa razón, habría dejado de buena gana la escopeta. Sin embargo, a pesar de la objeción de la falta de humanidad, dudo que haya esparcimientos tan valiosos como para sustituir a la caza y la pesca, y cuando algunos de mis amigos me han consultado ansiosamente, a propósito de sus hijos, si debían dejarles cazar, les he contestado que sí, al recordar que fue una de las mejores fases de mi educación: hacedlos cazadores, aunque al principio sólo sea por diversión y, si es posible, que lo sean del todo al final, de modo que nunca encuentren una pieza que les resulte demasiado grande en esta selva ni en ninguna otra, cazadores y pescadores de hombres. Hasta ese extremo soy de la opinión de la monja de Chaucer, que No daría una gallina desplumada por el texto Que decía que los cazadores no eran santos.
Hay un periodo en la historia del individuo, como en la de la raza, en que los cazadores son los «mejores», como los llamaban los algonquinos. Siento lástima por el muchacho que nunca ha disparado una escopeta; no es más humano, mientras que su educación ha sido lamentablemente descuidada. Esta es mi respuesta respecto a aquellos jóvenes que se inclinaban por esta actividad, confiando en que pronto la dejarían atrás. Ningún ser humano, pasada la irreflexiva época de la juventud, dará muerte gratuitamente a una criatura que tiene el mismo derecho a la vida que él. La liebre llora en su agonía como un niño. Os advierto, madres, que mis simpatías no siempre hacen los acostumbrados distingos fil-antrópicos. Esa es, con la mayor frecuencia, la introducción del joven en el bosque y la parte más original de sí mismo. Al principio, va al bosque como cazador y pescador, hasta que, al final, si lleva consigo la simiente de una vida mejor, distingue sus propios objetos, tal vez como un poeta o un naturalista, y abandona la escopeta y la caña de pescar. En este aspecto, la mayoría de los hombres sigue siendo joven. En algunos países no es raro ver a un párroco cazador, que podría ser un buen perro pastor, pero está lejos de ser el buen pastor. Me sorprende que, salvo cortar leña o hielo o algo parecido, la única ocupación clara que yo conozca que retenía en la laguna de Walden durante medio día a cualquiera de mis conciudadanos, ya fueran padres o hijos, con una sola excepción, fuera la pesca. Por lo general, no pensaban que eran afortunados o que no perdían el tiempo, salvo que pescaran una gran sarta de peces, aunque tenían la oportunidad de ver la laguna todo el rato. Podrían ir allí mil veces antes de que el sedimento de la pesca se hundiera hasta el fondo y quedara claro su propósito, pero, sin duda, semejante proceso clarificador no se detendrá. El gobernador y su consejo apenas recuerdan la laguna, pues fueron a pescar allí cuando eran unos muchachos; ahora son demasiado viejos y dignos para ir a pescar, de manera que nunca volverán a verla. Sin embargo, incluso ellos esperan ir al cielo al final. Si la cámara legislativa tuviera en cuenta la laguna, seguro que regularía el número de anzuelos que se pueden usar, pero allí no saben nada de los anzuelos que hay que lanzar a la laguna con la cámara legislativa como cebo. Incluso en comunidades civilizadas, el embrión de hombre pasa por el estadio de desarrollo del cazador.
Repetidamente me he dado cuenta, en los últimos años, de que no puedo pescar sin perder algo del respeto por mí mismo. Lo he intentado una y otra vez. Tengo habilidad para ello y, como muchos de mis
semejantes, cierto instinto que revive de tiempo en tiempo, pero siempre que lo he hecho siento que habría sido mucho mejor que no pescara. Creo que no me engaño. Es una leve insinuación, como los primeros atisbos de la mañana. Es innegable que se halla en mí ese instinto que pertenece a los órdenes inferiores de la creación; sin embargo, cada año que pasa soy menos pescador, aunque no haya adquirido más humanidad ni más sabiduría; en la actualidad, no soy pescador en absoluto. Pero me doy cuenta de que si viviera en soledad volvería a tentarme la idea de ser pescador y cazador. Además, hay algo esencialmente sucio en esa dieta, como en toda la carne, y empecé a ver el origen de las tareas domésticas y, en consecuencia, el esfuerzo tan costoso de ofrecer cada día una apariencia pulcra y respetable, de mantener la casa agradable y limpia de malos olores y feos aspectos. Habiendo sido mi propio carnicero, pinche de cocina y cocinero, así como el caballero a quien servía los platos, puedo hablar con una rara experiencia completa. En mi caso, la objeción práctica al alimento animal era su suciedad y, además, cuando había cogido, limpiado, cocinado y comido mi pescado, no me parecía que me hubiera alimentado esencialmente. Era insignificante e innecesario y costaba más de lo que era. Un poco de pan y algunas patatas habrían servido lo mismo, con menos trastorno e inmundicia. Como muchos de mis contemporáneos, durante años me he abstenido de alimento animal, té, café, etc., no tanto por sus secuelas como porque no resultaban gratos a mi imaginación. La repugnancia por el alimento animal no es efecto de la experiencia, sino un instinto. Parecía más hermoso vivir humildemente y pasarlo mal en muchos aspectos y, aunque no fue mi caso, hice todo lo que pude por complacer a mi imaginación. Creo que cualquier hombre que se proponga seriamente conservar sus facultades superiores o poéticas en las mejores condiciones se inclinará por abstenerse de tomar alimento animal o demasiado alimento de ninguna clase. Es un hecho significativo, comprobado por entomólogos como Kirby y Spence, que «algunos insectos, completamente desarrollados, aunque provistos de órganos de nutrición, no los usan», de lo que concluyen como «regla general que la mayoría de insectos en ese estado come mucho menos que en estado larvario. La voraz oruga transformada en mariposa… y la glotona cresa convertida en mosca» se contentan con una gota o dos de miel o de cualquier otro líquido dulce[99]. El abdomen bajo las alas de la mariposa recuerda la larva. Ese es el bocado que tienta su hado insectívoro. El gran cebón es un hombre en estado larvario, y hay naciones enteras en esa condición, naciones sin fantasía ni imaginación, cuyos vastos abdómenes las delatan.
Es difícil proveer y cocinar una dieta tan sencilla y limpia que no ofenda a la imaginación, a la que creo que hay que alimentar cuando alimentamos el cuerpo: han de sentarse a la misma mesa. Tal vez pueda lograrse. Las frutas comidas con sobriedad no harán que nos avergoncemos de nuestro apetito ni interrumpirán propósitos más dignos. Pero añadid un condimento innecesario a vuestro plato y os envenenará. No vale la pena vivir de una cocina opulenta. La mayoría de los hombres se avergonzaría si la sorprendiéramos preparando con sus propias manos una comida semejante, ya fuera de alimentos animales o vegetales, como todos los días se la preparan otros. Sin embargo, no estaremos civilizados hasta que eso ocurra y, aunque seamos caballeros y damas, no seremos hombres y mujeres sinceros. Desde luego, la sugerencia del cambio es clara. Sería en vano preguntar por qué la imaginación no puede reconciliarse con la carne y la grasa. Me satisface que no lo haga. ¿No es reprobable que el hombre sea carnívoro? Es cierto que puede vivir, y vive en gran medida, de la depredación de otros animales, pero es un modo miserable —como sabe cualquiera que haya tendido lazos a conejos o degollado corderos—, y aquel que enseñe al hombre a limitarse a una dieta más inocente y saludable será considerado un
benefactor de la especie. Cualquiera que fuera mi práctica, no dudo que sea una parte del destino de la raza humana, en su mejora gradual, dejar de comer animales, tan seguro como que las tribus salvajes han dejado de comerse entre sí al entrar en contacto con las más civilizadas.
El que escucha las más leves, pero constantes sugerencias de su genio, que son sinceras, no ve a qué extremos o incluso a qué locura podrían llevarle y, sin embargo, a medida que se vuelva más resoluto y fiel, ese será su camino. La más leve objeción que un hombre sano percibe prevalecerá sobre los argumentos y costumbres de la humanidad. Nadie ha seguido a su genio hasta que este lo haya descarriado. Aunque el resultado fuera la debilidad corporal, tal vez nadie podría lamentar las consecuencias, pues esa sería una vida de acuerdo con principios superiores. Si el día y la noche son tales que los saludáis con alegría y la vida desprende una fragancia como las flores y las hierbas aromáticas, y es más dúctil, más estrellada, más inmortal, es vuestro éxito. Toda la naturaleza es vuestra felicitación y tenéis motivos para bendeciros temporalmente. Las mayores ganancias y valores están lejos de ser apreciados. Fácilmente llegamos a dudar de que existan. Los olvidamos pronto. Son la realidad más elevada. Tal vez los hechos más sorprendentes y más reales nunca se hayan comunicado de hombre a hombre. La verdadera cosecha de mi vida diaria es algo tan intangible e indescriptible como los matices de la mañana o de la tarde. He cogido un puñado de polvo estelar, un segmento del arco iris. Sin embargo, nunca he sido demasiado remilgado; en caso de necesidad, a veces podía comerme una rata frita con verdadero gusto. Me alegro de haber bebido agua durante tanto tiempo, por la misma razón por la que prefiero el cielo natural al cielo de un comedor de opio. Estaría siempre sobrio y hay grados infinitos de ebriedad. Creo que el agua es la única bebida del sabio; el vino no es un licor tan noble ¡y no puedo pensar en alentar las esperanzas de una mañana con una taza de café caliente o las de la tarde con una de té! ¡Ah, qué bajo caigo cuando me tientan! Incluso la música puede embriagar. Causas aparentemente tan nimias destruyeron Grecia y Roma y destruirán Inglaterra y América. De todas las ebriedades posibles, ¿quién no preferiría embriagarse con el aire que respira? He descubierto que la objeción más seria al trabajo duro y prolongado es que me obliga a comer y beber mucho, aunque, a decir verdad, ahora soy menos exigente al respecto. Ya no llevo la religión a la mesa, ni pido la bendición, no porque sea más sabio, sino porque —me veo obligado a confesar por lamentable que sea— con los años me he vuelto más rudo e indiferente. Tal vez estas cuestiones sólo se planteen en la juventud, como la mayoría opina de la poesía. Mi práctica no está «en parte alguna», mi opinión está aquí. Sin embargo, estoy lejos de considerarme uno de aquellos privilegiados a quienes los Vedas se refieren cuando dicen: «Quien tiene fe en el ser supremo omnipresente puede comer todo lo que existe», es decir, no está obligado a preguntar cuál es su alimento ni quién lo prepara; incluso en este caso habría que advertir, como ha señalado un comentador hindú, que el Vedanta limita este privilegio a «los malos tiempos».
¿Quién no ha obtenido a veces una satisfacción indecible de una comida en la que no ha tomado parte el apetito? Me estremece pensar que he debido la percepción mental al sentido, por lo común grosero, del gusto, que me ha estado inspirando a través del paladar, que algunas bayas comidas en la ladera de una colina han alimentado mi genio. «Si el alma no es dueña de sí misma —dice Confucio—, miramos sin ver, estamos a la escucha sin oír, comemos sin apreciar el sabor de la comida». Quien distingue el verdadero sabor de su comida no puede ser glotón; quien no pueda lo será. Un puritano puede tomar su corteza de pan negro con tanto apetito como un concejal su sopa de tortuga. No es el alimento que entra en la boca del hombre lo que lo mancha, sino el apetito con que lo toma. No es la calidad ni la cantidad,
sino la devoción a los sabores sensuales; cuando lo que comemos no es una vianda para sostener nuestra parte animal o inspirar nuestra vida espiritual, sino alimento para los gusanos, nos posee. Si al cazador le gustan las tortugas de tierra, las ratas almizcleras y otros bocados salvajes semejantes, la señora refinada se permite el gusto por la jalea hecha con la pezuña de ternera o las sardinas de ultramar, y ambos gustos son iguales. Él va a Milldam, ella a su taño de conservas. Lo extraño es que ambos, como nosotros, puedan llevar esa sucia vida bestial, sin parar de comer y beber.
Toda nuestra vida es sorprendentemente moral. No hay un instante de tregua entre la virtud y el vicio. La bondad es la única inversión que no falla. Es la insistencia en esta música de arpa que suena por el mundo lo que nos estremece. El arpa es el viajante parlanchín de la Compañía de Seguros Universal que recomienda sus leyes y nuestra pequeña bondad es la única prima que pagamos. Aunque el joven se vuelva indiferente, las leyes del universo no son indiferentes, sino que siempre se inclinan del lado más sensible. Escuchad el reproche del céfiro, que está ahí, pues será desgraciado el que no lo oiga. No podemos tañer una cuerda ni tocar un solo registro sin que nos traspase esa moraleja encantadora. Alejaos lo suficiente y muchos ruidos desagradables os sonarán a música, una incisiva y dulce sátira de la mezquindad de nuestras vidas.
Somos conscientes del animal que hay en nosotros y que despierta a medida que nuestra naturaleza superior se adormece. Es reptil y sensual y tal vez no pueda ser extirpado, como los gusanos que, incluso en vida y con salud, ocupan nuestro cuerpo. Podríamos apartamos de él, pero no cambiar su naturaleza. Temo que goce de una salud propia y que nosotros podamos estar bien sin ser puros. El otro día recogí la mandíbula inferior de un puerco, provista de blancos y robustos dientes y colmillos, lo que sugería una salud y un vigor animales distintos de los espirituales. Esta criatura sobrevivió por otros medios que la abstinencia y la pureza. «Los hombres se diferencian de las bestias —dice Mencio— en algo inapreciable; el rebaño común lo pierde pronto; los hombres superiores lo conservan cuidadosamente». ¿Quién sabe qué clase de vida resultaría si fuéramos puros? Si conociera a un hombre tan sabio que pudiera enseñarme la pureza lo buscaría en seguida. «Según los Vedas, el dominio de las pasiones y de los sentidos exteriores del cuerpo y las buenas acciones son indispensables para acercarse a Dios». El espíritu podría ocupar y dirigir cualquier miembro y función del cuerpo y transmutar aquello que, por su forma, es la sensualidad más grosera en pureza y devoción. La energía generativa que, cuando somos disolutos, contribuye a nuestra disipación y nos contamina, cuando nos contenemos nos da vigor e inspira.