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LA LIBERTAD DEFINITIVA CONSISTE EN PONER FIN A LA BATALLA

NO HAY NADA MÁS DIFÍCIL QUE los finales. Hasta ahora hemos presentado la guerra como un juego feroz de negociaciones y de duras posibilidades. Ésta es la última táctica, la que corresponde al arte de destruir, de derribar, de poner fin a la batalla.

Dieciocho: El último poder es el poder de la despedida

Si lo has intentado todo y el oponente sigue siendo un adversario, abandona. Conviene que estés dispuesta a retirarte, porque es la única forma de conservar tu iniciativa espiritual para otra ocasión.

Según un proverbio budista, «debes cerrar el libro». En sus templos, la estatua de la Sabiduría, que tiene forma de mujer, lleva dos objetos: un libro y un cuchillo. Son sus instrumentos: el libro para el genio y el cuchillo para desprenderse de las cosas. Lo mejor de la sabiduría consiste en desprenderse de las cosas, sabiendo a qué hay que poner fin, cuándo y cómo conviene

hacerlo. De la manera de cerrar el libro, de desprenderse, depende si la historia tendrá continuidad o no.

Hay dos tipos de finales: la destrucción buena y la mala. La destrucción mala es la autodestrucción, que significa destruir algo antes de tiempo, de forma prematura.

La mala destrucción no siempre resulta evidente. Había una mujer, famosa en ciertos círculos, que escalaba montañas por todo el mundo. Muchas veces escaló ella sola. Hizo rutas por China antes de que se autorizara la entrada de extranjeros. Hace unos años, dirigiendo un grupo a través de las Montañas Rocosas, decidió adelantarse para probar la pista. Siguió avanzando, aunque se dio cuenta de que caían piedras delante de ella. En un minuto se desprendió un alud que la sepultó al instante. Fue la única víctima del grupo.

Todos la recordaban como una mujer valiente que amaba la vida. ¿Lo era en realidad? Esta mujer caminó durante cuarenta años al encuentro de la muerte, siempre llegando un poco más allá de lo que convenía. No era valiente en absoluto. Tenía miedo y en definitiva se sentía mejor con la destrucción inútil que con su contrario. No podía decir: «No, tengo miedo, no me siento segura, volvamos atrás.» Buscaba peligros inmensos porque sólo en esos momentos podía esconder sus temores, en vez de erradicarlos. La intimidad la aterrorizaba porque no le dejaba ningún lugar donde esconderse.

Cuando una persona pone fin a su vida, o a una relación, sin darle oportunidad de madurar... eso es autodestrucción. Cuando te vas de un trabajo por los motivos equivocados (tal vez por frustración o por humillación, no porque hayas dejado de ser útil), eso es autodestrucción. Romper una poesía que has escrito en lugar de corregirla, herir a alguien con un comentario acusador... son finales que no dejan que la historia tenga continuidad. Con este tipo de acciones, destruyes algo en ti misma, quizá la capacidad de establecer lazos duraderos.

La buena destrucción es el final radical, el tipo de culminación que supone una decisión y un cierre: saber cuándo acabar la relación con una pareja que no está a tu altura; poner fin a una relación laboral con un subordinado al que te cuesta mucho retener; acabar con un psicoanalista que parece no prestarte atención... todos estos son buenos finales. Con ellos llegan nuevos comienzos. Las princesas tienen que destruir las cosas medio muertas que hay en su vida, así como el fuego destruye la tierra yerma, preparándola para que vuelva a producir. Pero hace falta un final claro y radical. No dudes en abandonar después de haber evaluado cuidadosamente la situación.

Al decir: «No, se ha acabado», abres los ojos a posibilidades nuevas. «"No" es la palabra más amplia que le confiamos al idioma», como escribió la poetisa Emily Dickinson. Cuando tenía cuarenta y siete años, se fijó en ella un viudo, el juez Lord, que quería casarse con ella, la reclusa de Amherst. Parecía la primera oportunidad que se le presentaba de amar desde que la desdeñara Charles Wadsworth, quince años atrás. Sin embargo dijo que no. ¿Fue una manera de refugiarse en una posición segura y casta, o no sentía nada por Lord? Cuando abandonas o le das la espalda a algo o a alguien, obtienes una fuerza que pocos entienden en esta cultura de la gratificación. Te vuelves más fuerte para regresar y volver a luchar por lo que deseas de verdad, pero ese «no» aumenta tu fuerza. Crece la sensación de tus posibilidades, al igual que tu determinación de ponerlas en práctica cuando estás dispuesta a abandonar.

Lo que distingue realmente a las princesas tal vez sea esto: que no dicen que no a los demás sino a sí mismas con mayor frecuencia (y en cuestiones más importantes) que el resto de las mujeres. Que sean fuertes cuando se dicen que no a sí mismas significa que cada sí es verdadero. George Eliot rechazó las situaciones más insólitas; mientras otras personas eran in- verosímiles en sus exigencias, ella lo fue en sus negativas. A lo largo de su vida, le dio la espalda a las normas estrictas impuestas por su padre con

enamoró de un hombre casado y se fue a vivir con él, lo cual la aisló incluso de sus amistades literarias. Se despidió del estilo de escribir Victoriano y sentimental que estaba de moda, y se aferró a la idea de no escribir más que lo verdadero, aunque según las normas de la época lo consideraran grosero. Cuando falleció su marido, George Lewes, no quiso ir al funeral y se derrumbó por completo —«sus gritos resonaban por toda la casa»— y dos años después se casó con un hombre veinte años más joven que ella.

Las princesas no se dejan tentar nunca por los planes de una nueva vida gloriosa. Se dan cuenta de que la creación surge de los finales radicales. Las princesas saben que reconocer los límites a veces produce mayor libertad. Y no hay mayor poder que tener la libertad de abandonar.

EL LIBRO DE LAS armas