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Libertad y Estado, o el problema de la dinámica social

La tensión entre las dos tendencias opuestas del ejercicio del gobierno señala que Maquiavelo no trabaja con una representación del Estado como un sistema político estático. Pero en I Discorsi su análisis de las mutaciones –mutazione– o cambios del Estado quedan reducidas, casi siempre, sólo a dos alternativas: “[…] o de república en tiranía o de tiranía en república” (TO –Discorsi: 198). Esta concepción dinámica del Estado es una derivación

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Por política de la fe Oakeshott entiende “el acto de gobernar como una actividad ilimitada”, “un gobierno omnicompetente”, “minucioso y vigilante”, ocupado “de la dirección incansable de todas las actividades de los gobernados” y guiado por “una condición mundana de la perfección” que el gobierno debe promover o imponer de cierta forma. Por política del escepticismoentiende “la actividad del gobierno judicial”, que tiene en cuenta la “economía en el uso del poder” y que “la conducta del gobierno siga leyes conocidas y establecidas, así como un sistema de derechos ligado y, en realidad, derivado históricamente de medios de reparación fáciles de manejar”, es decir, una actividad del gobierno en donde “el poder concentrado en su función no está al alcance de quien quiera promover o imponer su proyecto preferido” (1998 : 54 a 61).

153 de la manera como el autor se representa la realidad política como un mundo en constante movimiento. De la misma manera, su comprensión de la sociedad tampoco arriba a una concepción estática u homogénea. Más bien, su intención consiste en señalar que la realidad social es un espacio de permanente desorden, tensión y cambio. Y, desde esa representación de lo social, se dispone a preguntar cuál puede ser la estructura política capaz de contener un mundo así y, al tiempo, sobrevivir en él. Esto simplemente muestra que para él, como ya se ha señalado, la realidad en la que tiene que sobrevivir el Estado es un mundo de permanente inestabilidad política (TO –Discorsi: 84 a 87). Esta es la idea de la que Maquiavelo parte para formular su concepción sobre el Estado. La enuncia constantemente en sus escritos, como en su Istorie fiorentine cuando dice que:

Suelen muchas veces las provincias en sus múltiples vicisitudes, pasar del orden al desorden y, luego, del desorden al orden porque, como la naturaleza no ha dado a las cosas terrenas el poder detenerse, cuando estas llegan a la cima de su perfección, al no tener ya posibilidad de llegar más alto, no les cabe otro remedio que declinar (TO –Istorie fiorentine: 715 a 716).

El movimiento del que habla el florentino no se desarrolla de manera lineal. El sentido más recurrente del que se vale para representarse el cambio de las cosas humanas es el cíclico. Usa esta representación del tiempo para referirse a lo que considera que es la pauta histórica del cambio social y político. En esto es un deudor de los clásicos, en especial de la teoría de la anaciclosis expuesta en el libro VI de las Historias de Polibio. Una teoría con la que el historiador de Megalópolis explica las causas por las cuales las distintas formas de gobierno o constituciones políticas se suceden unas a otras en un proceso cíclico de engrandecimiento y corrupción (Polibio, 1999: 232-306), y que Maquiavelo sigue casi al pie de la letra en el capítulo 2 del Libro I de I Discorsi, salvo por unos pequeños detalles. Guiado por esta idea, pensaba que el movimiento de las cosas humanas tenía su origen en las regularidades de la historia y en la naturaleza humana. Estas causas de la inestabilidad eran dificultades objetivas que el sabio político tenía que descubrir y saber afrontar. Desde luego que todas tenían su grado de complejidad, unas eran menos controlables que otras. Pero aun así, todas estas causas no eran más que elementos o fenómenos de carácter natural. Tan naturales como las pasiones humanas, las cuales eran para él una de las más importantes razones de la dinámica social. Desde esta perspectiva consideraba que el

154 choque de las pasiones humanas, sobre todo de la ambición, era un motivo permanente del desorden y la división social y política. En I Discorsi, al analizar los escándalos que en Roma causó la ley agraria, inicia recordando una antigua sentencia según la cual los hombres acostumbran, de manera inconsecuente, a “lamentarse del mal y hartarse del bien”, lo que los lleva a luchar cuando no por necesidad por pura ambición. Según el autor la causa de todo esto es que:

[…] la naturaleza ha constituido al hombre de tal manera que puede desearlo todo, pero no puede conseguirlo todo, de modo que, siendo siempre mayor el deseo que la capacidad de conseguir, resulta el descontento de lo que se posee y la insatisfacción. De aquí se originan los cambios de la fortuna, porque deseando, por un lado, los hombres tener más, y temiendo, por otro, perder lo que tienen, se llega a la enemistad y a la guerra (TO –Discorsi: 119 a 120).

El deseo humano, que es infinito, encuentra un límite objetivo en las capacidades que tenga un hombre para realizarlo. De esta antinomia surgen la insatisfacción permanente y la ambición, que al querer realizarse choca con las ambiciones de los otros hombres. Con esto, Maquiavelo parece haber encontrado una pauta recurrente del obrar humano, una especie de patrón capaz de llevarlos a obrar, en todos los tiempos, guiados por la misma pasión. Se trata de un principio natural y universal que revela una igualdad natural entre los hombres. De esta manera, la naturaleza humana se muestra, para él, contradictoria en los hechos, conflictiva: lleva a los hombres a la contradicción y a la división en el plano político y social. Hace que el hombre devenga un enemigo para el hombre y que de esa enemistad surja la inseguridad y la guerra, pues “los hombres, deseando no temer, comienzan a hacer temer a los otros, y aquella injuria que quieren ahuyentar de sí la dirigen contra otro, como si fuera necesario ofender o ser ofendido” (TO –Discorsi: 128 a 129). Tal vez por eso Maquiavelo recomendaba a los hombres de Estado presuponer, por pura prudencia, que “todos los hombres son malos” (TO –Discorsi: 245 a 246); y que tuvieran siempre presente que las lecciones de la historia nos muestran que lo natural, lo permanente, lo real en términos políticos y sociales era el conflicto y no la paz o la armonía. Por eso mismo afirma que: “[…] todo aquel que se haga ilusiones de que un Estado pueda mantenerse absolutamente unido se engaña mucho en esa esperanza” (TO -Istorie fiorentine: 792 a 793).

155 De esta forma, Maquiavelo no presupone, para formular su concepción de Estado, la idea de que la sociedad sea un todo ordenado, homogéneo o que se caracterice primordialmente por una identidad de intereses. Todo lo contrario, siempre que piensa la realidad social y política se la representa inmersa en una permanente lucha de intereses. Y describe esta tensión como una contradicción social entre los distintos grupos sociales (TO –Discorsi: 82 a 83). O entre las distintas clases sociales que existen en todos los Estado y que se contraponen en los intereses o los fines que persiguen y en los medios con que cuentan para realizarlos; clases que también se diferencian por la disposición que cada una tiene para la vida civil. El resultado de esta dinámica social es, para él, la desunión y la división política permanente en el interior de cualquier Estado. A propósito de esto, Macpherson, en La democracia liberal y su época,llegó a sugerir que:

[…] al contemplar los modelos de democracia –pasados, presentes y posibles– debemos estar muy atentos a dos cosas: lo que presuponen acerca de toda la sociedad en que ha de actuar el sistema político democrático y lo que presuponen acerca del carácter esencial de las personas que han de hacer que funcione el sistema (2003: 15).

Si apelamos a esta recomendación de Macpherson bien podríamos decir que Maquiavelo, para elaborar su concepción de Estado, parte de la presuposición de que el hombre no es propiamente un animal social por naturaleza sino, más bien, un ser con profundas inclinaciones asociales y egoístas.Y que, además, parte de la idea de una sociedad dividida en clases31 de ciudadanos, en grupos de interés antagónicos que entran en lucha por la realización de sus respectivos fines. Cuando el ex-secretario florentino describe al hombre se refiere a él, en términos generales, como un ser malo por naturaleza, ingrato, voluble, ávido de ganancia, simulador y disimulador, ambicioso y egoísta; un ser que es más propenso a pensar y a defender su propio interés que el interés de los demás, “porque los

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El concepto de clase no tiene aquí el sentido y alcance que le asignó la teoría marxista sino un sentido más elemental. Como dice Macpherson: “Hay un concepto algo más flexible de clase, definida en su forma más sencilla en términos de ricos y pobres, o ricos, medios y pobres, que ocupa un lugar destacado en la teoría política de todos los tiempos, aunque en las teorías más antiguas (como la de Aristóteles) el criterio de clase era solo implícitamente la posesión de la propiedad productiva. Sin embargo, la opinión de que la clase, definida al menos implícitamente en términos de propiedad productiva, era un criterio importante de diferentes formas de gobierno, e incluso un determinante importante de las formas de gobierno que podían existir, era una opinión que sostenían Aristóteles, Maquiavelo, los republicanos ingleses del siglo XVII y los federalistas estadounidenses, mucho antes de que Marx hallara el motor de la historia en la lucha de clases” (Macpherson, 2003: 15).

156 hombres olvidan más pronto la muerte del padre que la pérdida del patrimonio” (TO –Il Principe: 281 a 283). Esta manera de describir al hombre muestra que el supuesto antropológico y social del que parte el autor es más cercano a la tradición política liberal que a la del humanismo cívico, es decir, más cercano a pensadores como Hobbes y Kant que a Platón o Aristóteles. Si quisiéramos un referente más aproximado de este supuesto bastaría con examinar el famoso ensayo de Kant Idea de una historia universal en sentido cosmopolita, de 1784, en el cual el filósofo alemán va a suponer que lo propio de la naturaleza humana es la insociable sociabilidad y que el orden social y el Estado son el resultado del conflicto entre los hombres. Según lo dice Kant:

Entiendo en este caso por antagonismo la insociable sociabilidad de los hombres, es decir, su inclinacióna formar sociedad que, sin embargo, va unida a una resistencia constante que amenaza perpetuamente con disolverla. Esta disposición reside, a las claras, en la naturaleza del hombre. El hombre tiene una inclinación a entrar en sociedad; porque en tal estado se siente más como hombre, es decir, que siente el desarrollo de sus disposiciones naturales. Pero también tiene una gran tendencia a aislarse; porque tropieza en sí mismo con la cualidad insocial que le lleva a querer disponer de todo según le place y espera, naturalmente, encontrar resistencia por todas partes, por lo mismo que sabe hallarse propenso a prestársela a los demás. Pero esta resistencia es la que despierta todas las fuerzas del hombre y le lleva a enderezar su inclinación a la pereza y, movido por el ansia de honores, poder o bienes, trata de lograr una posición entre sus congéneres, que no puede soportar pero de los que tampoco puede prescindir” (Kant, 1992: 46 a 47).

La sociedad dividida en clases de ciudadanos y un modelo de hombre con profundas tendencias asociales son las ideas sobre los cuales el autor construye su concepción de Estado. Estas ideas fundamentales son la expresión, para el autor, de una realidad histórica recurrente e ineludible en la que tiene su existencia cualquier orden político, y que no se puede desconocer. A partir de esta recurrencia histórica Maquiavelo se propone argumentar que el Estado es una construcción racional, pero no un orden racional preconcebido que se deba imponer sobre la sociedad y los hombres, haciendo que ella o estos se adapten forzosamente a él. Más bien, su intención es describir una dinámica social e histórica que puja por la construcción de un orden político perfecto. En este sentido, el ex-secretario lo que desea es mostrar que el Estado es un orden racional inmanente a la historia de los hombres y de los pueblos, una historia donde la constante ha sido la división social, la

157 lucha de clases, el permanente conflicto de intereses desde el cual el Estado aparece como el resultado ideal de esa insociable sociabilidad, no como una construcción extraña y ajena a ella. Es decir, que el Estado es producto de la agencia humana, es un resultado de la lucha por la libertad del hombre en el espacio social. Sin embargo, esa dinámica social también es capaz de conducir, según Maquiavelo, a una profunda inestabilidad política que puede reflejarse en una permanente oscilación en el estilo de gobierno; con la consecuencia de que el Estado puede variar, de forma súbita de un régimen de libertad a un régimen de tiranía. Esta peligro implica, para la teoría política del autor, la búsqueda de una estructura política o de un Estado capaz de frenar la inestabilidad producida por la natural e inevitable división social en la que viven los hombres.

Esta indagación, sobre el mejor régimen político, nos revela que para Maquiavelo la libertad era, también, un problema político de primer orden, un asunto de arquitectura política que podemos condensar en esta pregunta: ¿cómo es posible que un Estado libre pueda perdurar en el tiempo, estable y seguro, en una sociedad profundamente dividida? O, mejor aún: ¿cómo es posible que un conjunto de hombres con tendencias asociales, en los cuales puede llegar a primar más el interés particular que el común, que persiguen fines distintos y contrapuestos, puedan llegar a convivir por mucho tiempo en una misma sociedad y bajo un mismo Estado sin que unos dominen a otros, sin que se arrebaten su libertad, su vida y sus bienes de manera arbitraria y violenta? Este problema que se plantea Maquiavelo nos lo revela como un pensador más próximo a la tradición liberal que al pensamiento político antiguo y medieval. Aún más cuando John Rawls, uno de los más importantes teóricos liberales de finales del siglo XX, al definir el problema fundamental de su liberalismo político lo planteó prácticamente en la misma clave en la que Maquiavelo, en su momento, se planteó el problema de la estabilidad y la perduración en el tiempo de los sistemas políticos de libertad. Según Rawls, el problema del liberalismo político consiste en averiguar:

¿Cómo es posible que pueda existir a través del tiempo una sociedad estable y justa de ciudadanos libres e iguales profundamente dividida por doctrinas religiosas, filosóficas y morales, razonables, aunque incompatibles entre sí? En otras palabras: ¿cómo es posible que unas doctrinas comprensivas profundamente opuestas entre sí, aunque razonables, puedan

158 convivir y afirmen todas la concepción política de un régimen

constitucional? (Rawls, 1996: 13).

Obviamente, reconociendo las diferencias en los contextos y en los modos de conceptualizar la realidad política y social, lo cierto es que la libertad aparece en Maquiavelo y Rawls como un problema perenne asociado a la pregunta por cuál es el mejor régimen político. Ahora bien, como respuesta a este problema el ex-secretario florentino argumenta que no cualquier orden político es capaz de frenar la inestabilidad política y producir la unidad en medio de la división. Un Estado que solo piensa en sí mismo, en su propio poder, o donde una clase social domine a la otra, donde el orden político se oponga a la libertad, es decir, a las ambiciones y a los fines de los hombres no es un régimen apto para durar por mucho tiempo. Según el autor, sólo un tipo de régimen político es capaz de superar la inestabilidad y tener una larga existencia, y ese sólo puede ser, como ya se dijo, aquel que se propone como fin satisfacer los deseos de los hombres y su realización. Uno de esas pretensiones naturales de los hombres, tal vez la más importante que ese tipo de Estado debe satisfacer, es la de la libertad (TO –Discorsi: 83 a 84). Por eso Maquiavelo piensa que el Estado debe tener como propósito ineludible garantizar que los ciudadanos no se dominen arbitrariamente entre sí, que unos no arrebaten la libertad a los otros. El Estado debe ser la garantía de la vida política libre. Él debe garantizar la libertad tanto interna como externa de sus ciudadanos, puesto que él también debe defender a los hombres del poder de otros Estados y de la amenaza que estos representan con respecto a las libertades ciudadanas.

Aún más, orientado por su tesis sobre la naturaleza de la dinámica social, termina por argumentar que el régimen perfecto es el que se corresponde con una estructura en constante transformación de sus ordini, de sus leyes e instituciones, acorde con las mudanzas de las circunstancias políticas y sociales. Es decir, un sistema político flexible, pues de no ser así su existencia sería extremadamente corta ya que la realidad en la que habita lo agotaría (TO –Discorsi: 213 a 214). Paradójicamente, la respuesta de Maquiavelo conduce a una conclusión inesperada: el Estado que garantiza la libertad de sus ciudadanos y hace un ejercicio limitado del poder es el más resistente y estable a los embates de la dinámica social y al paso del tiempo. Los sistemas políticos que contemporizan con las

159 circunstancias y los cambios sociales, son más fuertes y poderosos que los que hacen un ejercicio ilimitado de su poder y dominan arbitrariamente a sus ciudadanos. La clave está en la capacidad de adaptarse al libre juego de las tensiones y movimientos sociales. De la flexibilidad de su autoridad depende su éxito, especialmente en la tarea de evitar que la inestabilidad social lo supere y lo haga colapsar de un momento a otro, comprometiendo su propia libertad y la de sus ciudadanos.