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La libido femenina

In document Vilar, Esther - El Varon Domado (página 47-51)

La sexualidad femenina desconcierta al varón. Pues en la mujer es difícil comprobar la excitación sexual y el orgasmo, muy a diferencia de lo que ocurre con el varón. Por eso los varones se encuentran sustancialmente limitados en sus averiguaciones a las informaciones que las mujeres les facilitan

voluntariamente. Y como la mujer no tiene el menor interés por resultados científicamente exactos, sino que sólo piensa en el beneficio inmediato, dirá siempre exactamente lo que le parezca oportuno en tal o cual situación. Por eso las numerosas investigaciones realizadas -por ejemplo, sobre la frigidez de la mujer, sobre su capacidad de gozar en el acto sexual, sobre si tiene un orgasmo comparable con el del varón- han llegado a resultados literalmente

contrapuestos (digamos de paso que ni siquiera Masters & Johnson se

enfrentaron con la mujer media). Por eso el varón oscila entre la suposición de que la mujer no tiene impulso sexual alguno y que en ella todo es comedia y el temor de que, en realidad, sea sexualmente mucho más potente que él (y no se lo diga por compasión). Intenta llegar a conclusiones seguras elaborando preguntas y cuestionarios nuevos cada vez y cada vez más sutiles, esperando con toda naturalidad que las mujeres los vayan cumplimentando

concienzudamente por servir a la elevada causa. Pero esa expectativa es engañosa.

La verdad anda, presumiblemente, más o menos por en medio: las mujeres no tienen, en verdad, ninguna necesidad furiosa de satisfacción sexual (si la tuvieran, habría mucha más prostitución masculina); pero, por otra parte, tampoco les molesta el acto sexual, como muchos afirman.

La mujer existe en un plano animalesco : le gusta comer, le gusta beber, le gusta dormir, y también le gusta el sexo, siempre que no pierda por él nada mejor y que no le cueste demasiado cansancio. A diferencia del varón, no cargaría con esfuerzos y contratiempos por llevarse la pareja a la cama; pero si ya lo tiene en ella, no tiene en modo alguno inhibiciones o antipatía al acto sexual, siempre que el varón asuma el papel activo y que ella misma no estuviera preparando una de sus grandes acciones cosméticas o esperando un programa televisivo de su gusto. Pues la bonita calificación de «activo» para el papel masculino y de «pasivo» para el femenino no puede ocultar el hecho de que hasta en la cama - como en cualquier otra esfera de la vida- la mujer hace que el varón la sirva. El acto sexual, aunque procure placer al varón, no es, en última instancia, más que un servicio prestado a la mujer, y el mejor amante es el varón que procura gusto a la mujer del modo más hábil, inmediato y duradero.

Los hombres han sospechado -por lo menos- desde siempre que son ellos, propiamente, los objetos de abuso en el acto sexual; por eso han tenido siempre cierto miedo a la libido femenina. Ese miedo se encuentra en muchos ritos de las culturas antiguas, en las obras filosóficas de Schopenhauer y de Nietzsche, en las novelas de Balzac y Montherlant, en los dramas de Strindberg, Tennessee Williams y O’Neill. Pero el miedo ha alcanzado formas ya histéricas al inventarse el control de la natalidad mediante inhibidores de la ovulación - mediante la píldora por excelencia-. Han aparecido ya libros enteros acerca de si y hasta qué punto ha de temer sexualmente el varón a la mujer, y ramas enteras de la publicística viven de vender a los varones consejos para conseguir un papel superior en el trato sexual.

Pues con el invento de la inhibición farmacológica del embarazo el varón (que es, naturalmente, el que ha inventado la cosa) ha arrojado el único as que le quedaba: pese a toda su dependencia sexual; la mujer estaba en este punto a su merced. Pero ahora es ella superior incluso en esto: puede tener los hijos que quiera, cuando quiera y de quien quiera (o sea: del más rico), y puede practicar el acto sexual cuantas veces le parezca conveniente para ella, aunque no abrigue ninguna intención reproductora.

El varón no puede tanto. Siempre fingió que su potencia sexual era infinita y que sólo la inhibición de la mujer le impedía demostrarlo. Hoy no tiene más re- medio que dar la cara, porque cualquier mujer se puede informar en cualquier semanario de lo que hay en materia de potencia sexual masculina. Ahora la mujer sabe perfectamente cuál es la potencia normal de un varón de una edad determinada, si es potente por la tarde o por la noche, antes o después de comer, si el aire de la montaña o el del mar le intensifica o le disminuye la potencia y cuántas veces seguidas puede o tiene que satisfacer a una mujer. Y como los varones no falsean nunca las estadísticas -el hombre que es un hombre de verdad no miente nunca, mentir es para él confesar debilidad-, la mujer se puede fiar enteramente de esos datos. Con las tablas en la mano (con la tabla que han compuesto para ella los varones), puede determinar exactamente la potencia de un varón determinado. Y no sólo determinarla, sino también compararla con la de cualquier otro, puesto que la comunicación sexual ya no tiene para ella ningún riesgo. Pero, contra lo que teme el varón en su angustia, la mujer no se va a dedicar a comparar potencias ni se va a decidir por el más potente. Como no es ninguna fiera sexual, según queda dicho, preferirá más bien (ceteris paribus) al menos potente, y le super-explotará con los conocimientos íntimos que tiene de él.

Pues en la esfera social el varón es, todavía más que en las otras, víctima del principio del rendimiento que se asimiló en su doma. El varón se pone calificaciones por así decirlo:

tres veces seguidas = sobresaliente; dos veces seguidas = notable; una sola vez = aprobado.

El fallo sexual es para el varón fallo total (hasta el punto de que, aunque sea un científico brillante, ya no volverá a ser feliz).

La mujer lo sabe y distingue en ello varias posibilidades de aprovecharse: a) Puede fingir que no sabe que su hombre es de escasa potencia, y

elogiarle por ella (éste es probablemente el método más utilizado). b) Puede convencer al varón de que su escaso rendimiento sexual es un

grave inconveniente, y de que tiene que considerarse muy afortunado por el hecho de que, a pesar de eso, ella no le abandone.

c) Puede amenazarle con ponerle públicamente en ridículo si no se esclaviza suficientemente a ella. Y como el varón se reconoce más gustosamente ladrón u homicida que impotente, se inclinará siempre y hará lo que ella le exija.

Lo potencia sexual masculina depende de factores psíquicos en mayor medida todavía que cualquier otra función somática: por eso una vez que tiene la primera inhibición, se sume progresivamente en dificultades cada vez mayores de su potencia. Entonces le exaspera el temor de no necesitar ya a la mujer, pues, a causa de la doma de que ha sido objeto, identifica esa de- pendencia con la virilidad. Hay que darse cuenta de lo absurda que es esta situación: el varón hace a partir de este momento todo la imaginable para conservar su dependencia de la mujer. Hace ya mucho tiempo que los afrodisíacos -antiguamente vendidos bajo mano y preparados por charlatanes- se han hecho fashionable y convertido en bestsellers de la industria farma- céutica. Hasta en revistas de alta cultura se acumulan los artículos sobre dificultades del coito, y los chistes «sólo para caballeros» -nacidos, como se sabe, del temor masculino a la castración- están en su más alta coyuntura, pese al poco chiste que suelen tener. Es seguro que el varón no se compra por gusto las numerosas revistas pornográficas que viven de él -pues el varón se divertiría mucho más en otros planos-, sino por la desesperada esperanza de que esos intensos estímulos le mantengan siempre en forma, a la altura de su mito de la virilidad.

Con todo eso sigue siendo víctima de su costumbre de aplicar sus propios criterios a la estimación de la mujer. Ahora cree que, como la mujer cuenta con un método anticonceptivo seguro, no va a tener más obsesión que la de recuperar todo lo perdido y dedicarse exclusivamente a lo que él mismo -por la eficacia de su doma- considera el más alto de todos los placeres, el sexo. Error evidente. El sexo es, desde luego, un placer para las mujeres, pero no el mayor. La satisfacción que produce a la mujer un orgasmo se encuentra en su escala de valores muy por debajo de la que le procura, por ejemplo, una cocktail-party o la compra de un par de botas acharoladas de color calabaza.

Es, pues, absurdo el temor que tienen los varones a ser superados sexualmente, o hasta físicamente debilitados, por la reciente libertad que la mujer ha ganado con los anticonceptivos. Una mujer no pondrá nunca al

hombre que la alimenta tan fuera de combate que no pueda presentarse puntualmente a la mañana siguiente en su puesto de trabajo. ¿Cómo va a aceptar riesgos en este punto? La amada más fogosa limitará inmediatamente el comercio sexual con su hombre a una medida exenta de riesgos en cuanto que las agitadas noches inflijan a aquél el menor perjuicio en su carrera profesional. Se puede decir que las mujeres ninfómanas existen casi exclusivamente en el cine y en el teatro. El público tiene curiosidad de ellas precisamente porque son muy escasas en la vida (por la misma razón son tantas las películas y novelas que tratan de gentes riquísimas, cuya proporción en la población total es muy baja).

Las mujeres se interesan -cuando se interesan por la potencia masculina principalmente por razón de los hijos que quieren tener. La mujer necesita hijos -como veremos más adelante- para poder realizar sus planes. Es de presumir que muchas mujeres se alegrarían de que la potencia sexual de su marido se agotara tras haber engendrado dos o tres niños. Esto le evitaría una enorme cantidad de pequeñas complicaciones.

Que la importancia que da la mujer a la capacidad física del varón es escasa lo prueba, finalmente, el hecho de que los varones que ganan o tienen mucho di- nero se pueden volver a casar y seguir casados con toda normalidad cuando ya son impotentes (en cambio, es casi imposible imaginarse que una mujer sin vagina tuviera posibilidad alguna de casarse con un hombre de predisposiciones normales).

In document Vilar, Esther - El Varon Domado (página 47-51)