LA LIBREA ESCARLATA
Durante la devastación de los Estados arrebatados a los Granjeros, los elegidos por este partido desaparecieron del Congreso. Se les instruyó proceso por alta traición, y sus vacantes fueron ocupadas por criaturas del Talón de Hierro. Los socialistas formaban una miserable minoría y sentían aproximarse su fin. Congreso y Senado no eran más que vanos fantasmas. Allí se debatían gravemente y se votaban los problemas públicos de acuerdo con las fórmulas tradicionales, pero en realidad lo único que se hacía era darle un sello de constitucionalidad y de legalidad a los mandatos de la oligarquía. Ernesto estaba en lo más rudo de la disputa cuando llegó el fin.
Fue durante la discusión de un proyecto de asistencia a los desocupados.
La crisis del año anterior había hundido a grandes masas del proletariado por debajo del nivel del hambre, y la extensión y propagación de los desórdenes las hundió más todavía. La gente moría de hambre a millones, en tanto que los oligarcas y
sus valedores sé saciaban en el excedente de riquezas92.
A esos desdichados les llamábamos el pueblo del abismo93. Era para aliviar sus terribles sufrimientos que los socialistas
habían presentado ese proyecto de ley. Pero el Talón de Hierro no lo encontraba a su paladar y preparaba, de acuerdo con su
92Condiciones análogas prevalecían en la India en el siglo XIX, bajo la dominación británica. Los indígenas morían de hambre a millones, en tanto que sus amos les birlaban el fruto de su trabajo y lo gastaban en pomposas ceremonias y en cortejos fetichistas. En este nuestro siglo ilustre, no podemos menos que ruborizarnos por la conducta de nuestros antepasados; y debemos contentarnos con un consuelo filosófico, al admitir que en la evolución social la fase capitalista está más o menos al mismo nivel que la edad simiesca en la evolución animal. La humanidad tenía que cruzar esas etapas para salir del légamo de los organismos inferiores, y, como es natural, no podía desprenderse fácilmente de ese fango viscoso.
93Esta expresión es un hallazgo debido al genio de H. G. Wells, que vivía a fines del siglo XIX. Era un clarividente en sociología, un espíritu sano y normal al mismo tiempo que un corazón cálidamente humano. Hasta nosotros han llegado varios fragmentos de sus obras
propia manera, un proyecto para procurar trabajo a millones de seres; y como sus puntos de vista no eran absolutamente los nuestros, había dado órdenes para qué se rechazara nuestro proyecto. Ernesto y sus camaradas sabían que su proyecto no cuajaría, pero, hartos de que los tuvieran esperando, deseaban una solución cualquiera. No pudiendo llevar nada a la práctica, no aguardaban nada más que poner fin a esta farsa legislativa en la que les hacían desempeñar un papel involuntario. Ignorábamos qué rumbo tomaría esta escena final, pero no podíamos prever una más dramática que la que se produjo.
Ese día me encontraba en la barra popular. Sabíamos que iba a ocurrir algo terrible. Cerníase en el aire un peligro cuya presencia hacían visible las tropas alineadas en los corredores y los oficiales agrupados a las puertas mismas del recinto. Era evidente que la Oligarquía estaba a punto de dar un gran golpe. Ernesto estaba en el uso de la palabra. Describía los sufrimientos de la gente sin empleo, como si hubiese acariciado la loca esperanza de conmover a esos corazones y a esas conciencias; pero los diputados republicanos y demócratas se reían irónicamente y se mofaban de él, interrumpiéndolo con exclamaciones y ruidos. Bruscamente, Ernesto cambió la táctica.
– Sé muy bien que nada de lo que diga podría influir sobre vosotros – declaró – . No tenéis un alma que pueda sacudir. Sois
invertebrados, seres fláccidos. Os llamáis pomposamente Republicanos o Demócratas. No hay partidos con ese nombre, no existen republicanos ni demócratas en esta Cámara. No sois más que aduladores y alcahuetes, criaturas de la plutocracia. Discurrís a la manera antigua de vuestro amor a la libertad, ¡vosotros, que lleváis en el lomo la librea escarlata del Talón de Hierro!
Gritos de ¡al orden, al orden! ahogaron su voz. Con gesto desdeñoso, Ernesto esperó que el alboroto cesara un poco. Entonces, extendiendo los brazos como para juntarlos a todos, gritó, volviéndose hacia sus camaradas:
– Escuchad esos mugidos de bestias ahitas.
La batahola recomenzó con más fuerza. El presidente golpeaba el pupitre para lograr silencio y lanzaba miradas expectantes hacia los oficiales que se amontonaban en las puertas. Hubo gritos de ¡sedición!
y un diputado por Nueva York, notable por lo rechoncho, soltó el epíteto de ¡anarquista! La expresión de Ernesto no era de las más tranquilizadoras.
Todas sus fibras combativas parecían vibrar y su rostro era el de un animal agresivo. Sin embargo, se mantenía frío y dueño de sí.
– Acordaos – gritó con voz que dominó el tumulto – , vosotros, que no mostráis ninguna piedad para el proletariado, que éste,
un día, no la tendrá para nosotros.
Redoblaron los gritos de ¡sedicioso!, ¡anarquista!
– Ya sé que no votaréis este proyecto – continuó Ernesto – . Habéis recibido de vuestros amos la orden de votar en contra. ¡Y
osáis tratarme de anarquista, vosotros, que habéis destruido el gobierno del pueblo; vosotros, que os pavoneáis en público con vuestra librea de vergüenza escarlata! No creo en el infierno, pero a veces lo lamento, y en este momento estoy tentado de creer en él, pues el azufre y la pez hirviendo no serían suficientes para castigar vuestros crímenes como se merecen. Mientras haya seres semejantes a vosotros, el infierno es una necesidad cósmica.
Se produjo un movimiento en las puertas. Ernesto, el presidente y todos los diputados miraron en esa dirección.
– ¿Por qué no ordena a sus soldados, señor presidente, que entren y cumplan su faena? – preguntó Ernesto – . ¡Ejecutarían su
plan con toda celeridad!
– Hay otros planes preparados – fue la réplica. Es por eso que los soldados están aquí. – Supongo que planes nuestros – ironizó Ernesto. El asesinato o algo por el estilo.
Con la palabra asesinato, el tumulto recomenzó. Ernesto no podía hacerse oír, pero permanecía de pie, aguardando que amainara. Fue entonces cuando ocurrió aquello. Desde mi asiento en la galería no vi nada más que un relámpago. Su estrépito me ensordeció, y vi a Ernesto trastabillar y caer en un remolino de humo, mientras los soldados corrían en todas direcciones. Sus camaradas estaban de pie, locos de rabia, dispuestos a todas las violencias; pero Ernesto se afirmó un momento y agitó los brazos para imponerles silencio.
– ¡Es un complot, cuidado! – les gritó con ansiedad. No os mováis, pues seréis aniquilados. Entonces se desplomó lentamente, justo cuando los soldados se le acercaban.
Un instante después hicieron despejar las galerías y ya no vi nada más.
Everhard, Wells había previsto la construcción de ciudades maravillosas, acerca de las cuales trata en sus libros bajo el nombre de
A pesar de que era mi marido, no me dejaron acercarme a él.
En cuanto me di a conocer, me arrestaron. Al mismo tiempo eran detenidos todos los diputados socialistas que se encontraban en Washington, incluso el pobre Simpson, a quien una fiebre tifoidea lo tenía inmovilizado en el lecho. El proceso fue rápido y breve. Ya todos estaban condenados de antemano. Lo milagroso fue que no lo ejecutaran a Ernesto. Fue un yerro de la Oligarquía, y bien caro que le costó. En esta época se sentía muy segura de sí misma.
Embriagada por el éxito, la Oligarquía no podía creer que este puñado de héroes tuviese poder suficiente como para zamarrearla desde la base. Mañana, cuando la gran rebelión estalle y en el mundo entero resuenen los pasos de las multitudes en marcha, comprenderá, pero demasiado tarde, hasta qué punto pudo agrandarse esta banda heroica94.
En mi calidad de revolucionaria y confidente intima de las esperanzas, de los temores y de los planes secretos de los revolucionarios, estoy en mejores condiciones que nadie para responder a la acusación lanzada contra ellos de haber hecho 'estallar esa bomba en el Congreso.
Y puedo afirmar redondamente, sin ninguna especie de reservas ni de dudas, que los socialistas eran completamente ajenos a este asunto, tanto los del Congreso como los de fuera. Ignoramos quién arrojó el artefacto, pero estamos absolutamente seguros de que no fue nadie de los nuestros.
Por lo demás, diversos indicios demuestran que el Talón de Hierro fue responsable de este hecho. Naturalmente, no podemos probarlo, y nuestra conclusión sólo se basa en presunciones. He aquí algunos de los hechos que conocemos. Los agentes del servicio secreto del gobierno le habían enviado al presidente de la Cámara un informe previniéndole que los miembros socialistas del Congreso estaban a punto de recurrir a una táctica terrorista y que ya habían decidido sobre el día en que sería llevada a cabo. Ese día fue precisamente aquel en que tuvo lugar la explosión. En previsión, el Capitolio había sido abarrotado de tropas. Siendo, pues, cierto que nada sabíamos de esta bomba, que, en efecto, estalló y que las autoridades habían adoptado medidas teniendo en vista su explosión, es lógico deducir que el Talón de Hierro sabía algo acerca de todo ello. Afirmamos, además, que el Talón de Hierro fue culpable de este atentado, que preparó y ejecutó con la intención de endilgarnos la responsabilidad y de provocar nuestra ruina.
El presidente divulgó la advertencia a todos los miembros del Congreso que vestían la librea escarlata. Durante el discurso de Ernesto, todos sabían que se iba a cometer un acto de violencia. Y hay que hacerles esta justicia, creían sinceramente que sería cometido por los socialistas. En el proceso, y siempre de buena fe, algunos atestiguaron que habían visto a Ernesto disponerse a lanzar la bomba y que ésta había estallado prematuramente. Desde luego, no habían visto nada de todo esto, pero en su imaginación afiebrada por el miedo así lo creían.
En el tribunal, Ernesto hizo la siguiente declaración:
Si yo hubiese tenido intención de arrojar una bomba, ¿es razonable admitir que habría elegido una inofensiva pieza de fuego artificial como ésta? Ni siquiera había suficiente pólvora adentro. Hizo mucho humo, pero no hirió a nadie más que a mí: estalló justamente a mis pies y no me mató. Creedme que si me decidiese a colocar máquinas infernales, haría estragos. En mis petardos habrá algo más que humo.
El ministerio público declaró que la escasa potencia del artefacto lo mismo que su estallido prematuro, eran otros tantos yerros de los socialistas, y que Ernesto lo había dejado caer por nerviosidad. Esta afirmación estaba confirmada por el testimonio de los que pretendían haber visto a Ernesto manear la bomba y dejarla caer.
En nuestras filas nadie sabía cómo lanzaron la bomba; Ernesto me contó que una fracción de segundo antes de la explosión había oído y visto golpear el suelo a sus pies. Así también lo dijo en el proceso, pero nadie lo creyó. El "merengue ya estaba en el horno", según la expresión popular. El Talón de Hierro había determinado destruirnos, y ahora no iba a desdecirse.
94Convencida de que sus Memorias serían leídas en su tiempo, Avis Everhard omitió mencionar el resultado del proceso por alta traición. En el manuscrito se encontrarán muchos otros descuidos de la misma índole. Cincuenta y dos miembros socialistas del Congreso fueron juzgados y todos reconocidos culpables.
Cosa extraña: ninguno fue condenado a muerte. Everhard y once más, entre los cuales Teodoro Donnelson y Matthew Kent, fueron condenados a prisión perpetua. A los cuarenta restantes los condenaron a penas que oscilan entre treinta y cuarenta y cinco años; a Arturo Simpson, a quien el manuscrito señala como enfermo de fiebre tifoidea en el momento de producirse la explosión, no le dieron más que quince años de prisión. Según la tradición, se lo dejó morir de hambre en su celda para castigarlo por su intransigencia obstinada y su odio ardiente y sin distingos contra todos los servidores del despotismo.
Murió en Cabanyas, isla de Cuba, en donde otros tres compañeros estaban detenidos. Los cincuenta y dos socialistas del Congreso fueron encerrados en fortalezas militares diseminadas en todo el territorio de los Estados Unidos:
así, a Dubois y a Woods los llevaron a Puerto Rico; a Everhard y a Merriweather, los encerraron en la isla de Alcatraz, en la bahía de San Francisco, que desde hacía mucho tiempo servía de prisión militar.
Según el dicho popular, la verdad siempre se abre camino95. Pero ahora estoy dudando, pues han pasado diecinueve años, y
a pesar de nuestros incesantes esfuerzos no hemos llegado a descubrir al hombre que arrojó la bomba. Era evidentemente un emisario del Talón de Hierro, pero nunca hemos obtenido el menor indicio sobre su identidad; hoy sólo resta, clasificar este asunto entre los enigmas históricos.