La libertad como camino hacia la plenitud humana y a la felicidad no consiste, en consecuencia, en hacer lo que uno quiere, sino en hacer amorosamente lo que hay que hacer; es, en consecuencia, liberación del egoísmo, que es el tirano que nos oprime, compromiso valiente por un mundo mejor. Somos libres si somos capaces de hacer lo que debemos, lo que engendra vida y la protege, y no lo que nos apetece; cuando nos responsabilizamos plenamente de nuestros actos y de nuestras vidas. La verdadera libertad es el dominio sobre sí mismo. La sociedad nunca podrá ser libre si los hombres y mujeres siguen esclavos de su ambición y sus pasiones, pues solo los libres podrán liberar. Se llega a la libertad mediante el amor, y somos libres para ser más, para amar, para servir. Libres, como Jesús, para cumplir en plenitud nuestra misión de constructores de un mundo fraternal. La genuina solidaridad con los perdedores y los empobrecidos, que lleva a sentir sus problemas y dolores como propios, ayuda a liberar el corazón de las cadenas del egoísmo y la apropiación indebida y construye la fraternidad. Si la libertad se desvincula del amor, se encadena a los deseos y ansias de tener, poseer, gozar y dominar, ídolos insaciables que siempre exigen más y más y llenan el mundo de nuevas esclavitudes.
El escritor francés Maurice Blondel decía que el amor es lo que nos constituye como personas, como seres plenamente humanos. No es posible una vida humana plena si no se experimenta y se vive el amor. El amor es la realización más completa de las posibilidades del ser humano. El entusiasmo que produce un verdadero enamoramiento
saca al hombre o a la mujer de sí mismos para entregarse y vivir en y para el otro. Por eso, si bien hoy se habla mucho de «hacer el amor», es más bien el amor el que nos hace, el que nos constituye como personas plenas.
Desgraciadamente, muchos confunden el amor con la mera posesión, con el sexo. Pero no es lo mismo decir «te amo» que «te deseo», «me gustas» o «me siento atraído por ti». Se confunde el amor con la satisfacción de una pulsión instintiva, animal. Como ha escrito el psiquiatra español Enrique Rojas: «Cuando el animal tiene lo que necesita, se calma y deja de necesitar. El hombre es un animal en permanente descontento. Siempre quiere más. Por eso, el conocimiento de lo que es el amor le va llevando hacia lo mejor. El amor es lo más importante de la vida, su principal guía. Lo expresaría de forma más rotunda: Yo necesito a alguien para compartir mi existencia. A alguien, no algo, que es en lo que se han convertido las personas en la relación sexual “amorosa” de hoy». José Ortega y Gasset viene a decir lo mismo: «El deseo muere automáticamente cuando se satisface. El amor, en cambio, es un eterno insatisfecho».
De ahí la necesidad de liberar la sexualidad de la «banalización» y la «animalización», que imperan con tanta fuerza en nuestros días, para recuperar su profundo sentido integrándola al amor. Hay que educar la sexualidad como donación y aceptación plena en el diálogo profundo de los cuerpos y de los corazones. Se trata de convertir cada relación sexual en una comunión: entrega absoluta, danza, arte, suprema expresión de la belleza. Cuando el placer y el amor se conjugan con la entrega mutua, es posible alcanzar un alto grado de felicidad. Pero si el sexo se degrada a mercancía, a mera excitación genital, a simple desahogo de un instinto, a utilización de otra persona, produce más insatisfacción que plenitud.
La divinización idolátrica del sexo y la intoxicación mediática de pornografía están convirtiendo a los seres humanos en una especie de máquinas sexuales que, cuanto más sexo practican, tanto más insatisfechas parecen y más sexo necesitan. La pornografía mediática estimula la mentalidad «voyeurista» de las personas e impele a observarlo todo. Lo escondido deja de estar oculto, lo prohibido deja de estar proscrito. Todo vale, nada se prohíbe; todo está permitido, nada vale. Poco a poco, van desapareciendo el erotismo, la seducción, el amor..., y estamos corriendo el peligro de convertirnos en una sociedad de sátiros y ninfómanas impotentes e insatisfechos, sin emociones, sin sentimientos, incluso sin verdadero placer, en búsqueda siempre de experiencias cada vez más agresivas y extremas. En el momento en que la sexualidad deja de estar bajo control, comienza su tiranía.
Necesitamos adiestrar la mirada y la imaginación para ver a cada persona como digna de respeto y no como un mero objeto de apetencia sexual. En palabras de Carolina Duarte, «el ser humano siempre es alguien, no algo. No se puede utilizar como un objeto o como una mercancía. No se puede maltratar, ofender. El sexo no se practica, ni se vende, ni se alquila, porque el ser humano es alguien, no algo. La sexualidad se vive
desde la intimidad de la persona, que busca manifestar al otro, en una entrega total y libre, a través de su cuerpo, el amor».
De ahí la necesidad de educar la afectividad y la sexualidad y, sobre todo, de aprender a amar, de modo que el corazón gobierne los instintos. Desgraciadamente, el corazón no va a la escuela, y a la mayoría de las personas nunca se les ha educado para amar. Por ello, si bien el amor es fundamentalmente donación, salida de sí, búsqueda del otro para posibilitar su plenitud, se le confunde con su opuesto: egoísmo, posesión, dominio, dependencia.
El único camino posible para ser maestro en el amor es practicarlo. No necesitas justificar tu amor, no necesitas explicar tu amor; solo necesitas practicarlo. La práctica hace al maestro.
El amor verdadero solo se consigue en libertad. Por ello, abraza, pero no retiene. El amor es fuente de una libertad siempre renovada. El amor combate la dependencia e impulsa al otro a emprender el vuelo de su genuina libertad, que, como venimos diciendo, consiste en deshacerse de todas las ataduras que le impiden a uno ser, darse a los demás: