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FeRnando ibaRRa

Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco Universidad Nacional Autónoma de México A pesar de los innumerables estudios sobre la obra de Giovanni Boccaccio, la historia de la tradición textual de las Genealogie (o Genealogia) deorum gentilium todavía es incierta. Alberto Bacchi della Lega, en su decimonónica Serie delle edizioni delle opere di Giovanni Boccaccio latine, volgari, tradotte e trasformate, indica las ediciones impresas que considera realmente existentes a partir de catálogos de libreros europeos de un cierto renombre. En su re- pertorio, se percibe el notable interés generado por esta obra en el siglo xv; prueba de esto son las numerosas ediciones parciales o

totales del texto. La editio princeps, al parecer, vio la luz en Colonia o en Venecia en 1472. Sin embargo, sesenta años después, el interés filológico promovió la revisión integral de la obra de Boccaccio, gracias a lo cual se editó en Basilea una versión latina vulgata, co- rregida y enmendada. A mediados del siglo xvi y durante el xvii apa-

recieron al menos ocho vulgarizaciones integrales en lengua toscana que se reimprimieron varias veces, en Venecia, obviamente. Llama la atención que a finales del siglo xv el libro no sólo se haya vul-

garizado al francés en París, sino que se imprimió sobre pergamino en una edición ilustrada; lo que permite suponer el reconocimiento que recibió la obra de Boccaccio y, dicho sea de paso, la influencia que ejerció sobre autores franceses como Cristine de Pizan. Hay noticias de otras dos versiones francesas en el siglo xvi y después,

al igual que ocurre con otras obras latinas de este autor, no hay más registros sino hasta el siglo xix.1 En 1894, Oscar Hecker identificó

una redacción autógrafa de las Genealogie de Boccaccio en un có- dice de la Biblioteca Laurenziana (Lii 9) y en 1951 se publicó en Italia una edición crítica que difería mucho de las ediciones anterio- res ya sea manuscritas o impresas. Con esto se sustituyó la edición vulgata y se dio autoridad al nuevo autógrafo que, sin embargo, no

1 Cfr. Alberto Bacchi della Lega, Serie delle edizioni delle opere di Giovanni

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puede afirmarse que corresponda con la última voluntad de autor. De las Genealogie hay dos versiones autógrafas: la ya mencionada escrita entre 1363 y 1366 y otra de 1371, que casi de inmediato, por insistencia de Hugo de Sanseverino, y sin la total aprobación de Boccaccio, fue difundida a pesar de estar colmada de errores mecá- nicos. Al no poder definirse cuál de los dos autógrafos corresponde al codex optimus, al filólogo contemporáneo no le queda más que justificar su elección e indicar las diferencias en aparato crítico.2

La redacción de las Genealogie Deorum gentilium tuvo su primer germen después de la escritura del Decameron. En este momento Boccaccio tendría más de cuarenta años y muchos problemas eco- nómicos que le causaron innumerables preocupaciones –a pesar de sus puestos diplomáticos en Florencia. A los cincuenta años tuvo la oportunidad de recibir apoyo como eclesiástico, pero hubo en su ánimo una toma de conciencia moral y literaria que lo alejó de los temas humanos que tanto le interesaron en su juventud y, siguiendo el ejemplo del admirado Petrarca, se inclinó hacia el culto humanís- tico de la erudición y el estudio de los autores de la antigüedad. Esta segunda etapa de su vida no sólo dio como frutos importantes obras enciclopédicas y de reflexión literaria, sino que le permitió ser el eje del desarrollo del humanismo florentino, acompañado por per- sonajes como Coluccio Salutati, Filippo Villani y Luigi Marsili. En este contexto Boccaccio encontró las posibilidades de investigar y escribir las Genealogie deorum gentilium (Genealogías de los dio- ses paganos), un compendio de historias que, a lo largo de trece de los quince libros que las componen, trazan las ramas genealógicas de las diversas familias de la mitología griega y latina.

En el Proemio queda muy claro que la intención de Boccaccio es establecer árboles genealógicos que partan de una raíz común a una estirpe divina hasta llegar a las ramas más alejadas. En la carta introductoria dirigida a Hugo IV, rey de Chipre, Boccaccio manifiesta seguir su mandato de elaborar un texto sobre mitología, con la advertencia de que una obra de tal erudición debería ser tarea de una persona mayormente capacitada, en este caso, de Petrarca, quien conocería con mayor precisión las narraciones mitológicas y contaría, además, con un mayor grado de elocuencia. Sin embargo, Donnino da Parma, emisario del rey de Chipre arguye que Petrarca

2 Véase Giovanni Boccaccio, Opere in versi. Corbaccio. Trattatello in laude

di Dante. Prose latine, Epistole, a cura di Pier Giorgio Ricci, pp. 1280-1282 y Angelo

De Gubernatis, Giovanni Boccaccio. Corso di lezioni fatte nell’Università di Roma

está demasiado ocupado en otras actividades y por eso el rey pensó en otra persona de análogos alcances para tan importante empresa. Tomando en consideración la profunda admiración hacia Petrarca, es posible que las palabras de Boccaccio no formen parte de la con- suetudinaria captatio benevolentiae –fundamental en los tratados de la época–, sino de una autocrítica al poner en relación su oficio con el de su maestro, del cual, según comenta De Gubernatis con cierta dolencia, “essendo egli stesso [Boccaccio] astro di prima grandeza, si rassegnò ad essere satellite continuo”.3

Para Boccaccio, el trabajo de recopilar datos no resultó simple porque las fuentes consultadas estaban compuestas tanto de ediciones de los clásicos poco contaminadas hasta textos de tercera mano, de oscura comprensión o pasados por el tamiz del olvido o de la censu- ra cristiana. Ante tal riqueza de datos, Boccaccio tomó una posición que lo reafirma como humanista: analizó la naturaleza de las fuentes, las clasificó y creó taxonomías que le permitieron distinguir entre un dios, un semidiós y un ser humano deificado –que en ocasiones po- dían resultar homónimos. Por tal razón en las Genealogie hubo lugar para al menos cinco Minervas, tres personajes llamados Venus, etc. En la mayor parte de los casos, se cita la fuente o se indica que la información forma parte del propio pensamiento. Lo más importan- te, según mi parecer, es que no hay contundentes elementos que den cuenta de una actitud de reprimenda o de prejuicio frente a dichos re- cursos; al contrario, cuando se encontraba frente a una interpretación que le parecía errónea, el autor no dudaba en desplegar su erudición y pericia filosófica para refutarla, en ocasiones con argumentos no sólo convincentes, sino ingeniosos y altamente poéticos.

A pesar de tantas lecturas, un hombre como Boccaccio no pudo concebir el mundo sin tener referentes bíblicos como puntos de apo- yo cronológico, así pues, en su libro afirma que cuando Abraham era todavía adolescente la mitología comenzó a difundirse, y que su función primaria era la explicación alegórica a las inquietudes humanas. Más allá de rechazar los relatos mitológicos por apartarse del espectro cristiano, Boccaccio los acogió como producto del inte- lecto humano y, en ese sentido, fuente legítima de conocimiento. El hecho de que Virgilio o Cicerón se hubiesen ocupado de estos me- nesteres es prueba de su importancia. Boccaccio parte de un sistema interpretativo alegórico, histórico y moral, aunque no se descarta una posible interpretación anagógica del mito. En este frenesí taxo-

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nómico seguramente imprecisiones y sobreinterpretaciones tuvie- ron cabida, pero esto no demerita la capacidad de discernimiento; entre otras cosas, porque el análisis parte incluso de la etimología del nombre de la deidad. Todos estos elementos contribuyen a for- mar una imagen completa del personaje pagano y a distinguir sus distintas advocaciones o funciones dentro o fuera de un sistema de creencias determinado.

El libro xiv de las Genealogie, sin embargo, difiere del resto porque aquí Boccaccio se dirige al rey Hugo VI de Chipre, como representación arquetípica del soberano protector de las artes, para desplegar los argumentos que el desdén humano pone contra el ofi- cio literario, no sólo con el fin de proteger el libro apenas escrito de posibles ataques, sino para defender la poesía y la actividad intelec- tual en general (y se prolonga en una autodefensa en el libro xvi). A manera de tratado, el escritor presenta la poesía, el poeta y sus circunstancias como materia de estudio, para después dedicarse a la enumeración de añejos argumentos contrarios al arte y su posible amparo. De este modo, afirma que la invención de historias no es una actividad dañina, sino útil; de hecho, Jesucristo ejercía la cons- trucción de fábulas en sus prédicas porque bajo el sentido literal de las palabras se pueden esconder significados edificantes para el ser humano. Y así como no se puede decir que por esto Jesús haya sido un mentiroso, tampoco los poetas lo son; sobre todo si se toma en cuenta que para Boccaccio la diferencia entre artificio poético y mentira era muy clara, porque mientras el exquisiti usum eloqui constituye un reto intelectual en beneficio del lector, el engaño es absolutamente premeditado en su perjuicio.

Boccaccio conocía aquella parte de la República donde se apun- ta la inconveniencia de que los poetas vivan en los centros urbanos. A este respecto, su argumentación, sin embargo, no brinda muestras contundentes de raciocinio supremo. Para poder debatir con Platón, distingue dos tipos de poesía, la que es cómica y la que no lo es; y no duda en sugerir que Platón habría querido que la ciudad estuviera repleta de poetas de alto nivel que practicaran esta última. La poesía cómica se divide en dos categorías: una artística y edificante como la de Plauto y Terencio, y otra que exalta los vicios humanos y está llena de hipocresía y falsedad, por lo que corrompe el ánimo humano y es susceptible de todo desprecio. Justamente los creadores de este tipo de poesía deben ser expulsados por nocivos, no los buenos poetas: “Simili poeti [...] non solamente li aborrisce la religione cristiana, ma anco la stessa paganità li rifiutò. Questi veramente istimo esser quei

che Platone comandò che fossero cacciati dalla città. io anzi ritengo che non pure dalle città ma dal mondo debbano esser cacciati” (pp. 1045-1047).4 Es imposible creer que un filósofo de la talla de Platón

fuera capaz de menospreciar la labor poética, por eso Boccaccio no vacila en esclarecer el problema como un error de interpretación pro- movido por los detractores de la poesía. Evidentemente es más fácil creer el supuesto error de los enemigos que el giro interpretativo que se propone en las Genealogie.

Que los poetas prefieran la soledad no es motivo de crítica al- guna, pues la soledad alejada de entornos urbanos es el locus amœ- nus ideal para la inspiración. Gracias a la soledad, sobre todo a la campestre, pueden nacer con mayor esplendor las grandes obras de la mente humana, según Petrarca (Fam. XVII, 5). No hay que ol- vidar que era muy común la creencia de que el poeta necesitaba la soledad para poder desarrollar su actividad intelectual, y no es por falta de capacidad de interacción, como lo demuestran los numero- sos ejemplos de poetas que cultivan la amistad con personajes de los más altos eslabones sociales. Según Boccaccio, si el poeta prefiere vivir en soledad es por razones meramente prácticas e intrínsecas a su oficio, pues “non nei mercati, non nei palazzi pubblici, non nei teatri [...], è conceduta la meditazione delle cose sublimi, senza la quale quasi continua non ponno né immaginare né finire gli im- maginati poemi” (p. 973). Aunque pudiera presentarse una cierta contradicción con lo dicho sobre Platón, en cierta medida el filósofo tenía razón en expulsar a los poetas porque para ellos la ciudad no es un campo de cultivo ideal, nunca por menosprecio. Evidente- mente el tópico del poeta solitario no es invención de Boccaccio: ya Petrarca había abundado sobre el tema en De vita solitaria y Boc- caccio insistió en la soledad como condicionante para la inspiración y el trabajo eficaz del hombre de letras en el Tratatello in laude di Dante. Por lo demás, en el Decameron resulta imprescindible que los diez jóvenes se aparten de la ciudad para desarrollar su potencial imaginativo.

La poesía para Boccaccio es, entre otras cosas, instrumento pe- dagógico que puede conducir al bien, por lo que no acepta que se considere pecado mortal leerla ni que las musas sean las causantes de los vicios del lector. En el capítulo xiii del Philobiblon Ricardo de Bury afirma que en la poesía también se puede encontrar la ver-

4 Todas las citas de las Genealogie han sido tomadas de la edición bilingüe de

Pier Giorgio Ricci de las obras menores en verso y prosa de G. Boccaccio. En todos los casos la página se indica entre paréntesis.

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dad: “Infatti è possibile scoprire una verità naturale o storica che si nasconde sotto il linguaggio figurato”.5 Ya Horacio en su Ars poe-

tica (vv. 33-343) sostenía que la intención de los poetas era servir provechosamente y procurar deleite, es decir, mezclar lo útil con lo dulce. Para rematar sus argumentos al respecto, Bury cita a Beda “el Venerable”, quien explicó hacia el siglo viii d. C. que la lectura

de la poesía pagana servía para deleitar o instruir, e incluso para su aplicación eficaz en el estudio de los textos sagrados. Por su lado, Boccaccio parte del presupuesto que tanto la poesía como la filoso- fía son hijas de Dios y ambas merecen ser tratadas con la misma dig- nidad. El origen divino hace de la poesía una ciencia emanada de la sapiencia divina –no una simple facultad–, y por lo tanto es perfecta, inmutable y eterna “fondata e fermata sopra eterni princípi, la quale in ogni luogo e in ogni tempo è quella medesima né mai conquistata da alcun moto” (p. 917). Además permite a los poetas expresarse de manera fascinante para revelar verdades escondidas. Si pocos la aman es porque no a todos los seres humanos les fue conferida la inclinación hacia la virtud y la verdad.

Boccaccio dirige su defensa de la poesía, sobre todo, contra los ignorantes, contra los que fingen ser hombres cultos y contra los hombres de leyes que, según la exposición del tema, son los mayores adversarios de la actividad poética porque ésta es incapaz de transfor- mar sus beneficios en bienes materiales. Aunque son muchos los indi- viduos que pueden caer en la categoría de “ignorantes”, Boccaccio se refiere particularmente a los que, ignorando, se atreven a señalar los presuntos errores de los demás, sin el mayor decoro ni conocimiento de causa. “Sono questi, per lasciare il resto del volgo, alcuni uomini pazzi, i quali hanno tanta loquacità e detestabile arroganza, che si pre- sumono gridando dar sentenza contra tutte le cose d’ogni lodatissimo uomo, sprezzandole e facendone niun conto, e, pur che possano, bia- simandole con vergognose parole” (p. 903).

El desdén por aquellas profesiones que comparten con la poesía el interés por el mundo y todo lo que se relacione con el hombre dio pie a numerosos denuestos contra filósofos, médicos, matemáticos, astrólogos, alquimistas, profetas, etc., no sólo en la Península Itálica sino en varias partes de Europa. Baste recordar las Invective contra medicum de Petrarca donde lanza serias acusaciones sobre el oficio de los médicos llenas de agresividad e indignación:

5 Riccardo da Bury, Philobiblon o l’amore per i libri, trad. Riccardo Fedriga,

[medico,] quante volte te l’ho già detto! Invano schiumi di rab- bia contro i poeti: dai colpi nell’aria, t’infurii contro il vento. [...] Che cervello di piombo! Non riesci a capire questo, benché la filosofia e la logica ti appartengano! E ti meravigli se ti chiamo sordo e cieco, e se dico che sei di sasso! A che serve parlare con te, piuttosto che con qualcuna di queste rocce che sovrastano il Sorga? Se non che, forse, quella risponderebbe qualcosa, mentre tu non rispondi affatto alle domande.6

Partiendo de algunas afirmaciones contenidas en las Genealogie, pareciera que la incomprensibilidad es mutua, es decir, ni los médi- cos ignorantes están capacitados para interactuar con los poetas, ni los hombres de letras sabios pueden prestar oídos a las palabras ne- cias de aquéllos: “Questi [ignoranti] veramente puzzano di cosí feti- da infamia, che gli uomini saggi con pazienza potrebbero udire piut- tosto gli asini ragliare, i porci grugnire e mugghiare i buoi, ma udir loro non possono” (p. 905). Y sin embargo, la discusión continúa.

En lo referente a los hombres cultos, también hay que hacer distinciones: por un lado existen personas que se acercan a las letras con humildad y paciencia, sin arrogancias ni elevadas pretensiones; por otro, hay quien, tras un conocimiento superficial de la filosofía u otra materia del conocimiento humano, se considera ya una au- toridad en el ramo y no duda en externar su cultura con preguntas de difícil respuesta, con comentarios eruditos o, simplemente, con gestos de histrión para hacer creer con el cuerpo lo que no pueden con la razón. Estos personajes “con una certa diceria mostrano es- sere sprezzati con affermare che, tratti dalla dolcezza della teologia, si sono dati a cose piú eccelse” (p. 907), o, peor aún, “fanno profes- sione di santità, pietà e giustizia, spesse fiate usando quella parola profetica ‘lo zelo del Signore mi rode’” (p. 933). Según Boccaccio, no se trata más que de pretextos para evitar ser interrogados sobre lo que en realidad no saben, o bien, para demostrar repulsa hacia ciertos argumentos por considerarlos viles y no dignos de su ele- vado intelecto. Entre estos hombres se encuentran varios legistas, notarios y jueces que suelen ganar dinero con las lágrimas ajenas y, en consecuencia, son acreedores de un cierto reconocimiento social, temporal y mundano, por lo que nunca alcanzarán la inmortalidad que dan las letras. En el caso de los juristas, a pesar de sobresalir

6 Francesco Petrarca, Invective contra medicum. Invectiva contra quemdam

magni status homniem sed nullius scientie aut virtutis, ed. Francesco Bausi, p. 151.

Acerca de éste y otros debates retóricos en defensa de la poesía, véase Georg Voigt,

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por la riqueza y elegancia de sus bienes “spessissime fiate muore il nome con il corpo” (p. 919). Por el contrario, el fruto poético tiende a perdurar a lo largo del tiempo, y con él, el prestigio de su creador.

Aunque no hay noticias de que Burry y Boccaccio se hubie- ran conocido,7 las inquietudes que se manifiestan en el Philobilon

(1344) coinciden con los temas expuestos en el libro xiv de las Ge-

nealogie que, por lo demás, expone varios de los puntos que ya antes se habían desarrollado en la segunda parte del Trattatello in laude di Dante (1360 ca.), y se ofrece como una prolongación de las discusiones que Petrarca había lanzado en las Invective contra medicum décadas antes (1352-1357 ca.). Desde esta perspectiva el texto de Boccaccio establece un diálogo indirecto con los primeros humanistas del resto de Europa. Aunque el objetivo es el mismo, el