En nuestro trabajo anterior al Capítulo XIII hemos hecho relativamente pocas referencias a la Biblia, pero ahora dedicaremos nuestra atención a ella en el resto del trabajo. No intentamos vindicarla (en la forma en la que comúnmente se conoce actualmente) como la única, verdadera e inspirada palabra de Dios; pero, sin embargo, es muy cierto que contiene muchos conocimientos ocultos inestimables. Este conocimiento está oculto, en gran extensión, debido a las interpolaciones y confusiones, y por haberse separado ciertas partes arbitrariamente, pretendiendo que eran “apócrifas”. Los ocultistas, que saben lo que se quiso significar, pueden, por supuesto, ver fácilmente qué proporciones son originales y cuáles las que han sido interpoladas. Aún así, si tomamos el primer capítulo del Génesis tal como está en las mejores traducciones que poseemos, encontraremos que desarrolla el mismo esquema evolutivo que hemos aplicado en la porción anterior de esta obra y que armoniza perfectamente con las enseñanzas ocultistas respecto a los Períodos, Revoluciones, Razas, etc. El bosquejo que allí se da es necesariamente condensado y brevísimo, mencionándose un Período en unas cuantas palabras; pero, sin embargo, el bosquejo subsiste.
Antes de proceder al análisis, es necesario decir que las palabras del lenguaje hebreo, especialmente el estilo antiguo, se suceden unas en otras y no están separadas o divididas como las de nuestro lenguaje. Añádese a esto que existía la costumbre de sacar las vocales de la escritura, de manera que su lectura depende mucho de donde se inserten aquéllas, y se verá cuán grandes son las dificultades que hay que sortear para acertar con el significado original. Un ligerísimo cambio puede alterar casi completamente el significado de cualquier sentencia.
Además de esas grandes dificultades debemos también saber que de los cuarenta y siete traductores de la versión del Rey Jaime (la más comúnmente usada en Inglaterra y Norte América) únicamente tres eran eruditos del hebreo, y de esos tres, dos murieron antes de que se tradujeran los salmos. Debemos tener en cuenta, además, que el acta que autorizaba la traducción prohibía a los traductores todo párrafo que pudiera desviar grandemente las creencias ya existentes o perturbarlas. Es evidente, por lo tanto, que las probabilidades de conseguir una traducción correcta eran bien escasas.
Ni esas condiciones fueron tampoco más favorables en Alemania, porque allí fue Martín Lutero el único traductor y hasta no la tradujo del texto original hebreo, sino simplemente de un texto latino. La mayoría de las versiones empleadas por los protestantes continentales de los diversos países son simples traducciones a diferentes idiomas de la traducción de Lutero.
Ciertamente, ha habido revisiones, pero no han mejorado grandemente la materia. Además, hay gran número de personas en este país que insisten en que el texto inglés de la versión del Rey Jaime es absolutamente exacto desde la primera hasta la última letra, como si la Biblia hubiera sido escrita originalmente en inglés y la versión del Rey Jaime
hubiera sido una copia fidedigna del manuscrito original. Así que, los antiguos errores subsisten, a pesar de los esfuerzos que se han hecho para quitarlos.
Débese notar también que los que originalmente escribieron la Biblia no intentaron dar la verdad de una manera que todo el que quisiera pudiera leerla. Nada estaba tan lejos de su mente que escribir “un libro abierto sobre Dios”. Los grandes ocultistas que escribieron el Zohar son muy categóricos en este punto. Los secretos de la Torah no podían ser comprendidos por todos, como lo mostrará la cita siguiente:
“¡Ay del hombre que ve en la Torah (la ley) sólo simples recitados y palabras ordinarias! Porque, si en verdad, la contuvieran éstas, podríamos escribir aún hoy una Torah mucho más digna de admiración. Pero no es así. Cada palabra de la Torah tiene un elevado significado y un misterio sublime... Los recitados de la Torah son los vestidos de la Torah. ¡Ay de aquel que tome esas vestiduras de la Torah por la Torah misma!... Los simples sólo notan los ornamentos y los recitados de la Torah. No saben nada más. No ven lo que está encerrado en estas vestiduras. El hombre más instruido no presta atención alguna a las vestiduras, sino al cuerpo que encierran”.
Las palabras que anteceden dan a entender claramente la significación alegórica. San Pablo también dice inequívocamente que la leyenda de Abraham y de los dos hijos que tuvo de Sara y de Hagar, es puramente alegórica (Gal. IV: 22-26). Muchos pasajes están velados; otros deben entenderse al pie de la letra; y nadie que no posea la clave oculta puede descifrar las profundas verdades veladas en lo que muy a menudo aparentan ser feísimas vestiduras.
El secreto respecto a esas materias profundas y el uso invariable de alegorías cuando se permitía a las masas el ponerse en contacto con verdades ocultas se hará también patente en las prácticas de Cristo, quien siempre se dirigió a las multitudes con parábolas, explicando después privadamente a sus discípulos el profundo significado en ellas contenido. En varias ocasiones Él les impuso el secreto sobre esas enseñanzas privadas.
Los métodos de San Pablo están también en armonía con esto, pues da “leche”, o las enseñanzas más elementales, a los “niños” en fe, reservando la “carne”, o las enseñanzas más profundas, para los “fuertes”, esto es para aquellos que se han capacitado para comprenderlas y recibirlas.
La Biblia judía fue escrita originalmente en Hebreo, pero no poseemos ni una sola línea de escritura original. Ya en el año 280 antes de Jesucristo se hizo una traducción al griego, la Septuagésima17. Aún en tiempos de Cristo, había ya una confusión tremenda y
diversidad de opiniones respecto a lo que debía admitirse como original y a lo que había sido interpolado.
Hasta después de la vuelta del destierro en Babilonia, no comenzaron los escribas a recopilar las diferentes escrituras, y alrededor del año 500 D. C. apareció el Talmud, con el primer texto semejante al actual, el que, en vista de los hechos mencionados, no puede ser perfecto.
El Talmud estuvo en posesión de la escuela Masorética, la que desde el año 590 hasta el 800 D. C. estuvo principalmente en Tiberias. Después de enorme y pacientísima labor se escribió un Antiguo Testamento Hebreo, que es el más próximo al original que tenemos actualmente.
Este texto masorético es el que usaremos en la siguiente dilucidación del Génesis, y no confiando sobre la obra de un solo traductor, será complementada con una traducción alemana, obra de tres eminentes literatos hebreos: H. Arnheim, M. Sachs y Jul Furst, quienes cooperaron con un cuarto, y el Dr. Zunz, que fue también el editor.
EN EL PRINCIPIO
La primera sentencia del Génesis es un buen ejemplo de lo que ya se ha indicado acerca de la interpretación del texto hebreo, interpretación que no puede cambiarse colocando diferentemente las vocales y dividiendo las palabras de otra manera.
Hay dos métodos bien conocidos para leer esa sentencia. El uno es: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”; el otro es: “Tomando de la siempre-existente esencia (del espacio) la doble energía formó el doble cielo”.
Mucho se ha dicho y escrito acerca de cuál de estas dos interpretaciones es correcta. La dificultad está en que el pueblo necesita algo firme y definido. Y afirman que si cierta explicación es verdadera, todas las demás tienen que ser falsas. Pero, evidentemente, no es éste el camino para llegar a la verdad, la cual tiene muchos aspectos y es múltiple. Cada verdad oculta requiere que se la examine de muy diferentes puntos de vista; cada uno de ellos presenta cierta fase de la verdad, y todos ellos son necesarios para arribar a una concepción completa y definida de lo que se esté considerando.
El mismo hecho de que esta sentencia, así como muchas otras de la Torah, puedan tener muchos significados, si bien es confundible para el no iniciado, es por el contrario iluminadora para aquel que tiene la clave, y mediante ella se ve la sabiduría trascendental y la maravillosa inteligencia de los que inspiraron la Torah. Si se hubieran insertado las vocales y se hubieran dividido las palabras, hubiera habido únicamente una sola manera de leerlo, y estos grandes y sublimes misterios no hubieran podido ser ocultados en ellas. Esa hubiera sido la forma más natural de escribir, si los autores se hubieran propuesto escribir un libro “abierto” sobre Dios, pero no fue ése su propósito. Fue escrito únicamente para los iniciados, y únicamente puede ser bien comprendido por ellos. Se hubiera necesitado mucha menor destreza para escribir un libro claramente, que para encubrir su significado. Pero ningún trabajo es mal empleado, sin embargo, para dar informaciones, a su debido tiempo, a aquellos que están capacitados para ellas, al mismo tiempo que se ocultan a aquellos que aún no han ganado el derecho de poseerlas.