Por los caminos de la vida (1506-1540)
78. Llegada a Roma Visión de La Storta
De este acontecimiento, fundamental en la trayectoria espiritual de Ignacio, consignamos las cinco versiones que nos han transmitido el propio Ignacio, Laínez, Nadal (dos variantes) y Ribadeneira.
«Se dirigieron a Roma, divididos en tres o cuatro grupos, y el peregrino con Fabro y Laínez; y en este viaje fue muy especialmente visitado del Señor.
Había determinado, después que fuese sacerdote, estar un año sin decir misa, preparándose y rogando a la Virgen que le quisiese poner con su Hijo. Y estando un día, algunas millas antes de llegar a Roma, en una iglesia y haciendo oración, sintió tal mutación en su alma y vio tan claramente que Dios Padre le ponía con Cristo, su Hijo, que no tendría ánimo para dudar de esto, sino que Dios Padre le ponía con su Hijo.
Y yo [Câmara], que escribo estas cosas, dije al peregrino, cuando me narraba esto, que Laínez lo contaba con otros pormenores, según había yo oído. Y él me dijo que todo lo que decía Laínez era verdad, porque él no se acordaba tan detalladamente; pero que entonces, cuando lo narraba, sabe cierto que no había dicho más que la verdad. Esto mismo me dijo en otras cosas».
«El primer fundamento para poner este nombre fue nuestro Padre, por lo que voy a decir. Viniendo nosotros a Roma por el camino de Siena, nuestro Padre, que tenía muchos sentimientos espirituales y especialmente en la santísima eucaristía, que él recibía cada día, siéndole administrada o por maestro Fabro o por mí, que cada día decíamos misa, y él no; me dijo que le parecía que Dios Padre le imprimía en el corazón estas palabras: Ego ero vobis Romae propitius [“Yo os seré propicio en Roma”]. Y no sabiendo nuestro Padre qué querían significar, decía: “Yo no sé qué será de nosotros, tal vez crucificados en Roma”. Después otra vez dijo que le parecía ver a Cristo con la cruz a cuestas, y el Padre Eterno junto a él que le decía: “Yo quiero que tú tomes a este por siervo tuyo”. Y así Jesús lo tomaba, y decía: “Yo quiero que tú nos sirvas”. Y por eso, tomando gran devoción a este santísimo nombre, quiso nombrar la congregación la Compañía de Jesús».
(Laínez, Plática primera, Roma, FN I, 133)
«Pero, acerca de lo que se pregunta, diré dos cosas: una la oí del P. Laínez, pero la otra del P. Ignacio.
En el tiempo en que se trataba de la confirmación de la Compañía, cuando iba a Roma con los padres Fabro y Laínez, se le apareció visiblemente al P. Ignacio en oración Cristo con la cruz; al cual Dios, habiéndolo juntado a su servicio, dijo: “Yo estaré con vosotros”; con lo cual manifiestamente significaba que Dios nos eligió como compañeros de Jesús. Y esta es una cierta gracia especial concedida por Dios a la Compañía […].
Confirma lo acabado de notar que una vez el P. Ignacio respondió a uno que preguntaba por qué la Compañía no se llamaba por otro nombre. Dijo: “Solo Dios puede cambiar este nombre que tiene y por el que es conocida”».
(Nadal, Primera plática en España, MN V, 47)
«Cuando nuestro santísimo Padre con sus compañeros, y principalmente el reverendo P. Fabro y Laínez, nuestro óptimo vicario, se dedicaban a la oración para establecer primeramente la Compañía, tuvo una admirable aparición intelectual, en la cual Dios Padre le mostraba a Jesucristo llevando la cruz y, poniéndolo con el Señor Jesús así cargado con la cruz y como aceptándolo, decía: “Yo os seré propicio”. Esto me
lo contó el reverendo padre Laínez al principio a mí y a otros. Y cuando yo alguna vez le he preguntado a nuestro Padre sobre el asunto, y también el reverendo P. Luis Gonçalves, nunca lo negó, pero como disimulando por obra de humildad, callaba o decía: “Si lo dice Laínez, puede ser”, o algo parecido. Pero después de su muerte, revolviendo con diligencia sus escritos, encontramos que en algún lugar, refiriéndose a sus consolaciones, escribe tal cosa o algo parecido como es “cuando el Señor Padre me ponía con su Hijo”. Por todo lo cual yo tengo esto por muy persuadido y por ello con gran consolación lo digo y cuento a los demás».
(Nadal, Plática segunda, Roma, FN II, 9)
«Viniendo nuestro Padre de Venecia a Roma en compañía de los padres maestro Fabro y maestro Laínez, decían ellos cada día misa y nuestro Padre se comulgaba; porque, aunque era ya de misa, la quiso decir en Roma el postrero de todos los diez; y en todo el camino era muy visitado de nuestro Señor; y un día, encomendando muy de veras al Padre eterno aquellos santos deseos que él le daba, le apareció con su precioso Hijo, como encomendando el Padre eterno a su Hijo al Padre Ignacio y a sus compañeros; y el benditísimo Hijo, llevando la cruz a cuestas, se volvió hacia nuestro Padre, diciéndole con rostro sereno: Ego vobis propitius ero [“Yo os seré propicio”]. Después dijo nuestro Padre a sus compañeros: “Cierto que no sé lo que ha de ser de nosotros, si nos han de crucificar en Roma o lo que ha de ser; pero una cosa sé cierto, que Jesucristo nos será propicio”; y les contó lo que pasaba, y así lo dice el padre maestro Laínez. Y en los papeles que se hallan escritos de mano de nuestro Padre, dice, entre otras cosas, que tal vez tuvo tal sentimiento como cuando el Padre eterno le puso con su precioso Hijo».