Tras Martínez Marina y Sempere, cabe mencionar, por último, la influyente obra de Juan Antonio Llorente, que compartía con nuestro segundo autor un pasado como reformador ilustrado y el estigma del afrancesamiento. En primer lugar, cabe mencionar que Llorente realizó una importante aportación al debate político-intelectual en torno a la Inquisición que se desarrolló a partir de su abolición, primero con los conocidos “Decretos de Chamartín” de Napoleón en 1808 y luego con su abolición en las cortes de Cádiz a principios de 1813. La valoración al respecto de los más de trescientos años de Inquisición fue uno de los temas de debate más airados en los años de la revolución liberal, por lo que ha podido verse también como un jalón esencial de la génesis de la identidad de las
129 Ibidem, p. 233. 130 Ibidem, p. 236.
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diversas familias políticas de la modernidad española, como han señalado Ricardo García Cárcel y Doris Moreno131.
Su Historia crítica de la Inquisición en España, publicada en francés en 1817-1818 y traducida al castellano en 1822, es ampliamente conocida como la primera historia documentada sobre la Inquisición132. Desde luego, en los debates constitucionales tuvieron peso primeramente otros escritos tempranos de Llorente, quien en ese momento estaba al servicio de José I como Consejero de Estado para asuntos eclesiásticos. El protagonismo recayó ante todo en autores polémicos como la denuncia efectuada por Antonio Puigblanch en La Inquisición sin máscara (1811) o bien en las apologías en defensa del catolicismo y la monarquía de Francisco Alvarado o Rafael de Vélez133. Llorente presentó una historia de la Inquisición, no una historia nacional, que fue muy influyente a posteriori en todos los demás historiadores. Llorente ha podido considerarse el principal creador y difusor de la idea de siglo XVIII como un período de decadencia del tribunal. Es por ello, que un estudioso de la historiografía sobre la Inquisición como Roberto López-Vela ha podido considerar la interpretación de esta época por Llorente como “mucho menos dañina”, con un tono “más ponderado y menos panfletario”, en que sin eliminar los ragos malos que caracterizaban a esta institución, podía aparecer como “más tolerante”. Cabe recordar también que el lugar que el siglo XVIII ocupaba en la historia de la Inquisición de Llorente ciertamente ha sido muy influyente. Mientras que la acción de la Inquisición en los siglos XV-XVII llamó mucho la atención de varios historiadores a lo largo del siglo XIX, la acción inquisitorial en el XVIII no atrajo la atención de muchos, por lo puede afirmarse que sus planteamientos sobre esta cuestión dominaron la historiografía posterior hasta bien entrado el siglo XX134.
131 García Cárcel, La leyenda negra..., pp. 189-193; Doris Moreno, La invención de la Inquisición, Madrid, Marcial Pons, 2004, pp. 237-251; García Cárcel, El sueño de la nación indomable..., pp. 297-306; García Cárcel, La herencia del pasado..., pp. 383-390.
132 Juan Antonio Llorente, Histoire critique de l’Inquisition d’Espagne, París, Treuttel et Wurz, Delaunay et P. Mongié, 1817-1818, 4 vols.; La traducción al castellano del propio Llorente se hizo durante el Trienio Liberal: Historia crítica de la Inquisición, Madrid, Imp. del Censor, 1822, 10 vols.
133 Además de los estudios de García Cárcel y Moreno, vid. Emilio La Parra, El primer liberalismo español
y la Iglesia en las Cortes de Cádiz, Alicante, Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, 1985, pp. 171-224;
Roberto López-Vela, “La nación de los sabios perseguidos: Episcopalismo, herejía y memoria histórica en las Cortes de Cádiz”, Librosdelacorte.es, nº 6 (2017), pp. 56-81.
134 Téngase en cuenta que hasta los estudios de Marcelin Defourneaux o la biografía de Macanaz por Carmen Martin Gaite en la década de 1960, las monografías sobre la Inquisición del XVIII habían sido muy limitadas. Roberto López-Vela, “Sobre la decadencia de la Inquisición”, en Marina Torres Arce, La
inquisición en su entorno: servidores del santo oficio de Logroño en el reinad de Felipe V, Universidad de
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Juan Antonio Llorente (1756-1823): De aspirante a inquisidor a afrancesado en el exilio liberal
La biografía de Llorente es bastante conocida gracias a sendas monografías de Enrique de la Lama Cereceda y Gérard Dufour135. Sin duda, Llorente es un autor complejo por su carácter transicional y contradictorio en medio de un período turbulento. Pasó de ser secretario de la Inquisición a uno de sus más destacados críticos en el ala izquierda liberal, tras haber pasado por el reformismo josefino. No por nada, Menéndez Pelayo podía considerarlo como “dos veces renegado, como español y como sacerdote”136. A pesar de
estos bandazos, parecidos a los de Sempere, su acérrimo antiultramontanismo y su defensa del regalismo fueron una constante tanto en su vida como en su obra.
La trayectoria vital de Llorente puede dividirse en cuatro períodos. Nacido en 1753, Llorente se doctoró en derecho canónico y consiguió el cargo de provisor en Calahorra. En esta primera fase de su vida, Llorente inició una fulgurante carrera dentro de la Iglesia, al ser ascendido a canónigo y dentro de la propia Inquisición al llegar a comisario en Navarra. Varias tentativas frustradas evidencian que pretendió obtener la mitra episcopal137.
La segunda fase viene marcada por su acercamiento en Madrid a ideas jansenistas y episcopalistas que radicalizaron su regalismo durante el reinado de Carlos IV. Llorente fue un importante consejero del secretario de Estado Mariano Luis de Urquijo, quien en 1799 decretó el control episcopal de las dispensas matrimoniales, medida conocida historiográficamente como el “cisma de Urquijo”. Tras la caída de este y el retorno al poder de Godoy, Llorente fue encarcelado y apartado por el inquisidor Ramón de Arce, pero en 1805 pudo volver a recobrar la confianza del rey y nombrado canónigo en Toledo138. Durante este período, Llorente siguió proponiendo proyectos de reforma, como
el que publicó sobre los fueros vascos139.
Su tercera fase se caracteriza por su firme adhesión al sistema político implantado por José Bonaparte. En 1808 Llorente extendió a José I una ambiciosa propuesta regalista y
135 Enrique de la Lama Cereceda, J. A. Llorente, un ideal de burguesía, su vida y su obra hasta el exilio en
Francia (1756-1813), Pamplona, Eunsa, Ediciones Universidad de Navarra, 1991; Gérard Dufour, Juan Antonio Llorente en France (1813-1822): Contribution à l'étude du Libéralisme chrétien en France et en Espagne au début du XIX siècle, Genève, 1982; Juan Antonio Llorente, el factótum del rey intruso, Prensas
Universitarias de Zaragoza, 2014. Más referencias en Felipe Abad, “Juan Antonio Llorente González”, Diccionario Biográfico electrónico: http://dbe.rah.es/biografias/12215/juan-antonio-llorente-gonzalez 136 Cit. por Dufour, Juan Antonio Llorente en France...p. 150.
137 Gérard Dufour, “Las ideas político-religiosas de Juan Antonio Llorente”, Cuadernos de historia
contemporánea, nº 10 (1988), pp. 11-21
138 Antonio Mestre, “Religión y cultura en el siglo XVIII español”, en Ricardo García Villoslada (dir.)
Historia de la Iglesia en España, BAC, 1979, vol. 4 p. 719; Leandro Higueruela del Pino, “La política
eclesiástica según J. A. Llorente: ideas europeas, coyuntura española”, en Hispania Sacra (HS), XLVI (1994), págs. 291-330; Aleix Romero Peña, “Caída y persecución del ministro Urquijo y de los jansenistas españoles”, Revista Historia Autónoma, nº 2 (2013), pp. 75-91.
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desamortizadora que se ajustaba a los planes napoleónicos de subordinar la jurisdicción eclesiástica a la civil, y en la que proponía una racionalización de la organización eclesiástica que pedía, entre otras medidas, reducir drásticamente el número de monasterios. Juró la constitución de Bayona y Por ello, Llorente consiguió ser ascendido a consejero de Estado para los asuntos eclesiásticos140. Llorente se defendería más tarde desde la argumentación nacionalista, afirmando que sirviendo a su nuevo soberano con proyectos regalistas era la mejor oportunidad para regenerar el país141.
Pronto, gracias a su responsabilidad como gestor de los bienes eclesiásticos incautados, consiguió acceso a los inmensos archivos de la Inquisición. En medio de este excepcionalísimo contexto publicó su Memoria histórica sobre cuál ha sido la opinión
nacional de España acerca del tribunal de la Inquisición, leída en 1811 la Real Academia
de la Historia y que recibió la aprobación de Martínez Marina142. En este escrito pretendía probar que la Inquisición moderna se había hecho “contra la voluntad y dictamen de la nación española”, aunque también presentaba la cuestión como un problema de “honor nacional” ante los extranjeros que veían a los españoles como fanáticos adoradores del tribunal como sucedía en la obra del francés Joseph Lavallé143.
Llorente siguió dedicándose a la historia de este tribunal, y pronto aparecerían los dos tomos de sus Anales de la Inquisición, construidos con la documentación inquisitorial que fue sustrayendo de los archivos de Valencia y Zaragoza, a medida que huía con la corte josefina del avance de las fuerzas anglo-españolas144.
Una obra en una coyuntura excepcional (1817-1822)
Así pues, Llorente quedó exiliado en Francia en 1814. Empezaba la última fase de su vida como refugiado político, hasta su muerte en Madrid en 1823, tras ser expulsado por la policía francesa al acusársele de conspirar con los carbonarios. Después de la restauración de Fernando VII, Llorente desde en París solicitó infructuosamente su perdón, y sus obras fueron prohibidas en España al mismo tiempo que recibían la crítica de los apologistas
140 Vid. para este período el estudio de Dufour, Juan Antonio Llorente, el factótum..., pp. 28-37. También, Dufour, “Juan Antonio Llorente: de corifeo del afrancesamiento a mártir del liberalismo”, Ayer, nº 95 (2014), pp. 23-49.
141 Vid. sus escritos autobiográficos, Defensa canónica y política de Don Juan Antonio Llorente contra las
injustas acusaciones de fingidos crímenes, París, Imp. de Plassan, 1816 y Noticia biográfica de D. Juan Antonio Llorente, o Memorias para la historia de su vida, París, Imp. de Bobée, 1818.
142 Dufour, Juan Antonio Llorente, el factótum..., pp. 167-180.
143 Memoria histórica sobre cuál ha sido la opinión nacional de España acerca del tribunal de la
Inquisición, Madrid, Imp. de Sancha, 1812, pp. 6-7. Hay edición moderna con estudio preliminar de Gérard
Dufour (París, Presses Universitaires de France, 1977).
144 Juan Antonio Llorente, Anales de la Inquisición en España, Madrid, Imp. de Ibarra, 1812-1813, 2 vols. Dufour, Juan Antonio Llorente, el factótum..., pp. 220-222.
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triunfantes145. En este sentido, cabe recordar que Llorente emprendió varios escritos políticos, en los que presentaba a los afrancesados como conservadores del orden que habían devenido injustamente víctimas de la represión. Los traidores habían sido los más radicales revolucionarios del bando liberal por haberse acercado a ideales republicanos y haber puesto “la patria en combustión”146.
En la Francia de la Restauración, Llorente se vio envuelto en varias polémicas con los realistas franceses por sus posturas regalistas, de modo que poco a poco fue situándose como un intelectual apreciado entre los liberales. La Histoire critique de l’Inquisition se publicó originalmente en medio de una discusión sobre los riesgos que corrían los españoles refugiados si regresaban a España. Con su obra deseaba probar que la Inquisición seguía viva. Si en la Memoria histórica había querido hacer referencia al cambio de la opinión nacional, el argumento central ahora giraba en torno a la crítica de las usurpaciones de la jurisdicción real. Ciertamente, la crítica de Llorente era mucho menos “filosófica” y más jurisdiccional, como lo planteó Dufour y han confirmado García Cárcel y Doris Moreno147. Las palabras del propio Llorente dejan claro los límites de su crítica y cómo para él había espacio para reformar el denostado tribunal. Tras declararse, “católico apostólico romano”, consideraba que eso no impedía creer que “mi patria estaría mejor si la Inquisición volviese de nuevo al cargo de solos obispos, como lo estuvo muchos siglos” ya que “seria mas conforme a la sagrada escritura”148.
Llorente no renunciaba a su voz autoral y mezclaba su condición de testimonio con las pretensiones del historiador imparcial. No dudaba en afirmar que “la casualidad me ha puesto en estado de ser el único que tal vez pueda escribir una historia de la inquisición”, precisamente por su doble condición de exsecretario de la Inquisición y por haber tenido acceso a sus archivos. El uso de la primera persona del singular (“yo he leído”, “sólo yo tengo los materiales para ello”) permitía presentar de un modo atractivo su trabajo al lector ávido de noticias. La principal novedad que esta situación privilegiada le permitía era dar con las ansiadas cifras de procesados, más de trescientas mil de las cuales unos treinta mil habían sido ejecutados149.
145 “Suplico a a V. M. se digne de tener la bondad de creer que mientras seguí el partido indicado, me conduje de modo que disminuyese unos males y suavizase otros; buscando siempre el bien común; y que ahora mismo me regocio con el agradable pensamiento de que han cesado las calamidades de mi patria, teniendo en ella su verdadero soberano”. Llorente, Noticia biográfica..., p. 189.
146 Llorente, Defensa canónica y política..., pp. 48-49.
147 Dufour, Juan Antonio Llorente en France..., pp. 159-162; García Cárcel y Moreno, Inquisición..., pp. 98-99.
148 Llorente, Historia crítica..., vol. 1, p. 20. En la versión original francesa sólo se refería a sí mismo como “catholique”, y no hacía mención al control de la Inquisición, sino a “la surveillance de la foi et des moeurs”. Parece claro que en la traducción castellana 1822 quiso reafirmar su ortodoxia. Cf. Llorente, Histoire
critique..., vol. 1, p. XXII.
149 El número de ejecutados actualmente se sitúa en unos 5 mil como máximo. Sobre el método y los números de Llorente, vid. Dufour, Juan Antonio Llorente en France..., 149-158.
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Llorente presentaba su obra como un fruto de un trabajo de investigación, en contraste con la novela. Vale la pena destacar que, en los Anales, dedicaba una nota preliminar en que cargaba contra Cornelia Bororquia, novela famosa por su trama morbosa y su prohibición en España, al contener errores factuales y resultar inverosímil. Para denunciar los males de la Inquisición, para Llorente “basta la verdad sencilla, y pintar aquel tribunal como era él mismo”150. Así, presentaba su aportación rodeada de los ecos épicos de la historiografía romana, al citar un fragmento de los Anales de Tácito que recordaba la gloria de los hombres buenos sobrevive en la memoria a la infamia de los tiranos151.
Ciertamente, el Llorente de 1817-1823 se acabó por ubicar entre los liberales que aplaudieron el inicio del Trienio. Aún así, la Constitución de Bayona la seguía celebrando por contener “todas las bases de libertad individual, división de poderes y de tesoros, y demás circunstancias conducentes a la prosperidad” que permitían disminuir los “males de la patria”. Sin embargo, su escepticismo ante las revoluciones continuaba. Al referirse al levantamiento de 1808, no dudaba en recelar del “populacho por entonces mal aconsejado por influjo extranjero”. Su defensa del josefinismo se mantenía al afirmar que “el verdadero honor de la patria consistía en buscar la felicidad de la nación por cualquiera medio”, como afirmaba al referirse a Urquijo y, posiblemente, en referencia a sí mismo152. En la edición castellana de su Historia crítica de 1822 denunciaba la persistencia de la Inquisición, ya que “la mayor parte de los hombres que rodean el trono han sido siempre y serán partidarios de la ignorancia, de las opiniones ultramontanas, y de las ideas que dominaron en el mundo cristiano antes de la invención de la imprenta”. Llorente, a pesar de todo, seguía declarando que Fernando VII debía estar mal aconsejado o asesorado, ya que le resultaba inconcebible que un Borbón apoyase y restaurase a los jesuitas cuando estos habían amenazado su poder153. En expresión de Dufour, Llorente acabó “liberal por
anti-ultramontano”154.
El siglo XVIII según Llorente
Desde luego, la propia experiencia de Llorente como hombre nacido y formado en el XVIII tenía un peso específico en su obra. No sólo por la influencia del regalismo reformista que luego se reformularía en afrancesamiento, sino más directamente en la propia deuda personal con quienes fueron sus protectores y guías cuando era secretario del tribunal. Ciertamente, no fue en primera instancia el objetivo de su obra hablar del
150 Llorente, Anales..., vol. 1, pp. XXI-XXVI.
151 Llorente, Anales..., vol. 1, pp. XX y Historia crítica..., vol. 1, pp. 24-27. La cita correcta de los Anales de Tácito corresponde al libro IV, párrafo 35. Vid en la edición de José L. Moralejos en Gredos, Madrid, 1979, p. 295. Sobre Cornelia Boroquia, vid. Daniel Muñoz Sempere, La Inquisición española como tema
literario: política, historia y ficción en la crisis del Antiguo Régimen, Támesis, Londres, 2008, pp. 44 y ss.
152 Llorente, Historia crítica..., vol. 9, pp. 35-36. 153 Llorente, Historia crítica..., vol. 9, p. 68.
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pasado inmediato. En la Memoria histórica... apenas estaba presente el recuerdo de la persecución de Melchor de Macanaz y los Anales terminaban en 1550.
Por otra parte, en la introducción de la Historia crítica reconocía las dificultades que le planteaba el abordar el siglo XVIII, al admitir su predisposición a valorar con cierto candor el carácter de los inquisidores a partir de Fernando VI como “más humano y bondadoso” y “distintos de los antiguos”, llegando incluso a afirmar que se les debía “graduar de héroes de ilustración, benignidad, moderación y blandura” por el corto número de víctimas que hubo bajo su mandato. En todo caso, debía responsabilizarse a los “vicios del sistema” o a las “leyes orgánicas del establecimiento” de haber seguido procesando. Vale la pena mencionar que la traducción francesa es más seca. No hace referencia a su carácter, sino que habla de sus “dispositions genereuses”. La ristra de elogios que hemos mencionado anteriormente en la edición francesa se reduce a “modèles de douceur”155.
➢ Felipe V: pragmatismo y utilización política
En cualquier caso, la obra de Llorente sobre la Inquisición permite escuchar el eco de un pensamiento acerca de lo que los Bobrones del Setecientos habían significado para la historia de España. Llorente empezaba el capítulo dedicado a la evolución del Santo Oficio bajo Felipe V con una cierta voluntad desmitificadora:
Muchos viven persuadidos a que la Inquisición de España mudó sistema con la entrada de los Borbones; lo cual es incierto, aunque influyeron a que con el tiempo hubiese menos víctimas por motivos diferentes156.
Su valoración del reinado de Felipe V se encuentra marcado por una serie de ambivalencias. Pon un lado considera que el nuevo monarca no quiso celebrar autos de fe para inaugurar su reinado, lo que le distanciaba de sus “cuatro antecesores fanáticos”. Sin embargo, esto no implicaba que abandonase la protección del tribunal. Llorente indica que siguió el consejo de su abuelo Luis XIV (a quien considera “uno de los mayores fanáticos y falsos devotos de toda la Europa, en el último tercio de su vida”), que con pragmatismo le recomendaba servirse de ella para mantener silenciada la disidencia religiosa y garantizar la paz interior. En el prólogo a la obra, Llorente señalaba esta “política errada” aconsejada desde Versalles como el origen del motivo por el que los dos Borbones siguientes nunca dieron el paso definitivo a abolir el Santo Oficio157.
De este modo, para Llorente Felipe V simplemente se limitó a utilizar el tribunal para procesar a los que faltaron a su fidelidad, además de mantener la persecución de judíos,
155 Llorente, Historia crítica..., vol. 1, p.21 cf. Histoire critique..., vol. 1, p. XXIII. 156 Llorente, Historia crítica..., vol. 8, p. 191.
157 Llorente, Historia crítica..., vol. 8, p.188. En la introducción a la versión francesa, apuntaba que el odio