una mirada desde el noroeste
2. Local y global
Esta oposición globalización/antigloba- lización tiene más coincidencias de las que están dispuestos a admitir sus respectivos defensores. Si para los primeros, la palabra globalización y algunos hechos a ella añadi- dos actúan como una varita mágica haciendo desaparecer las murallas de las realidades, “Todo el mundo es una casa, las provincias son aposentos” Francisco de Quevedo (1637)
para los segundos, esto también es así. La diferencia está en que los apologistas de la globalización a ultranza se congratulan de que así sea, mientras que los cruzados en contra de ella la denuncian como destruc- tora de lo particular, lo diverso y, en suma, de lo local.
Para la fantasía de algunos, lo global es un fenómeno irresistible, envolvente. Es un lugar remoto, que está situado arriba y adelante y al que se puede acceder. Es un futuro que se parece a un paraíso o a una promesa de alcanzarlo. Quedar fuera de él es permanecer condenado a sobrevivir en el atraso y a la intemperie. Para visiones simplistas opuestas, lo global ocupa el sitio de lo externo y lo extraño. Y lo hace de un modo concentrado, potenciando amena- zantes tendencias de hegemonía.
Unos no sólo minimizan su impacto ne- gativo sobre lo local: están convencidos de que ese impacto es sólo positivo y alcanza a beneficiar a todos con cierto grado de equidad. En la globalización sólo ven bue- nas oportunidades de negocios y de ensan- char el consumo ostentoso de algunos. Los otros dramatizan los costos de un impacto que sólo reforzará el atraso y profundizará las brechas económicas, sociales, culturales y tecnológicas. En la percepción de éstos, sólo aparecen amenazas, riesgos y catástro- fes. Ella “tiene efectos desestructurantes y dualizadores”, anota Sergio Boisier (1992). La economía de mercado, añaden, deja fuera de ella enormes espacios territoria- les. Vastos conglomerados sociales son ex- pulsados de la actividad económica formal, permanecen en la precariedad del sector informal.
En no pocas ocasiones, el rechazo a lo glo- bal no supone una defensa de lo local sino sólo sus aspectos más negativos: cerrazón cultural, autoritarismo y caciquismo político, ineficacia, irracionalidad, antimodernidad, anomia y arbitrariedad. En otras tantas, la adhesión imitativa y puramente econo- micista implica la defensa de esos mismos desvalores, aunque con un signo ideológico inverso.
Estas simétricas visiones simplistas de rechazo o idealización presentan lo global no sólo como contrapuesto a lo local, sino en abierto antagonismo y como amenaza a
los espacios nacionales y, más aun, a los más aislados espacios locales. Lo local y lo global serían mutuamente incompatibles. No se podría aspirar a mantener rasgos particu- lares y, simultáneamente, incorporar otros universales. Lo global no sólo desdibujaría lo local, sino que lo pulverizaría. La contra- posición comunidad-tradición y sociedad- modernidad, se traslada, de cierto modo, a la tensión cerrazón-apertura; localismo- globalización.
Esta tensión no se resuelve automática- mente en favor de la globalización, en des- medro de lo local, sino que parece encami- narse hacia un reconocimiento, valoración y fortalecimiento de las identidades particu- lares, de lo peculiar, lo comunitario y local dentro de la creciente tendencia globaliza- dora.
Pero lo local y lo global están interpene- trados. Recordemos que “el funcionamien- to en red había nacido a gran escala como redes de área local, y las regionales conec- taron entre sí y comenzaron a extenderse”. Milton Santos recuerda que Braudel señaló que podemos descubrir “el movimiento glo- bal por los movimientos particulares”. Del mismo modo, podemos comprender mejor nuestras particularidades si las colocamos dentro de una trama más extensa y también más densa. Una historia puramente local está condenada a ser una crónica colorida o un relato incomprensible.
Jordi Borja y Manuel Castells afirman que “Lo local y lo global son complementa- rios, creadores conjuntos de sinergia social y económica, como lo fueron en los albores de la economía mundial en los siglos XIV- XVI, momento en que las ciudades-estado se constituyeron en centros de innovación y de comercio a escala mundial” (1997). Lo local se globaliza y lo global se localiza, aña- den.
Es un error ver ambas tendencias como separadas y opuestas: las líneas divisorias entre ambas no sólo se tocan, también sue- len confundirse. Si conviene, lo arcaico puede cubrirse con la máscara de la moder- nidad, y lo neo oligárquico con la del po- pulismo. En estos casos puede hablarse de la convivencia y mutua alimentación entre globalismos y localismos selectivos. Es fre- cuente encontrar casos de un “globalismo”
de elites locales depredadoras y codiciosas a las que les conviene parapetarse en un “localismo” de fueros especiales, desdeño- sos del Estado de derecho y de los valores occidentales.
Esos grupos locales tienen una visión unilateral de la globalización: la reducen a la ampliación de sus beneficios económi- cos y la separan de aquellos valores. De este modo, no sólo recortan o niegan la inclu- sión de otros sectores a esos beneficios ma- teriales, sino también les niegan el derecho a reflexionar sobre las consecuencias de la globalización.
Pero además de defender y ejercer ese derecho, la comunidad local tiene la obliga- ción de reflexionar y comprender, promo- viendo un activo intercambio de reflexiones a través del diálogo personal y de la co- municación social. La falta de diálogo y de comunicación hacia el interior de nuestra sociedad local y con otras sociedades próxi- mas, nuestro mutuo desconocimiento, los prejuicios y enconos personales o de gru- po que a veces rayan en el canibalismo, no parecen la plataforma más adecuada para que argentinos provincianos y porteños, sin ignorar las actuales dificultades pero tras- cendiéndolas, podamos pensar el futuro.
Previa o simultáneamente tenemos que superar nuestra propensión a suplantar lo racional por lo mágico y emocional, la com- plejidad por esquemas e interpretaciones simplistas, la reflexión y la crítica por cer- tezas y dogmas, y las ideas por consignas y retóricas de barricada. Si se nos admite esto como esquematismo, podemos decir que hay un tipo de localismo que empobrece a los pobres y enriquece a los ricos.
Cuándo, en nombre de lo local, se con- dena la cultura universal o se rechazan las nuevas tecnologías de la información, ¿aca- so no se está realimentando la brecha entre ricos y pobres? ¿Acaso no se está insinuando que los hijos de éstos deben seguir atados a la pizarra, y los de aquéllos educarse en el bilingüismo y con computadoras?
Cuando se sugiere que nuestras culturas regionales más antiguas deben ser refracta- rias a las innovaciones para preservar intac- to lo tradicional, mientras que otras deben abrirse incondicionalmente a lo global, ¿no se está reforzando la desigualdad entre re-
giones argentinas, en riesgo de disgrega- ción? Imaginar que una cultura local se fra- guó, se desarrolló en el aislamiento y que se puede fortalecer acentuando esa cerrazón, es dictar su condena a muerte.