Antes de dar apertura a la discusión en la que deseo problematizar sobre la localización de unas identidades subalternas en el archipiélago de San Andrés y Providencia, me gustaría referirme a lo subalterno como la implementación de un esquema de subordinación puesto en marcha desde un aparataje de poder específico. Para su abordaje me permito sugerir el análisis de seis escenarios diferentes, algunos de ellos con un importante sustento teórico, en las que podríamos localizar las semillas de estas identidades:
a) Identificación de una subalternidad histórica. La mayoría de los pobladores que arriban a las islas durante el periodo colonial lo hacen como esclavos subordinados, es decir insertos en unas relaciones de poder provenientes del colonialismo. Este es el primer gran foco de subalternidad que podemos identificar en el archipiélago, lugar donde las juntas de manumisión iniciadas en 1849 desembocarán en la abolición de las prácticas esclavistas en el año de 1853. Como vemos la población creole ha sido sistemáticamente silenciada por los distintos poderes que han tenido relación con estos territorios y por los mismos empoderamientos locales, civiles y religiosos presentes en el archipiélago. Existen razones suficientes para pensar la sociedad creole como un espacio de subalternidad diseñado por la modernidad eurocéntrica.
b) ¿Por qué lo subalterno dentro de lo poscolonial? Aunque muchos se resisten a incluir lo subalterno dentro de lo poscolonial, quienes mejor pudieran dar fe de esta realidad son las extensas demografías localizadas en los bordes y periferias del mundo cautivos en complejas relaciones de poder, funesta herencia que proviene de los distintos colonialismos que les ha tocado soportar. Deseo reivindicar la relación poscolonialidad – subalternidad entre algunas razones, apoyándome en las palabras de Dipesh Chakrabarty uno de los integrantes del grupo de estudios subalternos de la India cuando refiere: ―[…] Intentaré responder a esta pregunta discutiendo cómo y en qué sentido Estudios Subalternos podría ser visto como un proyecto poscolonial de escritura de la historia […]‖ (2002: 3).
En ―La persistencia del subalterno‖, John Beverley no pierde de vista esta conexión que trato de reivindicar al sostener que:
lo que los poscolonialistas entienden por la colonialidad del poder como un principio epistémico de organización de poblaciones y territorialidades que todavía persiste en la modernidad (o, en su aseveración más radical, que es la precondición de la modernidad) es, indudablemente, una de las formas
principales de lo que entendemos por subalternidad […]. (2008: 51).
Esta perspectiva de lo subalterno dentro de lo poscolonial, entendida como una crítica a la modernidad eurocéntrica, es apoyada por escritores como Ramón Grosfoguel cuando señala que ―[…] Las identidades subalternas podrían servir
como un punto de partida epistémico para una crítica radical a los paradigmas y las formas de pensar eurocéntricos‖ (2006: 42). Posición que tiende a repetirse en Walter Mignolo para quien ―[…] el subalternismo significa la posibilidad de establecer un vínculo teórico con las diferentes regiones periféricas afectadas por la colonialidad del poder‖, proponiendo un debate claro de historización a partir de ―[…] a) recuperar las especificidades históricas continentales; b)reconocer el trabajo de los latinoamericanos en referencia a la colonialidad del poder; c) poner en escena que la modernidad no empieza en el siglo XVIII sino en el XVI […]‖ (citado en Rodríguez 2009: 256). John Beverly tampoco reduce las expresiones subalternas a un asunto meramente colonial o historiográfico ―[…] sino también como un concepto para designar el nuevo sujeto que emergía en los intersticios de la globalización […]‖ (2008: 50). No obstante compartir esta apreciación, mi propuesta apuntaría a mirar lo subalterno más desde una continuidad histórica de lo que emerge con los imperios coloniales y que haría tránsito al neoliberalismo y la globalización de nuestros días.
En el texto ―Subalternismo‖ Ileana Rodríguez una de las promotoras del capítulo sobre estudios subalternos para América Latina se pregunta: si ―[…] ¿El subalternismo está también atrapado en esa dialéctica de las élites y preguntas desde arriba, desde la modernidad, el desarrollo, el capitalismo, el socialismo, las hegemonías, el estado, la sociedad civil o la colonialidad del poder cómo ver, oír, y hasta sentir a los subalternos?‖ (2009: 257). Pienso que sí. Las subalternidades en América Latina y el Caribe tienen el referente histórico de la modernidad y los procesos de colonización, esos son sus padres naturales, cómo los excluyes de cualquier elaboración epistémica, si ese es su origen y su circunstancia. Con posterioridad harán tránsito a formas más complejas dentro del capitalismo en la perspectiva de las clases sociales y en la consolidación de proyectos hegemónicos contemporáneos. En fin, las diferentes proposiciones que formula Rodríguez en esta pregunta me gustarían se enmarcaran dentro mi propuesta sobre identidades subalternas en el archipiélago.
―La nación en Colombia está basada en una dialéctica de inclusión/exclusión de los pueblos indígenas y de las personas de origen africano‖ (Benavides 2008: 142), y aunque no toda la población creole es racialmente negra, este desprecio histórico, esta racialización de lo negro a la manera de Stuart Hall, es la perspectiva que han manejado en las islas los diferentes imperios coloniales incluyendo la nación colombiana cuando tantos intereses se sitúan de por medio. La negridad ancestral existente en el archipiélago ha molestado a ingleses, españoles y a los mismos colombianos, por eso subalternizan su diferencia.
c) Lo hegemónico y la subalternidad. Nada descartable es la perspectiva gramsciana que se refiere a los bloques históricos en la conformación de las hegemonías como una situación que va más allá de las estructuras de clases, que ésta no se limita a un asunto de clases dominantes. Es más, la hegemonía ―se presenta como una práctica de poder que descansa en la conquista y mantenimiento del consentimiento activo
de las clases subalternas, o al menos de sus componentes más activos‖ (Almeida 2010: 63).
Ahora, si como pienso la etapa que sigue a la manumisión de los esclavos es muy factible que se hayan consolidado los rasgos de una hegemonía en cabeza de los líderes protestantes de las iglesias bautistas y que éstos últimos hayan consolidado su poder precisamente con base en acuerdos establecidos con los antiguos esclavos y otros sectores del establecimiento de las islas. Pese a lo anterior y en el hecho de que los ex esclavos acceden a la pequeña propiedad y participan de forma limitada de los beneficios de la explotación de sus productos agrícolas, los rasgos de subalternización en la que venía inserta su población desde el inicio de las actividades coloniales se mantienen vigentes, además se sigue reconociendo como a nuestros días la jerarquía del poder pastoral de los bautistas.
La integración de esta forma de subalternidad es muy problemática ―[…] Los trabajos subalternistas muestran claramente que la integración del subalterno es imposible, que el mandato de las élites es mantener lo hegemónico […]‖ (Rodríguez 2009: 257). Lo que al momento de las liberaciones de los esclavos de San Andrés se impone es un discurso cristiano de alfabetizar, proteger a los ex esclavos, seguir contando con su mano de obra desde una servidumbre, pero nunca como una acción liberadora de la conciencia. Cobra vigencia entonces la idea de Spivak de que nadie puede hablar por los subalternos, ninguna élite respalda a los subalternos.
d) El Caribe un foco de subalternidad bajo la influencia norteamericana en el siglo XX. El cuarto segmento en el que deseo vincular elementos claros de una subalternidad con las islas de San Andrés y Providencia me gustaría relacionarlo con los intereses de los norteamericanos en el área del Caribe y que en mi concepto convierten esta zona geográfica del planeta en un gigantesco foco de subalternidad durante casi todo el siglo XX. Los norteamericanos son los que proveen de trabajo a los inmigrantes antillanos en la zona del canal de Panamá, directamente en su país o apoyando a las burguesías terratenientes en diferentes lugares del hemisferio. Es la historia de la migración sanandresana y providenciana que se dirige al istmo de Panamá analizada en páginas anteriores. Las duras condiciones que imponen los norteamericanos a una extensa masa de trabajadores a lo largo y ancho del hemisferio se constituyen en un poderoso detonante para la emergencia de unas identidades subalternas en América Latina y el Caribe en general.
e) La estructura del Puerto Libre como foco de subalternidad. La estructura económica del Puerto Libre instaurada por el Estado en 1953 implica el lento declive del protagonismo político y económico de la población creole del archipiélago: ―[…] la migración continua de población continental y extranjera a San Andrés produjeron la pérdida paulatina del control político y económico por parte del isleño […]‖ (Ruiz 1989: 227), una de cuyas consecuencias podríamos situarla en la configuración de una nueva escala en sus clases sociales.
El incipiente escenario provoca el desplazamiento de una estructura que de manos de los bautistas se hizo fuerte después de la liberación de los esclavos. En adelante comerciantes y dueños de hoteles se aseguran el control de los medios productivos más importantes provenientes de la industria del turismo y de la venta de productos extranjeros libres de impuestos. Por su parte los creoles siguen moviéndose, continúan desplazándose como siempre lo han hecho, no se sienten a gusto con este patrón económico, no así las grandes oleadas de inmigrantes que siguen llegando a las islas en busca de nuevas oportunidades.
¿Por qué unas identidades subalternas provenientes de la estructura del Puerto Libre? Las siguientes son mis razones: a mediados de la década de los cincuenta comienza el ascenso económico de un número indeterminado de comerciantes inmigrantes y el consecuente debilitamiento de la sociedad creole que participa marginalmente en el esquema del Puerto Libre; esta infraestructura requiere básicamente de maestros de obra, albañiles, vendedores, camareros, cocineros, meseros, lancheros y taxistas entre otros oficios, sectores que a lo largo de varias generaciones han provisto con su fuerza de trabajo a los dueños de estos medios de producción y que de alguna manera estarían dando continuidad a los rasgos de subalternidad presentes históricamente en el archipiélago. Durante varios siglos el colonialismo y la modernidad convirtieron el Caribe en un extenso foco de subordinación económica. En el siglo XX y en este que comienza modos de dominación más sutiles apoyados en formatos neocoloniales y por nuevos bloques de poder se aseguran que estas estructuras de dominación se prolonguen en el tiempo, como lo dice Ileana Rodríguez el mandato de las élites es mantener lo hegemónico.
f) Neoliberalismo y globalización: el capitalismo reinventa la subalternidad. Finalmente, el esquema neoliberal y privatizador asumido por la nación colombiana comenzando la década de los noventa ha agudizado la concentración de los medios de producción en el archipiélago. Por ejemplo, aunque no todos los servicios turísticos se encuentran en manos de Decamerón y Sol Caribe Campo, de lejos este es el binomio dominante en la industria del turismo, la más importante de las islas. Igual sucede con los servicios públicos domiciliarios, todos privatizados, en el que muchos habitantes de las islas disponen de sus limitados recursos para cancelar una de las tarifas de servicios más altas del país. Estos factores de constreñimiento económico al interior de la población de las islas podrían estar disponiendo formas adicionales de subalternidades.