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LOS ANTEPASADOS DE LOS HEBREOS Y LA HISTORIA

In document John Bright - Historia de Israel.pdf (página 82-100)

LOS PATRIARCAS

C. LOS ANTEPASADOS DE LOS HEBREOS Y LA HISTORIA

1. La migración de los patriarcas. Admitido, pues, que las narra- ciones patriarcales tienen un gran sabor de autenticidad, ¿qué ulte- r i o r e s declaraciones positivas pueden ser hechas? Primeramente que

no se puede seguir negando la historicidad de la tradición de que los antepasados de Israel hayan procedido originariamente de la alta Mesopotamia, con cuya población seminómada se sentía estrecha- mente emparentados.

a. La tradición bíblica. La tradición bíblica es unánime en este punto. Dos de los documentos mencionan expresamente a J a r á n como punto de partida de la migración de Abraham (Gn. 11, 32; 12, 5 (P), y, consiguientemente, como la residencia de Labán, pa- riente de Abraham (p. e., 27, 4 3 ; 28, 10; 29, 4 (J). En algunos pasa- jes Labán es colocado en Paddan-aram (25, 20; 28, 1-7; 31, 18 (P),

otro nombre para la misma región, si no para el mismo lugar (38) y en otros (24, 10 (J), en la ciudad de Najor (Nahur) —en el valle de Balih, cerca de J a r á n — , en Aram-naharaim (Mesopotamia). Sola- mente el material atribuido a E deja de hacer mención específica de la tierra de J a r á n —probablemente como consecuencia de su mis- ma naturaleza fragmentaria— pero sabía también (31, 21) que la residencia de Labán estaba allende el Eufrates. La tradición está, además, confirmada por Jos. 24, 2 s., pasaje generalmente asignado a E o a D, pero mucho más antiguo que éstos.

Alguno argumentará, seguramente (39), que la residencia de Labán, en la forma original de la tradición, estaba situada en las fronteras de Galaad (la localidad de Gn. 31, 43-55), que subsiguien- temente fue trasladada al este de Siria —donde (cf. la historia de Sinuhé) parece haber estado el país de Quedem (cf. 29, 1, «el pueblo del este» (Bené Q u e d e m ) — y sólo más tarde, con el resurgimiento de J a r á n como centro arameo de caravanas, a Mesopotamia., Pero aunque desde luego, los antepasados del futuro Israel provinieron, sin duda, de diferentes lugares, es una explicación poco convincente de una tradición tan sólida. Es, además, discutible que los pasajes en cuestión puedan llevarnos a semejantes conclusiones. T a n t o La- bán como los Bené Quedem eran pueblos no sedentarios, de los que cabe suponer que se moverían por todas partes, como se sabe que

(38) P a d d a n - a r a m , p u e d e significar «la r u t a (acad. padánu) de A r a m » : cf. R. T. O ' C a l l a g h a n , Aram Naharaim ( R o m a , Pontificio Instiruto Bíblico, 1948), p. 96. J a r r a n (acad. harránu) significa t a m b i é n « r u t a » (cf. E. D h o r m e , Recueil

Edouard Dhorme [París, I m p r i m i e r i e Nationale, 1951], p. 218). Otros sin e m b a r g o ,

sugieren «la l l a n u r a ( A r a m , paddáná) de A r a m » (cf. O s . 12, 12): cf. Albright, F S A C E , p. 2 3 7 ; R. de V a u x , R. B . , LV (1948), p. 323. Se dice q u e este vocablo se e n c u e n t r a en un texto de R a s S a m r a , recientemente descubierto: A. D u p o n t - S o m m e r , V T , supl. vol. I (1953), p p . 45-47.

lucieron los benjaminitas («pueblo del sur»), de los textos de Mari. U n a tradición que coloque a Labán cerca de Galaad no es increíble en sí misma, ni contradice la de los orígenes mesopotámicos de Is- rael, que es antigua y unánime.

b. La tradición a la luz de la documentación. En todo caso, una tra- dición tan unánime no puede ser dejada a un lado sin grave causa, y a la vista de las pruebas sería subjetivo hacerlo así. Muchas de estas pruebas acaban de ser mencionadas, y no es necesario repetirlas: p. e., las pruebas referentes al norte de Mesopotamia, de que en la primera mitad del segundo milenio existía allí una población de la misma estirpe que los hebreos; o el hecho de que las costumbres le- gales de los patriarcas estaban en uso (textos de Mari) especialmente entre la población hurrita aproximadamente el mismo lugar y tiempo, y otras muchas. Todos estos son hechos históricos y han de ser reconocidos como tales.

A esta serie de pruebas, convincentes por sí mismas, pueden añadirse otro más. Está, por ejemplo, el conocido hecho de que la ley del Pentateuco tiene estrechos paralelos con la tradición legal de Mesopotamia conocida por los códigos de Esnunna, de Lipit-Istar y, especialmente, de H a m m u r a b i , pero, significativamente, con nin- guno de los que conocemos de Canaán. Hoy día se debería admitir, en general, que la tradición legal israelita se remonta al período de los orígenes de su vida como pueblo, a un tiempo en el que aún no había mantenido contacto alguno con Mesopotamia. Pero si esta tradición legal es tan antigua, a pesar de que mucho pudo haber sido adaptado a las condiciones de Canaán, no se puede afirmar que sea de origen cananeo o recibida a través de C a n a á n ; la única su- posición razonable es que fue transmitida a Israel por sus antepasa- dos, que habían emigrado de un país donde pudieron conocer la tradición mesopotámica de jurisprudencia.

Lo mismo puede decirse de las narraciones de la creación y el diluvio de Gn. 2 y 6-9. Como es bien sabido, estas narraciones tienen trazos —que no deben ser exagerados— semejantes al material me- sopotámico sobre el mismo tema, pero por cuanto hasta ahora cono- cemos, estos trazos son muy escasos —y superficiales— respecto de la literatura cananea o egipcia. Pero ya que estas narraciones fue- ron de alguna manera conocidas por los hebreos al menos en el siglo X (fecha comúnmente asignada al J ) , que no hay pruebas de que las tomaron de los cananeos, y que entre su establecimien- to en Palestina y el resurgimiento de la monarquía de Israel no tenemos noticias de ningún contacto con Mesopotamia, la única solución lógica es suponer que estas narraciones fueron traídas por grupos que emigraron de Mesopotamia en el segundo milenio. Q u e lo hicieran», los hurritas, o los «amorreos», que fueron verdaderos antepasados de Israel, es una pregunta que no podemos responder.

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En todo caso, una fecha posterior p a r a este legado parece impo- sible (40).

A la vista de estas pruebas, un método objetivo pide que se con- ceda una esencial historicidad a la tradición bíblica de que los ante- pasados de Israel emigraron de Mesopotamia. Hay, seguramente, quienes explican los paralelos con la documentación cíe Nuzi median- te la teoría de que una población hurrita llevó consigo estos usos al emigrar a Palestina, en el período hicso, y que los antepasados de Israel la aprendieron allí (41). Acaso pudiera admitirse una tal ex- plicación si no tuviéramos más documentación que la de Nuzi. Pero mientras que por un lado no necesitamos suponer que todos los diversos antepasados de Israel fueron originarios de Mesopotamia, por otro, las pruebas son demasiado múltiples y abrumadoras para poder ser explicadas como una serie de coincidencias. Cuando el tes- timonio unánime de la tradición y el peso de las pruebas externas concuerdan tan perfectamente, la posición más objetiva es admitirlo. Nosotros podemos, por tanto, afirmar con seguridad que la migra- ción de los patriarcas desde Mesopotamia representa un hecho his- tórico.

c. Ur de los caldeos. La otra tradición (Gn. 11, 28, 3 1 ; 15, 7) de que Téraj, padre de Abraham, había emigrado a J a r á n desde Ur de los caldeos, es menos segura. Ciertamente, no hay nada intrínseca- mente improbable en ello. Ur y J a r á n estaban unidas por lazos de religión, siendo ambas centros del culto al dios luna. Atendido el hecho de que nombres asociados al culto de este dios no son des- conocidos entre los antepasados hebreos (p. e., Téraj, Labán, Sara, Milcaj), sería temerario negar que la tradición pueda apoyarse en circunstancias históricas (42). No es imposible que algunos clanes semíticos del noroeste, que se hubieran infiltrado en el sur de Meso- potamia, emigraran posteriormente hacia el norte, hacia J a r á n , quizá en los turbulentos días de la caída de Ur I I I . Aunque es ver- dad que Babilonia no fue llamada Caldea, por cuanto sabemos, hasta el siglo X I , cuando los caldeos, pueblo arameo, irrumpieron violentamente, esto podría ser considerado como un anacronismo natural.

No obstante, es mejor ser precavidos. No solamente los L X X no hacen mención de Ur, leyendo simplemente «el país de los caldeos», sino que algunos otros pasajes (Gn. 24, 4, 7) parecen colocar el lugar de nacimiento de Abraham en la alta Mesopotamia. Mientras que la lectura de los L X X puede ser el resultado de una corrupción tex-

(40) Cf. Wright, BAR, pp. 44 ss., para la discusión. (41) Recientemente, Alt, KS, I, pp. 174 s.; Noth, H I , p. 84. (42) Cf. especialmente E. Dhorme, op. cit., pp. 205-245.

tual (43), es también posible que el país de origen de los antepasados de los hebreos estuviera más hacia el norte (44). No podemos estar seguros. En todo caso, las tradiciones patriarcales muestran pocas señales de influencia del sur mesopotámico.

d. Los antepasados hebreos y los arameos. Los antepasados de Is- rael, aunque predominantemente de raza semita del noroeste, fue- ron, sin duda, una mezcla de muchas estirpes. El reconocimiento de este hecho está reflejado en la misma Biblia, que acentúa el paren- tesco de Israel no solamente con M o a b , Ammón y Edom (Gn. 19, 30-38; 36) sino también (25, 1-5; 12-18) con numerosas tribus ára- bes, incluyendo Madián. En todo caso, los hebreos sintieron una fuerte atracción por el parentesco con los arameos. No solamente colocan en Aram-naharim, o en Paddan-aram el hogar de sus pa- rientes mesopotámicos, sino que el mismo L a b á n es llamado repeti- das veces un arameo: 25, 20; 28, 1-7 ( P ) ; 3 1 , 20, 24 ( J E ) . Cierto que este parentesco es explicado de varios modos en las genealogías. En el cap. 10, 21-31 los arameos son descendientes de Sem a través de u n a línea paralela a la de Eber, el tradicional antepasado de los hebreos, mientras que en 22, 20-24 arameos y caldeos son descendien- tes de Najor, hermano de Abraham. Pero la tradición es muy an- tigua; los hombres tribales del primitivo Israel tenían u n a confesión cúltica que comenzaba (Dt. 26, 5 ) : « U n arameo errante fue mi padre».

No hay razón para considerar anacrónica esta tradición. Aunque los arameos irrumpen con fuerza sólo hacia el siglo X I , a partir del cual comienzan a desarrollarse en el norte de Mesopotamia y en Siria los Estados arameos (45), esto apenas puede ser una nueva irrup- ción de nómadas del desierto —cosa casi imposible antes de la do- mesticación del camello— sino más bien una presión masiva de gru- pos seminómadas ya desde hacía tiempo presentes en los límites de las zonas sedentarias. El nombre de «Aram» parece estar confirmado por los textos de Mari (siglo X V I I I ) , por otros textos de hacia el 2000 a. C. y, según parece, en u n a inscripción de Naramsin (siglo X X I I I ) (46). Posiblemente se refería primero a una localidad, luego a los pueblos en ella establecidos y posteriormente a una amplia confederación. Los arameos son identificados, algunas veces, con los ajlamu (¿«con-

(43) La explicación de Albright de la divergencia textual (BP, p. 55) es ad- misible.

(44) A u n q u e e l intento d e C . H . G o r d o n ( J N E S , X V I I [ 1 9 5 8 ] , p p . 28-31) p a r a localizarla en el sur de A r m e n i a p u e d e ser discutible.

(45) Cf. sobre el t e m a : O ' C a l l a g h a n , op. cit., p p . 93-97; R. A. B o w m a n , «Arameans, A r a m a i c a n d t h e Bible» ( J N E S , V I I [ 1 9 4 8 ] , p p . 65-90); A . D u p o n t - Sonuner, Les Arameens (París, A. M a i s o n n e u v e , 1949); ídem, Sur les debuts de l'his-

luire araméene ( V T , Supl. vol. I [ 1 9 5 3 ] , p p . 40-49).

(46) A+Kunos (p. e., B o w m a n , op. cit., p. 66) niegan la conexión e n t r e esto y los arameos. Pero cf. D u p o n t - S o m m e r , ibid.; D h o r m e , op. cit., p. 219, etc.

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federados»?), nombre que se encuentra frecuentemente en los textos del siglo X I V y posteriores y que ahora parece atestiguado en Mari. Los Sutu, que aparecen al lado de los ajlamu en los documentos poste- riores, son asimismo confirmados por los textos egipcios y mesopotá- micos (incluyendo los Textos de Execración), desde los comienzos del segundo milenio (cf. los «hijos de Set» de N m . 24, 17). Lo pro- bable es que el nombre de «amorreos», es decir, «occidentales», fuera entonces una designación acádica para los diversos pueblos semíticos del noroeste de la alta Mesopotamia y Siria, de los que descendieron tanto los hebreos como los arameos posteriores. El ara- meo fue probablemente un dialecto que se desarrolló en un ámbito local de la alta Mesopotamia y que se fue extendiendo gradualmente —junto con el nombre de «arameo»— entre los vecinos pueblos seminómadas cuando estos fueron entrando en la confederación de los que hablaban esta lengua.

Podemos suponer que los antepasados de Israel provenían de este tronco general étnico y lingüístico. Por razones desconocidas para nosotros, ellos mismos se separaron, probablemente a princi- pios del segundo milenio, y emigraron a todo lo largo de Palestina, juntamente con otros de los que nada sabemos, para dar a esta tierra una nueva infusión de población seminómada. Quizá la descripción bíblica de continuos contactos con Mesopotamia y de nuevas emi- graciones de allí procedentes (narraciones de Isaac y Jacob) nos per- miten suponer que los antepasados de Israel llegaron a Palestina en varias oleadas, durante cierto período de tiempo. Pero los detalles están más allá de nuestro alcance. La lengua de los patriarcas fue originalmente un dialecto arameo, como lo continuó siendo la de L a b á n (Gn. 31, 47), pero como se fueron debilitando los lazos con la tierra de origen, asimilaron el lenguaje cananeo, del que el hebreo (e igualmente el moabita) son más bien un dialecto. En Palestina, los antepasados de Israel estuvieron en contacto con otros grupos de origen semejante, con los que se sentían emparentados; entonces se mezclaron, se dispersaron y se multiplicaron de una manera mucho más compleja de lo que las narraciones bíblicas indican, aun cuan- do algunas narraciones (p. e., las historias de Lot, Ismael y Esaú) lo reflejan claramente.

2. Los patriarcas como figuras históricas. Las pruebas que se pue- den aducir nos dan motivos verdaderamente suficientes para afir- mar que las narraciones patriarcales están firmemente basadas en la historia. Pero ¿debemos detenernos aquí? ¿Debemos considerar a los patriarcas como el reflejo de los movimientos de un clan imperso- nal? ¡De ninguna manera ! Podemos afirmar con toda seguridad que Abraham, Isaac y Jacob fueron verdaderos individuos históricos concretos.

a. Jefes de clanes seminómadas. Son pocos los que hoy día ponen en duda las afirmaciones anteriores. Los primeros intentos por redu- cir a los patriarcas a no más que una libre creación de la leyenda, antepasados epónimos de clanes, o figuras atenuadas de dioses, han sido tan generalmente abandonados que no se requiere discusión. El sabor de autenticidad de las narraciones nos impide desechar a los patriarcas como legendarios, y la descripción que de ellos se hace no es, de modo alguno, mitológica. Hay, seguramente, motivos fol- klóricos en los relatos. Pero éstos pertenecen al desenvolvimiento de la narración, no a sus figuras centrales, que son presentadas de un modo más realista; estos motivos, con todo, demuestran la tendencia de toda la literatura antigua a ajustarse a formas convencionales. El intento de presentar a los patriarcas como epónimos ancestrales que fueron adorados como dioses se basó, en todo caso, en una con- siderable mala inteligencia de la documentación; por ejemplo, la falsa impresión de que Téraj aparece en los textos de Ras Samra como un dios lunar (47), o la interpretación errónea de algunos nom- bres, como J a c o b (Ya'aqob-el) como «Jacob es Dios» (48), que de hecho significa «Protéjate El (Dios)». El esfuerzo por reducir a los patriarcas a desdibujados epónimos violenta, sobre todo, las prue- bas, que van a ser aducidas, relativas a la naturaleza de su religión, pruebas que nos obligan a considerarlos como figuras históricas concretas.

Ahora bien, como hemos dicho, los patriarcas no fueron tan sólo individuos aislados, sino jefes de clanes bastante numerosos. Las sencillas narraciones encierran complejos movimientos de clan, en las que el individuo se confunde con el grupo, y cuyos hechos reflejan los de este mismo grupo. Pero los patriarcas no deben resolverse en epó- nimos. Después de todo, Palestina estuvo ocupada, a principios del segundo milenio, por clanes seminómadas, cada uno de los cuales, evidentemente, estaba gobernado por un individuo verdadero y concreto, aunque no conozcamos su nombre. Si los patriarcas re- presentan grupos similares, y hay razón para creerlo, es sofístico negar que los líderes de estos grupos fueran también individuos con- cretos, es decir, que Abraham, Isaac y J a c o b fueron jefes de clanes que vivieron por este tiempo, entre los siglos XX y X V I I .

En realidad, y por lamentable que ello sea, esto es todo lo que la documentación externa nos permite decir. Aunque la narración de la Biblia es profundamente auténtica, no poseemos medios para con- trolar sus detalles. Haremos bien en recalcar que no conocemos n a d a de Abraham, Isaac y J a c o b fuera de lo que la Biblia nos dice. Se

47) H. H. Rowley, The Servanl of the Lord, p. 295, para la bibliografía. 48) Ocstcrloy y Robinson, History of Israel (Oxford, Clarendon Press, 1932), I, pp. 52 ss."> 9 1 ; A T. Olmstcad, History of Palestine and Syria (Charles Scribner's

LOS PATRIARCAS 99 puede investigar su historia, o parte de ella, o se pueden ordenar los hechos a gusto, pero se debe recordar que, al hacerlo, nos move- mos fuera de las pruebas objetivas. Podemos estar absolutamente se- guros de que los acontecimientos de aquel tiempo fueron mucho más complejos de lo que la Biblia indica: un intrincado esquema de la confederación, proliferación y división de numerosos grupos de clan. Pero la naturaleza del material es de tal índole, y tales los límites de nuestro conocimiento, que intentar una reconstrucción sería es- peculación inútil. Así y todo, un método legítimo nos permite, en ausencia de pruebas objetivas, trazar hipotéticamente la historia de las tradiciones y enjuiciarlas sobre esta base (49). La narración de la Biblia refleja cuidadosamente los tiempos de que nos habla. Pero a lo que dice de las vidas de los patriarcas, no podemos aña- dir nada.

b. Los Jabirú (habiru). La Biblia describe a los patriarcas como hombres pacíficos (p. e., Gn. 26), dispuestos a recorrer grandes dis- tancias para evitar el choque con sus vecinos. Evidentemente, esto se debía a que no eran ni numerosos ni lo bastante fuertes para hacer frente a la enemistad de jefes más poderosos (p. e., 34, 30). En oca- siones, sin embargo, se les representa acudiendo a la violencia. Recuérdese el traidor asalto de Simeón y Leví contra Siquem (capí- tulo 34), o la tradición (48, 22) de que J a c o b se apoderó de terrenos cerca de Siquem por la fuerza de las armas (50). Pero el ejemplo clásico es el cap. 14, cuando Abraham, con sus 318 siervos, persigue a los reyes invasores para rescatar a Lot y su familia. Es interesante que sólo aquí se llama a A b r a h a m «hebreo». De hecho, a lo largo de toda la narración del Génesis este término es usado sólo aquí y en la historia de José. Debemos tener presente que aunque estamos acos- tumbrados a llamar hebreos a los israelitas (y a los judíos de hoy), de ordinario ellos no se llamaban así, sino más bien Bené Yisra'el (es decir, israelitas). El nombre de «hebreos», a decir verdad, nunca aparece prácticamente en el Antiguo Testamento, salvo en las narra- ciones del primer período (51) y aun entonces fundamentalmente sólo en boca de algún extraño hablando de los israelitas (p. e., Gn. 39, 14, 17; Ex. 2, 6; I Sm. 4, 6, 9) o de algún israelita que quiere iden- tificarse ante los extraños (p. e., Gn. 40, 15; Ex. 3, 18; 5, 3). Después de las guerras filisteas el término cayó en desuso, al parecer.

(49) Me refiero especialmente a la o b r a de M. N o t h , op. cit., (ver la n o t a 7). Yo he expuesto mis propias observaciones a la o b r a c i t a d a en la n o t a 2.

(50) G n . 33, 19 afirma q u e los c o m p r ó . A u n q u e ambos versículos son ge- n e r a l m e n t e atribuidos a E, p a r e c e n referirse a la m i s m a tierra (nótese la alusión a « S i q u e m » en el c a p . 48, 2 2 ) ; cf. N o t h , op. cit., p p . 89 ss.

(51) Solamente Dt. 15, 12; J r . 34, 9, 14, q u e h a c e alusión a u n a ley a n t i g u a (Rx. 2 1 , 2 ) y j o n á s 1, 9, q u e es un arcaísmo.

Esto suscita la cuestión de la relación de los hebreos con los gru- pos conocidos como jabirú, abiru o habiru (52), confirmados por los textos en un espacio de tiempo que coincide vigorosamente con la aparición de los «hebreos» en la Biblia. Se trata de un problema que ha sido largamente discutido (53). Las palabras «hebreo» (ibri) —aparentemente derivación popular del nombre del antepasado Eber (Gn. 11, 14-17)— y jabirú (habiru) son seductoramente simi- lares. Aunque notables especialistas niegan que los dos nombres pue- dan identificarse etimológicamente (54), la identificación parece al menos posible, si no probables Con todo, aunque así sea, no podemos identificar sin más a los hebreos con los jabirú. Los jabirú se encuen- tran demasiado lejos para permitirnos una tal afirmación. En Me- sopotamia, por ejemplo, están atestiguados durante los períodos de

Ur I I I , Babilonia I y más tarde. En los textos de Nuzi (siglo XV) juegan un papel especialmente predominante, mientras que los do-

cumentos de Mari (siglo X V I I I ) y Alalaj (siglos X V I I XV) atesti- guan su presencia en la alta Mesopotamia a lo largo de la edad pa- triarcal. En Anatolia los conocen los textos capadocios (siglo X I X ) y también los de Boghazhóy (siglo X I V ) . Son igualmente mencionados en los textos de Ras Samra (siglo X I V ) . Los documentos egipcios del período imperial (siglos XV al X I I ) , sé refieren a ellos como a ene- migos y rebeldes en Asia, y como a esclavos en Egipto. Las cartas de Amarna (siglo X I V ) ofrecen la mejor documentación acerca de ellos, cuando aparecen en Palestina y regiones adyacentes como per-

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