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Al observar la situación de la disciplina en la universidad española —a finales de los setenta y comienzos de los ochenta— y su posterior adaptación a la reforma universitaria de 1984, se puede comprobar como esta ciencia supo dominar estas dificultades y consolidar su ritmo de formalización académica. Se puede utilizar como indicador el que, con ocasión de la celebración del I Congreso Español de Antropología celebrado en Barcelona en el año de 1977, se logró una amplia presencia y representación de antropólogos españoles en la sesión general de Antropología Biológica del encuentro, con asistencia de un par de docenas de investigadores adscritos a los departamentos de Antropología existentes de Barcelona, Madrid, Bilbao, León y Oviedo. Posteriormente, con el cambio de década, ya se habían incorporado al panorama de la disciplina otras divisiones docentes e investigadoras, como la de Santiago, Bilbao y León. Ya en el momento de la reforma universitaria de 1984 existían departamentos de Antropología en las universidades de Madrid (Complutense), Barcelona (Central y Autónoma), León,

156 Oviedo y Santiago de Compostela, las cuales mantuvieron su actividad universitaria tras este proceso (Calderón 2003).

Sin embargo, la superación exitosa del escollo que esta reorganización académica supuso para la especialidad no quiere decir que la nueva posición de ésta no supusiera una importante crisis en el ámbito formal de las universidades. De hecho, el proceso de agregaciones que conducirá a la incorporación de los departamentos, cátedras y secciones de Antropología Física dentro de otras áreas de conocimiento afines (fundamentalmente de Biología Animal) no dejaba de ser una asimilación formal. Efectivamente, la creación del catálogo de áreas de conocimiento y el sistema de anexiones institucionalizaba determinadas disciplinas dentro de la universidad española, entre las que no se encontraba la Antropología Física. Así, la reforma universitaria 1984 (R.D. 1888 /1984), que desarrollaba y establecía el catálogo de áreas de conocimiento y el sistema de anexiones, configuró un escenario de disciplinas que excluía como tal a la materia. De este modo, las cátedras, departamentos y profesores de la disciplina debían adscribirse a Biología Animal o a Paleontología. Algo parecido le ocurre a los departamentos y cátedras de Etnología, Antropología Cultural y Antropología de América, las cuales debieron adscribirse a las áreas de conocimiento recién creadas de Antropología Social y/o de Historia de América. Esta postura se mantendrá hasta la reorganización del catálogo de áreas de conocimiento en el año 2000, momento en el que —por Acuerdo de 3 de Abril de 2000 de la Comisión Académica del Consejo de Universidades— se reconoce a esta ciencia como Área de Conocimiento (Código 028) (Calderón, 2003). A pesar de esta disposición administrativa poco favorable y la falta de apoyo institucional (entre 1984 y 2000 en el que la disciplina obtiene su reconocimiento formal) se mantuvo su presencia en la universidad española e incluso se incrementó su actividad docente e investigadora frente al comienzo de este periodo formando parte del área de Biología Animal en las facultades de Biología y de Ciencias, y compartiendo espacio con la Zoología y la Fisiología Animal (Calderón, 2003 y 2010; Infante 2010). Un efecto añadido a considerar —como resultado de la adscripción al área de Biología Animal en los ochenta y noventa— será la consolidación de la orientación “biologicista” y científico-experimental de esta materia y el refuerzo de la investigación genética, molecular, fisiológica y biométrica. Todo ello, unido a los

157 tradicionales enfoques morfológicos frente a planteamientos más generales, que persistían en la universidad y en algunos autores o grupos en la década de los setenta, definen las orientaciones y posiciones con las que la disciplina llega al momento del cambio de siglo y su reconocimiento con la creación del Área de Conocimiento. Este escenario contribuyó a consolidar la escisión con otras disciplinas antropológicas, cuyo punto de arranque se podría situar en la creación de la SEAB, que promoverá el distanciamiento y desarrollo independiente de la disciplina, plenamente circunscrito a las Ciencias Biológicas durante las últimas décadas del siglo XX.

Esta realidad generada tendrá como efecto el refuerzo de la autonomía frente a otras disciplinas cercanas, como la Prehistoria y la Antropología Social, fundamentalmente, lo que contribuirá a una mayor concreción en la definición epistemológica de la Antropología Física y para la especificación de los métodos y objeto propios de estudio. Dentro de esta nueva situación particular de la disciplina, los núcleos universitarios de Barcelona y Madrid, y los emergentes del País Vasco, Santiago, Oviedo, León y Granada, comienzan a desarrollar y diversificar nuevas líneas de investigación. En consecuencia, se amplían los estudios tradicionales de Antropología morfológica y prehistórica con el análisis de poblaciones vivas, las investigaciones sobre Crecimiento y Desarrollo, Biodemografía, Antropología Nutricional, Biología de Poblaciones Humanas, Genética de Poblaciones Humanas, y otras especialidades de Antropología Genética y Molecular (Garralda y Mesa, 1984). Adicionalmente a estos nuevos campos de investigación, se mantienen los trabajos de orientación morfológica en el ámbito de los estudios paleoantropológicos y de poblaciones históricas. En este entorno hay que destacar la creciente actividad que, a lo largo de la década, tendrá el complejo de Atapuerca que se plasmó en numerosas Tesis y trabajos doctorales ligados fundamentalmente al MNCN y al departamento de Paleontología de la UCM (Bermúdez de Castro 1995, 1999, 2000, 2002 y 2012). Durante los ochenta y noventa, la unidad de Paleontología Humana del departamento de Paleontología de la UCM se consolida como línea fundamental de trabajo (comunicación personal de Ignacio Martínez UAH). De modo paralelo, el MNCN se encarga desde 1985 de los recursos y laboratorios de la sección de Paleontología Humana del Instituto Lucas Mallada de Geología, del CSIC —disuelto en 1978— hasta su cierre a cargo

158 de Emiliano Aguirre (Aguirre 1992), que sería el responsable en los años siguientes de dicha línea de trabajo en el MNCN, con una intensa actividad dedicada al análisis de los materiales del complejo burgalés.