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Los dos mil días de Trípol

Tras tantas derrotas sucesivas, tantas decepciones, tantas humillaciones, las tres noticias inesperadas que llegan a Damasco en este verano de 1100 despiertan muchas esperanzas. No sólo entre los militantes religiosos que rodean al cadí al-Harawi, sino también en los zocos, bajo los soportales de la calle Recta donde los mercaderes de sedas griegas, de brocados de oro, de lienzos adamascados o de muebles damasquinados, sentados a la sombra de las parras, se interpelan de un puesto a otro, por encima de la cabeza de los transeúntes, con la voz de los días faustos.

A principios de julio corre un primer rumor que pronto resulta cierto: el anciano Saint-Gilles, que nunca ha ocultado sus aspiraciones sobre Trípoli, Homs y toda Siria, ha embarcado súbitamente hacia Constantinopla tras un conflicto con los demás jefes francos. Se rumorea que ya no volverá.

A finales de julio, llega otra noticia, más extraordinaria aún, que se extiende en unos minutos de mezquita en mezquita, de calleja en calleja. Mientras sitiaba la ciudad de Acre, a Godofredo, señor de

Jerusalén, lo alcanzó una flecha y lo mató —relata Ibn al-Qalanisi—. También hablan de fruta

envenenada que, al parecer, ha regalado un notable palestino al jefe franco. Otros opinan que ha sido una muerte natural, fruto de una epidemia. Pero la que se gana el favor del público es la versión recogida por el cronista de Damasco: según esta versión, Godofredo ha sucumbido a heridas que le han causado los defensores de Acre. ¿Acaso tal victoria, que llega un año después de la caída de Jerusalén, no indicaría que el viento empieza a cambiar?

Esta impresión parece confirmarse días después cuando la gente se entera de que a Bohemundo, el más temible de los frany, lo acaban de capturar. Ha sido Danishmend «el sabio» quien lo ha vencido. Como ya había hecho tres años antes, durante la batalla de Nicea, el jefe turco ha puesto cerco a la ciudad armenia de Malatya. Al conocer tal noticia —dice Ibn al-Qalanisi—. Bohemundo, rey de los

frany y señor de Antioquía, reunió a sus hombres y marchó contra el ejército musulmán . Temeraria

empresa, pues para llegar hasta la ciudad sitiada el jefe franco ha de cabalgar durante una semana por un territorio montañoso donde los turcos están sólidamente asentados. Informado de su proximidad, Danishmend le tiende una emboscada. A Bohemundo y a los quinientos caballeros que lo acompañan los recibe una barrera de flechas que caen sobre ellos en un estrecho desfiladero donde no consiguen desplegarse. Dios dio la victoria a los musulmanes, que mataron a gran número de frany. A

Bohemundo y a algunos compañeros suyos los capturaron . Los conducen, cargados de cadenas, hacia

Niksar, en el norte de Anatolia.

La sucesiva eliminación de Saint-Gilles, Godofredo y Bohemundo, los tres principales artífices de la invasión franca, aparece ante todos como una señal del cielo. Los que se hallaban anonadados por la aparente invulnerabilidad de los occidentales recobran ánimos. ¿No será el momento de asestarles un golpe definitivo? En cualquier caso, hay un hombre que lo desea ardientemente: Dukak.

Que nadie se engañe; el joven rey de Damasco no es en absoluto un celoso defensor del Islam. ¿Acaso no ha demostrado lo suficiente, con ocasión de la batalla de Antioquía, que estaba dispuesto a

traicionar a los suyos para satisfacer sus ambiciones locales? Además, hasta la primavera de 1100 no ha descubierto de repente el selyúcida la necesidad de una guerra santa contra los infieles. Como uno de sus vasallos, un jefe beduino de los altos del Golán, se ha quejado de las repetidas incursiones de los frany de Jerusalén, que le saqueaban las cosechas y le robaban los rebaños, Dukak ha decidido intimidarlos. Un día de mayo, mientras Godofredo y su brazo derecho, Tancredo, un sobrino de Bohemundo, regresaban con sus hombres de una razzia especialmente fructífera, los ha atacado el ejército de Damasco.

Entorpecidos por el botín, los frany han sido incapaces de trabar combate. Han preferido huir dejando a sus espaldas varios muertos. El propio Tancredo se ha salvado por poco.

Para vengarse, ha organizado una incursión de represalia en los mismísimos alrededores de la metrópoli siria. Ha devastado los huertos y saqueado e incendiado las aldeas. Dukak, a quien la magnitud y la rapidez de la respuesta ha pillado desprevenido, no se ha atrevido a intervenir. Con su habitual versatilidad, lamentando ya amargamente la incursión del Golán, ha llegado incluso a proponerle a Tancredo pagarle una fuerte suma si consiente en alejarse. Naturalmente, esta oferta no ha hecho sino reforzar la determinación del príncipe franco. Creyendo, con toda lógica, que el rey estaba en situación desesperada, le ha enviado una delegación de seis personas para instarlo nada menos que a convertirse al cristianismo o a entregarle Damasco. Indignado por tanta arrogancia, el selyúcida ha mandado detener a los emisarios y, tartamudeando de ira, les ha ordenado, a su vez, que abracen las creencias del Islam. Uno de ellos ha accedido. A los otros cinco les han cortado en el acto la cabeza.

Apenas se conoció la noticia, llegó Godofredo, se reunió con Tancredo y, con todos los hombres de que disponían, se dedicaron, durante diez días, a una labor de destrucción sistemática de los alrededores de la metrópoli siria. La rica llanura del Ghuta, que rodea Damasco como el halo rodea la luna, según la expresión de Ibn Yubayr, ofrecía un espectáculo desolador. Dukak no se movía. Encerrado en su palacio de Damasco, esperaba a que pasara el huracán: tanto más cuanto que su vasallo del Golán rechazaba su soberanía y, a partir de aquel momento, se disponía a pagarles el tributo anual a los señores de Jerusalén. Y, lo que resultaba aún más grave, la población de la metrópoli siria empezaba a quejarse de la incapacidad de sus gobernantes para protegerla. La gente echaba pestes de todos esos soldados turcos que presumían como pavos reales en los zocos pero a los que se tragaba la tierra en cuanto el enemigo estaba a las puertas de la ciudad. Dukak no tenía ya más que una obsesión: vengarse cuanto antes aunque no fuera más que para rehabilitarse a ojos de sus propios súbditos.

No es difícil imaginar que en tales circunstancias la muerte de Godofredo le haya causado una inmensa alegría al selyúcida a quien, tres meses antes, dicha muerte hubiera dejado bastante indiferente. La captura de Bohemundo, acaecida días después, lo anima a emprender una acción sonada.

La ocasión se presenta en octubre. Cuando mataron a Godofredo —cuenta Ibn al-Qalanisi—, su

hermano el conde Balduino, señor de Edesa, se puso en camino hacia Jerusalén con quinientos caballeros y soldados de infantería. Al saber que iba a pasar por allí, Dukak reunió a todas las tropas y marchó contra él. Se encontraron cerca de la plaza costera de Beirut . Está claro que Balduino intenta

suceder a Godofredo. Es un caballero famoso por su brutalidad y su falta de escrúpulos, como lo ha demostrado el asesinato de sus «padres adoptivos» en Edesa, pero también es un guerrero valeroso y astuto cuya presencia en Jerusalén constituiría una amenaza permanente para Damasco y el conjunto de la Siria musulmana. Matarlo o capturarlo en ese crítico momento supone decapitar de hecho al ejército de invasión y volver a poner en tela de juicio la presencia de los frany en Oriente. Y si el momento está bien

elegido, el lugar del ataque no lo está menos.

Balduino viene del norte, siguiendo la costa mediterránea, y ha de llegar a Beirut hacia el 24 de octubre. Previamente tiene que cruzar Nahr-el-Kalb, la antigua frontera fatimita. Cerca de la desembocadura del «Río del Perro», el camino se estrecha y está rodeado de acantilados y de abruptos montes. El lugar es ideal para tender una emboscada. Precisamente ahí es donde Dukak ha decidido esperar a los frany, ocultando a sus hombres en las grutas o las laderas arboladas. Sus exploradores lo informan con regularidad del avance del enemigo.

Desde la más lejana antigüedad, Nahr-el-Kalb es la obsesión de los conquistadores. Cuando uno de ellos consigue superar el paso, se enorgullece tanto de ello que deja en el acantilado el relato de su hazaña. En tiempos de Dukak, ya pueden contemplarse varios de estos vestigios, desde los jeroglíficos del faraón Ramsés II y los signos cuneiformes del babilonio Nabucodonosor hasta los elogios en latín que el emperador romano de origen sirio Septimio Severo había dirigido a sus valerosos legionarios galos. Pero, frente a este puñado de vencedores, ¡cuántos guerreros han visto cómo se estrellaban sus sueños contra estas rocas sin dejar huella! Al rey de Damasco no le cabe duda alguna de que «el maldito Balduino» va a ser pronto uno más en esa cohorte de vencidos. Dukak tiene motivos sobrados para ser optimista; sus tropas son seis o siete veces superiores en número a las del jefe franco y, sobre todo, tiene la ventaja que proporciona la sorpresa. No sólo va a reparar la afrenta que le ha infligido, sino que va a recobrar su lugar preponderante entre los príncipes de Siria y a ejercer de nuevo una autoridad minada por la irrupción de los frany.

Si hay un hombre a quien no se le ha escapado lo que está en juego en la batalla, ése es el nuevo señor de Trípoli, el cadí Fajr el-Mulk, quien, un año antes, ha sucedido a su hermano Yalal el-Mulk. Como el señor de Damasco codiciaba su ciudad antes de la llegada de los occidentales, no le faltan razones para temer la derrota de Balduino, pues Dukak querrá entonces convertirse en el campeón del Islam y en libertador de la tierra siria y habrá que reconocer su soberanía y soportar sus caprichos.

Para evitarlo, Fajr el-Mulk no tiene escrúpulos. Cuando se entera de que Balduino se acerca a Trípoli de camino hacia Beirut y, después, hacia Jerusalén, le hace llegar vino, miel, pan, carne así como ricos presentes de oro y plata e, incluso, un mensajero que insiste en verlo en privado y le pone al tanto de la emboscada que le va a tender Dukak, proporcionándole numerosos detalles acerca de la disposición de las tropas de Damasco y prodigándole consejos sobre las mejores tácticas que ha de emplear. El jefe franco, tras haber agradecido al cadí tan valiosa como inesperada colaboración, reanuda su marcha hacia Nahr-el-Kalb.

Sin sospechar nada, Dukak se dispone a abalanzarse sobre los frany en cuanto se internen en la estrecha franja costera a la que están apuntando sus arqueros. De hecho, los frany aparecen por la parte donde se halla la localidad de Yunieh y avanzan haciendo alarde de total despreocupación. Unos pasos más y caerán en la trampa. Pero, de repente, se inmovilizan y luego, lentamente, empiezan a retroceder. Nada está decidido aún pero al ver que el enemigo no ha caído en la emboscada, Dukak no sabe qué hacer. Hostigado por sus emires, acaba por ordenar a los arqueros que arrojen unas cuantas tandas de flechas, sin atreverse, sin embargo, a lanzar a sus jinetes contra los frany. A la caída de la tarde, la moral de las tropas musulmanas está por los suelos. Árabes y turcos se acusan mutuamente de cobardía, estallan algunas rencillas, y al día siguiente por la mañana, tras un breve enfrentamiento, las tropas de Damasco retroceden hacia la montaña libanesa mientras los frany prosiguen tranquilamente su camino hacia

Palestina.

El cadí de Trípoli ha decidido deliberadamente salvar a Balduino, ya que cree que la principal amenaza para su ciudad procede de Dukak, quien también había actuado así en contra de Karbuka dos años antes. A ambos la presencia franca les ha parecido, en el momento decisivo, un mal menor. Pero este mal va a propagarse muy deprisa. Tres semanas después de la fallida emboscada de Nahr-el-Kalb, Balduino se proclama rey de Jerusalén y se lanza a una doble tarea de organización y de conquista para consolidar lo conseguido durante la invasión. Ibn al-Qalanisi, al intentar comprender, casi un siglo después, qué es lo que ha empujado a los frany a venir a Oriente, atribuirá la iniciativa de este proceso al rey Balduino, «al-Bardawil», a quien consideraba, en cierto modo, el jefe de Occidente, lo cual no es falso pues aunque este caballero no ha sido más que uno de los numerosos responsables de la invasión, el historiador de Mosul acierta al considerarlo el principal artífice de la ocupación. Frente a la irremediable fragmentación del mundo árabe, los Estados francos van a manifestarse, de entrada, por su determinación, sus cualidades guerreras y su relativa solidaridad, como una auténtica potencia regional.

Sin embargo, los musulmanes disponen de una baza considerable: la gran inferioridad numérica de sus enemigos. Tras la caída de Jerusalén, la mayoría de los frany han regresado a sus países. Balduino no puede contar, cuando sube al trono, más que con unos cuantos cientos de caballeros. Pero esta aparente inferioridad se esfuma cuando, en 1101, llegan noticias de que se han concentrado en Constantinopla numerosos ejércitos francos, mucho más numerosos que los que se han visto hasta el momento.

Los primeros en alarmarse son, claro está, Kiliy Arslan y Danishmend, que aún se acuerdan del último paso de los frany por Asia Menor. Sin vacilar, deciden unir sus fuerzas para intentar cortar el camino a la nueva invasión. Los turcos ya no se atreven a aventurarse por la zona de Nicea o de Dorilea, que, desde hace tiempo, están firmemente dominadas por los rum. Prefieren intentar una nueva emboscada mucho más allá, en el sureste de Anatolia. Kiliy Arslan, que ha crecido en edad y experiencia, manda envenenar todas las aguadas a lo largo del camino que siguió la otra expedición.

En mayo de 1101, el sultán se entera de que han cruzado el Bosforo más de cien mil hombres al mando de Saint-Gilles, que residía en Bizancio desde hacía más de un año. Trata de seguir, paso a paso, sus movimientos para saber en qué momento sorprenderlos. La primera etapa debería ser Nicea. Pero, curiosamente, los exploradores apostados cerca de la antigua capital del sultán no los ven venir. Por la zona del mar de Mármara, e incluso en Constantinopla, no se sabe nada de ellos. Kiliy Arslan no vuelve a dar con su rastro hasta finales de junio, cuando irrumpen súbitamente ante los muros de una ciudad que le pertenece, Ankara, situada en el centro de Anatolia, en pleno territorio turco, y cuyo ataque no ha previsto en ningún momento. Incluso antes de que haya tenido tiempo de llegar, los frany ya la han tomado. Kiliy Arslan cree estar viviendo de nuevo el momento, cuatro años antes, de la caída de Nicea. Sin embargo, no es tiempo de lamentaciones, pues los occidentales ya están amenazando el propio corazón de sus dominios. Decide tenderles una emboscada en cuanto salgan de Ankara para reanudar la marcha hacia el sur. Pero, una vez más, está cometiendo un error: los invasores, dándole la espalda a Siria, marchan resueltamente hacia el nordeste, en dirección a Niksar, la poderosa fortaleza en que Danishmend tiene prisionero a Bohemundo. ¡Así que de eso se trata! ¡Los frany están intentando liberar al señor de Antioquía!

El sultán y su aliado empiezan entonces a entender, sin acabar de creérselo, el curioso itinerario de los invasores. Hasta cierto punto, ello los tranquiliza, pues ahora pueden escoger el lugar de la emboscada. Va a ser la aldea de Merzifun a la que los occidentales han de llegar en los primeros días de

agosto, agobiados bajo un sol de justicia. Su ejército no resulta nada impresionante. Unos cuantos cientos de caballeros que avanzan torpemente, doblados bajo el peso de unas armaduras recalentadas y, tras ellos, una abigarrada muchedumbre compuesta más por mujeres y niños que por auténticos combatientes. En cuanto la primera oleada de jinetes turcos se lanza al ataque, los frany huyen. No es una batalla sino una carnicería que se prolonga durante un día entero. A la caída de la noche, Saint-Gilles huye con sus allegados sin avisar siquiera al grueso del ejército. Al día siguiente rematan a los últimos supervivientes y capturan a miles de muchachas, que irán a poblar los harenes de Asia.

Apenas ha concluido la matanza de Merzifun cuando llegan unos mensajeros a alertar a Kiliy Arslan: una nueva expedición franca avanza ya por Asia Menor. Esta vez el itinerario no entraña ninguna sorpresa. Los guerreros de la cruz han tomado la ruta del sur y hasta que transcurren varios días no se dan cuenta de que el camino encierra una trampa. Cuando, a finales de agosto, llega del nordeste el sultán con sus jinetes, los frany, atormentados por la sed, agonizan ya. Los diezman sin que ofrezcan resistencia alguna.

No queda ahí la cosa. Una tercera expedición franca viene tras la segunda, por la misma ruta, con una semana de intervalo. Caballeros, soldados de infantería, mujeres, niños llegan, completamente deshidratados, cerca de la ciudad de Heraclea. Ya vislumbran el espejo de un río hacia el que se abalanzan todos, en desorden. Pero precisamente a la orilla de ese curso de agua los espera Kiliy Arslan…

Nunca se recuperarán los frany de esta triple matanza. Con la voluntad de expansión que los anima en estos años decisivos, la afluencia de tan gran número de nuevos recién llegados, combatientes o no, hubiera debido permitirles sin duda colonizar el conjunto del Oriente árabe antes de que a éste le hubiera dado tiempo a reponerse. Y sin embargo va a ser precisamente esta escasez de hombres el origen de la obra más duradera y más espectacular de los frany en tierras árabes: la edificación de castillos, ya que, para paliar la debilidad de sus efectivos, tendrán que construir unas fortalezas tan bien protegidas que un puñado de defensores pueda tener en jaque a una multitud de sitiadores. Pero, para superar la inferioridad numérica, los frany van a disponer, durante muchos años, de un arma aún más temible que sus fortalezas: el letargo del mundo árabe. Nada ilustra mejor este estado de cosas que la descripción que hará Ibn al- Atir de la extraordinaria batalla que se desarrolla ante Trípoli a principios de abril de 1102.

Saint-Gilles, Dios lo maldiga, volvió a Siria después de que lo aplastara Kiliy Arslan. No disponía más que de trescientos hombres. Entonces, Fajr el-Mulk, señor de Trípoli, mandó a decir al rey Dukak y al gobernador de Homs: «Ahora o nunca. Es el mejor momento para acabar con Saint-Gilles ya que tiene tan pocas tropas.» Dukak envió dos mil hombres y el gobernador de Homs acudió en persona. Las tropas de Trípoli se unieron a ellos ante las puertas de la ciudad y presentaron juntos batalla a Saint-Gilles. Éste lanzó a cien de sus soldados contra los de Trípoli, a otros cien contra los de Damasco, a cincuenta contra los de Homs y dejó a cincuenta a su lado. Nada más ver al enemigo, los de Homs huyeron y pronto los siguieron los damascenos. Sólo los