• No se han encontrado resultados

Los diplomáticos chilenos en el Reino de Italia, 1881-

Los diplomáticos chilenos en Italia, 1924-

I. Los diplomáticos chilenos en el Reino de Italia, 1881-

En 1881, cuando se acreditó por primera vez un representante en Roma, las relaciones con el Reino de Italia cumplían 18 años. Hasta entonces la Cancillería no estimó necesa- rio designar a un diplomático para que sirviera esa sede, probablemente por la compleja situación interna y externa por la que atravesaba Italia y, por otro lado, debido a que no

1 Carmen Gloria Duhart Mendiboure. Directora del Archivo Histórico General del Ministerio de Relaciones

Exteriores entre 1988 y 2016. En 1994 publicó España a través de los informes diplomáticos chlenos: 1929-1939, junto con Juan Eduardo Vargas y Juan Ricardo Couyoumdjian.

2 Macarena Carrió y Joaquín Fermandois, “Europa occidental y el desarrollo chileno, 1945-1973”, en Historia,

36, (2003), pp. 7 y 8.

3 Ibid, p.8.

4 Gonzalo Vial, Historia de Chile (1891-1973), Vol. I (Santiago, Editorial Santillana, 1981), pp. 324-329. 5 Joaquín Fermandois, Mundo y fin de mundo. Chile en la política mundial 1900-2004 (Santiago, Ediciones Universi-

36 Italia a través de los informes diplomáticos chilenos, 1924-1940

se consideraba que esa nación fuera de primera importancia en el mundo europeo. Por ello la misión de Chile era servida por el diplomático que residía en Berlín, eso hasta 1901, cuando Chile estableció una misión permanente en Roma. Hasta 1924, año en que se inician los informes que se incluyen en esta publicación, se desempeñaron como ministros plenipotenciarios 10 diplomáticos, siendo el primero Guillermo Matta Goye- nechea, nombrado como tal en 1881. Desde entonces y hasta 1901, quienes ocuparon ese cargo fueron también ministros plenipotenciarios en Berlín, donde residían, dejando así en evidencia que la representación en Roma era de segunda importancia en el Viejo Mundo. Si se mira el conjunto, se aprecia que esas figuras tenían ciertos rasgos comunes. Así, con la sola excepción de Ramón Subercaseaux, un reconocido conservador, los de- más eran liberales, a los que se suma un radical, orientaciones políticas que, al coincidir con las tendencias políticas de los gobiernos que los nominaron, posibilita sugerir la in- fluencia que la política tenía en sus destinaciones. No deja de llamar la atención —aun- que puede ser una simple coincidencia— que esa orientación política de los diplomáticos concuerde con la Italia liberal, y que Santiago designe a Ramón Subercaseaux, un con- servador, cuando en dicho país la derecha había llegado al poder. Se puede agregar, en esta breve descripción de esos representantes, que la mayoría correspondía a abogados que estudiaron en la Universidad de Chile; varios de ellos se desempeñaron, antes o des- pués de sus misiones, en cargos administrativos —intendente es el que más se repite— y que algunos tuvieron escaños parlamentarios —como diputado o senador—. En suma, podría sugerirse que los anteriores estaban al servicio del Estado, desempeñándose en diferentes puestos que conseguían gracias a sus méritos y, desde luego, a sus influencias ante el poder.

Ramón Subercaseaux fue propuesto, en 1897, por el presidente Errázuriz Echaurren como ministro plenipotenciario en Alemania e Italia. Una vez que el Senado aprobó su nombramiento, recibió las instrucciones correspondientes y se dedicó a estu- diar el “archivo de la doble delegación (de esos países que)… existía en el Ministerio”. Tenía seguridad de desenvolverse con éxito, puesto que, como él mismo lo narra, la diplomacia, si bien sería “un arte nuevo para mí,… no desconfiaba, porque tenía muy observados sus procedimientos… Sobre todo llevaba la fe de mis intenciones, que había de guiarme bien, en el supuesto que venía inspirado en mi gran deseo de servir con efi- cacia y con amplitud de miras”6. De acuerdo con lo que relata en sus Memorias, a fin de

año viajó de Berlín a Roma a presentarle sus credenciales al rey Humberto. Mientras se tramitaba su presentación en el Quirinal, visitó algunos cardenales, decisión que, tras ser conocida en Santiago, fue criticada en el Congreso, comentándose “que yo había pedido la venia al Papa” y que, por tal razón, el gobierno de Italia me había “hecho persona ingrata…, haciéndome sufrir larga espera antes de hacerme ver a Su Majestad”. Su des- cripción de la visita al rey, así como la recepción que ofrecieron los soberanos al cuerpo diplomático, retrotraen casi al Antiguo Régimen, al menos en lo que dice relación tanto con el protocolo y formalidades como con la elegancia y distinción que brotan de esas re- uniones. Quien lo cita para su presentación es un príncipe; viaja al palacio en un “carrua-

37 Estudio preliminar

je de gala”; lo recibe un conde y todos visten de gala y lucen sus condecoraciones. Habló en italiano con el rey, quien demostró buen conocimiento de las cosas de Chile, gracias a que, como sucedía siempre, recibían con antelación los antecedentes necesarios para desenvolverse en las audiencias con enviados extranjeros, “de una manera agradable a la vez que lucida”. La recepción de fin de año al cuerpo diplomático tuvo características similares; se trataba, sin embargo, de grandes cuestiones diplomáticas. Con Chile eran más bien escasas o de poca monta. Aun así la reina, al saludar a Subercaseaux, le mani- festó que debía ser “pesado… estar viajando entre Berlín y Roma, pues la distancia era larga”, comentario que, en lenguaje diplomático, parecía ser un mensaje para subrayar que en Roma se estimaba que “Chile debía dedicarles una misión fija”7. “Hacerlas así es

este arte: tenerse siempre en situación de alcanzar lo que vaya conviniendo al país que lo tiene a uno acreditado…”. Este objetivo se podía alcanzar —reflexionaba Suberca- seaux— aplicando las enseñanzas de dos escuelas: “una de pura corrección en todo, y se mueve como los relojes por la cuerda, cumpliendo las instrucciones de quien correspon- de; la otra es de iniciativa; el agente ve y aprecia las circunstancias, informa a su gobierno y procede sin esperar mucho detalles ni fórmulas; conoce los negocios; tiene el bien de su país y adelante”. Esta era la que le acomodaba, por su carácter y porque le “parecía hasta absurdo pasarlo esperando inspiraciones de La Moneda, situada a tres mil leguas”8.

La independencia que de hecho establecía la falta de comunicaciones inducía a actuar a los diplomáticos de la manera indicada, con el riesgo de que se saltaran las instrucciones, crearan situaciones delicadas o hicieran planteamientos que sus respectivas cancillerías, al conocerlos, debían desacreditarlos.

El hecho de que Italia no tuviera la importancia diplomática de Inglaterra, Francia y Alemania, no significaba que no surgieran cuestiones que, como lo eran todas aquellas relacionadas con los problemas limítrofes con los países vecinos, eran de gran significación para nuestra Cancillería. En 1898, por ejemplo, se le ordenaba a Suberca- seaux que se trasladara con urgencia a Roma. Las relaciones con Argentina pasaban por un momento crítico y había que evitar que sus agentes consiguieran el apoyo de Italia para “combatir diplomáticamente contra nosotros en Europa entera”; e impedir que recibieran los cuatro acorazados que se construían en astilleros italianos9. De las armas

que utilizó el diplomático chileno, solo se sabe que dieron fruto, toda vez que, como re- sultado de ellas, el gobierno italiano le propuso a Chile que si compraba dos acorazados, los encargados por Argentina no saldrían hasta que no estuvieran listos los que ordenara La Moneda. Las gestiones, finalmente, no prosperaron, al preferir la marina chilena los barcos fabricados en astilleros ingleses. La guerra, con todo, parecía inevitable. Así lo estimaba la Cancillería y la prensa italiana, hasta que se anunció que se había acordado un “avenimiento arbitral”. La noticia habría sido muy bien recibida en Roma, al evitar —o postergar— un conflicto que, en parte por la gran emigración de italianos a Argen- tina, supondría una fuente de “incidentes peligrosos y complejos”. Quizás por lo mismo

7 Ibid, p. 127. 8 Ibid, pp. 164-165. 9 Ibid, p. 157.

38 Italia a través de los informes diplomáticos chilenos, 1924-1940

el rey Humberto, en un encuentro, se acercó a Subercaseaux y, tras “hablarle con aten- ción especial”, se dirigió a los diplomáticos presentes, diciendo que el arbitraje al que se había llegado era “una lección para todos nosotros”10. Se podrían relatar otras acciones

de Subercaseaux, como sus esfuerzos para que se firmara un tratado de comercio o sus diligencias para que el Vaticano nombrara un cardenal chileno. Las mencionadas, con todo, parecen suficientes para sugerir el trabajo de un diplomático chileno destinado a Roma, el que quizás sea similar al que debieron realizar sus sucesores, si bien estos últi- mos —particularmente los autores de los informes que se reproducen— se diferencian de Subercaseaux en que elaboraron informes más o menos detallados acerca de la situación europea en general e italiana en particular. Sobre esa base la Cancillería chilena adopta- ba decisiones, sin modificar, en todo caso, ese dogma al que se aferró desde el siglo XIX: cultivar las mejores relaciones con Londres, París y Berlín. De ahí que, al estallar la gue- rra en 1914, no se dudara de que lo que correspondía era no abanderizarse y, antes bien, llevar a la práctica una “cuidadosa neutralidad”11. En ese mundo se moverán nuestros

diplomáticos en Europa, incluido por cierto nuestro representante en Roma.

Enrique Villegas Echiburú es tal vez el diplomático más importante de este pe- riodo, toda vez que permaneció en su cargo desde 1916 hasta 1930. Había estudiado derecho en la Universidad de Chile, recibiendo su diploma de abogado en 1896. Militó en el partido Liberal Democrático, en cuya representación fue elegido diputado entre 1900 y 1909 por Copiapó, Chañaral, Vallenar y Freirina (en tres periodos consecutivos); y entre 1912 y 1915 por Antofagasta, Taltal y Tocopilla (dos periodos) y un periodo por la agrupación separada de Taltal y Tocopilla. Durante su actuación parlamentaria integró las comisiones de Educación y Beneficencia; Obras Públicas; Industria; Policía Interior; Relaciones Exteriores y Colonización12. Siempre dentro de su labor política, es

importante mencionar que ocupó la cartera de Justicia e Instrucción Pública, entre 1912 y 1913; Relaciones Exteriores entre 1913 y 1914 y subrogó al ministro de Industrias, Obras Públicas y Ferrocarriles en 1915. Al año siguiente inicia su carrera diplomática, al ser designado ministro plenipotenciario en Roma, habiendo sido elevada la representa- ción al rango de embajada, en 1924. En esta destinación permanece hasta 1930, cuando es nombrado embajador extraordinario y ministro plenipotenciario en Londres.

En sus comunicaciones se aprecia que la situación interna de Italia está siempre presente. Lo interesante de sus análisis —espigando en algunos de ellos— es que recogen con bastante precisión el clima que se vivía en ese país a raíz de la oposición de los aliados a las “reivindicaciones territoriales” que pedía Roma (el puerto de Fiume, entre otras), subrayando los durísimos ataques que recibió el presidente Wilson a raíz de su rechazo a esas reclamaciones y, en fin, las consecuencias políticas internas —la caída del gabinete— que se derivaron de esa situación. Se concluía ese informe precisando que el “quebranto

10 Ibid, p. 163.

11 Fermandois, Mundo y Fin de Mundo, p.78.

12 Congreso Nacional, “Historia Política Legislativa del Congreso Nacional de Chile. Reseña Biográfica Parla-

mentaria”, en http://historiapolitica.bcn.cl/resenas_parlamentarias#p=1,f=0,r=6 [Última visita: 07 de junio de 2016, 10:39]

39 Estudio preliminar

producido entre Italia y sus aliados no podrá fácilmente remediarse. Las personas más partidarias de la intervención de Italia en la pasada guerra no ocultan sus sentimientos de amargura y desilusión y muchos llegan a creer que las circunstancias obligarán fatalmen- te a este país a gravitar de nuevo hacia Alemania. Aun cuando considero esta creencia un poco exagerada, no la retengo imposible…”13. Villegas Echiburú, como era lógico, no

limitó su correspondencia a los asuntos italianos. Lo que sucedía fuera de sus fronteras era también objeto de su interés, transmitiendo sobre todo las dificultades para que la paz fuera una realidad y advirtiendo, en 1923, que la “situación política europea atraviesa por un momento excepcionalmente delicado”, a propósito de los problemas no resueltos entre Alemania, Francia e Inglaterra, destacando el llamado de Pío XI para que se ponga fin a esta “situación de rencor y de desconfianza mutua que se prolonga todavía después de haber transcurrido más de cuatro años de la celebración del Tratado de Paz”14.

Documento similar