• No se han encontrado resultados

2 Los dos Dunkerques

In document La Guerra de Churchill - Max Hastings (página 49-70)

El 28 de m ay o Churchill recibió la noticia de que los belgas se habían rendido al am anecer. Reprim ió para después su ira y am argura, aunque fueran inj ustificadas, pues era evidente que los belgas no tenían ninguna posibilidad de seguir en com bate. Sim plem ente se lim itó a com entar que no era él quien debía j uzgar la decisión del rey Leopoldo. Durante la noche habían sido evacuados de Dunkerque unos pocos m iles de soldados británicos, pero Gort era pesim ista en lo concerniente al destino de los m ás de doscientos m il que seguían en el continente, expuestos al abrum ador poder aéreo de Alem ania. « Y aquí estam os de nuevo, en las costas de Francia en las que hace ocho m eses desem barcam os con tantas esperanzas» , escribió ese día Pownall, j efe del Estado May or de Gort. « Creo que som os un grupo valeroso, cuy os esfuerzos no m erecen este aciago final… Aunque tal vez no tengam os la m ism a destreza, sin duda superam os a los alem anes en coraj e y resistencia» . El ej ercicio de autocrítica que supone este com entario de Pownall sobre la escasa profesionalidad del ej ército británico estuvo en la m ente de sus inteligentes soldados hasta el fin de la guerra en 1945.

Aquella tarde, en el curso de una reunión del gabinete de guerra celebrada en el despacho de Churchill en la Cám ara de los Com unes, el prim er m inistro volvió a rechazar, por últim a vez, los planteam ientos de Halifax en el sentido de que el gobierno podía conseguir unas condiciones de paz m ás favorables antes de que Francia se rindiera y las fábricas aeronáuticas británicas fueran arrasadas. Cham berlain, tan indeciso com o siem pre, se decantó entonces por apoy ar al secretario de Exteriores en su exigencia de que Gran Bretaña debía considerar cualquier « propuesta de paz digna si ésta llegaba» . Churchill replicó que la probabilidad de que Hitler m ostrara tanta generosidad era una entre m il, y les advirtió que « las naciones que perdían com batiendo volvían a resurgir, pero que las que se rendían sum isam ente estaban acabadas» . Los laboristas Attlee y Greenwood apoy aron la opinión de Churchill. Aquel debate supuso la últim a oposición de los viej os apaciguadores. En privado, siguieron pensando, al igual que el antiguo prim er m inistro Lloy d George, que antes o después sería

im prescindible entablar negociaciones con Alem ania. Incluso el 17 de j unio el em baj ador sueco llegó a m anifestar en un inform e a Halifax y a su subsecretario, R. A. Butler, que no se perm itiría que « intransigencia» alguna se interpusiera en el cam ino de una paz con « condiciones razonables» . Andrew Roberts ha sabido defender de m anera convincente que Halifax no fue partícipe directo de los com entarios realizados durante una conversación fortuita que m antuvieron Butler y el em baj ador. No obstante, sigue siendo insólito el hecho de que algunos historiadores hay an intentado enj uiciar las opiniones acerca de la actitud del secretario de Exteriores durante el verano de 1940. Ésta no fue deshonrosa; un espíritu tan elevado nunca habría podido actuar así. Pero fue cobarde.

Inm ediatam ente después de la reunión del 28 de m ay o, otros veinticinco m inistros —todos los que no estaban incluidos en el gabinete de guerra— entraron en el despacho del prim er m inistro para que éste les inform ara. Churchill describió la situación en Dunkerque, les advirtió de la rendición de Francia y expresó su convicción de que Gran Bretaña debía seguir resistiendo. « Estuvo realm ente m agnífico» , escribió Hugh Dalton, m inistro de Econom ía de Guerra, « era el hom bre, y el único hom bre que teníam os, para un m om ento com o ése… Estaba firm em ente decidido a preparar a la opinión pública para las m alas noticias… Era evidente que intentarían invadirnos» . Churchill dij o a los m inistros que había considerado la posibilidad de negociar con « ese hom bre» , y la había descartado. La posición de Gran Bretaña, con su flota y sus fuerzas aéreas, seguía siendo sólida.

Term inó su discurso con una espléndida arenga: « Estoy convencido de que cada uno de ustedes estaría dispuesto a saltar de su silla para apartarm e de m i puesto si y o llegara a contem plar por un m om ento la posibilidad de parlam entar o de presentar la rendición. Si la larga historia de nuestra isla está por llegar a su fin, que acabe sólo cuando cada uno de nosotros y azca en el suelo ahogado por su propia sangre» .

Era recibido con una gran ovación en todas las asam bleas de m inistros. No se oían voces de disenso. Aquella reunión supuso para él un triunfo personal absoluto. Inform ó de sus resultados al gabinete de guerra. Aquella noche el gobierno británico com unicó a Rey naud en París su rechazo a la m ediación de los italianos para llegar a un acuerdo de paz. Se descartó la idea de Halifax de lanzar un llam am iento directo a Estados Unidos. Una postura enérgica ante Alem ania, repitió Churchill, resultaba m ucho m ás significativa que un « servil llam am iento» en un m om ento com o aquél. En la reunión del gabinete de guerra del día siguiente se discutieron las nuevas órdenes que Gort debía recibir. Halifax era partidario de dej ar la capitulación a la discreción del com andante en j efe. Churchill no estaba ni siquiera dispuesto a oír hablar de ello. Gort recibió la orden de seguir peleando, al m enos hasta que fuera im posible cualquier evacuación

desde Dunkerque. Consciente de los posibles reproches por parte de los aliados, indicó al Departam ento de Guerra que a los soldados franceses de la zona debía perm itírseles el acceso a los barcos británicos. Com unicó a Rey naud su determ inación de crear una nueva fuerza expedicionaria británica, con base en el puerto atlántico de Saint-Nazaire, para com batir j unto al ej ército francés en el oeste.

A lo largo de todos aquellos días se siguieron llevando a cabo operaciones de evacuación en puertos y play as; evacuaciones que se veían obstaculizadas por la falta de naves pequeñas que trasladaran a los soldados hasta los buques, deficiencia que el Alm irantazgo se esforzó en superar pidiendo públicam ente em barcaciones apropiadas. La historia ha revestido el episodio de Dunkerque de una dignidad que, a oj os de los que participaron en él, no fue tan evidente. John Horsfall, com andante de una com pañía de los Reales Fusileros Irlandeses, com entó a unos de sus j óvenes oficiales: « Espero que se dé cuenta de la distinción de la que es obj eto. En estos m om entos está siendo partícipe del m ay or grado de caos m ilitar j am ás alcanzado por el ej ército británico» . Un gran núm ero de soldados rasos regresó de Francia nutriendo m ucho resentim iento hacia la j erarquía m ilitar que los había expuesto a una situación tan peliaguda. Horsfall advirtió que en la últim a etapa de la m archa hacia las play as sus hom bres se m ostraban inconcebiblem ente silenciosos: « Había un lím ite a lo que cualquiera de nosotros podía soportar, con todas aquellas roj as bolas de fuego llam eantes que incendiaban el cielo una y otra vez, y supongo que habíam os llegado a ese punto en el que y a no hay nada que decir» . Al grupo se le unió un com andante de artillería m ontada, elegantem ente vestido con sus pantalones de m ontar —propios de una de las sastrerías de Savile Road— y su gorra escarlata y dorada, que dij o: « Yo y a estoy curado de espantos, m uchacho. Estuve en Mons [en 1914]» . A la espera de un barco, Edward Fox, un j oven oficial de los Granaderos de la Guardia, pasó largas horas ley endo una copia de la traducción de George Chapm an de las obras de Hom ero que encontró entre la arena. Hasta el final de sus días, Ford nunca dej ó de preguntarse con insatisfecha curiosidad quién pudo haber abandonado su ej em plar de este clásico del célebre poeta y traductor inglés entre el detritus de la play a.

Aunque la m arina real británica se aj ustó a su m ej or tradición para llevar a cabo la em presa de Dunkerque, m uchos hom bres sólo percibieron un caos absoluto. « Me parece increíble que la organización del trabaj o en la play a hay a sido tan nefasta» , escribe el teniente Robert Hichens del dragam inas Niger, a la vez que m anifiesta su adm iración por la ausencia de pánico entre los soldados que debían em barcar.

Se nos dijo que habría muchísimas embarcaciones y que el embarque de los soldados iba a estar perfectamente organizado… Ésa era la razón

por la que se había procedido al traslado de todas aquellas pequeñas embarcaciones desde Inglaterra… La única conclusión a la que se podía llegar era que los civiles y las barcas habían zarpado rumbo a casa con unos cuantos hombres a bordo en vez de quedarse allí para cumplir su cometido, esto es, hacer los viajes de traslado a los buques. En cuanto a la organización en la playa, ésta simplemente brillaba por su ausencia… A cualquiera le pone bastante enfermo oír en la radio el bombo que se da a los organizadores del espectáculo de las playas y el modo con el que se les condecora con la Orden del Servicio Distinguido, pues jamás he visto un desorden más desafortunado y tanta falta de organización… De haber desembarcado a unos cuantos oficiales con un par de centenares de marineros… la evacuación de las playas se habría producido de manera bien distinta… Cuando por fin se izaron las barcas, me di cuenta de lo agotado y lo ronco que estaba, además de empapado. Luego bebí algo y me cambié. En mi camarote había un individuo muy interesante, oficial de artillería. Todos parecían muy impresionados por los bombarderos en picado y su elevado número, así como por la eficiencia en general de las fuerzas alemanas. Los soldados no es que levanten el ánimo precisamente, pues el cansancio ha hecho mella en ellos, circunstancia que suscita cierto pesimismo, y han permanecido aislados durante bastante tiempo.

Ese oficial de artillería ni siquiera tenía conocim iento de que Churchill había sustituido a Cham berlain com o prim er m inistro.

Pownall se trasladó a Londres desde Francia con el fin de explicar el 30 de m ay o ante el Com ité de Defensa los planes de Gort para retener el perím etro de Dunkerque. « Ninguno de los presentes» , escribió Ian Jacob, de la secretaría del gabinete de guerra, « creía que podían tener éxito si las divisiones blindadas alem anas, apoy adas por la Luftwaffe, presionaban con sus ataques» . Ni que decir tiene que el hecho de que no se « presionara» con ningún ataque fue com o un regalo llovido del cielo. Siem pre que pudieron, a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, los victoriosos ej ércitos alem anes m ostraron de m anera m ucho m ás consistente un m ay or em peño por com pletar la destrucción de sus enem igos que lo que lo hicieron los aliados en circunstancias ventaj osas sim ilares. Dunkerque no fue una excepción. La m ay oría de los hom bres de la BEF logró escapar no por una pasividad de Hitler, sino gracias a una com binación de azar y error de j uicio. El hecho en sí de salir airosos de aquella situación generó, m ás allá de lo que pudieran pensar los alem anes, enorm es problem as. Los com andantes estaban obsesionados por com pletar la derrota de las fuerzas de Wey gand, de las que un núm ero im portante seguía intacto. El paisaj e roto de los alrededores de Dunkerque era apropiado para establecer una buena defensa. El I Ej ército francés, situado al sur del puerto, entretuvo a un notable contingente de

fuerzas alem anas durante el período crítico de la huida de la BEF, factor que en su m om ento no fue valorado por los británicos com o se debía.

El 24 de m ay o Von Rundstedt, al m ando del Grupo de Ej ércitos A, ordenó a sus tanques, cuy a logística exigía hacer urgentem ente un alto, que no cruzaran el canal de Aa y que acabaran con los « rem anentes» británicos, que era cóm o se percibía en aquellos m om entos al ej ército de Gort. Hitler apoy ó su decisión. Com partía los deseos de Goering de dem ostrar que su aviación podía encargarse de com pletar la destrucción de la BEF. No obstante, en palabras de las voces m ás autorizadas de la historia de Alem ania, « la Luftwaffe, extrem adam ente debilitada por operaciones anteriores, no estaba capacitada para satisfacer lo que se le exigía» . Durante el m es de m ay o las fuerzas aéreas de Goering perdieron m il cuarenta y cuatro aparatos, una cuarta parte de ellos cazas. Gracias a los esfuerzos realizados en Dunkerque por el Mando de Cazas de la RAF, en el diario de guerra del IV Ej ército alem án se escribiría el día 25 la siguiente nota: « El enem igo ha m ostrado su superioridad aérea. Para nosotros se trata de un hecho insólito en esta cam paña» . El 3 de j unio las fuerzas aéreas alem anas se alej aron de Dunkerque para dedicarse a ej ercer m ay or presión sobre los franceses m ediante el bom bardeo de obj etivos en los alrededores de París.

Casi toda la Fuerza de Ataque Aéreo de la RAF quedó reducida a chatarra a lo largo de la costa del norte de Francia. Da la im presión de que a los alem anes prácticam ente no les im portara que unos pocos m iles de soldados británicos lograran escapar con sus uniform es cubiertos de salitre m ientras dej aban atrás los instrum entos propios de un ej ército m oderno (tanques, cañones, cam iones, am etralladoras y equipos diversos). El hecho de que Hitler no lograra com pletar la destrucción de la BEF supondría un error histórico garrafal, pero un error que no sorprendió en m edio de la m agnitud de las victorias y dilem as de los alem anes en los últim os días de m ay o de 1940. Cuando regresaran al continente para las cam pañas de 1943-1945, los aliados, con m uchísim a m ás superioridad, serían responsables de una serie de equivocaciones estratégicas m ucho peores.

Ian Jacob fue uno de los que quedó im presionado por la calm a con que Churchill recibió el inform e de Pownall sobre la situación en Dunkerque el 30 de m ay o. Fue entonces cuando el gabinete de guerra tuvo que discutir otra serie de peticiones de los franceses: tropas de ay uda en el frente del Som m e, m ás aviones, concesiones a Italia y un llam am iento conj unto a Washington. Churchill interpretó que esas dem andas iban a servir para establecer el contexto de la rendición de Francia cuando Inglaterra se negara a atenderlas. Se tom ó la decisión de retirar a las últim as fuerzas británicas del norte de Noruega. El prim er m inistro quiso volar de nuevo a París para presionar a Francia a seguir en la guerra y para dej ar bien claro que Gran Bretaña no participaría j am ás en ninguna negociación de paz con Alem ania que hubiera sido m ediada por los

italianos. A la m añana siguiente, cuando partió a bordo de su Flam ingo desde Northolt, Churchill y a sabía que 133 878 soldados británicos y 11 666 soldados aliados habían sido evacuados de Dunkerque.

El general sir Edward Spears, un viej o am igo del prim er m inistro al que sus com pañeros de oficio consideraban un charlatán, estaba actuando de nuevo com o oficial británico de enlace con los franceses, papel que y a había ej ercido durante la prim era guerra m undial. Spears, que esperó la llegada del grupo británico en el aeródrom o de Villa-Coubray, quedó sorprendido ante la fingida alegría del prim er m inistro inglés. A m odo de brom a, Churchill dio un golpe en el estóm ago del oficial británico con su bastón, y parecía m ás entusiasm ado que nunca de hallarse en el escenario de unos grandes acontecim ientos. Con gran com placencia, sonrió a los pilotos de los Hurricanes que lo habían escoltado y que acababan de aterrizar, tras lo cual fue conducido hasta París para alm orzar en la em baj ada británica, y luego fue trasladado al Ministerio de la Guerra francés para entrevistarse con Rey naud.

En m edio de la pesadum bre que reinaba entre todos los líderes franceses, reunidos j unto con su prim er m inistro, Pétain y el alm irante Jean François Darlan parecían los m ás apesadum brados. Com o com entaría Ism ay : « Un anciano de rostro abatido, vestido con ropas sencillas, avanzó cabizbaj o hacia m í, extendió su m ano y m urm uró, “Pétain”. Costaba creer que se trataba del gran m ariscal de Francia» . Los que se consideraban racionalistas escucharon im pasibles el retórico discurso de Churchill. El prim er m inistro inglés habló de las dos divisiones británicas que y a se encontraban en el noroeste de Francia, y que esperaba que pudieran verse reforzadas para ay udar en la defensa de París. Describió en térm inos dram áticos lo acontecido en Dunkerque. En su extraordinario « franglés» , reforzado por gestos, declaró que los soldados franceses y británicos partirían cogidos del brazo, « partage; bras dessous, bras dessous» . Según órdenes del gobierno, Gort debía salir de Dunkerque aquella m ism a noche. Si, com o se esperaba, Italia entraba en guerra, los escuadrones de bom barderos británicos atacarían inm ediatam ente las industrias de este país. El rostro de Churchill volvió a ilum inarse con una sonrisa. Si Francia conseguía resistir durante el verano, dij o, se abriría todo un abanico de posibilidades. En un últim o arrebato de em oción, m anifestó su convicción de que la ay uda de Estados Unidos no tardaría en llegar. Así fue com o concluy ó el orden del día de la decim otercera reunión del Consej o Suprem o de Guerra aliado.

Rey naud y otros dos m inistros fueron invitados a cenar aquella noche en la palaciega em baj ada británica de la rué Saint-Honoré. Churchill habló con gran vehem encia y pasión sobre la posibilidad de lanzar fuerzas de ataque contra las colum nas de blindados alem anas. A la m añana siguiente abandonó París sabiendo que había hecho todo lo hum anam ente posible para dar aliento a los corazones de los hom bres encargados de la salvación de Francia. Pero pocos tenían fe en sus

palabras. La apurada situación m ilitar de los aliados era terriblem ente desastrosa. Visto el desánim o y el abatim iento de la nación francesa, era im posible concebir un escenario creíble en el que poder repeler a los ej ércitos de Hitler.

Paul Rey naud fue uno de los pocos franceses que, al m enos

In document La Guerra de Churchill - Max Hastings (página 49-70)

Documento similar