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Los emperadores paganos vistos retrospectivamente

In document Historia Criminal Del Cristianismo I (página 158-162)

Los alaridos triunfales de los cristianos empezaron hacia el año 314, por obra de Lactancio. Su panfleto Sobre las muertes de los perseguidores es tan ruin por la elección de su tema, por su estilo y por su nivel, que durante mucho tiempo se quiso negar la autoría del Cicero christianus, aunque hoy la autenticidad se considera (casi) indiscutible. Pocos insultos ahorra Lactancio a los emperadores romanos en su escrito, publicado en Galia mientras educaba a Crispo, hijo de Constantino: “Enemigos de Dios”, “tiranos”, a los que compara con los lobos y describe como fieras, “bestias”. Apenas acababa de cambiar el ambiente político, comenta Campenhausen, y ya “la vieja ideología de mártires y perseguidos desaparece de la Iglesia como si se la hubiese llevado el viento, reemplazada por su contraria”.368

“tan pronto como cesó la persecución las comunidades florecieron de nuevo y más que antes”, Von Jesús bis Justinian 100 ss. Tusculum Lexikon 167. dtv Lex. Antike, Geschichte II 284. Greg. Tur, in glor. mart. 48. C. Schneider, Die Christen 322 s. El mismo, Geistesgeschichte II 300. Últimamente ha escrito un moderno cuento de terror sobre “la masacre de Lyon” H.D. Stover en Christen verfolgung im Rómischen Reich. Ihre Hintergründe und Folgen 78ff.

366 Cf. p.e. el papa Pío XI durante la guerra civil española: Deschner, Heilsgeschichte 1530 s. 367Euseb. h.e. 8.7.1. Wallace-Hadrill 539. G.E.M. de Ste. Croix, Harvard Theol. Rev. 47,1954,101 s.

Según R.M. Grant, Christen 15.

368 Lact. div. inst. 3,17,41. de mort. pers. 5; 52. dtv Lex. Antike, Philosophie III, 26. V.

Aunque perseguidor de los cristianos, el emperador Decio (249-251) se había propuesto gobernar pacíficamente, según dejó consignado en sus monedas (pax

provinciae), y según las fuentes históricas fue un hombre de excelentes cualidades, hasta

que cayó derrotado ante el caudillo de los godos Kniva y murió en Abrittus, lugar correspondiente a la actual región de la Dobruja. Pues bien, Decio fue para Lactancio “un enemigo de Dios”, “un monstruo abominable” que mereció acabar pasto de “las fieras y los buitres”. De Valeriano (253-260), que también persiguió a los cristianos y que murió prisionero de los persas, afirma Lactancia que “le arrancaron la piel, que fue curtida con tinte rojo para ser expuesta en el templo de los dioses bárbaros como recordatorio de aquel gran triunfo”. Diocleciano (284-305), que había empleado a lactancia como rhetor latinus en Nicomedia cuando era un pobretón y que luego, durante las persecuciones y residiendo Lactancio en la capital imperial, no le tocó ni un hilo de la ropa, merece el apelativo de “grande en la invención de crímenes”. En cuanto a Maximiano (285-305), corregente con Diocleciano, según cuenta Lactancio “no era capaz de negarse a ninguna satisfacción de sus bajas pasiones”: “Por doquiera que iba, allí arrebataban a las doncellas de los brazos de sus padres para ponerlas a su disposición”.369

Pero el peor “de los malvados que hayan alentado jamás” fue el emperador Galerio (305-311), yerno de Diocleciano; Lactancio le considera el verdadero inspirador de los pogromos iniciados en 303, en los que se propuso “maltratar a todo el género humano”. Cuando “el miserable quería divertirse”, llamaba a uno de sus osos, “en fiereza y corpulencia comparable a él mismo”, y le echaba seres humanos para comer. “Y mientras le destrozaba los miembros a la víctima, él reía, de manera que allí nunca se cenaba sin acompañarse del derramamiento de sangre humana”, “la hoguera, las crucifixiones y las fieras eran el pan de cada día”, y “reinaba la arbitrariedad más absoluta”. Los impuestos eran tan abusivos que personas y animales domésticos morían de inanición, y “sólo sobrevivían los mendigos. [...] Pero hete aquí que aquel soberano tan compasivo se acordó de ellos también, y queriendo poner fin a sus penalidades hizo que los reunieran para sacarlos en barcas al mar y ahogarlos allí”.370

Rossetti 115 ss.

369 Lact. de morí. pers. 4; 5; 7. Cf. Aur. Vict. 32,5. Epit. Caes. 32,6. Eutr. 9,7. ZOs. 1,36,2. Oros.

7,22,4. lord. Get. 18. Pauly 11411; III 438 s; V 1098. V. Campenhausen, Lateinische Kirchenváter 58, 60. Lissner 242 s. Grant, Das Rómische Reich 32, 281. (La frase atribuida a Decio: “Preferiría recibir la noticia de que un rival me disputa el trono, antes que tener en Roma a un segundo obispo», si no es verdadera por lo menos resulta ingeniosa. Un siglo después de la muerte de Diocleciano fue robado su cadáver, junto con el sarcófago de pórfido rojo, del mausoleo de su gigantesco palacio, en cuyo solar se alzaron en 1926 nada menos que 278 viviendas para 3200 habitantes; el cristianismo se vengó además del difunto convirtiendo en iglesia la morada que el emperador había previsto para su eterno descanso, y que hoy es la catedral de Spalato, la actual Spiit de Yugoslavia.) ^

370 Lact. de mort. pers. 9; 21 ss. dtv Lex. Antike II 42. Lexikon der alten Weit 1017 s. Moreau, die

Christen verfolgung 100 ss.

¡La historiografía cristiana!

Al mismo tiempo, Lactancio no deja de asegurar, en esta “primera aportación del cristianismo a la filosofía y la teología de la historia” (Pichón), que ha “recopilado todos estos hechos [...] con la fidelidad más concienzuda, a fin de que no se pierda el recuerdo de los mismos y que ningún historiador futuro pueda desfigurar la verdad.”371

El castigo de Dios alcanzó a Galeno en forma de cáncer, “una llaga maligna en la parte más baja de los genitales”, mientras Eusebio, más pudoroso, prefiere aludir a aquellas partes “que no se nombran”. Posteriormente, otros tratadistas eclesiásticos como Rufino y Orosio inventaron la leyenda de un suicidio. En cambio, Lactancio, después de establecer la fama de Galerio en la historiografía como “bárbaro salvaje” (Altendorf), dedica varias páginas a describir con regodeo la evolución de la enfermedad (el léxico es similar al utilizado en otro pasaje donde explica, siguiendo el ejemplo del obispo Cipriano, las satisfacciones que experimentarán los elegidos cuando contemplen el suplicio eterno de los condenados): “El cuerpo se cubre de gusanos. El hedor no sólo invade el palacio, sino que se propaga por toda la ciudad. [...] Los gusanos lo devoran vivo y el cuerpo se disuelve en una podredumbre generalizada, entre dolores insoportables...”. El obispo Eusebio añadía a su relato esta apostilla: “De los médicos, los que no pudieron resistir aquel hedor repugnante por encima de toda medida fueron abatidos allí mismo, y los que luego no supieron hallar remedio, juzgados y ejecutados sin, compasión”.372

¡La historiografía cristiana!

El caso es que Galerio, cuya agonía nos pintan los padres de la Iglesia sin ahorrar ninguno de los tópicos antiguos, aunque enfermo de muerte llegó a firmar, el 30 de abril de 311, el llamado “Edicto de tolerancia de Nicomedia”, por el que ponía fin a las persecuciones contra los cristianos (en principio justificadas, en esta ocasión como en otras, por la doctrina de Diocleciano sobre la supremacía del Estado) y proclamaba que el cristianismo era una religió licita. Incluso les autorizaba a reconstruir sus iglesias “bajo la condición de que no contravengan las leyes en manera alguna”. Con esta Carta Magna, aunque concebida en términos no excesivamente amistosos, Galerio, que efectivamente murió pocos días después en Serdica, “dejó un loable testimonio de su honestidad personal”, según Hónn, ya que “por primera vez en la historia, los cristianos quedaban en cierto modo legalizados” (Grant).373

371 Lact. de mort. pers. 52. R. Pichón, Lactance, 1901, 426, cit. s/Prete, Der geschichtiiche

Hintergrund 504.

372 Lact. de mort. pers. 9,2; 33 ss. div. inst. 7,26,7; Euseb. h.e. 8,16,3 ss. Cf. Epit. Caes. 40.4. Rufín

h.e. 8,13. Oros. 7,28,11. Altendorf, Galerius 795 s.

373El edicto fue promulgado también en nombre del emperador Licinio y de Constantino, pero no

en el de Maximino. Euseb. h.e. 8,17,1ss; 9.1.1. Cf. Lact. de mort. pers. 24. Pauly III 1110. Hónn 104 Grant, Das Rómische Reich 288. Vogt, Constantin der Grosse RAC III 317 s. Altendorf, Galerius RAC VIII 789, 971 ss. Podemos desentendernos de las disputas entre sabios acerca de si fue una autorización o “sólo indulgencia” (Schwartz).

Galerio se había adjudicado las provincias danubianas y la región balcánica; estableció su residencia principal en Sirmium y quiso renovar el imperio, en lo político así como en lo religioso, con arreglo a las reglas establecidas por Diocleciano. No fue un monstruo como nos lo pintan las plumas de Lactancio y demás padres de la Iglesia sino, tal como nos lo describen otras fuentes más fiables, un soberano justo y bien intencionado, aunque ciertamente algo inculto. Aurelio Víctor, prefecto de Roma en 389 y autor de una historia de los emperadores romanos, dice que había sido pastor y que, pese a ser “de modales rudos” y “carente de educación”, poseía otras “cualidades con que le había distinguido la naturaleza”; entre otras cosas elogia la colonización de nuevas tierras en Panonia (a la que llamó provincia Valeria, por el nombre de su esposa, que fue quien influyó en su ánimo a favor de los cristianos), con la puesta en explotación de bosques

inmensos y la construcción de un canal entre el lago Pelso (el actual Balatóa,

posiblemente) y el Danubio.374

Pero Lactancio, eso sí, el mismo que poco antes, cuando los cristianos aún eran perseguidos, exclamaba: “Que cese la violencia; no más injusticia; la religión no puede imponerse”; “con palabras y no con varas hay que propugnar la causa, sea cual sea”; “mediante la paciencia, no con la crueldad; mediante la fe, no con el crimen”; el que afirmaba que “la raíz de toda justicia y el fundamento de todo sentido común” se condensaban en el principio de “no hagas con los demás lo que no quisieras que hicieran contigo mismo; por nuestro propio ánimo podremos colegir lo que hay en el del prójimo”; ese Lactancio es el que luego afirma que los soberanos de los gentiles eran “criminales ante Dios”, y celebra que hayan sido “exterminados de raíz con toda su ralea”. “Ya yacen postrados en el suelo aquéllos que pretendían desafiar a Dios; los que derribaron el Templo tardaron en caer, pero han caído mucho más bajo y tuvieron el fin que merecían.” En cambio, el padre de la Iglesia sólo encuentra elogios para las matanzas perpetradas por Constantino con los prisioneros francos en el anfiteatro de Tréveris. Exultante de gratitud, en el epílogo de su De las muertes de los perseguidores, celebra que “la misericordia eterna del Señor se ha dignado mirar hacia la tierra y rescatar a sus ovejas, que andaban dispersas y perseguidas por los lobos sanguinarios, reuniéndolas de nuevo y poniéndolas a salvo, y exterminando a las fieras malvadas. [...] El Señor los aniquiló y los ha borrado de la faz de la tierra; cantemos, pues, el triunfo del Señor, celebremos la victoria del Señor con himnos de alabanza....”.375

374 Aurel. Vict. 40,9. Eutrop. brev. 10,2. Según Hónn 103 s, 235 nota 10. Cf. Tusculum Lexikon 270.

dtv Lexikon VII 88. Pfíster 301 s. Altendorf, Galerius RAC VIII 786, 790. Sobre Aurelio Víctor cf. también V. Haehiing, Die Religionszu- gehorigkeit 392 s.

375 Lact. de mort. pers. 1,5s; 50,1; 52. div. inst. 5,19,11. Heilmann II 411s RAC III 307.. dtv Lex.

Antike, Philosophie III, 26. Schuitze, Geschichte I 98 s. Hornus 62 s. Ludwig, Massenmord 43. Momigliano, Historiography 79. Kótting, Religionsfreiheit 22. OPeIt, Polemik 98ss. Lactancio atacó también a los judíos y tenía planeada una gran obra contra ellos: Kühner, Antísemitismus 29; el mismo, Gezeiten der Kirche 115.

Otro protegido de Constantino, el historiador Eusebio, abunda en los mismos términos contra los emperadores paganos. A Valeriano lo pinta haciendo “carnicerías de niños, sacrificios de las criaturas de los más desgraciados, mientras los arúspices consultaban las entrañas de los recién nacidos y se descuartizaba a quienes eran imagen y semejanza de Dios”; similares acusaciones merece el emperador Majencio, a quien se le atribuyen además matanzas de leones y de mujeres embarazadas (aparte el asesinato en masa de senadores). Tal género de acusaciones acaba por convertirse en un tópico de la historiografía eclesiástica, especialmente con referencia a Galerio, Maximiano, Severo y, cómo no, Juliano el Apóstata. Empresa fácil ésta para Eusebio, que había demostrado en los quince libros de su Praeparatio Evangélica la bajeza y la maldad del paganismo así como la elevación y las virtudes del partido propio, que había personificado el helenismo entero en la figura de un diablo, “un demonio pagano que odia la bondad y ama la malicia” y que asalta a los cristianos, tan nobles ellos, “con la furia de un perro rabioso”, “con demencia bestial”, “con venenos maléficos y letales para las almas” y azuza contra ellos “a todas las fieras salvajes y a todos los monstruos con figura humana”. Por eso Eusebio manifiesta su júbilo cuando Constantino “emprendió la persecución contra los que tal hacían, e hizo caer sobre ellos el merecido castigo que les

tenía reservado el Señor”, y cuando “ahora los poderosos escupen el rostro de los

ídolos”, y “pisotean las leyes de los demonios”, burlándose de las “necedades” paganas; “la ralea de los impíos ha desaparecido de entre el común de los hombres”, “las fieras salvajes, los lobos y toda clase de bestias crueles y sanguinarias...”.376

Antes de contemplar más de cerca a esas nuevas majestades cristianas, vamos a fijarnos brevemente en dos de los primeros grandes adversarios que tuvo el cristianismo en la Antigüedad. Muy pronto los paganos supieron descubrir los puntos débiles en la argumentación de los santos padres y refutarla, cuando no conducirla ad absurdum.

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