Para reconocer los actuales espacios de articulación social guajira, en la perspectiva anunciada en este ensayo, habría que retomar los aspectos centrales de la estructura regional actual, los ejes de reproducción social y los frentes históricos de poblamiento de la región. Ellos son lo que pudiéramos denominar los actuales frentes de relación del pueblo wayúu con la sociedad nacional.
Atrás se dijo que por diversos factores el capitalismo criollo no necesitó o no pudo descomponer del todo las formas reproductivas tradicionales wayúu. Si bien en sus diferentes etapas de reestructuración a lo largo del siglo, ese sistema ha impuesto a los wayúu dolorosos procesos de cambio cultural y deculturación, estos han asumido muchos de tales cambios en una dialéctica contradictoria de pérdida y de reafirmación cultural. Así, muchas entidades tradicionales wayúu, aparentemente abandonadas en una etapa, fueron en muchas ocasiones recuperadas en la siguiente, como podrá comprobarse con algunos de los ejemplos que se expondrán más adelante.
En tal sentido, el proceso de mestizaje cultural, tan anunciado como irreversible en términos de la pérdida étnica, muchas veces ha acontecido en esta región en favor de dicha identidad. Ello no quiere decir que no sea cada vez mayor la amenaza moderna a la supervivencia del pueblo wayúu, y mayores las exigencias a la sociedad nacional para apuntalar, desde sus propios replanteamientos, los factores de aquella.
La estructura urbana guajira es diversificada en cuanto a su funcionalidad regional: si bien en términos microrregionales la mayoría de los centros urbanos actuales se localizó a partir de “oportunidades económicas específicas”, en un sentido macrorregional los nuevos contextos capitalistas han producido, por lo menos en la parte colombiana de la región, y parafraseando a Helmsing (1990), una “red multi- organizacional en la cual las ciudades pierden autonomía por las centralizaciones empresarial y estatal, y quedan reducidas a ser meros nudos dentro de ella”.
No tendría sentido abundar en ejemplos aquí, pero pueden ser ilustrativos los casos de Riohacha, prácticamente reducida a un papel de mediador político- administrativo con el Estado, y como tal se constituye en articulador del poder político regional; Maicao, cuyos ingresos y dinámica socioeconómica dependen del comercio internacional, o contrabando, especialmente de electrodomésticos, cigarrillos y licores; Barrancas, surgida al ritmo y con la perspectiva de enclave dictada por la explotación minera del carbón del Cerrejón: o Manaure, dependiente del intercambio desigual de sal con Alcalis de Colombia —situada en Cartagena—, o exportadora de gas natural del subsuelo marino.
Una buena excepción la constituye Maracaibo, que ha definido un centro para la región en cuanto a mercados y servicios, pero que en realidad depende de la explotación petrolífera del lago. Esta ciudad, como se dijo, se consolidó a partir de la descomposición de su entorno rural, y afectó indirectamente pero de forma intensa el equilibrio intraétnico wayúu durante los primeros años de su despegue moderno (1920-1950); pero, volcada sobre las explotaciones petrolíferas del lago y del golfo de Venezuela, ha coexistido con el trasfondo étnico social de la península, e incluso ha ofrecido, aunque de la peor manera posible, con discriminación y pauperización, espacios como el de la economía informal para los asentamientos wayúu ya mencionados afincados en su entorno suburbano. En su caso, las ciudades de la región guajira se han desenvuelto dentro de una relativa fragmentación interna con conexiones extrarregionales, como bien lo muestran los casos citados, o el de la pesca industrial en las costas y mares de la península, con su centro en Barranquilla.
Si superponemos este panorama a los frentes históricos de relación regional con los wayúu, encontramos el sentido de ciertas diferenciaciones socioculturales, asumidas por estos de modos variados, desde la tradicional distinción de los dos
dialectos del wayuunaiki (“abajero” y “arribero” por la Baja y Alta Guajira), hasta diferenciaciones sociales más complejas como las ya señaladas por la tendencia de vecindad o residencia urbana o rural, escolaridad, recuperación de espacios aptos para la ganadería o agricultura en el sur, o acceso a actividades semi- industriales, como en el caso de la sal.
La mayor parte de estos frentes agroindustriales y de haciendas ganaderas del norte del Cesar y del Zulia compromete fuerza de trabajo wayúu de modo estacional o no requiere mano de obra calificada en un mercado de fuerza de trabajo abierto y cíclico. Por ello los wayúu encajan en él sin romper del todo su esquema reproductivo tradicional.
El sector informal de Maracaibo y los centros turísticos del oriente de la península en la parte venezolana, en cambio son quizá los dos frentes de relación que más descomposición imponen entre los wayúu, por las ventajas diferenciales que ofrecieron hasta hace un lustro con el cambio de moneda y el mayor desarrollo en servicios urbanos, y la adicional influencia de modos de vida urbanos, o pautas de consumo, intensificadas por las vías de penetración hasta la Alta Guajira abiertas dos décadas antes que la colombiana. La mina de El Cerrejón, que en todo caso no llega hasta Wuimpumuin —Macuira—, indujo un esquema migratorio desde la Alta Guajira, de intensas sequías, hasta dicha ciudad desde mediados de este siglo. Hay que decir, además, que este sector oriental de la Alta Guajira no ha tenido tan intensa relación con el comercio de contrabando como el occidental, y recordar que allí se afincó desde comienzos de siglo la misión capuchina con relativo éxito deculturador. Ello incide especialmente en la relativa aculturación del pueblo wayúu de la Alta Guajira, evidentemente más afectado aquí que el de algunos sectores de la Media, aunque las serranías de Jala’ala, Cocinas y Macuira se alzan como refugio tradicional de algunas comunidades.
Manaure, cuyas explotaciones industriales de sal han impactado a la comunidad, pero se han constituido en fuente de ingresos y autonomía wayúu por la recuperación que esta comunidad ha hecho del recurso en los últimos quince años.9
Finalmente, El Cerrejón, que ha funcionado más como enclave en cuanto a la explotación y operación de la mina, con fuerza de trabajo calificada traída de las ciudades de la costa y del interior, pero ha abierto vías de comunicación con la Alta Guajira en la parte occidental, y ha dado espacio a una lenta progresión de la actividad turística en el Cabo de la Vela.
9 La “producción paralela de sal nacional”, un —25 % del total producido por el Estado en la mina de la Concesión de Salina—. Confróntese este caso más adelante.
El Mapa 1 podrá dar una idea de la relativa sectorización resultante dentro del pueblo wayúu, según las dinámicas diferenciales impuestas por estos frentes. Este ha sido elaborado con base en la sectorización propuesta por el estudio de la Gobernación de La Guajira sobre el Resguardo de la Alta y Media Guajira (Gobernación de la Guajira 1985), aunque con modificaciones nuestras para reafirmar la perspectiva expositiva. El Mapa 2 sobre los frentes mismos de relación, es decir los sectores económicos y urbanos, podrán abreviar estas notas (Gobernación 1990, Gómez 1985).
1 Maracaibo 2 Riohacha 3 Sinamaica 5 Uribia 6 Manure 7 Barrancas 8 Fonseca 9 San Juan del C. 10 Villanueva 11 Taroa 13 Puerto Estrella 14 Nazareth
A A’ Mina y Puerto del Cerrejón
B Portete (entrada comercio contrab.) C Puerto Estrella (Idem.)
D Maicao (Puerto libre) E Centros turísticos
F Sector informal - Servicios Mercado G Fincas agrícolas y ganaderas H Salinas de Manuare I Agricultura J Agroindustrias
Mapa 2. Frentes de relación y articulación
Pero, ¿cuál es la real dinámica reproductiva wayúu en estos contextos? Todos estos sectores plantean una gran variedad de articulaciones socioeconómicas del pueblo wayúu con las sociedades nacionales de Colombia y Venezuela, en el contexto de unas formas de organización social que siguen subordinando la asimilación de los excedentes o de los bienes mercantiles producidos por