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Los estudios sociales tratan de sistemas sociales

Considérese una vez más la Revolución Francesa de 1789, esa inextinguible fuente de pensamiento social. A pesar de que sus consecuencias sacudieron al mundo, se trató de un paseo. En efecto, el gobierno central cayó en el transcurso de una sola tarde, sin derramamiento de sangre. Tocqueville (1998 [1856]) explicó este proceso claramente y en términos sistêmicos, como el resultado del reemplazo de las redes sociales feudales por cuatro castas cerradas y mutuamente hostiles: las constituidas por los campesinos, los burgueses, los aristócratas y la Corona. Estas redes tradicionales fueron despedazadas cuando en el siglo anterior, los terratenientes abandonaron sus tierras y dejaron que los habitantes se las arreglasen por sus propios medios, como consecuencia de la concentración tanto del gobierno como de la nobleza en París y Ver- salles. De tal modo, los «lazos de patronazgo y dependencia que anteriormente vinculaban a los grandes terratenientes con los campesinos, se

absoluta» (191).

Y había más: la centralización del poder político provocó un vacío político que fue llenado por intelectuales, la mayor parte de los cuales criticaba el injusto orden social. Esto explica la desproporcionada influencia de los philosophes, en particular de los enciclopedistas: ocuparon en Francia el lugar que en aquella época ocupaban los aristócratas en Inglaterra y en otros sitios. «Una aristocracia en pleno vigor no solamente maneja sus asuntos, también dirige la opinión, establece el tono para los escritores y da autoridad a las ideas. En el siglo XVIII, la nobleza francesa había perdido totalmente esta parte de su imperio; su autoridad moral había seguido la suerte de su poder: el lugar que había ocupado en el gobierno se hallaba vacío y los escritores pudieron ocuparlo a su gusto y llenarlo completamente» (ibid.: 198). No obstante, un siglo más tarde, el autor de un abultado tratado de sociología de la filosofía (Collins, 1998) dedica tan solo una página a los enciclopedistas y no explica su notoria influencia, pero dedica muchas páginas laudatorias a la Contrailustración, desde Hegel y Herder hasta Nietzsche, Husserl y Heidegger.

Saltemos, ahora, dos siglos y enfrentemos el avispero de Oriente Medio. Puede haber poca duda acerca de esto, junto con los Estados Unidos, es un sistema y, más aún, uno muy inestable. En efecto, una acción irreflexiva por parte de uno de los actores podría desestabilizar o incluso destruir el todo. Imagínese este escenario. Cualquiera de los poderes que constituyen el sistema provoca a otro, el cual toma revancha lanzando misiles a su vecino, que a su vez responde con ataques aéreos masivos o, incluso, con bombas atómicas. Como resultado, al menos tres de las naciones de Oriente Medio yacen en ruinas; y todo esto por causa de la perspectiva sectorial, la ambición y la imprudencia de los políticos que creen controlarlo todo.

El sentido de estas historias es recordarnos que, en contradicción con el dogma individualista, la sociedad no es una colección no estructurada de individuos independientes. En lugar de ello, es un sistema de individuos que interactúan, organizados en sistemas o redes de varios tipos. De hecho, es bien sabido que cada uno de nosotros pertenece a diversos «círculos» (sistemas): parentesco, redes de amistades y universitarias, empresas comerciales, escuelas, sindicatos, clubes, congregaciones religiosas, etc. Esto explica nuestra «identidad» plural.

De seguro, la emergencia, el mantenimiento, la reparación o la descomposición de cualquier sistema social solamente pueden ser explicados, en última instancia, en términos de preferencias, decisiones y acciones individuales. Pero a su vez, estos sucesos individuales están determinados en gran medida por la interacción y el contexto. Las personas cultivan sus relaciones y apoyan los sistemas que las benefician, a la vez que resisten o sabotean aquellos que las perjudican. En síntesis, la acción y la estructura son dos caras de la misma moneda.

Ahora bien, los individuos son estudiados por las ciencias naturales y la psicología, la cual es —junto con la antropología, la lingüística, la demografía y la epidemiología— una de las interciencias biosociales. Las ciencias sociales propiamente dichas, como la sociología y la economía, no estudian individuos salvo como componentes de sistemas sociales. De tal modo, los antropólogos estudian

comunidades íntegras tales como aldeas y tribus. Los sociólogos estudian sistemas sociales en todas sus dimensiones, desde la pareja sin hijos hasta el sistema mundial. Los economistas estudian los sistemas sociales involucrados en la producción, los servicios o el comercio. Los politólogos estudian las relaciones de poder en todos los sistemas, en especial en los políticos. Y los historiadores —a diferencia de los biógrafos— estudian cambios sociales (estructurales) en todas las escalas.

No es suficiente -que un científico social señale el contexto social o la circunstancia de un hecho. De él se espera que estudie hechos sociales y ocurre que estos hechos suceden en sistemas sociales -tal como en el caso de una huelga en un conflicto comercial— o entre sistemas sociales, como en el caso de un conflicto internacional. De allí que deba estudiar los vínculos sociales, además de los contextos sociales, ya que los vínculos son los que mantienen unidos los sistemas.

En resumidas cuentas, las ciencias sociales estudian sistemas sociales. Es cierto, algunos estudiosos, tales como Anthony Giddens, prefieren «estructura» a «sistema». Pero las estructuras son propiedades de las cosas, no cosas, en tanto que los sistemas sociales son cosas concretas. Por ejemplo, una compañía es un sistema con una estructura definida (si bien tal vez cambiante) o, lo que es lo mismo, con un conjunto de vínculos entre sus componentes y entre estos y su entorno. El socioeconomista que estudia la estructura social de una compañía no investiga la estructura de una estructura —una expresión sin sentido- sino la estructura de una cosa.

Más aún, la interconexión de los hechos sociales debe reflejarse en las investigaciones de las ciencias sociales. Es decir, las fronteras entre estas deben ser atravesadas, tal como ha señalado insistentemente Hirschman (1981), porque son artificiales. La razón de ello es que todas las ciencias sociales se refieren a una única entidad: la sociedad. En otras palabras, debemos alentar las disciplinas mestizas o interdisciplinas, tales como la socioeconomía, la sociología política, la antropología económica, la sociolingüística y la sociología biológica (que no debe confundirse con la sociobiología).