• No se han encontrado resultados

LOS FUNDAMENTOS PSICOLÓGICOS DEL ANTIGUO RÉGIMEN

In document Gustave Le Bon Psicologia de Las Revolucion (página 106-114)

1)- La monarquía absoluta y las bases del Antiguo Régimen.

Muchos historiadores nos aseguran que la Revolución se dirigió contra la autocracia de la monarquía. En realidad, los reyes de Francia habían cesado de ser monarcas absolutos mucho antes del estallido revolucionario.

No fue sino hasta muy tarde en la Historia – y no antes del reinado de Luis XIV – que finalmente obtuvieron un poder incontestable. Todos los soberanos anteriores, incluso los más poderosos como por ejemplo Francisco I, tuvieron que librar constantes luchas ya sea contra los seigneurs, ya sea contra el clero o bien contra los parlamentos; y no siempre triunfaron. Francisco mismo no tuvo poder suficiente como para defender a sus amigos más íntimos contra la Sorbona y el Parlamento. Su amigo y consejero Berquin, habiendo ofendido a la Sorbona, fue arrestado por orden de ésta. El rey ordenó su liberación pero la misma fue denegada. No tuvo más remedio que enviar arqueros para sacarlo de la Conciergerie y no

pudo hallar otro medio de protegerlo que manteniéndolo a su lado en el Louvre. La Sorbona no se consideró vencida en modo alguno. Aprovechándose de una ausencia del rey, volvió a arrestar a Berquin y lo hizo juzgar por el Parlamento. Condenado a las diez de la

mañana, fue enterrado vivo al atardecer.

El poder de los reyes se construyó de un modo muy gradual y no fue absoluto sino hasta los tiempos de Luis XIV. Después, decayó en forma rápida y sería realmente difícil hablar del absolutismo de Luis XVI.

Este supuesto soberano fue esclavo de su corte, de sus ministros, del clero y de los nobles. Hizo lo que le obligaron hacer y rara vez lo que quiso. Quizás ningún francés fue menos libre que el rey.

El gran poder de la monarquía residió originalmente en el origen divino que se le atribuyó y en las tradiciones que se acumularon a través de los siglos. Estas tradiciones formaban la real estructura social del país.

La verdadera causa de la desaparición del antiguo régimen fue simplemente el debilitamiento de las tradiciones que le servían de fundamento. Cuando, luego de reiteradas críticas, ya no pudo hallar defensores, el antiguo régimen se derrumbó como un edificio al cual le han destruido los cimientos.

2)- Los inconvenientes del Antiguo Régimen.

Un sistema de gobierno largamente establecido siempre terminará pareciendo aceptable al pueblo que gobierna. El hábito enmascara sus inconvenientes, los que sólo aparecen cuando las personas

empiezan a reflexionar. Es entonces cuando se empiezan a preguntar cómo es que siempre los han soportado. El hombre verdaderamente infeliz es aquél que se cree miserable.

Fue precisamente esta creencia la que estaba ganando terreno por la época de la Revolución bajo la influencia de escritores cuya obra pasaremos a estudiar. De pronto las imperfecciones del antiguo

régimen saltaron a la vista. Fueron numerosas; bástenos con citar unas pocas.

A pesar de la aparente autoridad del poder central, el reino formado por la conquista sucesiva de provincias independientes estaba dividido en territorios. Cada uno de ellos tenía sus propias leyes y costumbres, pagaba diferentes impuestos y estaba separado de los demás por aduanas internas. De esta forma, la unidad de Francia era, en cierta forma, artificial. Representaba un agregado de varios países al que el repetido esfuerzo de los reyes, Luis XIV inclusive, no habían conseguido unificar por completo. El efecto más útil de la Revolución fue precisamente esta unificación.

A las divisiones materiales mencionadas se les agregaban las divisiones sociales constituidas por las diferentes clases – nobleza, clero y el Tercer Estado – cuyas rígidas barreras podían ser cruzadas sólo con la mayor de las dificultades.

Considerando la división de las clases como una de sus fuentes de poder, el antiguo régimen había mantenido rigurosamente esa división. La misma se convirtió en la principal causa del odio que inspiraba el sistema. Gran parte de la violencia de la burguesía triunfante representó una venganza por un largo pasado de

desprecio y opresión. Las heridas del orgullo son las más difíciles de olvidar. El Tercer Estado había sufrido muchas de esas heridas. En el encuentro de los Estados Generales de 1614, en el cual los asistentes fueron obligados a permanecer con la cabeza descubierta y de

rodillas, uno de los miembros del Tercer Estado se atrevió a decir que las tres clases eran como tres hermanos. El portavoz de los nobles respondió que “no hay fraternidad entre la nobleza y el Tercer Estado; los nobles no desean que los hijos de zapateros remendones y teñidores los llamen hermanos.”

A pesar de los avances de la ilustración, los nobles y el clero obstinadamente preservaron sus privilegios y sus demandas; injustificables ya, puesto que las clases habían cesado de brindar servicios.

Alejados del ejercicio de las funciones públicas por el poder real que distribuía dichas funciones y que desconfiaba de ellos, reemplazados además por una burguesía que era cada vez más capaz e ilustrada, el papel social de los nobles y el clero devino en un espectáculo vacío. Este punto ha sido brillantemente ilustrado por Taine:

“Puesto que la nobleza, habiendo perdido su capacidad específica, y el Tercer Estado, habiendo adquirido una capacidad general,

estaban ahora al mismo nivel en cuanto a educación y aptitudes, la desigualdad que los dividía se había vuelto hiriente e inútil.

Instituida por costumbre, ya no estaba ratificada por la conciencia y el Tercer Estado estaba con razón indignado por privilegios que no se justificaban ni por la capacidad de los nobles ni por la incapacidad de la burguesía.”

Debido a la rigidez de las castas establecidas por un largo pasado no vemos qué podría haber persuadido a los nobles y al clero a

renunciar a sus privilegios. Por cierto que finalmente los

abandonaron una tarde memorable, cuando los acontecimientos los forzaron a hacerlo; pero en ese momento ya era tarde y la Revolución desencadenada ya estaba siguiendo su curso.

El progreso moderno seguramente habría establecido gradualmente todo lo que hizo la Revolución: la igualdad de los ciudadanos ante la ley, la supresión de los privilegios de nacimiento, etc. A pesar del espíritu conservador de los latinos, estas cosas hubieran sido conquistadas, tal como lo fueron por la mayoría de los pueblos. De esta forma nos hubiésemos podido ahorrar veinte años de guerras y devastaciones; pero hubiéramos tenido que tener otra constitución mental y, por sobre todo, otros estadistas.

La profunda hostilidad de la burguesía contra las clases, a las cuales, por tradición, tenía que mantener sobre si misma, fue uno de los grandes factores de la Revolución y explica perfectamente por qué, luego de su triunfo, la clase triunfante despojó a la vencida de sus riquezas. Se comportaron como conquistadores – como Guillermo el Conquistador quien, luego de la conquista de Inglaterra, distribuyó la tierra entre sus soldados.

Pero, si bien la burguesía detestaba a la nobleza, no sentía odio hacia la realeza y no la consideraba revocable. La torpeza del rey y su apelación a poderes extranjeros sólo muy gradualmente lo hicieron impopular.

La primera Asamblea nunca soñó con fundar una república. Extremadamente monárquica, de hecho simplemente pensó en sustituir una monarquía absoluta por una monarquía parlamentaria. La conciencia de su creciente poder la exasperó contra la resistencia del rey, pero no se atrevió a derrocarlo.

3)- La vida bajo el Antiguo Régimen.

Es difícil formarse una idea bien clara de la vida bajo el Antiguo Régimen y, sobre todo, acerca de la real situación de los campesinos. Los escritores que defienden a la Revolución como los teólogos defienden a los dogmas religiosos nos pintan unos cuadros tan funestos de la existencia de los campesinos del Antiguo Régimen que uno se pregunta cómo es que todas esas desdichadas criaturas no murieron de hambre mucho antes. Un buen ejemplo de este estilo de redacción puede encontrarse en un libro de A. Rambaud, ex-profesor en la Sorbona, publicado bajo el título de Historia de la Revolución Francesa. Llama la atención especialmente un grabado con la leyenda “Pobreza de los campesinos bajo Luis XIV”. En el primer plano un hombre está luchando contra unos perros por un par de huesos que, por otra parte, ya están bastante pelados. A su lado, un sujeto desolado se está retorciendo apretándose el estómago. Algo más atrás, una mujer yace en el suelo comiendo pasto. Al fondo del paisaje figuras, de las cuales uno no sabe si son esqueletos o

personas que se están muriendo, yacen también por el suelo. Como ejemplo de la administración del Antiguo Régimen el mismo autor nos asegura que “un puesto en la policía costaba 300 libras y producía 400.000”. ¡Cifras como ésas seguramente indican un gran altruismo por parte de quienes vendían empleos tan productivos a tan bajo precio! También se nos informa que “costaba tan sólo 120

libras hacer que alguien fuese arrestado” y que “bajo Luis XV se distribuyeron más de 150.000 órdenes de allanamiento”.

La mayoría de los libros que tratan sobre la Revolución están concebidos con la misma escasa imparcialidad y espíritu crítico, lo cual es una de las razones por la que este período es tan poco conocido por nosotros en realidad.

Por cierto que no faltan documentos, pero son absolutamente contradictorios. A la célebre descripción de La Bruyere le podemos oponer el cuadro entusiasta pintado por el viajero inglés Young sobre la próspera condición del campesinado en algunas provincias

francesas.

¿Se hallaban realmente aplastados por los impuestos y pagaban, como se ha dicho, cuatro quintos de sus ingresos en lugar del quinto que se paga en la actualidad? Es imposible decirlo con certeza. Un hecho muy importante, sin embargo, parece probar que bajo el Antiguo Régimen la situación de los habitantes de los distritos rurales no pudo haber sido tan desastrosa puesto que parece estar establecido que más de una tercera parte de la tierra había sido comprada por campesinos.

Del sistema financiero tenemos mejor información. Fue muy opresivo y extremadamente complicado. Los presupuestos, que usualmente presentaban déficits e impuestos de todo tipo, fueron instituidos por administradores generales. Al propio momento de la Revolución esta condición de las finanzas se volvió causa de un descontento universal que está expresado en los documentos de los Estados Generales. Subrayemos que estos documentos no

representan un estado de cosas previo sino condiciones presentes debidas a la crisis de pobreza producida por la mala cosecha de 1788 y el duro invierno de 1789. ¿Pero qué nos hubiesen dicho esos

documentos de haber sido escritos diez años antes?

A pesar de las circunstancias desfavorables, los documentos no contienen ideas revolucionarias. Los más audaces meramente solicitan que los impuestos sean fijados sólo con el consentimiento de los Estados Generales y pagados por todos por igual. Los mismos

documentos a veces expresan el deseo de que el poder del rey sea limitado por una Constitución que defina sus derechos así como los de la nación. Si estas peticiones hubieran sido concedidas, una monarquía constitucional muy fácilmente hubiera reemplazado a la monarquía absoluta y probablemente se hubiera evitado la

Revolución.

Por desgracia, la nobleza y el clero eran demasiado fuertes y Luis XVI demasiado débil como para que una solución como ésa fuese posible.

Más allá de eso, hubiese sido extremadamente dificultada por las demandas de la burguesía que pretendía sustituir a la nobleza y que fue la real autora de la Revolución. El movimiento, iniciado por las clases medias, rápidamente excedió sus esperanzas, necesidades y aspiraciones. Habían exigido igualdad en provecho propio pero el pueblo también demandó esa igualdad. De este modo, la Revolución finalmente se convirtió en un movimiento popular; algo que en un principio no fue, ni tuvo intención de ser.

4)- Evolución del sentimiento monárquico durante la Revolución.

A pesar de la evolución lenta de los elementos afectivos, está comprobado que durante la Revolución los sentimientos, no ya del pueblo tan sólo sino también los de las Asambleas revolucionarias respecto de la monarquía, sufrieron un cambio muy rápido. Entre el momento en que los legisladores de la primer Asamblea rodearon a Luis XVI con respeto y el momento en que su cabeza fue cortada, sólo transcurrieron unos pocos años.

Estos sentimientos, más superficiales que profundos, en realidad fueron meramente transposiciones de sentimientos del mismo orden. El amor que las personas de este período sentían por el rey fue transferido al nuevo gobierno que había heredado su poder. El mecanismo de esa transferencia puede ser demostrado con facilidad. Bajo el Antiguo Régimen, el soberano, detentando el poder por derecho divino, estaba investido de una especie de poder

sobrenatural. Las personas lo admiraban desde todos los rincones del país.

Esta fe mística en el poder absoluto de la realeza se resquebrajó solamente cuando la experiencia reiterada demostró que el poder atribuido al rey adorado era ficticio. Fue allí que perdió su prestigio. Ahora bien, cuando el prestigio se pierde, la masa no le perdonará al ídolo caído el haberla defraudado y buscará un nuevo ídolo sin el cual no puede existir.

Desde el principio de la Revolución, numerosos hechos,

cotidianamente reiterados, revelaron hasta al más ferviente de los creyentes que la realeza ya no poseía poder alguno y que había otros poderes capaces, no tan sólo de enfrentar a la realeza, sino de poseer una fuerza superior.

¿Qué, por ejemplo, podían pensar del poder monárquico las

multitudes que veían al rey dominado por la Asamblea e incapaz, en el corazón mismo de París, de defender su fortaleza más sólida contra los ataques de las bandas armadas?

Al ser, de esta manera, obvia la debilidad de la realeza, el poder de la Asamblea se incrementó. Ahora bien, a los ojos de la masa la

debilidad no tiene prestigio; la masa siempre se vuelca hacia el lado de la fuerza.

En las Asambleas el sentimiento fue muy fluido pero no evolucionó de manera rápida. Por esta razón la fe monárquica sobrevivió a la toma de la Bastilla, la huida del rey y su trato con soberanos extranjeros.

La fe realista siguió siendo tan poderosa que las sublevaciones de París y los acontecimientos que condujeron a la ejecución de Luis XVI no fueron suficientes para destruir en las provincias esa especie de piedad secular que envolvía a la antigua monarquía. 12

Como un ejemplo de la profundidad del amor del pueblo por sus reyes, Michelet relata el siguiente hecho ocurrido durante el reinado de Luis XV: “Cuando se conoció en París que Luis XV, quien había ido a buscar al ejército, yacía enfermo en Metz, ya era de noche. El pueblo se alzó y comenzó a correr tumultuosamente de un lado para el otro sin saber qué hacer; las

Persistió en una gran parte de Francia durante toda la Revolución y fue el origen de conspiraciones monárquicas e insurrecciones en varios departamentos que la Convención tuvo tanto trabajo en suprimir. La fe monárquica había desaparecido de París dónde la debilidad del rey resultaba demasiado plenamente visible; pero en las provincias el poder del rey, representando a Dios sobre la tierra, todavía mantenía su prestigio.

Los sentimientos monárquicos del pueblo tienen que haber tenido raíces muy profundas para sobrevivir a la guillotina. Los

movimientos monárquicos persistieron, de hecho, durante toda la Revolución y se acentuaron bajo el directorio cuando cuarenta y nueve departamentos enviaron diputados realistas a París provocando con ello el golpe de Estado del Fructidor.

Este sentimiento monárquico, reprimido con dificultad por la Revolución, contribuyó al éxito de Bonaparte cuando vino a ocupar el trono del antiguo rey y, en gran medida, a restablecer el Antiguo Régimen.

Capítulo III: La anarquía mental por la época de la

In document Gustave Le Bon Psicologia de Las Revolucion (página 106-114)