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LOS GUANTES

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Cuenta Homero, en su Odisea, que cuando Ulises llegó a casa de su padre, tras su accidentada peripecia y aventura, lo encontró en el jardín arrancando las malas hierbas. Para no lastimarse sus manos las protegía con unos guantes. Con el mismo fin, el de evitar pinchazos de zarzas y espinos, la diosa Venus encargó a las Gracias le proporcionasen «ciertos estuches para sus delicados dedos».

El guante es una de las prendas, funcionales u ornamentales, más antiguas del atuendo humano. Los ejemplares más tempranos, conocidos, proceden del Egipto faraónico, unos guantes de niño encontrados entre los tesoros de la tumba de Tutankamon. Son unos finos guantes de lino.

Como parte del equipo militar de los soldados asirios se utilizaba el guante.

Los soldados de Ciro el Grande iban a la guerra pertrechados de guantes, unos guantes muy especiales, que sólo cubrían la punta de los dedos, probablemente para asegurar el tino de los arqueros. El guante tuvo asimismo un uso señalado en el ceremonial religioso de todas las religiones. Se trataba de unos guantes ricamente elaborados con materiales suntuarios, recargados de oro y pedrería, tradición litúrgica que heredó el Cristianismo, llegando a ser los guantes prenda indispensable, junto al anillo, de la dignidad episcopal. También participaron del ceremonial y dignidad caballeresca, en plena Edad Media. El guante era signo externo de nobleza.

Pero no sólo perteneció, esta prenda del atuendo militar, civil y religioso, a los pueblos más cultos de Europa. Hasta el siglo X, también los vikingos, en estado de semibarbarie, llevaron guantes, aunque con los dedos descubiertos. Se trataba de prendas confeccionadas con piel de ciervo, y se sirvieron de ellas también los halconeros, para defenderse de sus garras.

Durante la Edad Media los guantes formaron parte, casi exclusivamente, del atuendo masculino caballeresco. Hasta el siglo XV sólo los hombres de la nobleza o del mundo caballeresco los usaban como símbolo de pertenencia a una clase y status social. Las mujeres muy raramente los utilizaron, aunque hay una excepción: las damas venecianas. Fue ya en el siglo XVI cuando se convirtió en prenda de uso femenino por iniciativa de Catalina de Médici, reina de Francia, y de la soberana inglesa Isabel I, quien no aparecía en acto público alguno con las manos desnudas, gusto que curiosamente comparte su homónima y también reina inglesa Isabel II, en nuestros días.

En la corte de Luis XIV las damas pusieron de moda ciertos guantes largos que dejaban al descubierto las puntas de los dedos: los mitones; se decía que las yemas de los dedos debían quedar al descubierto, ya que con ellas aquellas sensuales damiselas eran capaces de proporcionar y proporcionarse exquisitos placeres. Y en la corte española de Felipe III, los guantes gozaron de estima y aprecio entre las damas, una de las cuales se siente muy contenta

con ellos, diciendo que los suyos «son tan finos que los llevo en una cáscara de nuez». Para que no se estropearan, claro, debido a lo delicado del material empleado para su elaboración.

En cuanto a los materiales empleados, hubo guantes de muy diversa procedencia. Los más utilizados fueron la seda y la piel, en particular la de cabritillo, aunque también eran estimados los de piel de ciervo, camello, gato y zorro. Algunos ejemplares llegaron a tener incluso botonadura de oro y de perlas, ya que en la confección del guante suntuario no se reparaba en gastos.

En el siglo XVII, tal vez el siglo de oro de los guantes, hubo tres centros importantes que se complementaban. Se decía que el guante perfecto, el guante ideal, era aquel cuya piel se trabajó en España, se cortó en Francia y se cosió en Inglaterra. Pero los dos centros de fabricación más importantes estuvieron en Roma y París. Los guantes más flexibles del mundo seguían siendo los españoles. Eran piezas buscadas, ya que en el siglo XVII el guante se convirtió en símbolo de elegancia, que heredó luego el siglo XVIII. El famoso dandy inglés, rey de la moda en su tiempo, el bello George Brummel, tenía al guante en tal aprecio que fundó el «Club del Guante», escuela de modales y comportamiento social, explicando cómo utilizar la prenda en cuestión. En el siglo XVIII era una descortesía presentarse con los guantes puestos, ya que estrechar la mano sin desnudarla era un despropósito en la conducta social de buen tono.

En 1884, el sastre suizo Javier Jouvin inventó un procedimiento para hacerlos a medida, con lo que su uso experimentó cierto auge. Sin embargo, su universalización y abaratamiento vino a partir de 1914, en que se empezó a utilizar en su elaboración la fibra artificial, y el algodón. Ya no se veía a nadie con las manos desnudas. Tanto era así que la famosa bailarina Mata Hari, pidió para la trágica ocasión de su fusilamiento un par de guantes blancos, nuevos. No quería morir con las manos al descubierto.

EL BOTÓN

Los primeros botones de que habla la Historia aparecieron hace cinco mil años en el valle del Indo, en el lejano Oriente. Las civilizaciones ribereñas del Mediterráneo, pioneras en tantos inventos, no lo fueron en éste. La amplitud que el vestido ha tenido en esa parte del mundo a lo largo de los tiempos hacía del botón una necesidad muy secundaria. Vestidos holgados y flotantes, generalmente escasos en aberturas, no necesitaban, en el mundo griego y romano otra cosa que alguna fíbula, un alfiler o simplemente un nudo. Incluso estos medios, fíbulas y alfileres, broches y hebillas, no fueron a menudo sino un pretexto para el ornato o la exhibición de riqueza. Los griegos ricos sujetaban el palio con broches de oro, y los romanos de las clases pudientes cogían sus túnicas y togas con fíbulas de plata. Nadie sentía la necesidad de la botonadura.

El botón no conoció un uso significativo hasta el siglo XII, y tuvo una finalidad más suntuaria que funcional, por lo que fue utilizado por nobles y cortesanos que los lucían, pavoneándose de aquellas breves y relucientes joyas de oro, plata y otros materiales nobles. De hecho, uno de los títulos del entorno real más ambicionados en aquel tiempo fue el de «botonero mayor del Reino», a la par que se distinguía al gremio de estos artesanos.

En la corte de Fernando III el Santo, y en la de su primo San Luis, rey de Francia, el botón adquirió una enorme importancia. Al lujo del vestido se une entonces el de las joyas y alhajas, entre las que se cuenta el botón, que sustituyó al broche. Se elaboran botones esmaltados, diminutas piezas de oro o piedras preciosas que guarnecen las mangas de los vestidos y cierran los ricos jubones con profusión de botones… Hasta treinta y ocho botones forrados de seda de colores recorren en el siglo XIII el vestido del hombre, desde los hombros hasta la cintura. No había entre ellos dos botones iguales. Se trataba de una especie de muestrario de ingenio, de pericia y de riqueza, aquellas botonaduras que cerraban las prendas de vestir de los caballeros de la Corte, de los ricos burgueses y de los nobles. No sorprende que la palabra «botón» proceda de una voz francesa que significa «realzar».

En pleno siglo XV en la corte de Enrique IV de Castilla, el botón amplió su ámbito de uso. Ya no se empleaba sólo para decorar el justillo, prenda de vestir sin mangas que ceñía el cuerpo y llegaba hasta la cintura, sino que se empleaba en la decoración de mangas y hombreras, sustituyendo poco a poco a las pasamanerías. Todas aquellas labores de adorno para guarnecer vestidos, a base de galones, borlas, cordones y flecos de oro, de plata o de seda van cediendo ante la pujanza y prestigio que cobra el botón en pleno Renacimiento. Es ahora cuando realmente se convierte en un objeto de deseo, modelados no sólo con metales preciosos, o forrados con ricas telas, o tallados en piedras preciosas, sino hechos en cristal tallado recubiertos con telas nobles para no dañar las zonas más íntimas…, cada botón es hecho a mano, uno diferente al otro. Sus artífices se preciaban de no hacer dos botones iguales. Eran obras de arte en las mangas de la ropa femenina, cuya botonadura corría a partir del codo sin otra función que la del lucimiento y el ornato. El botón, breve joya, prestigiaba; llegó a ser distintivo de clase social, de nobleza y de

buen gusto a finales de la Edad Media. Y en el siglo XVI se utilizan también como adorno principal de los sombreros, para lo cual se usan botones de seda blanca, amarilla o anaranjada; botones de azabache para damas de posición modesta, o botones de rica pedrería para señoras de clase elevada.

Poco a poco el botón lo invade todo. No se concibe el vestido sin él, aunque más como parte decorativa que como elemento funcional. En el siglo XVIII, el siglo del lujo y de la ostentación en el vestir, el botón adorna las ricas casacas que se abrochaban por la cintura, como luego serían pieza importante en el frac. Aparecen los botones de metal esculpido, cincelados, esmaltados e incluso portando pequeñas miniaturas de retrato. Se llenan de filigranas de oro o de plata, convirtiéndose en auténticas obras de arte en el que los plateros cordobeses fueron maestros universales en un momento de la Historia en el que llega a su grado máximo la obsesión por el lujo y el boato. En el Diario de Madrid, en 1788, se lee, al respecto de cuál deba ser el atuendo de un español de su tiempo:

Mucha hebilla, poquísimo zapato; media blanca bruñida, sin calceta; calzón que con rigor el muslo aprieta; vestido verde inglés, mas no barato; magníficos botones de retrato

en chupa blanca, bordada a cadeneta.

Como había sucedido con los alfileres, también el botón se convirtió en objeto de especulación. Hubo acaparadores de este artículo, que lo sacaban al mercado de nuevo cuando éste se hallaba desabastecido. El botón podía ser un elemento de cambio que luchaba contra la inflación de la moneda. Y como había sucedido con el alfiler, también con los botones se arruinaron muchos. Sobre todo cuando empezó a ser un elemento más funcional que ornamental, cosa que ocurrió en Inglaterra, hacia 1750. La funcionalidad del botón llevó a la fabricación de este artículo a base de materiales pobres y baratos, a la fabricación en serie. La industria botonera se extendió por Inglaterra y Francia. Todo servía entonces para elaborar botones, desde la madera al hueso, desde el marfil a la pezuña de animal o la nuez de corozo. En 1805 el danés Bertel Sanders ingenió un medio de unir mecánicamente dos pequeños discos de metal Que luego se forraban. Resultaba muy barato este tipo de botón, más asequible que los dorados que ya llevaban lacayos, cocheros y mayordomos. Se generalizaron entre la población obrera en la confección de sus prendas de trabajo. El empleo posterior del hueso hizo que los precios cayeran, poniéndose el botón al alcance de todos los bolsillos.

Comenzaron también a fabricarse botones de materiales nuevos, como el níquel, el zinc, el aluminio; se hicieron botones de caucho, de corteza de coco, de crines de caballo e incluso de cuerno.

No se vio libre el botón de polémicas y especulaciones religiosas. Los protestantes de ciertas sectas intransigentes llegaron a prohibirlo por considerarlo un refinamiento pecaminoso;

lo fustigaban desde el púlpito como cosa del diablo, avanzadilla de la vanidad que es por donde, decían ellos, empiezan a perderse las mujeres. Se exigió a sus feligreses y adeptos el abandono del botón, sustituyéndolo por ganchos. Pero todo era ya inútil. Desde el siglo XVIII el botón era obligado en el traje de un caballero. No necesitaba otro adorno; el botón era suficiente.

Con el invento del botón automático a mediados del siglo XIX, desaparecieron los ojales. El botón estuvo amenazado de muerte. Pero sobrevivió, como también lo hizo tras el invento de la cremallera, su más seria amenaza en 1890, los famosos «cierres relámpago». Y sobrevivió porque el botón tenía una dimensión estética, un fin en sí mismo, como dijeron los modistas franceses de principios de siglo.

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