UNQUE
UNQUE nuestros testimonios son muy esca-
sos, difícilmente se podría suponer que el Mediterráneo occidental estuvo más libre de los piratas en épocas primitivas que lo estuvo la cuenca oriental1. Los piratas y
salteadores de Córcega, Cerdeña, las islas Baleares y la Liguria no aparecen hasta más tarde en la historia, pero es muy posible que sus activida- des marítimas predilectas procedieran de época temprana. Se dice que los primeros habitantes de Sicilia habían vivido, se- gún los usos de construcción de la época, en las cimas de las montañas por temor a los piratas2. Por el tiempo en que fueron
compuestos los últimos libros de la Odisea, los sicilianos eran ya conocidos a la vez como mercaderes de esclavos y como víc-timas de ellos3. Este carácter ambivalente quizá reeje bien las
relaciones que existían entre los primitivos colonos griegos y la población nativa, ya pacíca, cuando era posible el intercambio y el comercio; ya hostil, cuando el rapto era una práctica común entre ambos bandos. Sin embargo, los testimonios que nos han llegado acerca de los asentamientos griegos en Italia y Sicilia son muy escasos y tardíos. No hay nada, por ejemplo, que demues-
tre que los primeros colonos de Zancle merecieran el nombre de piratas más que sus hermanos que colonizaron otras regiones4.
Quizá la situación ventajosa de la ciudad en el Estrecho fuera la razón de que la reputación de piratas de los primeros zancleanos superara a la de sus vecinos.
Pero los colonos griegos no fueron los únicos piratas del Medi- terráneo occidental. Si los fenicios, a los que hallaron ocupando Sicilia, se retiraron en un principio al occidente de la isla, ejercie- ron cada vez mayor resistencia en la costa de Italia. No deja de ser signicativo que el nombre de «tirrenos» se convirtiera al mismo tiempo en casi un sinónimo de «pirata». En el homérico Himno a Dionisio, el dios cae en manos de los piratas «tirrenos»5. Se trata
de un caso ordinario de rapto, un muchacho que, hallándose en la orilla, es avistado por la tripulación de un barco pirata, que desembarca y se lo lleva 6. Una historia en cierto modo similar
se cuenta acerca de un joven ático raptado por los tirrenos; en este caso, la hija del capitán se enamora de él y le ayuda a huir7.
Otra historia, que pervive en Suidas, alude a las actividades de los tirrenos en la costa de Caria 8. Aunque, como ya hemos visto,
durante los siglos cuarto y tercero, las expediciones de los cor- sarios itálicos ya se extendían hasta el Egeo, ello no implica que dataran de una época anterior. Pudo haber existido cierta confu- sión entre los tirrenos de Italia y los tirsenos, un pueblo bárbaro del norte del Egeo al que aluden tanto Herodoto como Tucídides
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. Sin embargo, dejando a un lado la posible relación de esta tribu con los tirrenos de Italia, posiblemente acertemos en considerar el signicado griego de «tirreno» como un sinónimo de «pirata»10,
dada la resistencia ofrecida por los pobladores nativos al avance griego a lo largo de la costa occidental de Italia 11.
Según Estrabón, la expansión griega por Occidente se vio du- rante largo tiempo limitada por el temor a los tirrenos12. Por su
forma de referirse a los primeros colonos, su aseveración, pro- bablemente, no sea más que una conclusión de Éforo, al que
Estrabón está citando en ese fragmento. En cuanto a los propios etruscos, como señala Estrabón13, nada había en el carácter de
su país que pudiera orientarles de forma natural a la piratería. La mayoría de sus ciudades habían sido levantadas en el interior14,
y de la época de la llegada de los primeros griegos a Occidente conservamos muy pocos testimonios como para considerarlos pueblos del mar. Su única ciudad de alguna importancia en la costa fue Populonia, pero su fundación, sin ninguna duda, fue de época más tardía 15. Sin embargo, las agresiones marítimas,
ya por parte de los bárbaros de Elba, Córcega y Cerdeña, ya por parte de los griegos, les obligaron a procurarse la defensa de sus costas. Dada la riqueza que las ciudades etruscas poseían y los buenos recursos de madera a su disposición, no sorprende que pudieran construir su propia ota con vistas a su autode- fensa y con ella ocupar las islas adyacentes y cortar el paso por sus aguas a los salteadores griegos. Esto, posiblemente, daría su sentido a la piratería tirrena y podría ser la razón de las noticias contradictorias que nos han llegado acerca de la participación de algunas ciudades tirrenas en las actividades piráticas de la época. Estrabón, por ejemplo, nos dice que el pueblo de Agy- lla (Caere) alcanzó alta reputación entre los griegos y nunca se implicó en la piratería a pesar de haber tenido oportunidades de hacerlo16. No en vano, encontramos en ellos a los responsa-
bles del asesinato de los foceos, cuyos asentamientos en Córcega constituyeron una gran amenaza para los intereses etruscos y cartaginenses en la zona 17. Es cierto que los caeretanos, como
otros pueblos etruscos, mantuvieron estrechas relaciones co- merciales con los griegos, pero, aun así, no permitieron a los griegos la incursión en las aguas que ya entonces habían lle-
gado a considerar suyas. Como advierte Mommsen, los ataques piráticos etruscos a barcos extranjeros «constituyeron enérgicas acciones navales» para la protección de su propio comercio18. La
crueldad con la que los marinos griegos cautivos fueron tratados (además de la lapidación de los foceos, sabemos que una de sus torturas favoritas era atar a los vivos a los muertos19) bien pudo
haber sido el srcen de la leyenda de los piratas tirrenos.
Relaciones similares mantuvieron griegos y cartaginenses. El auge de Cartago hacia nales del siglo séptimo puso freno a la expansión griega tanto en África como en Sicilia, en tanto que la ocupación cartaginense de Cerdeña, no mucho después de la fundación de Massalia, supuso un nuevo obstáculo para el avan- ce griego por el Mediterráneo occidental. Una vez que su poder se hubo consolidado, los cartaginenses defendieron con celo de sus competidores el comercio en las aguas occidentales. En el segun- do de los dos primeros tratados suscritos con Roma que menciona Polibio20, el comercio con Libia y Cerdeña aparece expresamen-
te prohibido a los romanos. Esta era la política tradicionalmente seguida por los cartaginenses, en tanto que la ferocidad de los etruscos era igualada por su práctica de hundir todo barco ex- tranjero que penetrara en aguas que consideraran suyas21. Con
la expansión del poder cartaginense, el mantenimiento de las co- municaciones con Massalia exigió una ardua lucha de los foceos. No sorprende saber que los viajes de los foceos a Occidente fue- ran realizados en barcos de guerra 22 ni que sus empresas fueran
tomando cada vez más la misma apariencia de las actividades bucaneras. Los colonos foceos de Alalia, en Córcega, ejerciendo
su oposición contra los cartaginenses y etruscos, vivieron de los saqueos de las propiedades de sus vecinos hasta que fueron ex- pulsados por las otas asociadas de ambos poderes23. Su derrota
te. Su compatriota Dionisio fue un auténtico bucanero. Cuando fue expulsado de su ciudad natal tras la batalla de Lade en el año
495 a. C., perpetró primero un exitoso ataque contra la ota de la costa de Fenicia. Desde allí se dirigió a Sicilia, donde se abstuvo de atacar a ninguno de los griegos y centró por entero su atención en los cartaginenses y etruscos24. Las empresas bucaneras de
esta índole fueron el resultado natural de la política de monopolio del comercio desarrollada por estos estados, muy similar a la que los españoles ejercieron en el siglo XVII.
Uno de los más interesantes asenta mientos de los que tene- mos noticia fue el de los cnidios y rodios en las islas Lípari 25.
Cierto grupo de hombres liderado por Pentathlus había inten- tado en torno al año 580 a. C. asentarse en las proximidades de Lilibea 26. Cuando fueron expulsados, los superviv ientes, du-
rante el viaje de regreso, desembarcaron en las islas Lípari, donde habría n llegado a un acuerdo con los nativos o, sin más, los habrían exterminado, y allí se asentaron. Hostigados por los corsarios tirrenos, construyeron una ota y con frecuencia lograron derrotar a sus enemigos, enviando luego diezmos del botín a Delfos. Durante la guerra del Peloponeso, en cualquier
caso, sólo las islas de mayor tamaño se hallaban habitadas, y los liparianos se desplazaban en botes hasta las otras para
cultivarlas. Como lugar de refugio para los corsarios la isla tenía la enorme ventaja de que la escasez sólo hacía posible la llegada de una expedición dirigida contra ellos en invierno 27.
La resistencia que ofrecieron a los tirrenos no fue meramen- te pasiva, y resulta evidente que, por su parte, ellos también desarrollaron una vigorosa actividad bucanera. En el año 393
a. C., una embajada romana que llevaba a Delfos un exvoto por la reducción de Veyes fue asaltada y conducida a las islas; pero gracias a la i ntervención del magistrado principal, T imasi-
theus, « Romanis vir similior quam suis », los embajadores fueron puestos en libert ad y su ex voto devuelto28.
Pero el mayor interés que posee este asentamiento no es sino su organización comunal, sumamente adecuada para una so- ciedad pirática de esta índole29 y hasta cierto punto imitada du- rante largos años en la colonia pirática de Madagascar, que fue fundada por el francés Mission y por nuestro capitán Tew 30. A
una parte de los habitantes se les asignó a la armada, mientras que la otra se dedicó a la agricultura. Poseían todo el territorio en común, y parece que el fruto de los asaltos era repartido entre todos los pobladores31. Más adelante se decidió dividir la tierra
en la misma Lipara, y, con posterioridad, lo mismo se estableció en el resto de las islas; si bien en el último caso se procedió a una nueva distribución veinte años después32.
Para los griegos de Sicilia, esta posición de vanguardia de los bucaneros debió de ser de extraordinario valor durante los primeros años de su existencia. Las agresiones tirrenas fueron aumentando constantemente durante todo el siglo sexto, y a co- mienzos del siglo quinto nos encontramos con que el tirano de Rhegium se vio obligado a forticar el Estrecho para obstaculi- zar el paso de los barcos piratas33. No fue hasta la gran victoria
de Hiero y los siracusanos en Cumae, en el año474 a. C., cuando se logró detener su amenaza 34. Incluso con posterioridad a esa
fecha, y a pesar del intento de los griegos de volver a ocupar las islas Pitecusas, que se encuentran frente a Cumae, los corsarios tirrenos se las ingeniaron para continuar haciendo estragos en la costa siciliana. Una nueva expedición, en consecuencia, fue enviada contra ellos en el 453-452 a. C. bajo el mando del sira- cusano Phayllus, que saqueó la isla de Elba. Su sucesor, Apeles, con un ejército de sesenta trirremes, invadió la costa tirrena, realizó un desembarco en Córcega y volvió a ocupar Elba 35. Pero
no es posible suponer que estas expediciones pusieran n a las actividades piráticas de los tirrenos. La presencia de tres de sus barcos junto a los ejércitos atenienses en Siracusa demuestra que aún se hallaban en disposición de atacar a sus viejos ene- migos si la oportunidad se les ofrecía 36, y no fue hasta el siglo siguiente cuando los tiranos de Siracusa fueron capaces de con- trolar de forma efectiva el mar Tirreno. La continuidad de la pi- ratería 37 hizo que Dionisio I liderara una importante expedición
a las aguas del norte, durante la cual ocuparon Pirgi, el puerto de Caere, y lograron llegar hasta Córcega 38. Es muy probable que
se intentara una ocupación permanente de la isla y que el «puer- to siracusano» date de la época de esta expedición39.
El control siracusano del Mar Toscano no pudo haber sobrevi- vido durante mucho tiempo tras la muerte de Dionisio en el año
367 a. C., y las noticias que conocemos al respecto muestran que los piratas volvieron, nuevamente, a la actividad. Etruria, por supuesto, ya no pudo seguir siendo una potencia naval, pero, no obstante, algunas de las ciudades etruscas aún poseían naves, y dieciocho de ellas se hallaban al servicio de Agatocles en el año
307 antes de Cristo40. Además de los propios etruscos, encon-
tramos también a otros pueblos itálicos que se echaron al mar. Ya hemos visto que el «tirreno» Postumio, que fue ejecutado por Timoleón, no era un etrusco41. Tal vez, como sugiere Mommsen42,
fuera oriundo de Antium, cuya ota, por esa época, había sido conscada por los romanos, mientras que a su población se le había prohibido salir al mar43. El hecho de que Postumio espera-
ra una amistosa bienvenida en Siracusa sugiere que la piratería se estaba desarrollando a gran escala en las costas occidentales de Italia, y que los piratas griegos e itálicos habían hecho causa común para atacar a los habitantes más pacícos de la zona. Sin ninguna duda, los piratas griegos estaban en activo hacia el
año 350 a. C. Sabemos que infestaban la costa del Lacio, y que, en cierta ocasión, se asociaron a un grupo de piratas galos que se habían asentado en las montañas de Albania 44. Además de
los ataques de los griegos y de los salteadores nativos, tenemos indicios de que, hacia nales de siglo, las costas itálicas estaban sufriendo también los asaltos de los cartaginenses. El tratado del año 306 a. C., el segundo de los que cita Polibio45, contenía
cierta cláusula por la que se garantizaba a los súbditos de Roma y, hasta cierto punto, también a sus aliados, la defensa de los
ataques cartaginenses.
Con sus crecientes responsabilidades, se hizo cada vez más necesaria para Roma una defensa efectiva de las costas itáli- cas. Los estados piráticos de Italia fueron reducidos o, al menos, de alguna forma se logró evitar que realizaran sus fechorías en aguas itálicas. La fundación de nuevas colonias urbanas, las
coloniae maritimae, cuyos habitantes estaban exentos del servi- cio en las legiones, supuso una especial forma de protección de las costas46. Roma no fue el primer estado en el Mediterráneo al
que la presión de los salteadores obligó a organizar una armada. Además de a las guarniciones estables de las costas, se dedicó cada vez mayor atención a la construcción de una ota. Los duo- viri navales aparecen por primera vez en el año311 a. C., y al a ño siguiente tenemos noticias de un escuadrón en el que servían los
sociinavalis, que actuaban bajo las órdenes de un ocial romano a cargo de los ora maritima. Si la expedición dirigida a Córcega, de la que sabemos que fue realizada aproximadamente en estas fechas47, estuvo de alguna forma relacionada con la eliminación
de los salteadores de la isla, nos es desconocido. A medida que el poder de Roma se extendía sobre las ciudades griegas de Italia, iba también aumentando el número de las naves del que dis- ponía, lo que hacía más fácil la vigilancia de las aguas itálicas.
Durante el medio siglo siguiente, si exceptuamos los asaltos car- taginenses de la primera guerra púnica, poco puede decirse de la piratería en el Mar Toscano. El hecho de que los más rebeldes piratas itálicos se vieran obligados a extender sus expediciones hacia las más lejanas aguas orientales, nos sirve de testimonio de la ecacia de las medidas adoptadas por Roma en sus aguas territoriales.
Roma salió de la primera guerra púnica como la primera po- tencia naval del Mediterráneo; de la segunda, como dueña abso- luta de toda la cuenca mediterránea occidental. Resulta intere- sante observar hasta qué punto Roma cumplió con los deberes que entonces le fueron impuestos, así como comparar los méto- dos de los que se valió para intentar resolver los problemas a los que tuvo que enfrentarse en las distintas zonas sobre las que tuvo que ejercer su vigilancia. Tuvo que asumir el deber de velar por la seguridad de las aguas occidentales en un momento en el que toda la zona sufría las consecuencias de las interminables guerras púnicas, pero, al mismo tiempo, Roma partía con cier- tas ventajas iniciales. Resulta bastante improbable que Cartago hubiera permitido la piratería en las islas que se hallaron bajo su control. En cuanto a las gentes sin ley de Córcega que men- ciona Estrabón48, parece que durante el dominio romano tuvie-
ron que restringir sus actividades a los asaltos en tierra rme. El mismo autor nos habla de los ataques que los sardos dirigie- ron contra Pisa, aunque no especica ninguna fecha concreta 49.
Tales ataques pudieron haberse producido en alguna ocasión durante el dominio romano, pero apenas tenemos noticia de nin- guno de ellos, y, teniendo en cuenta la necesidad de mantener abierta la ruta hacia Hispania, que ya estaba siendo amenazada por el norte, los romanos se ocuparían sin duda de que la ame- naza de los piratas de Córcega y Cerdeña no obstaculizara sus
comunicaciones. Pero las más graves amenazas para la paz de las costas del Mediterráneo occidental llegaría de las costas sep- tentrionales del Mar Tirreno, de las salvajes tribus procedentes de los Apeninos y Alpes Marítimos conocidas como ligures. Por espacio de unos ochenta años desde la conclusión de la segunda guerra púnica, los romanos se habían visto obligados a soste- ner constantes pugnas fronterizas y razzias, siendo Liguria, tal como señala Livio, un perpetuo lugar de entrenamiento para los ejércitos romanos50. Se trataba de una región abrupta, estéril
y difícilmente practicable, y sus habitantes habían subsistido durante largo tiempo del asalto a sus vecinos o de servir en ca- lidad de mercenarios en los ejércitos extranjeros51. Eran hábiles
cazadores y arrojados marinos, y sus ligeras embarcaciones no les impedían emprender viajes de largo recorrido, permitiéndoles su sabiduría naútica hacer frente a todo tipo de climatología 52.
Los ligures de los Apeninos fueron durante mucho tiempo una constante fuente de preocupación para los etruscos de Pisa, que estuvieron expuestos a sus ataques tanto por tierra como por mar53. Pero uno y otro lado de los Apeninos sufrieron sus ata-
ques, y, con posterioridad a su primer contacto con los roma- nos54, podemos hallarlos haciendo causa común con los galos
del valle del Po para intentar detener el avance de Roma. En la guerra de Aníbal apoyaron con entusiasmo a los generales car- taginenses, y en el año200 algunas de estas tribus intervinieron junto a los galos y junto a Amílcar el Cartaginés en el saqueo de Cremona y Placentia 55. La pacicación de estos ligures orienta -
les, que pertenece, en gran medida, a la historia de la conquista romana de Italia, queda fuera de nuestra presente materia de estudio. Muchos fueron exterminados en las sucesivas victorias romanas o expulsados de sus fortalezas en las montañas y en-