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I

Es imposible abordar la lectura crítica de un libro sin terminar cortándose los dedos. El peligro impuesto queda por demás como una vana necesidad, obligando de ésta manera a la lectura misma de todo el devenir del hombre y con ésta la confrontación, fatal para nuestra cultura, de unos cuerpos teóricos que no han sido incorporados, y aún más, que han sido abandonados por completo, tornándose por momentos en simples estornudos entrecortados, tos seca y áspera, como la de un agripado que no llega con todo el peso del término a ser una neumonía o una bronquitis mortífera. Así, subscritos a ésta paradoja del hablar de mudos, no nos queda más remedio que realizar un recorrido obligatorio por las sendas oscuras del pensamiento, antes de empezar a hablar de la obra.

Así, desfigurar la novela, en este caso, sería insertarla en un juego de palabras que conducen a borrar todo límite presente en ésta. La impostura radicaría en el desdibujamiento de un marco histórico y filosófico a manera de una remembranza, agarrada igual que un electroimán del cual se desconoce la reacción o rechazo de la contracara. De ésta manera, borrar el límite sería para Derrida borrar las fronteras del presente, obligando a la obra a salir del diacronismo en el cual ha venido rebosando, al igual que un témpano de hielo, que al ser sumergido en medio de una tina de agua hirviendo se resiste eternamente en el instante final de su agonía.

De igual forma, el concepto de límite ha sido usado en filosofía con muy diversos significados en variados contextos. El concepto de límite está implicado en la idea de término, frontera, territorio. En relación con el sentido anterior se halla la idea de que la determinación de una realidad es a la vez la limitación de esa realidad, en función de un horizonte que le es desconocido.

Así, es imperante, urdir la palabrería de la obra, en un tejido de resonancias históricas y filosóficas que han hecho patente la continuidad del pensamiento desde Platón a Saramago. Este urdir

se constituye a la vez, en un deconstruir desde un primer movimiento de reconocimiento de la estructura del sentido de ausencia existente en la obra. Y un segundo movimiento, el cual no consiste precisamente en recomponer dicha estructura, sino en la diseminación de la misma, en ésta medida, el juego deconstructivo no se establece como una critica, ni mucho menos como un análisis como el mismo Derrida lo establece. Obligándonos asumirlo como una acción.

En cualquier caso, pese a las apariencias, la deconstrucción no es ni un análisis ni una crítica y la traducción debería tener esto en cuenta, no es un análisis, sobre todo porque el desmontaje de una estructura no es una reagresión hacia un elemento simple, hacia un origen indiscomponible. Estos valores, como el de análisis, son ellos mismos, filosofemas sometidos a la deconstrucción. Tampoco una crítica, en el sentido general o en un sentido Kantiano. La instancia misma del Krinein o de la krisis (decisión, elección, juicio, discernimiento) es, como lo es por otra parte todo el aparato de la crítica trascendental, uno de los temas u objetos de la Deconstrucción. Lo mismo diré del método. La Deconstrucción no es un método y no puede ser transformada en método. Sobre todo si se acentúa, en aquella palabra...17

Muy bien se había revelado, en la distribución del espacio, la necesidad de esconder o negar en la Conservaduría del Estado Civil, las últimas certificaciones de los cuerpos ahora no existentes, cuerpos que a la postre huían del tiempo, desfigurándose su

reflejo, sin alcanzar a ser allanados por la persistencia infame de los vivos, de certificar, hacer constar su desventurada existencia:

Para no perder el hilo de la madeja en asunto de tal trascendencia, es conveniente comenzar sabiendo donde se encuentran instalados y cómo funcionan los archivos y los ficheros…obedeciendo a la ley de la naturaleza, en dos grandes áreas, la de los archivos y ficheros de los muertos y la de los archivos y ficheros de los vivos, Los papeles de aquellos que ya no viven se encuentran mas o menos organizados en la parte trasera del edificio, cuya pared del fondo, de tiempo en tiempo, en virtud del aumento incesante del número de fallecidos18.

De ésta manera, la implacable distribución de los muertos en el espacio propuesto por la novela, orienta toda reflexión a la negación misma del mundo que establece el decurso dialéctico. El perdido paraíso de la oscuridad, muestra la esencia de los espacios invertebrados, los rincones y los submundos, desde donde eventualmente emerge “algo” que puede ser representado.

En lógica acertada, le corresponde a la obra, sino formal y directamente, si por debajo, más allá de la conciencia, manifestarse intrépidamente, acerca de este vació, parametaforico de algunos problemas de la física moderna: como puede ser en fenómeno de la entropía. Dar cuenta de la semblanza de la 17

inexistencia, en un mundo en el cual se instituye la existencia misma a partir de la evidencia epidérmica. Así, es más que obligatorio descobijarnos, de más de dos mil años de historia y de fuerza del pensamiento, para encarar desnudos la acerada certeza platónica sobre el sinsentido histórico de la construcción del concepto y de hecho de la imposibilidad de la razón:

Sí, pues, tuviesen que dialogar unos con otros, ¿no que convendrían en dar a las sombras que ven los nombres de las cosas?

- Por fuerza.

- Pero supón que la prisión dispusiese de un eco que repitiese las palabras de los que pasan. ¿no crees que cuando hablase alguno de esto pensarían que eran las sombras mismas las que hablaban?.

- No, !por Zeus! -dijo.

- Ciertamente -indique-, esos hombres tendrían que pensar que lo único verdadero son las sombras.

- Con entera necesidad-dijo.

- Considera, pues-añadí-,la situación de los prisioneros, una vez liberados de las cadenas y curados de su insensatez. ¿Qué les ocurriese si volvieran a su estado original. Cuando alguno de ellos quedase desligado y se le obligase a levantarse súbitamente, a torcer el cuello y a caminar y a dirigir la mirada hacia la luz, haría todo esto con dolor, y con el centelleo de la luz se vería imposibilitado de distinguir los objetos cuyas sombras percibía con anterioridad19

Pero más allá del contrasentido de la razón y de la costumbre, que a decir de platón habitúa las cosas de lo alto20, nos encontramos con el edificio habitado del conocimiento que en cualquier 18

José Saramago, Todos los nombres, Editorial. Alfaguara, 1.998. 19

momento puede colapsar. El pánico y la esquizofrenia que la razón revelaría, nos lanza de cara contra las piedras de un conocimiento, entre líneas generalizador, dispuesto a romperse, pues sólo la fuerza de la costumbre es la que instituye la falsedad en un mundo que no es más que percepciones, rayos, relámpagos, reflejos transmitidos en el vientre insondable del universo.

En rigor, es indispensable, repasar las dos vías distinguidas por platón para poner en juego la razón: la vía de la verdad; que hizo uso desde la antigüedad de la lógica y la matemática y la vía de la apariencia, que se inscribe en la disculpa metafísica, sólo por la cual son explicables los atributos de Dios, entre otras cosas.

Imponiéndonos a lo anterior, pensar la inexistencia desde la obra y sus contornos anacrónicos, nos conmueve a delogar el atributo titular “todos”. todos los nombres y en especial el vocablo “todos” nos introduce en una generalidad vacía, es decir en un contrasentido, en un acertijo matemático. Decir “Todos los nombres” sin atreverse a señalar ninguno, nos hace un traspié y nos empuja directamente en la caverna de la negación, de la

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apariencia del discernimiento preético, antesala de un conocimiento ético.

Aquí pongo fin al razonamiento digno de confianza y al pensamiento sobre la verdad. A partir de ahora, aprende la opinión de los mortales, escuchando el engañoso orden de las palabras... Pues los mortales han decidido nombrar dos formas, de las cuales no es correcto nombrar una, y es aquí en donde se extravían; y las han distinguido opuestas en figura y han fijado señales distintas para cada una de ellas; aquí el flamígero fuego del cielo suave muy ligero igual a si mismo en todas sus direcciones...21

La perfidia de la enunciación “Todos los nombres” se confirmaría en el acrisolado hueso de la estructura del discurso de la novela, “Todos los nombres” con un sólo nombre referido, nos embrica en una lectura, en la cual la interpretación del logos queda deshecha delogos reducida, diseminada, imponiéndose una lectura desde los márgenes de la suposición, desde una práctica del olvido formal. La resistencia, resistencia al tiempo.

Cuando por fin pudo recuperar el aliento , se agachó para recoger las fichas, una, dos, tres, cuatro, cinco, no había duda seis, a medida que las recogía iba leyendo los nombres que allí constaban, famosos todos, menos uno. Con la precipitación y la agitación de los nervios, la ficha intrusa se había pegado a la que le precedía...La ficha es de una mujer de treinta y seis años, nacida en esa misma ciudad...Entonces por qué no deja de mirar la ficha de la mujer desconocida...22

21

Platón, Diálogos Fragmento 8, diálogos con Parménides, Editorial EDAF, Madrid, 1994.

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Romper el bebedero y esperar que en el verano, el bosque humedezca los viejos charcos de arcilla ya reseca, establece un sentimiento similar al de delogar la novela, esperando encontrar en ella, algo más allá del engañoso orden de las palabras. La negación del nombramiento se distingue sólo como una pequeña marcha del espíritu hacia la desmesura del vació de la sociedad moderna. La ausencia que enmascara la palabra “todos”, sirve como anatema, haciéndonos recordar de paso a una de las grandes obras de la literatura alemana “El hombre sin atributos”, en la cual se sedimenta a Ulrico, hombre maldito, hombre con nombre, pero igualmente sin cualidades, relegándolo al horror de la apariencia, Así, si el sentido no se encuentra en la palabra, en dónde buscar.

En la obra el conjunto de palabras realiza un proceso de anatexia que las acrisola dejando espacios -márgenes de sentido- que van más allá de las construcciones isotópicas y clasemas planteadas por Greimas. Evidenciando de en ésta medida, el alejamiento e imposibilidad de la crítica sobre el objeto mismo:

Qué tengo yo con esto, fue la señora del entresuelo derecha...con la vida que llevas , es natural, imaginate que la mujer del autobús fuera de verdad la de la ficha...El colega se

levantó contrariado...El hombre...la señora del entresuelo izquierda...la persona a quien estamos mirando no existe. Tenía delante el expediente y la ficha, tenía también las trece fichas de la escuela, el mismo nombre repetido trece veces, doce imágenes diferentes de la misma cara, una de ellas repetida, todas ellas muertas en el pasado ya muertas antes de haber muerto la mujer en que después ser convertirán23

Los significados semánticos evidentes, nos obligan a buscar una salida a la invención retórica tradicional que no hace más que explotar el conjunto de anatexias semánticas conduciéndonos por la vía de la verdad formal, vía de la razón. Disolver la obra como objeto de la crítica, y disponer de ésta como una disculpa para la reinterpretación del pensamiento y la cultura.

De esta manera, Pensar la novela desde sus posibilidades de inserción en el mundo de la filosofía primera, o como un fino dialogo con los pensamientos, es darle el estatuto, para que entre en dialogo con aquellos, ya no desde su literalidad, sino desde sus construcciones escondidas, desde sus rincones.

En la novela la muerte, el mundo de los muertos, configura la ausencia sentida en la postulación titular. Ahora, la no existencia y el proceso de devenir de los seres certificados por la Registraduria del Estado Civil, presenta un rasgó mucho más profundo, el cual se cotejaría directamente

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con la metafísica de Parménides y en especial con lo que de su obra se ha clasificado como el fragmento B8, que habla sobre el futuro y el devenir del pasado, veamos:

¿Y cómo podría entonces ser lo que es? ¿Cómo se generaría?

Pues se generó, no es, ni ha de ser en algún momento. De tal modo cesa la génesis y no se oye más destrucción. Tampoco está dividido, ya que es todo igual, ni es mayor en algún lado, lo que le impide mantenerse unido, ni menor sino que todo esta lleno de lo que es...Y una misma cosa son pensar y el pensamiento de lo que es. En efecto fuera de lo que es -en lo cual tiene constancia lo dicho24

En la novela este problema es reiterativo, -cómo lo que es, llega realmente a ser-, sin el llamamiento directo de un nombre, de una ficha de registro, que en determinado momento forma una presencialidad inexistente, una presencialidad evidente que lleva a don José a la búsqueda constante de una corporalidad, que en todo el transcurso de la novela no existe.

Y es la ausencia del orden nominal en la obra, el desconocimiento de la personificación, nos impone necesariamente el recuerdo de lo que fueron los continentes de América, África y Asia, hasta el siglo XVII, formas insulares inexistentes, grandes islas habitadas por seres ignorantes, a los que había que dominar y expropiar, sin la

necesidad de otorgar el menor crédito a su condición. Así, la conciencia humana, más allá de generarse con el principio de la razón, se pasea por los parajes del sinsentido y el exterminio, se hunde en las recurrencias históricas y teóricas, las que sólo alcanzan a presentir un ligero aniquilamiento del ser, gritado desde el trono que el homosapiens se ha arrogado, gritos ahogados de gargantas sin salivación, leves batidos de alas para la fuerza insondable del universo, suave brisa para el orden inefable del ser.

La persona a quien estamos mirando no existe. Tenía delante el expediente y la ficha, tenía también las trece fichas de la escuela, el mismo nombre repetido trece veces, doce imágenes diferentes de la misma cara, una de ellas repetida, todas ellas muertas en el pasado ya muertas antes de haber muerto la mujer en que después ser convertirán... Le indico sólo el lugar en donde esta la mujer enterrada, repare en el extremo este del ramal, la línea ondulada que se ve aquí es un riachuelo que todavía sirve de frontera, La sepultura se encuentra en este recodo, la identificará por el número y por el nombre, Si, si ya lo tiene, pero son los números loe que cuentan, los nombres cabrían en el mapa, sería necesario uno del mismo tamaño del mundo, Escala uno por uno, Si escala uno por uno, e incluso así habría supersticiones, Está actualizado, lo actualizamos todos los días, Y ya puestos, digamos que le induce a imaginar que pretendo ver la sepultura de esta mujer, Nada, Tal vez porque yo hubiera hecho lo mismo su estuviera en su lugar, por qué, Para tener certeza, de que está muerta, No, La certeza de que estuvo viva25

24

Bollack y Wismann, El momento teórico de Parménides, Editorial Cátedra, 2.000 Barcelona.

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Así mismo, la distinción del uno y el todo no es más que un esfuerzo de representación del pensamiento, que es desviado hacia la geometría clásica del espacio. La descripción matemática de lo limitado y lo ilimitado que participa de una primera filosofía deja desde ahí el vació, la esperanza inalcanzada por el espíritu que huye al refugio de la certeza y se aferra como un gusano a la razón, a la demostración sobre el plano de unos principios que dicha demostración invalida. Desde ésta perspectiva, parecen ser más puros los principios de la filosofía de Anaximandro, Anaxímenes y Heraclito, que sin ningún esfuerzo o con esfuerzo poético, trataban no de reducir la naturaleza a un principio graficado, sino de hallar el sentimiento apropiado para su comprensión. Comprensión apasionada, guiada por el esfuerzo de penetrar en el ser mismo de la cosa, deseo de vivir; sentimiento de lo sublime, sentimiento de vida. Por tanto, al existir una razón filosófica de la geometría clásica, el presentimiento del espacio, ¿no puede ser éste el comienzo de nuestro desmesurado equivoco?. Y si hemos sobrevivido al equivoco, cuál será la refutación más certera a la razón. La explicación del ser como mecanismo (máquina) a partir del siglo XVIII, nos obliga al amparo de la intuición intelectual propuesta por Kant.

Descartes celebraba el conocimiento clínico que lo llevó a reafirmarse sobre el pensamiento, el anatema máximo del sujeto que lo conduce a pensarse como el principio de todas las cosas. Simple incomprensión, imposibilidad de estar fuera de sí, estar en. De ahí, el miedo de Schopenhaur a ser escindido, un ser junto a Descartes. Lo que eternamente duerme, en el para sí, más minúsculo del universo.

Por fuerza, el descenso del ser a los estratos del subjetivismo antropocéntrico rompe la admiración de lo sublime, puesto que no somos uno, no somos dos con las cosas, sino que somos universo. El ser de la transpiración de todo lo que es y lo que no es.

II

Existe la necesidad de ser tan precisos como una guillotina.

El descenso. Es arrollador como el destino de ciertas palabras terminan por imponerse, burlando el cerco que una crítica infantil tiende en las postrimerías de la reflexión en torno a una obra, haciendo de un experimentado lingüista un ligero descifrador de refranes, que no logra romper el huevo que el latido de un corazón

asienta. El descenso, palabra que sumerge, hilvanando la figura en un espacio y tiempo. Mecánica objetable que el entendimiento humano no ha logrado superar. Descenso, no es más que una palabra de referencia que entrecruza los caminos del descabezamiento, práctica vulnerable de cualquier hombre que ha decidido conquistar por la fuerza lo que la naturaleza le dará sin ella o acercar con el movimiento lo que la naturaleza le tiene previsto sin este. Por capricho descendió Dante al infierno: Terminaba el día. La oscura noche irritaba el descanso, cuántos seres animados pueblan la tierra, vencidos por la fatiga, mientras sólo yo me disponía al combate contra lo que mis andanzas me depararan y a sufrir lo que voy a narrar. Por mi se va a la ciudad del sufrimiento, por mi se va al dolor eterno, por mi se va a las razas malditas. La justicia animó a mi sublime creador, soy obra del supremo poder, de la santa sabiduría, del primer amor. Antes de mí nada existía, salvo las esencias inmortales26. Igualmente, por

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