De nuestros estudios sobre "El libro de los muertos" se de- duce claramente que, en algún momento de su historia primitiva, los pobladores del Nilo estuvieron en contacto con unaculturasu- mamente elaborada y avanzada, dotada de un sistema de creencias religiosas y mágicas diferentes de cualquiera de las que hubieran conocido antes.
Los especialistas difieren unos de otros en lo que se refiere a los períodos de tiempo de la etapa predinástica y de las prime-ras etapas dinásticas. Por ejemplo, y según Budge, la iv y v dinas-tías existieron aproximadamente hacia el año 3500 antes de Cristo; mientras que, en su excelente obra "Egyptian Beliefand Modern
Thought"; el experto norteamericano James Bonwick considera que
el imperio se fundó aproximadamente 5000 años antes de la Era Cristiana. Según él, se decía que, antes del rey Menes, eran los dioses quienes habían gobernado el país, lo que parece indicar que, fueran quienes fueran los que llevaron esa luz civilizadora a los campos egipcios en aquellos remotos tiempos, gobernaron du- rante algún tiempo y luego o bien volvieron a marcharse, o bien, al ser menores en número, se vieron lentamente absorbidos por la población indígena.
Antes de seguir adelante, creo que sería una buena idea plantearse quiénes podían haber sido ese "pueblo avanzado" y de dónde podían haber procedido. Sobre este tema existen numero- sas especulaciones, pero nadie sabe nada seguro ya que la mayor parte de las cosas que se han escrito y de las teorías que se han expuesto son solamente académicas. El concepto más ortodoxo es
culturas que la rodeaban, partiendo posiblemente de raíces sume- rias, y llegando a Egipto en el año 4000 antes de Cristo. Como estudiosos de los temas ocultistas, debemos mantener siempre la mente abierta a cualquier teoría y no descartarla simplemente porque no encaje con nuestras ideas o no halague nuestros egos como intérpretes de los registros Akashicos. Por tanto, concede- remos a esa teoría al menos el beneficio de la duda.
La segunda teoría implica la posible existencia de una civili- zación anterior en posesión de una tecnología avanzada, lo que parece remitirnos a la leyenda de la Atlántida. Se han escrito nu- merosos libros sobre la Atlántida, y las teorías a favor y en contra son legión. Platón fue el iniciador del mito con su historia de este país de fábula, y, a lo largo de los siglos, le han seguido ejércitos de fervientes partidarios de la teoría de la Atlántida. El Primer Ministro británico de la era Victoriana, William Gladstone, creía firmemente en el continente perdido, y, en tiempos más recientes, científicos del otro lado del telón de acero, se han mostrado también a favor de esta teoría.
La Atlántida ha adoptado numerosas formas distintas en las mentes de los que la atribuyen a causas Akashicas. Ha habido ví- vidas descripciones del continente perdido en forma de novela, normalmente "recordadas" en estado de trance, hipnosis o simple percepción extrasensorial; también ha habido razonamientos teó- ricos expuestos por personas de mentalidad más práctica, que han anotado cuidadosamente los lazos geológicos de flora y fauna, así como las similitudes entre las estructuras piramidales de ambas orillas del Atlántico, y tratados, obra de expertos en historia de la geología, que se han limitado a tener en cuenta el orden o secuen- cia lógica del cambiante rostro del planeta a lo largo de millones de años.
Según algunos, la Atlántida era una isla del Mediterráneo que explotó en los tiempos de Micenas; para otros se trata del continente de la Antártida antes de la Era Glaciar y del cambio en el eje de la Tierra, que la situó en su actual posición en relación al Sol; otros han situado la Atlántida en el centro del Atlántico, en el norte de dicho océano, como parte de Groenlandia, etc. Los partidarios de estos puntos de vista se han visto a su vez enconadamente perseguidos por los autores que niegan la existen- cia de la Atlántida, normalmente personas que consiguen fama y
dinero realizando regularmente servicios "desmitificadores" para la humanidad. No cabe la menor duda de que todo esto resulta, sumamente estimulante y, en algunos casos altamente necesario, o, de lo contrario, terminaríamos rodeados de un montón de su- percherías disfrazadas de teorías pseudo-científicas o de falsas religiones místicas destinadas a halagar el ego. La autora de esta obra no tiene de momento la intención de afirmar su infalibilidad (y no permita Dios que lo haga nunca); pero, según vaya avanzan-do en la lectura del libro, la persona interesada encontrará montones de pruebas que le ayudarán a decidir por sí misma; pues, como señaló en cierta ocasión una persona ilustrada, "la opinión no tiene nada que ver con la verdad".
Existe una tercera teoría acerca de los orígenes espirituales y mágicos de Egipto, que es bastante reciente y probablemente la más espectacular de todas; implica la idea de que seres proceden- tes del espacio exterior aterrizaron en dicho país y enseñaron a sus primitivos habitantes las artes básicas de la civilización. Los autores partidarios de esta teoría han utilizado muchas de las creencias ya existentes para demostrar sus afirmaciones. Tenemos por un lado a los "hijos de Dios e hijas de los hombres" de los que habla la Biblia; las máquinas voladoras de las que hablan los ve- das; diversas comunicaciones de seres supuestamente procedentes de otros planetas (o bien encarnados o bien desencarnados) y, más recientemente, las investigaciones de Robert K.G. Temple; quien en su obra de divulgación, "The Sirius
Mystery", examina con considerable grado de detalle las creencias
de los dogons, una tribu africana que vive en Mali, y que durante siglos ha poseído conocimientos muy precisos sobre el sistema estelar de Sirio, incluyendo su naturaleza o carácter binario y sus satélites complementarios. La ciencia ha conseguido parte de esa información sólo en los últimos años; lo que indica el elevadísimo nivel astronómico necesario para poseer esos conocimientos. No parece haber ninguna forma por la que este pueblo primitivo pudiera haber obtenido conocimientos tan avanzados a menos que les hubiesen sido transmitidos en alguna remota fase o etapa de la historia de su tribu, por alguien o algo con instrumentos capaces de descubrir y de registrar con exactitud todos esos datos. Algunos sugieren que los primitivos sumerios podrían haber inventado un tipo de telescopio compuesto por una serie de lentes alineadas, y que
los dogons habitaron originalmente en la región de Mesopotamia, trasladándose luego hacia el sur, y llevando consigo sus conoci- mientos sumerios. Sirio fue siempre un factor muy influyente en la vida de los primitivos egipcios, dándole cabida tanto en sus calendarios como en su religión, teniendo los llamados "días del perro" su origen en el ascenso helíaco de Sirio.
Mr. Temple afirma que seres procedentes del sistema estelar de Sirio llegaron a la Tierra hace muchos miles de años y que fue- ron (aunque no totalmente) responsables del salto desde la vida primitiva hasta el elevado nivel de cultura y civilización alcanzado en el período comprendido entre el año 4500 y el 3400 antes de Cristo. Pero Temple no es el único que sostiene este punto de vis- ta del "origen espaciai" de la civilización egipcia; pues otros auto- res con la suficiente intuición como para ver los lazos que unen entre sí la ciencia ficción con las enseñanzas ocultistas se han apresurado a subirse también en este tren en marcha. La teoría de seres llegados desde el espacio exterior ha alcanzado rápidamente credibilidad y popularidad, para mortificación de los ardientes defensores de las teorías ocultistas tradicionales, que fijaban las raíces de nuestra civilización en Lemuria, la Atlántida, o incluso en el viejo y querido Stonehenge. Afortunadamente, la ciencia ha disuelto con el ácido de su lógica muchas ideas de ambos bandos, pero eso sólo ha servido para animar al pensamiento humano a profundizar todavía más en la búsqueda de sus raíces cósmicas.
Dejando totalmente al margen las pruebas científicas (o la ausencia de ellas), existe una potente escuela de pensamiento ocultista que apoya la teoría de que el sistema solar en el que vi- vimos procede de Sirio; pero sigue resultando dudoso si esta in- fluencia adoptó una forma tan práctica como la que sugiere Mr. Temple o se limitó a ser de carácter puramente espiritual. He conocido numerosas personas sensatas y con preparación cientí- fica partidarias de la idea de que seres procedentes de Sirio engen- draron genéticamente la raza de los atlantes, que fue la que a su vez colonizó Egipto. Pero, en mi opinión, la cronología es dudosa, cuando no poco fiable. Sin embargo, y citando un viejo refrán, "no hay humo sin fuego", por lo que volvamos una vez más a lo poco que sabemos acerca de los primitivos habitantes de Egipto antes de la aparición de la era dinástica.
que se establecieron en Egipto aproximadamente hacia el año 5000 antes de Cristo, se habría encontrado probablemente con una raza que recientemente se habría identificado como más de origen australiano que negro. Se trataba de gente primitiva pero inteligente, con su propio sistema de religión, superstición y magia. Tal como hemos dicho anteriormente, no momificaban a sus muertos, pero sus ritos funerarios eran muy parecidos a los de países próximos durante el mismo período. Los recién llegados (fuesen quienes fueran) les enseñaron a formar comunidades, a la- brar la tierra, a fabricar herramientas e instrumentos, a desarrollar el sistema de comunicaciones y a respetar determinadas leyes bá- sicas. También apareció una nueva religión; aunque, en algunos casos, se permitió a los dioses o espíritus prehistóricos convivir con las nuevas deidades. Sin embargo, cuando me ocupe de la magia en un capítulo posterior, separaré cuidadosamente unos de otros, ya que esto es de la mayor importancia desde el punto de vista ocultista.
La magia puede clasificarse en "escuelas" o "sistemas", cada uno de los cuales contiene la vibración de un determinado rayo arquetípico. Los aspectos más vigorosos de la magia egipcia pro- cedían no de la religión primitiva y predinástica existente en aquel territorio, sino de la influencia y cultura de sus extraños coloni- zadores. En cuanto al lugar del que procedían, dejo que cada lector se forme su propia opinión.