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Por mucho tiempo, el reinado de Carlos II (1665-1700) sirvió a la histo- riografía como atelier en el cual producir sus críticas sobre las características con las cuales arribó la monarquía española al siglo XVIII y la contempo- raneidad. Para los cientistas sociales españoles, tanto el pendular siglo XIX —en cuanto a las formas de organización política— como las ficciones y censuras impuestas por el régimen franquista en el XX, resultaron decisivos al momento de aproximarse al período. Esta situación se traduciría en el pri- vilegio dado a temáticas específicas en torno al soberano y su corte o en el abandono de su estudio, ambas opciones acompañadas de la reproducción de conceptualizaciones peyorativas elaboradas con anterioridad. Por esta ra- zón, podríamos comprender que hasta la década del 60 del siglo pasado, al momento de analizar algunos de los procesos de la historia de la Monarquía vigentes entre la batalla de Rocoi (1643) y la muerte de Carlos II (1700), los trabajos remitían a las interpretaciones de Miñana (1737), Lafuente (1855), Cánovas del Castillo (1910), Dánvila y Collado (1885-1886), Juderías (1912) o Maura y Gamazo (1915). Y, con ellos, sobrevolaba la condena a la segunda mitad del siglo XVII.

Ahora bien, múltiples eran los motivos que intervenían para que dicha conceptualización fuese casi hegemónica en la comunidad académica. En realidad, las obras tradicionales expresaban tanto la relación presente/pasado de la primera generación de historiadores profesionales, como la escasez de estudios sobre la Monarquía del sucesor de Felipe IV. Este contexto expli- caría —en parte— la adopción de algunos supuestos que sobre España se realizaban en el exterior. Nos referimos a los postulados de la leyenda negra,1

propaganda antiespañola que Juderías (1912) discutiría en forma sistemáti- ca desde principios de siglo XX. Por sus investigaciones, entendemos que la crítica internacional usaba a España como modelo para definir las causas

1 Sobre la leyenda negra, es mucho lo que se ha escrito. Nos remitimos al trabajo ya clásico

de García Cárcel. Más reciente, desde una perspectiva comparada, a partir del análisis de diferentes contextos y cronologías, Roca Barea.

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Un momento historiográfico

históricas que limitaban el devenir de los Estados nacionales, como la falta de sentido de progreso, una civilidad arcaica o el desinterés por las lógicas de desarrollo y crecimiento, entre otros.2 Como tal, la leyenda declararía las

catástrofes ocasionadas por los españoles a partir del siglo XVI al tiempo que explicaría el letargo hispano.3 De ahí la identidad fabricada para la Mo-

narquía por la historiografía tradicional, un híbrido formado en el diálogo entre la leyenda —de amplia difusión en las unidades políticas dominantes de entonces— y un tópico recurrente en los best sellers españoles de la época: la decadencia.

En cuanto conceptualización, la decadencia debió buena parte de su vi- talidad a los políticos e historiadores españoles del siglo XIX. En este sen- tido, el análisis de los primeros siglos de vida de la Monarquía se asoció de forma inexpugnable a la historia de los actores dominantes: los Habsburgo españoles y su corte. En realidad, a la realeza y los privilegiados y las formas en las que ambos administraron a la Monarquía. Al menos los trabajos de Lafuente (1855), Cánovas del Castillo (1910), Dánvila y Collado (1885-86), como también Juderías (1912) o Maura y Gamazo (1915) sugerirían esta ca- racterística. Cada uno con sus peculiaridades, identificaron en la segunda mi- tad del siglo XVII indicios de atraso, declinación o enfermedad en el cuerpo místico de la Monarquía. En consecuencia, el análisis del reinado de Carlos II se vinculó al cenit de las arbitrariedades de la realeza, los desastres causados por los conflictos armados, la corrupción en la corte o a las acciones milita- res de Luis XIV contra una España gobernada por un rey cuyas cualidades físicas y mentales no daban esperanzas sobre su conversión en el campeón que recuperase la antigua gloria. Asimismo, a la corrupción, la exageración del principio religioso asociado a la Inquisición y la intolerancia, la filosofía ergotizante y la parálisis de la ciencia, estos escritores adherían la crítica

2 Según Juderías, la crítica a España estaba ligada a su pasado “inquisitorial, ignorante, fanática,

incapaz de figurar entre los pueblos cultos lo mismo ahora que antes, dispuesta siempre á las represiones violentas; enemiga del progreso y de las innovaciones; ó, en otros términos, la leyenda que habiendo empezado á difundirse en el siglo XVI, á raiz de la Reforma, no ha dejado de utilizarse en contra nuestra desde entonces y más especialmente en momentos críticos de nuestra vida nacional” (1912, p. 15).

3 En definitiva, una construcción conceptual, creada por Guillermo de Orange, “corregida y aumen-

tada por nuestros enemigos políticos y religiosos y exagerada más tarde por el desdén que inspiró á todos nuestra lamentable decadencia, perdura en la mente de nuestros contemporáneos” (Juderías, 1912, p. 33).

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Facundo García

sobre la transformación del carácter en la “nación”, donde el provincialis- mo, la despoblación y la pobreza de los reinos se vinculaban al desorden y penuria de la hacienda española.4 De forma que el reinado del Hechizado y

la supuesta ingobernabilidad generalizada de la Monarquía formarían un bi- nomio cuasi indisoluble. En él se incluirían tanto los problemas en Cataluña y Valencia, la formación en la corte de “parcialidades” opuestas a los intereses de la Corona, el crecimiento de la “pública malevolencia”, como el ascenso meteórico en títulos y en riqueza de algunos privilegiados, la arrogancia de la alta nobleza o el desorden dentro de las instituciones policiales. La conjun- ción de estos procesos habría socavado el poder real hasta llegar a la ausencia de una autoridad efectiva haciendo “total la anarquía”.5 En definitiva, esos

eran los rasgos que definían a la decadencia: claro está que el contexto polí- tico decimonónico tuvo mucho que ver en su desarrollo, en especial el fin de la Primera República y los hechos de 1898.

Sombras y luces en un período intermedio: