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LOS PREJUICIOS

In document La Vida Interna c.w.leadbeater (página 179-188)

Guardaos de iniciar una sospecha, porque todo lo transtornará. Yo he visto como una leve sospecha fue tomando cuerpo entre dos amigos hasta convertirse en gigantesca mala inteligencia. Toda palabra inofensiva se tergiversa de modo que se la mal interpreta por expresión de algún hostil o inconveniente motivo, mientras que quien la pronunció está completamente ignorante de la sospecha. Lo mismo sucede en las cuestiones científicas, políticas o religiosas. La más leve discrepancia de opinión se abulta hasta el extremo de extenderla en favor de lo que uno opina y en contra de las ideas ajenas, de suerte que resulta un concepto absurdamente tergiversado. Hay quienes alimentan el prejuicio de raza, aunque los que ahora tienen cuerpos blancos hayan tenido en otro tiempo cuerpos de color y viceversa, y las costumbres de uno hayan sido o hayan de ser las del otro. La fraternidad significa el abandono de los prejuicios. El conocimiento de la reencarnación nos ayudará a vencer nuestras limitaciones y malevolencias.

Los estudiantes de la vida superior debemos sobreponernos a estos prejuicios. Es tarea difícil porque están arraigadísimos los de raza, casta y

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religión; pero todos deben desarraigarse porque impiden ver claro y juzgar rectamente. Son como los vidrios de color, o más bien como los vidrios de chapucera hechura que todo cuanto por ellos se mira aparece disforme y a menudo enteramente distinto de lo que en realidad es. Antes de juzgar y discernir hemos de ver claro.

Siempre es fácil atribuir malas intenciones y descubrir siniestra explicación de los actos de aquellos con quienes nos hemos disgustado. Esta tendencia es un muy grave obstáculo en la senda del progreso. Hemos de anular nuestra personalidad para ver a los demás tales como son. Un prejuicio es una especie de verruga en el cuerpo mental que ofusca la verdadera visión de las cosas. Es un punto congestionado del cuerpo mental en donde la materia no está viva y vibrante sino atrofiada y corroída. El medio de curar es la adquisición de mayor conocimiento, poner en actividad la materia del cuerpo mental y los prejuicios se irán desvaneciendo uno tras otro.

Este siniestro efecto del prejuicio daba a entender Aryasangha cuando dijo en La Voz del Silencio que la mente es el gran destructor de lo real. Con esto nos advierte que no vemos ningún objeto tal cual es, sino que sólo vemos las imágenes que podemos forjar de él, y así resultan todas las cosas necesariamente coloreadas por las formas de pensamiento de nuestra propia creación. Observad como dos personas que presencian el mismo suceso en idénticas circunstancias, lo relatan cada cual a su manera. Así ocurre continuamente con los juicios del hombre vulgar y no advertimos cuán absurdamente tergiversamos las cosas.

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El deber del estudiante de Teosofía es acostumbrarse a ver las cosas tales como son, y esto requiere gobierno de sí mismo, vigilancia y gran copia de penosa labor. Por ejemplo, las gentes de los países occidentales tienen muchos prejuicios en cuestiones religiosas, y al que nace en el seno de una de ellas se le enseña insistentemente que todas las demás son supersticiones. Así es que nuestras ideas son ya prejuiciosas desde un principio, y aunque algo aprendamos de las otras religiones y las respetemos, nos será difícil imaginarnos nacidos en ellas. Los induistas no pueden suponerse nacidos cristianos o musulmanes, y la misma dificultad encuentra un cristiano o musulmán para suponerse induista o buddhista, aunque con seguridad en alguna vida pasada habrá pertenecido a una u otra de estas religiones.

Muchos que alardean de cristianos protestantes no tendrán la menor confianza en un católico romano, y cuanto más ignorante es la gente mayor desconfianza muestran respecto de lo que choca con sus costumbres. Así vemos que los campesinos, por ejemplo, son instintivamente desconfiados con los extranjeros, y hay en Inglaterra muchos pueblos rurales en donde un francés despertaría sospechas a menos que implorara la caridad pública. Si está hambriento le darán de comer y lo tratarán compasivamente; pero si llega en busca de trabajo le criticarán, se reirán de él y levantará sospechas. Desde luego que todo esto proviene de la ignorancia y sucede porque los campesinos no están acostumbrados a tratar con extranjeros.

La eliminación de semejante prejuicio es una de las mayores ventajas que adquiere el hombre

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de talento cuando viaja. En la Sociedad Teosófica intiman hombres de diversas naciones. Los indos se acostumbran al trato de los blancos quienes a su vez se convencen de que los indos son tanto como ellos. Yo me hallaba actuando en Amsterdam cuando la guerra del Transwaal, y aunque en toda Holanda se notaba un vivo sentimiento de hostilidad contra los ingleses en aquella época, no se advertía la más mínima animosidad entre los teósofos holandeses. Es interesantísimo asistir a una de las conferencias teosóficas europeas y ver la cordialidad reinante entre hombres de diversas naciones, cuán sinceramente se alegran de conocerse y cómo se deleitan en su recíproca compañía. Entonces se convence uno de que si el sentimiento de confraternidad, tal como existe en la Sociedad Teosófica, se dilatase a la mayoría de las gentes en las diversas naciones, las guerras serían imposibles y ridículas.

En el actual estado de cosas, formamos las opiniones sobre muy deleznables fundamentos. Al encontrar por primera vez a una persona solemos sentir disgusto hacia ella por algo que dice o por algún gesto que hace, de suerte que se interpone entre ambos un ligero tabique de desconfianza. Esto parece a primera vista que no tiene importancia; pero habéis de cuidar de que el ligero prejuicio contra aquella persona no se convierta en barrera porque os impediría comprenderla. Hasta cierto punto la veis a través de la forma de pensamiento que habéis forjado y no podéis verla distintamente, porque es como si la vierais a través de un retorcido vidrio de color que todo lo deforma.

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prejuicio es favorable a determinada persona, como en el caso de una madre que puede considerar inofensivo lo que hace su hijo aunque perjudique gravemente a otros. Tanto si el prejuicio es favorable como adverso a una persona es una ilusión mental que mata la realidad. El mejor medio de ver sin engaño es determinarnos desde un principio a descubrir lo bueno de cada cual, porque nuestros prejuicios están, por lo general, en el lado opuesto y desgraciadamente nos inclinamos a ver el mal donde no existe. Diferimos de muchas otras gentes en color, traje, modales, costumbres y en ritos religiosos; pero todo esto son sencillamente exterioridades y cuanto en ello subyace o se oculta es casi lo mismo en todos nosotros.

Sin embargo, no es muy difícil penetrar más adentro de las externas envolturas en que se ocultan las gentes. De aquí que, por lo general, muestren su peor aspecto, porque los principales vicios están siempre cerca de la superficie y el verdadero oro permanece, a menudo, ventajosamente escondido. Quien aspire a progresar debe vencer esta ceguera en cuanto al mérito ajeno y la propensión a juzgar por las apariencias.

Recordad que por ignorante o mogigato que sea un hombre, no se le puede negar la ocasión de colocarse, si así lo desea, del lado del bien en contra del mal. Los Maestros aprovechan siempre el bien esté donde esté, aunque haya en el mismo hombre mucho de malo; y el empleo que de dicha energía benéfica hacen los Maestros, ayuda grandemente a quien la engendró. Así, por ejemplo, aprovecharán la energía devocional que encuentren en un sanguinario fanático, con lo que le

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darán ocasión de realizar alguna obra buena y recibir ayuda en consecuencia.

También debemos imitar a los Grandes Seres procurando aprovechar el aspecto bueno de todas las cosas y personas. No busquemos ni abultemos en mal en nadie sino escojamos e intensifiquemos el bien. Proseguid haciendo vuestra labor lo mejor que podáis y no os conturbéis por la labor ajena ni de cómo la está haciendo quien la haga. Si los demás oponen dificultades a vuestra obra, vencedlas y no os desalentéis, porque es vuestro karma y al fin y al cabo todas estas cosas externas no tienen verdadera importancia. No incurráis en el error de creer que los demás intentan empequeñecer vuestros buenos propósitos. Todos vuestros coetáneos son muy semejantes a vosotros, y así juzgad por vuestro corazón el ajeno y preguntaos si seríais capaces de una tan mala acción como ésta.

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CURIOSIDAD

Concentraos de tal manera en vuestra labor que no tengáis tiempo de murmurar de los demás ni fisgonear en sus negocios. Si cada cual se ocupara en sus propios asuntos, el mundo seria incomparablemente más dichoso.

El entremetimiento en los negocios ajenos ocasiona muchos males, y con toda seguridad cabe afirmar que el fisgón no está en su cabal salud. Porque el por costumbre curioso no se mete en lo que no le importa con propósito de ayudar sino tan sólo para satisfacer su curiosidad por algo que no le va ni le viene, lo cual es síntoma de enfermedad. Otro síntoma es que el curioso no puede reservar para sí la información tan abominablemente adquirida sino que siente el prurito de divulgarla entre otros tan insensatos y maliciosos como él. Porque malicioso es sin duda alguna este chismorreo, uno de los peores vicios del mundo. El noventa y nueve por ciento de las veces, lo que se murmura es de todo punto invención, pero ocasiona enormísimo daño.

El quebranto de la reputación de la persona de quien se habla mal es la menor parte del daño, porque la maledicencia y su pestilente chismografía están forjando de continuo formas de pensa-

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miento de la siniestra cualidad atribuida a la víctima sobre quien después se precipitan en incesante corriente, con lo que el natural efecto será despertar en él la mala cualidad de que le acusan si hay en su naturaleza algo capaz de responder a sus maliciosos esfuerzos. En el único caso entre ciento en que la despiadada comidilla tiene parte de verdad, las formas mentales de los chismosos intensifican el mal y acumulan sobre ellos el terrible karma dimanante de sumir al prójimo en el pecado. Los teósofos deben tener especial cuidado en evitar estos males, porque si están desenvolviendo poderes psíquicos y llegan a emplearlos en curiosear asuntos ajenos o emitir malignos pensamientos, su karma será de índole sumamente terrible.

Nunca habléis sino de lo que sepáis, y aun así habéis de estar absolutamente seguros de que con vuestras palabras haréis positivo bien. Antes de hablar preguntaos acerca de lo que vais a decir: «¿Es verdad? ¿Es beneficioso? ¿Es conveniente?» Y si no podéis responder en afirmativa a las tres preguntas, vuestro deber es callar. Estoy completamente convencido de que si se siguiera con todo rigor esta regla, disminuirían en un noventa por ciento las conversaciones mundanas, pero resultaría de ello una indecible ventaja y el mundo adelantaría mucho más rápidamente.

Cuando comprendamos la subyacente unidad de todas las cosas, no podremos por menos de ayudar y servir, no podremos alejamos de nuestros afligidos hermanos. Desde luego que habrá muchos casos en que sea imposible el auxilio material, pero al menos podremos prestar el de nuestra simpatía, compasión y amor, y tal es evi-

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dentemente nuestro deber. Para quien se asimila la Teosofía es imposible la aspereza de corazón. Todo miembro de la Sociedad Teosófica que obra grosera y rudamente fracasa en las prácticas teosóficas, y al fracasar en la paciencia fracasa también en la comprensión. Comprenderlo todo es perdonarlo todo y amarlo todo. Cada cual tiene su punto de vista, y el camino más corto para un hombre no es necesariamente en modo alguno el mejor camino para otro hombre. Todo hombre tiene perfecto derecho de emprender y seguir su evolución por su propio camino y hacer lo que le parezca con tal de no molestar ni perjudicar a nadie. En modo alguno nos incumbe poner a quienquiera que sea en buen camino, sino tan sólo procurar que todo sea recto y justo en el nuestro y en las relaciones con los demás. Antes de intentar un esfuerzo para atraer a alguien a nuestro sendero, será mejor que examinemos cuidadosamente cual sea el suyo, porque puede ser más provechoso para él. Siempre debemos estar dispuestos al generoso auxilio en cuanto alcance nuestra posibilidad, pero nunca debemos entremeternos en lo que no nos importa.

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