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Los Protocolos y el Diálogo en el Infierno

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Los transmisores en el siglo XIX del mito de la conspiración mundial judía forman,

pues, un grupo muy variado. Está compuesto por Barruel y la «carta Simonini» a principios de siglo, y mucho después, en el último tercio del siglo, por Goedsche en Alemania, con El discurso del rabino, el francés Gougenot des Mousseaux, monseñor Meurin, el abate Chabauty, Edouard Drumont; el ruso Brafmann, el polaco Lutostansky y el servio Osman-Bey. Juntos, todos ellos abrieron el camino a la famosa falsificación, que habría de sobrevivir mucho tiempo después de que sus propios escritos se hubieran hundido en el olvido.

Hacía 1840», escribía Osman-Bey en su La Conquista del Mundo por los judíos, «se convocó en Cracovia un parlamento judío. Fue una especie de Concilio Ecuménico en el que se reunieron a conferenciar los dirigentes más destacados del Pueblo Elegido. El objetivo para el que se les convocó fue el de determinar los medios más adecuados de asegurar que el judaísmo se extendiera sin peligros desde el Polo Norte al Polo Sur…

»De pronto sonó una voz estentórea que impuso automáticamente el silencio. Era la voz de una autoridad reconocida, un hombre de asombrosa inteligencia, cuyo nombre, por desgracia, ignoramos…

»Sus palabras tuvieron un efecto asombroso en la concurrencia; la gente vio que había hablado un oráculo, que sobre sus mentes alboreaba una nueva luz para dar una orientación firme a sus esfuerzos…»[1].

Esta fantasía establece el marco de los Protocolos de los Sabios de Sión. Pues los Protocolos consisten en una serie de conferencias, o notas para conferencias, en las que un miembro del gobierno secreto judío —el de los Sabios de Sión— explica una conspiración para lograr la dominación del mundo.

En la versión más general, los «protocolos», o actas, o capítulos, son 24; todos juntos llenan un folleto, de unas cien páginas pequeñas en ambas ediciones inglesas. No es fácil resumirlos, pues el estilo es pomposo y difuso, y los argumentos tortuosos e ilógicos. Pero con perseverancia cabe distinguir tres temas principales: una crítica del liberalismo; un análisis de los métodos por los que los judíos han de lograr la dominación del mundo, y una descripción del Estado mundial que se va a establecer. Estos temas se entrelazan de forma muy confusa, pero en general cabe decir que los dos primeros temas son los predominantes en los nueve primeros «protocolos», mientras que los quince «protocolos» restantes se refieren sobre todo a una profecía

del reino por venir. Y si se insiste en reducir el argumento a algún tipo de orden, resulta algo así, aproximadamente:

Los Sabios basan sus cálculos en una visión particular de la política. Tal como la ven ellos, la libertad política no es más que una idea, es de reconocer que una idea con gran atractivo para las masas, pero que jamás se podrá llevar a la realidad. El liberalismo, que intenta realizar esta idea imposible, no lleva más que al caos, pues el pueblo es incapaz de gobernarse a sí mismo, no sabe lo que quiere, se deja engañar fácilmente por las apariencias, no sabe escoger racionalmente entre opiniones opuestas. Cuando gobernaba la aristocracia, estaba bien que la aristocracia tuviera libertad, pues la utilizaba para el bien general; por ejemplo, le interesaba cuidar de los trabajadores gracias a cuyo trabajo vivía ella. Pero la aristocracia es cosa del pasado, y el orden liberal que la ha sucedido no puede durar, sino que debe llevar directamente al despotismo. Un déspota es quien únicamente puede asegurar el orden en la sociedad. Además, como en el mundo hay más gente mala que buena, la fuerza es el único medio adecuado de gobierno. La fuerza da la razón, y en el mundo moderno la base de la fuerza es la posesión y el control de capital. Hoy día, es el oro el que gobierna el mundo.

Desde hace muchos siglos está en marcha una conspiración encaminada a poner todo el poder político decididamente en manos de los únicos capacitados para usarlo bien, es decir, en manos de los Sabios de Sión. Es mucho lo que ya se ha logrado, pero la conspiración todavía no ha alcanzado el éxito. Antes de que los Sabios puedan establecer su dominación sobre todo el mundo hay que abolir definitivamente los Estados gentiles existentes, que ya están gravemente heridos; y los Sabios tienen ideas muy claras acerca de la forma de lograrlo.

En primer lugar, se ha de hacer todo lo posible, en cada Estado existente, por fomentar el descontento y la intranquilidad. Por suerte, los medios de conseguirlo los aporta el carácter mismo del liberalismo. Al alentar la proclamación incesante de ideas liberales y la charla incesante con la que llenan sus días los parlamentos, los Sabios ya están ayudando a producir una confusión mental completa en el pueblo. Esta confusión se verá aumentada por la multiplicidad de partidos políticos; los Sabios la fomentarán al apoyar en secreto a todos ellos. Además, se esforzarán por alejar al pueblo de sus gobernantes. En particular, mantendrán a los trabajadores en agitación constante, al pretender que simpatizan con sus reivindicaciones, al mismo tiempo que se las arreglan en secreto para elevar el costo de la vida.

En cada Estado hay que desacreditar a la autoridad. Hay que acabar de eliminar a la aristocracia con grandes impuestos territoriales; como los aristócratas no van a renunciar fácilmente a su modo de vida lujoso, eso hará que se carguen de deudas. Se instituirán regímenes presidencialistas, lo cual permitirá a los’ Sabios colocar en la Presidencia a títeres suyos, de preferencia a personas que tengan algún episodio vergonzoso en sus vidas anteriores, lo cual hará que resulte más fácil controlarlas. Hay que infiltrarse-en la masonería y en las sociedades secretas para convertirlas en

meros instrumentos de los Sabios; si hay masones que dan muestras de resistirse, habrá que ejecutarlos en secreto. Debe concentrarse la industria en monopolios gigantes, de modo que cuando les convenga a los Sabios se puedan destruir juntas todas las fortunas de los gentiles.

También hay que introducir la confusión en las relaciones entre los Estados. Deben subrayarse las diferencias nacionales hasta que resulte imposible el entendimiento internacional. Deben aumentarse perpetuamente los armamentos, y debe haber guerras con frecuencia. Pero esas guerras no deben producirle beneficios a ninguna de las partes que intervienen en ellas, sino únicamente un caos económico cada vez mayor. Y, entre tanto, hay que ir socavando constantemente la moral gentil. Debe alentarse a los gentiles a hacerse ateos y a dedicarse a todo género de lujos, licencias y degeneraciones; para ello, los Sabios ya están colocando profesores particulares e institutrices escogidos como agentes suyos en casas de gentiles. Hay que alentar vigorosamente la embriaguez y la prostitución.

Los Sabios reconocen que los gentiles todavía pueden poner freno a esta conspiración, pero están convencidos de su propia capacidad para superar toda resistencia. Pueden utilizar a la gente del común para derrocar a los gobernantes; al reducir a las masas al nivel del hambre, pueden llevarlas hasta el punto de la insurrección simultánea en todos los países, y en todos bajo el control absoluto de los Sabios, para que destruyan toda la propiedad privada, salvo naturalmente la de los judíos. Pueden utilizar a unos gobiernos contra otros; al cabo de años de intriga y de hostilidad cuidadosamente planeadas, les resultará fácil organizar la guerra contra cualquier nación que se resista a su voluntad. Aunque por casualidad toda Europa se una en contra de ellos, todavía podrán seguir recurriendo a la artillería de los Estados Unidos, China o el Japón. Y además están los ferrocarriles subterráneos o metros: éstos se han ideado con el exclusivo fin de que los Sabios puedan hacer frente a cualquier oposición seria haciendo que capitales enteras salten en pedazos. Después de lo cual, siempre se puede inocular a los restos de la oposición que sobrevivan con enfermedades horribles. Se ha previsto incluso la posibilidad de que los propios judíos se opongan; a eso se le hace frente mediante el estímulo de estallidos de antisemitismo.

Cuando los Sabios contemplan el mundo contemporáneo ven motivos de confianza. Ya pueden decir que han destruido la fe religiosa, y especialmente la fe cristiana. Ahora que se ha reducido a los jesuitas, el Papado está indefenso y se le puede destruir cuando convenga. También el prestigio de los gobernantes seculares está en decadencia: los asesinatos y las amenazas de asesinato han hecho que parezcan tener miedo de aparecer en público, salvo con escolta, mientras que a los asesinos se los ha ensalzado como mártires. Ni los gobernantes ni los aristócratas cuentan ya con la lealtad de la gente del común. El desorden económico está ya muy avanzado. Unas manipulaciones financieras astutas han producido depresiones y unas deudas nacionales enormes, se ha reducido a la hacienda pública a una confusión

desesperada, el patrón oro ha producido la ruina nacional en todas partes.

Pronto ha de llegar el momento en que los Estados gentiles, reducidos a la desesperación, celebrarán mucho traspasar todo el control a los Sabios, que de hecho ya han logrado sentar las bases de su futura dominación. En lugar de la aristocracia han establecido una plutocracia, o la dominación del oro, y el oro lo controlan ellos. Han establecido su control sobre la legislación y la han llevado a la confusión más absoluta; el invento del arbitraje es un ejemplo de su diabólica sutileza. También tienen firmemente dominada la educación, y en este caso su encubierta influencia queda demostrada por la invención de la enseñanza por medios visuales; el objetivo de esta técnica no es otro que el de convertir a los gentiles en «animales sumisos no pensantes, que esperan a que se les presenten las cosas ante los ojos a fin de formarse una idea de ellas». Por encima de todo, los Sabios controlan ya la política y los políticos; todos los partidos, desde el más conservador hasta el más radical, son meros instrumentos suyos. Ocultos tras la masonería, los Sabios han penetrado ya en todos los secretos de Estado, y como saben muy bien los gobiernos, tienen poderes para crear el orden o el desorden político, según prefieran. Al cabo de siglos de combate, y a costa de miles de vidas de gentiles, e incluso de muchas judías, es posible que los Sabios estén a sólo un siglo de distancia del logro de su meta.

Esa meta es la Era Mesiánica, en la que todo el mundo estará unido en una sola religión, el judaísmo, y estará gobernado por un soberano judío de la Casa de David. Esa era es de origen divino, pues Dios ha elegido a los judíos para que dominen el mundo; pero también se caracterizará por una estructura política bien definida. La sociedad estará organizada de modo que tenga plenamente en cuenta la realidad de la desigualdad humana. A las masas se las mantendrá bien alejadas de la política; tanto su educación como su prensa estarán ideadas para impedir que despierten ningún interés político, del tipo que sea. Todas las publicaciones estarán estrictamente censuradas, y las libertades de palabra y de asociación estarán severamente limitadas. Esas limitaciones se impondrán en forma de medidas provisionales, que terminarán una vez sometidos los enemigos del pueblo, pero se mantendrán con carácter permanente. No se enseñará la historia más que con objeto de destacar la diferencia entre el caos del pasado y el orden actual; se compararán constantemente los logros del nuevo imperio mundial con las debilidades políticas y los fracasos de los antiguos gobiernos gentiles. Se espiará a todo el mundo. En los estratos más bajos de la población se reclutará una numerosísima policía secreta, y todos los ciudadanos estarán obligados a comunicar las críticas al régimen que escuchen. Se tratará la agitación sediciosa como un crimen vergonzoso, comparable al robo o el asesinato. Se extirpará totalmente el liberalismo y se exigirá de todos una obediencia ciega. Oficialmente se prometerá la libertad para algún momento del futuro, pero nunca se otorgará.

En cambio, se hará todo lo posible por asegurar el funcionamiento eficaz de la sociedad. Quedará abolido el paro, y los impuestos serán proporcionales a la riqueza.

Se fomentarán los intereses de los pequeños empresarios mediante el estímulo de la industria en pequeña escala. La educación estará ideada de modo que se forme a los jóvenes para el puesto concreto que a cada uno de ellos se le haya asignado en la vida. Se desalentará la embriaguez con medidas severas, igual que la independencia de criterio.

Todo esto tenderá a mantener a las masas en calma y contentas, a lo que coadyuvará el ejemplo que sienten sus gobernantes. Las leyes serán claras e inalterables; los jueces serán incorruptibles e infalibles. Todos los dirigentes judíos demostrarán que son capaces, eficaces y benévolos. Por encima de todo, el soberano será un hombre de carácter impecable; a los herederos incompetentes se los dejará implacablemente de lado. Se verá cómo este gobernante judío del mundo se desplaza libremente entre el pueblo y acepta las peticiones de éste; nadie advertirá que quienes lo rodean son policías de seguridad. Su vida privada estará por encima de todo reproche, no hará favores a sus parientes y no poseerá nada. Trabajará constantemente en las tareas del gobierno. El resultado será un mundo sin violencia ni injusticia, en el cual todos gozarán del verdadero bienestar. Los pueblos de la Tierra celebrarán estar tan bien gobernados, y gracias a ellos, el reino de Sión prevalecerá.

Esa, pues, es la conspiración atribuida a esos señores tan misteriosos que son los Sabios de Sión. Su primera revelación al público llegó con varias ediciones hechas en Rusia entre 1903 y 1907. La primera de todas fue una versión, ligeramente abreviada al final, que apareció en el periódico de San Petersburgo Znamya (La Bandera), del 26 de agosto al 7 de septiembre de 1903. El director de Znamya era P. A. Krushevan, un antisemita militante. Unos meses antes de publicar los Protocolos, Krushevan había instigado el pogrom de Kishinev, Besarabia, en el que murieron 45 judíos, más de 400 quedaron heridos y se destruyeron 1.300 casas y tiendas de judíos.

Krushevan no reveló quién le envió o le dio el manuscrito, y únicamente afirmó que se trataba de la traducción de un documento cuyo original se había escrito en Francia, y que el traductor lo había titulado Actas de la Reunión de la Unión Mundial de Masones y Sabios de Sión; él por su parte lo llamaba Programa para la conquista del Mundo por los judíos. Dos años después se publicó la misma versión, esta vez sin truncar, en forma del folleto con el título de La raíz de nuestros problemas, y con el subtítulo de «Dónde se halla la raíz de los actuales desórdenes de la sociedad en Europa, y especialmente en Rusia. Extractos de los Protocolos antiguos y modernos de la Unión Mundial de Masones». La obra se entregó al Comité de Censura de San Petersburgo el 9 de diciembre de 1905; inmediatamente se concedió la licencia de impresión, y aquel mismo mes se publicó el libro en San Petersburgo, con el pie de imprenta de la Guardia Imperial. No se citaba el nombre del editor, pero lo más probable es que fuese un oficial retirado llamado G. V. Butmi, socio de Krushevan y también procedente de Besarabia.

muy ocupados con el establecimiento de una organización de extrema derecha, la Unión del Pueblo Ruso, a la que se suele dar el nombre de las Centurias Negras, que disponía de escuadras armadas de matones para asesinar a radicales y liberales y llevar a cabo matanzas de judíos. En enero de 1906, aquella organización publicó una nueva edición del panfleto La raíz de nuestros problemas; pero esta vez con el nombre de Butmi y con el título de Los enemigos de la raza humana y el subtítulo de «Protocolos extraídos de los archivos secretos de la Cancillería Central de Sión (donde se halla la raíz del actual desorden de la sociedad en Europa en general, y en Rusia en particular)». Esta edición no apareció ya con el pie de imprenta de la Guardia Imperial, sino con el de una sociedad de sordomudos. En 1906 salieron tres ediciones más de esta versión, y en 1907 otra, todas ellas en San Petersburgo; otra se publicó en 1906 en Kazan, con el título de Extractos de los Protocolos de los Masones.

La raíz de nuestros problemas y Los enemigos de la humanidad son folletos baratos destinados a la distribución masiva. Cosa muy distinta es la edición de los Protocolos que apareció como parte de un libro titulado Lo grande en lo pequeño. El Anticristo considerado como una posibilidad política inminente, de un autor místico, Sergey Nilus. Las dos primeras ediciones de este libro, publicado en 1901 y 1903, no contenían los Protocolos, que no se insertaron hasta la tercera edición, publicada en diciembre de 1905 con el pie de imprenta de la Cruz Roja local en la residencia imperial de Tsarskoie Selo, cerca de San Petersburgo. Como veremos, esta edición se preparó para influir en el zar Nicolás II, y en ella son visibles todos los signos de su origen. La impresión es elegante y forma parte de una obra mística de las que le agradaba leer al zar. Sobre todo, abunda en alusiones a acontecimientos y personalidades de Francia, mientras que la versión de Krushevan-Butmi no alude más que a asuntos puramente rusos.

El Comité de Censura de Moscú aprobó el libro de Nilus el 28 de septiembre de 1905, pero todavía estaba en forma manuscrita; de todas formas, salió impreso aproximadamente en las mismas fechas que La raíz de nuestros problemas. Y ya antes se había hecho sentir. En aquella época, Nilus gozaba del favor de la corte imperial; como resultado, el metropolitano de Moscú ordenó que en las 368 iglesias de Moscú se diera lectura a un sermón que citaba su versión de los Protocolos. Así se hizo el 16 de octubre de 1905, y rápidamente se reimprimió el sermón en el periódico derechista Moscovskaia Vedomosti, como una especie de edición adicional de los Protocolos.

Fue la versión de Nilus, y no la de Butmi, la que habría de convertirse en una fuerza de la historia universal. No empezó a ocurrir así ni siquiera en 1905, ni cuando se publicaron nuevas ediciones de Lo grande en lo pequeño, en 1911 y 1912. No empezó a ocurrir hasta que volvió a salir el libro, un tanto revisado y ampliado, con el título de Está cerca, a la puerta… Aquí llega el Anticristo y el reinado del Diablo en la Tierra. Y ocurrió gracias al momento en 1917.

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Cuando uno se enfrenta con un documento muy secreto, en el cual ostensiblemente se deja constancia de una serie de conferencias, uno se pregunta naturalmente quién pronunció las conferencias, ante quién, y en qué ocasión, así como la forma en que llegó el documento ante los ojos de alguien a quien