IOSIF DUMEA
2. Los sacramentos
Uno se puede preguntar para qué sirven los sacramentos7. Una manera de responder al por qué o el para qué de la existencia de los sacramentos es esta: cuando Nuestro Señor Jesucristo se encontraba en este mundo comunicaba normalmente sus gracias espirituales y corporales a través del contacto físico de su persona, esto es, o con su viva voz o tocando con su mano, como cuando por ejemplo absolvió a la pecadora (Lc 7,48) o sanó al leproso y al ciego de nacimiento (Mc 1,41; Jn 9,6). Pero ahora que Jesús ha subido al cielo, ¿cómo podrá estar en contacto con nosotros y comunicarnos su gracia? Lo hace a través de los sacramentos de la Iglesia: en ellos está Él mismo que a través de la persona de su ministro también hoy nos toca, nos sana, nos alimenta y nos consuela. Acercarse con fe a los sacramentos es encontrarse con Jesús resucitado y vivo, con Él que es nuestro único Salvador.
2.1. Qué son los sacramentos
Los sacramentos8 son signos eficaces de la gracia, que han sido instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, mediante los cuales alcanzamos la vida eterna. Los ritos con los cuales celebramos el sacramento nos sirven para identificar la gracia que por medio de cada sacramento recibimos, ésta gracia es la misma del
7
Cf. https://www.aciprensa.com/moral/sacramentos.htm
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Cf. Miguel Ángel García Iglesias, ¿Son necesarios los Sacramentos? http://es.catholic.net/op/articulos/9785/cat/130/son-necesarios-los-sacramentos.html
Espíritu Santo. Los sacramentos suponen la fe y al mismo tiempo la fortalecen, la alimentan y son un medio por el cual esta misma fe se expresa. Ellos son necesarios para la salvación de cada uno de nosotros.
Los sacramentos, en cuanto cristológicamente fundados, realizan el culto que los creyentes deben dar a Dios. Cada sacramento realiza su dimensión santificadora, mistérica y cultual, en un triple movimiento estrechamente ligado con la historia de la salvación: en cuanto signum indicativum, la celebración especifica el don particular de salvación realizado para el creyente por el sacramento; en cuanto signum rememorativum, revela y reactualiza los eventos salvíficos pasados sobre los que se funda la eficacia actual de la celebración; y, en cuanto signum prognosticum, anticipa, en una experiencia de auténtica esperanza, la plenitud de la gloria escatológica.9
Se suele decir que cada sacramento corresponde a todos los momentos y etapas importantes de la vida cristiana. Así los 3 sacramentos de la iniciación cristiana nos sirven para fundamentar nuestra vida cristiana: con el bautismo comenzamos una nueva vida, con la confirmación afianzamos esa nueva vida y con la eucaristía nos alimentamos para ser verdaderos discípulos10.
2.2. Los sacramentos y la vida moral
El sacramento es el acontecimiento de salvación en el que Dios se hace experimentable para el hombre, aceptando hablar su lenguaje, sumergirse en su sistema de signos y de símbolos, adoptando de este modo todo lo que esto implica de aproximativo y de condicionado culturalmente. Es bastante tradicional en el cristianismo la reflexión sobre la relación entre la vida moral y la vida litúrgico- sacramental de la persona creyente11, o bien entre cada uno de los sacramentos
9
Cf. Raimondo Frattallone, Sacramenti e vita morale, Revista Liturgica 91/3 (2004), 349-370.
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A través del sacramento de la penitencia nos reconciliamos con Dios y nos volvemos a unir al cuerpo de la Iglesia, ya que por el pecado rompemos la comunión con él. La unción de los enfermos tiene como finalidad conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades de una enfermedad grave o de la vejez. El sacramento del orden tiene su fundamento en la participación del sacerdocio común recibido en el bautismo. Es un ministerio para servir en nombre y representación de Cristo a una comunidad. El matrimonio es el sacramento en el que un varón y una mujer constituyen una íntima comunidad de vida. Simboliza la unión de Cristo con la Iglesia. Otorga a los esposos la gracia de amarse igual que Jesucristo ama a la Iglesia, es decir, este sacramento perfecciona el amor humano y la gracia que procede de él reafirma su indisolubilidad y santifica el camino de la vida eterna. Su celebración debe ser pública. Sus propiedades son: la unidad, la indisolubilidad, y la apertura a la fecundidad.
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Cf. L. Sebastián, Los sacramentos y la vida moral, http://www.mercaba.org/VocTEO/S/ sacramentos_y_vida_moral.htm; A. Santantoni, Sacramentos, en NDTM, 1613-1639; E. Schillebeeckx, Cristo, sacramento del encuentro con Dios, Dinor, San Sebastián 1971; J. M. Castillo, Símbolos de libertad, Teología de los sacramentos, Sígueme, Salamanca 1981; B. Häring, La vida cristiana a la luz de los sacramentos, Herder, Barcelona 1972.
recibidos por el individuo y el ethos cristiano en su conjunto; y esto afecta en particular a la ética de la religiosidad. Pero la urgencia que con más vigor interpela a la teología en el momento presente no es tanto el valor moral de la vida sacramental, como más bien el valor sacramental de la vida moral cristiana.
La vida cristiana tiene una dimensión sacramental en sí misma, es decir, evoca en el plano de los signos y juntamente contribuye a «hacer» el misterio de salvación en el que se siente plenamente inserta. Esto vale para la vida de la persona humana considerada en su globalidad y no sólo para aquellos aspectos que se suelen clasificar como pertenecientes al ámbito de la religión.
El septenario sacramental fue recibido por la Iglesia sólo después de diez u once siglos de cristianismo, y fue ratificado solemnemente por el concilio de Trento. Hoy se observa cierta tendencia a integrar los siete sacramentos en una visión más amplia y orgánica de la «sacramentalidad» de toda la historia de la salvación en cada una de sus manifestaciones. En este sentido se habla también de sacramentalidad de la Iglesia (que tiene la tarea de acoger y prolongar la obra salvífica de Jesús) y de la existencia cristiana, o de Cristo como «sacramento del encuentro con Dios» (Schillebeeckx).
Más aún, el sacramento en sentido propio y técnico tiene sentido solamente en cuanto que ayuda al sujeto que lo recibe y a toda la asamblea cristiana a adquirir una conciencia más plena de la sacramentalidad de la Iglesia como pueblo de Dios y de la vida cristiana del individuo en su conjunto.
En efecto, sería una experiencia religiosa bastante miope la que restringiese la propia idea de sacramentalidad a los siete sacramentos, o la que viese estos siete sacramentos simplemente como etapas o acontecimientos que ponen ritmo a la existencia cristiana, como si se tratase de ritos de paso o de afianzamiento.
Jesús es la plena respuesta de Dios a la invocación humana, la perfecta revelación por parte de Dios de su amor al hombre y, al mismo tiempo, la expresión perfecta del culto interior a Dios «en espíritu y en verdad». El creyente que haya hecho suyo realmente el modelo de Jesús, siente y actúa en su propia existencia la «responsabilidad sacramental», es decir, siente que debe ser él personalmente sacramento del encuentro con Dios para los demás hombres, vehículo aproximativo y quizás inconsciente de las intenciones de Dios para con todas aquellas personas con las que se encuentra a lo largo de su experiencia terrena.
En efecto, los sacramentos, además de ser un don de salvación por parte de Dios y un acto de culto por parte del creyente, son fuente de vida cristiana y modelos de espiritualidad: una idea central en la eucología de los sacramentos es que los fieles sepan manifestar en la vida la gracia que han recibido, aquello que han llegado a ser en la celebración. Los aspectos propios de la celebración del
sacramento, es decir, la anámnesis o memoria del acontecimiento de salvación, la epíklesis o invocación del Espíritu Santo, la doxología y la acción de gracias, son también los momentos constitutivos de la existencia moral cristiana.
De la misma forma que debería llevarse la vida verdadera en todas sus dimensiones, junto con los sufrimientos y las esperanzas de todos los hombres, al momento de la celebración, así también el espíritu de la celebración y su don específico de gracia deberían llevarse a la vida de cada uno de los fieles. El don sacramental se ve acompañado necesariamente de un compromiso y de una misión. Lo que se ha recibido –incluso por la mediación de la comunidad de los hermanos en oración– debe ser igualmente dado para la edificación de la comunidad de los hermanos.