Amalia E Fischer P.
II. Los trazos y esbozos
El movimiento feminista latinoamericano y caribeño puede ser explicado a partir de la complejidad y de la teoría del caos. En el movimiento feminista latinoamericano y caribeño se producen turbulencias o desórdenes y confl ictos que vienen del afuera y del adentro del feminismo. Hay una estrecha relación entre el afuera y el adentro, lo que acontece en el afuera, puede modifi car el adentro y viceversa, provocando líneas de fuga en el adentro y en el afuera del movimiento. Estas rupturas no siempre y no necesariamente van a producir subjetividades diferentes a las capitalistas y patriarcales. A veces se cristalizarán micro-fascismos y otras veces se desterritorializarán subjetividades, creando territorios, espacios, teorías desde una lógica distinta, no dicotómica.
Desde sus comienzos en los setenta, el feminismo latinoamericano se planteó, a sí mismo, como acentrado, sin un pivote central y sin dirigentes. En términos deleuzianos, el feminismo latinoamericano era rizomático, pero esto no signifi caba que no se produjeran al interior del mismo, arborescencias, ni que en los procesos arborescentes en el feminismo latinoamericano, no se produzcan también procesos rizomáticos. Desde su inicio, el movimiento feminista latinoamericano se trazó la necesidad de transformar el poder, esta necesidad de transformación, no se produjo exclusivamente de una elaboración fi losófi ca separada de la acción.
Las feministas italianas y norteamericanas de la segunda ola feminista, desarrollaron una metodología que fue retomada en Latinoamérica y que posteriormente permitió producir teoría y explicar la situación de opresión en la que las mujeres se encontraban. Esta metodología se llamó del pequeño grupo o grupo de autoconciencia, en el cual se cuestionaba la concepción tradi cio nal de hacer política, dándole una nueva dimensión a lo perso nal, evidenciando que en ello se encontraba lo colectivo, lo social, lo cultural, sobre todo que lo privado, no estaba separado de lo público.
Las feministas de diferentes países y regiones del mundo retomaron como forma micro-organizativa, los pequeños grupos de autoconciencia y de refl exión, como un dispositivo de lucha y de hacer política de una forma diferente. El hecho de hablar en primera persona de lo que le sucedía a cada una de las inte grantes del grupo, las llevaba forzosamente a refl exionar sobre su subjetividad y a cuestionar la subordinación a la que estaban sometidas. Esta práctica, aparen temente individual, conducía a lo colectivo, a lo social, a lo político, es decir, nos hacía cuestionar el poder y a quienes lo estaban ejerciendo. En el proceso de escuchar y descubrirse en la otra, nos veíamos refl ejadas como en un espejo, tomábamos conciencia de que los problemas considerados individua les,
-violencia, trabajo doméstico, sexualidad, salario inferior al de los hombres, etc.- eran comunes a todas las mujeres.
La autoconciencia permitió descubrir, analizar y refl exionar sobre el signifi cado oculto de la práctica del poder y de la política. La crítica a estas prácticas produjo también una forma diferente de querer y que-hacer político, basado en la autonomía y el a-centramiento del movimiento, la búsqueda del consenso en la toma de decisiones, respeto a la palabra de cada una, la no-delegación de la representación y del poder y la exigencia del respeto a la diferencia. El movimiento feminista comenzó en forma rizomática, ya que no existía un centro, una dirigente. Las feministas se interrelacionaban a través de redes informales de grupos de refl exión y auto-conciencia y poco a poco fueron molecularmente permeando a las sociedades – sobre todo en algunas áreas urbanas- con el discurso feminista contra la opresión a las mujeres, la necesidad de reconocimiento de derechos humanos específi cos para las mujeres y de cambiarlo todo.
Las feministas se organizaron molecular y micro-políticamente. La crítica que las feministas latinoamericanas hicieron, en esos primeros años, a la sociedad patriarcal fue profunda y radical. Era imprescindible transformar la vida, trastocándolo todo.
En su artículo Movimientos Feministas, acerca de los primeros años del feminismo Teresita de Barbieri2, dice lo siguiente:
“La consigna de cambiar la vida, por lo tanto, abarca varias dimensiones: la material, de las condiciones y calidad de la vida de las mujeres, tanto en lo que desde entonces se distinguió como la esfera pública (y que hace referencia al trabajo extra-doméstico y el ejercicio de los derechos de ciudadanía) como en la esfera privada: familia, matrimonio, crianza de los niños y las niñas, sexualidad, afectos. En lo político nuevas formas de organización como ya hemos señalado y la difusión y la crítica y propuestas feministas”. (Barbieri, 1986: 5-7)
Derivada del pequeño grupo de autoconciencia, posteriormente las feministas latinoamericanas y caribeñas produjeron una metodología propia: los talleres de concientización, capacitación y refl exión sobre feminismo; que posibilitaron la diseminación del feminismo, de una manera sencilla y clara, en las mujeres populares. Esta fue una diferencia con los movimientos feministas de Europa y Estados Unidos, pues en los ochentas pasaron a ser parte del movimiento feminista latinoamericano una gran cantidad de mujeres de los sectores populares provenientes de otros movimientos socio-políticos ligados todos a la izquierda.
Ángela Arruda y Maria Luiza Heilborn3, en su texto O Legado feminista e
ONG’s de Mulheres: Notas Preliminares, analizan valores democráticos y el principio de autonomía del movimiento feminista:
“El feminismo asume como trazos distintivos y carro de batalla de sus actuaciones dos principios: autonomía y democracia radical. La historia de las organizaciones feministas está impregnada por tales valores, que se explicitan por ejemplo en la descentralización del movimiento y en la autonomía política. Tal descentralización se expresa en los debates sobre representación, participación directa y paritaria, el monopolio de la palabra o de la información, en la rotación de eventuales cargos, no especialización de funciones y no delegación del poder”. (Arruda y Heilborn, 1995: 20)