ara ser ladrón fino había nacido este mozo. Desde muy niño se ejercitó en rateriar en las pulperías, en las iglesias y en los bodegones. Sacar un anillo a un viejo; un par de aros de las orejas de las viejas rezadoras, o desprender los soles del tirador de un gaucho entonado, eran juguetes para este ratero. Cuando llegó a mozo tendió su vista a las alturas y soñó con ser gran ladrón.
Estando una noche en unos bodegones patrios oyó a unos pajueranos mentar a dos ladrones, llamados Quico y Caco. Se dejó estar el mozo oyendo embelesado el rosario de sus hechos hazañosos. Era de oír y no creer en tanta habilosa mafia para cargar con lo ajeno. Y los pajueranos no se cansaban de alabar tanta fineza y artificio de estos ladrones finos, porque Quico y Caco nunca, nunca se habían manchado las manos con un crimen, ni siquiera con hacerle el más chiquito rajuño a nadie. Lo dejaban limpiecito de cuanto llevaba, si lo que cargaba valía la pena, y nada más… Y salieron a relucir sus últimas hazañas… Que vez pasada le habían robado todititas las joyas a la señora del Brigadier General… Que a los tres días cargaron con la caja fuerte del Cabildo… Que tan solamente para tener qué fumar durante un año, se habían llevado todo el tabaco del estanco… Y, por último, tan solo para hacer más patente su burla a la autoridad, les habían robado los caballos a los policianos… Y seguía la cuenta de sus atropellos a los ajenos caudales. «¡Esos son ladrones, se dijo el mozo, lleno de ardimiento; no yo, que me conformo con unos poquitos riales!». Esa misma noche armó viaje y con esto descansó el vecindario.
Llegó al pueblo donde asentaban Quico y Caco y con toda la suma de su industria cometió el robo más atrevido que imaginarse pueda. Vestido a la moda gringa y hablando como si fuese de la Ingalaterra, y con patillas y antiojos y diciéndose el más entendido relojero, montó un taller de relojería. Recorrió las casas de los más copetudos y les pidió sus relojes para devolvérselos a los tres días, bien compuestos y limpiecitos. Nada les cobraría por su trabajo, pero quedaría acreditado para cuando lo necesitasen, y como enseñaba cartas de recomendación, nadie entró en desconfianza, y tan diligente anduvo que no dejó casa con reloj. A los tres días desapareció con toda la relojería… En el pueblo todos andaban preguntando qué hora era, y para mayor confusión, al reloj del Cabildo le robó las manecillas y le dejó un cartelito que decía: «Están en casa del relojero». No les quedó más remedio que mirar el sol y andar a los estornudos para tirar las cuentas del tiempo. Los que nunca habían tenido reloj se rieron del caso, pero la celosa autoridad tiró un bando, estableciendo un premio de quinientos patacones al que pillara al ladrón, vivo o muerto…
Quico y Caco sintieron que alguien les andaba pisando el rastro. Después de sumar medidas cuentas, acordaron que no había más remedio que conocer al ladrón
rival. «¿Dónde se esconderá ese?», se dejó decir Quico. «O mucho me engaño, contestó Caco, o tiene su paradero muy cerca de la autoridá, y maliciando estoy que quiere allegársenos…». Otras razones cambiaron que no son para contarse ni escribirse. A eso de la medianoche bajaron de su madriguera y se fueron a buscarlo a la misma casa de la justicia. Treparon por unos adobones viejos y pudieron llegar hasta el altillo del Cabildo. Allí lo hallaron durmiendo, ¡tan tranquilo! Largo rato lo estuvieron mirando a la luz de una pajuela, hasta que lo despertaron con un copito de lana mojada. El mozo abrió los ojos y no vio a nadie, pero oyó una voz que le decía: —Cuando bastan dos, sobran tres. ¿Quiénes somos? —No han de ser otros que Quico y Caco —contestó el mozo, levantándose.
—Los mismos somos —contestó Quico—, y ya que estamos cortados por una
mesma tijera, vamos a hablar como hablan los de igual laya.
Se sentaron los tres a conversar como viejos aparceros y fue aquella reunión, en el altillo de la casa de la justicia, un vivo cambiar de las más picaras razones criollas. Ya cantaban los gallos, anunciando al alba y al día, cuando Caco, el silencioso, invitó al mozo ladrón a que fueran a la guarida que tenían con Quico. Bajaron, pues, los carcomidos paredones del Cabildo con la carga de relojes bajo los ponchos, y hechos unos benditos, tomaron por la calle real hasta dar con los fondos de la Matriz; saltaron por las tapias de la huerta y se allegaron a la iglesia por entre los perales. Caco se tomó de la cuerda de la campana trizada y subió hasta la torre mayor. Lo siguió el mozo ladrón y al último trepó Quico. Allí, en la alta torre, tenían de todo los ladrones. Montones de ponchos de vicuña hacían las mejores camas. Había botijas con vino añejo y frascos llenos de dulces. Colgaban jamones de chancho y ricos fiambres. Petacas con pasas de uva y orejones y descarozados, y, en un rincón resguardado, había un fogón para hacer fuego. Con lonas mojadas detenían y disimulaban al humo. Nada faltaba en esa torre que, mirada desde la calle, parecía ruinosa, y tanto que no la empleaban ni para tener campanas de tañido, las que se repicaban en otra torre más baja. Los ladrones podían mirar, por entre un cañizo tupido, a la gente que entraba y salía de la Matriz. Se tumbaron sobre ricos ponchos y chalinas, y después de tomar unos traguitos de aguardiente para entonarse, siguieron la conversación. —Yo —dijo el mozo—, desde que oí hablar de los mentados Quico y Caco, vivo pensando en ser como ellos, y mi gusto y contento sería que nos asociáramos los tres para robar en grande.
—Al pasito, al pasito —contestó Caco, muy serio—. Antes de convoyarse con
nohotros para maniobrar en compañía, es preciso y necesario que soporte, por lo
menos, una prueba.
—Y una prueba de las más duras —intervino Quico—, porque no nos vamos a convoyar con novatos alabanciosos y presumidos, que porque les va bien en una, ya
se las tragan todas.
Otras cosas dijo Quico para hacer ver y comprender al mozo lo mucho que tenía que repechar para subir hasta donde ellos moraban.
—Pónganme a prueba —les pidió el ladrón mozo.
—Güeno —contestó al fin Caco—. Lo someteremos a justa y medida prueba, y si resulta vencedor podrá contarse en la gavilla… Desde esta torre se divisa aquel peñasco negro que corona ese cerro. Ahí mismo empolla dos güevos un águila: si se los roba limpiamente, sin que el ave se dé ni tan siquiera cuenta, y los trae a esta torre, sanitos, entonces logrará ser el Tercer Ladrón de nuestra gavilla.
—Está bien —respondió el ladrón mozo—. Mañana mismo tendrán aquí esos dos
güevos de águila.
—Y si le sale mal el negocio, ya mismo recoge sus cacharpas y se nos está yendo, amigo —le aclaró Quico.
—Trato hecho —contestó el ladrón mozo—. ¿Puedo bajar ahora mismo?
Caco se asomó detrás de la reja y tiró miradas desconfiadas para abajo. Ya estaba aclarando, pero no se veía un alma por esas calles. A lo lejos venía un boyero con una carreta cargada con botijuelas de vino.
—Ahora mismo puede bajar, antes que se acerque el boyero, y acuérdese que aquí se sube solamente de noche cerrada y sin luna.
—Hasta pronto —se despidió el ladrón mozo y se dejó deslizar por la cuerda de la campana trizada, por detrás de la torre de la Matriz.
Llegó a la huerta, y en cuatro saltos ganó el callejón y después la calle real. Anduvo dando vueltas hasta que abrieron las pulperías. Entró a una de ellas y compró jabón y ceniza de jume y una paila y con todo esto salió para el campo, en dirección al peñasco donde anidaba el águila. En llegando a un manantial, puso a calentar agua en la paila y se bañó en agua caliente, y tanto se jabonó y enjuagó con lejía de jume que se le fue todo el olor del cuerpo. Ya luego comenzó a trepar hacia el peñasco, y después de mucho caminar, sin hacer el menor ruido, pudo detenerse en la base de esa grande piedra. Descansó unos instantes y luego se desnudó completamente y tomó el rumbo a favor del viento, y ayudándose con las uñas de las manos y pies, fue subiendo, como una lombriz. «Si el viento cambia, se decía, el águila me va a olfatear, y soy perdido…». A cada momento se mojaba un dedo con saliva. Así averiguaba la dirección del vientito, y seguía trepando, pulgada por pulgada. Cuanto más subía, más contenía los resuellos para no ser sentido. Al fin mereció llegar a una hendidura, donde hizo pie. Desde allí, asomándose con la suma de las precauciones, echó una miradita al águila, con el rabo del ojo… Alcanzó a verle las plumitas de la cabeza. Le pareció que se movía, inquieta. Tal como estaba el águila en la piedra, no podría llegar nunca hasta ella sin ser visto… Se hizo chiquito en un tirar de nuevas cuentas. Por fin se dejó, deslizar hasta la base del peñasco y se puso a arrancar manojos de hierbas secas del color de esa piedra, y se las fue atando a los brazos,
piernas y tronco. Quedó todo forrado en pasto seco, de forma que no se le veía ni el pelo de la cabeza ni el brillo de los ojos. Así, todo disfrazado, porfió trepando de nuevo por las rugosidades de la piedra. Cambió la dirección del viento y el trepador tuvo que subir por el otro lado, más peligroso, porque el peñasco avanzaba sobre el vacío. Mezquinando mirar abajo, de miedo al vértigo, luchó a brazo partido contra la lisura del peñasco hasta llegar, al fin, a doblar los dedos de una mano sobre el borde de la caleta donde anidaba el águila. Por entre las hierbas secas que le cubrían la cara llegó a espiar, mañosamente, al ave caudal y vio que se movía inquieta en su nido. Contuvo al límite la respiración, y eligiendo silencios, esperó a que el águila se calmara… Al mucho rato fue avanzando su mano izquierda con el mayor tino y fineza. Logró meter sus dedos entre las calientes plumas del nido, pero ahí notó que los pastos que le cubrían la mano iban a molestar al ave celosa. Había que correrse el capuchón de hierbas para atrás, y ¿cómo hacerlo si tenía la otra mano ocupada en sostenerse en la caleta?… Fue moviendo su pie derecho en solicitud de una hendidura que le diera apoyo… ¡Nada! El peñasco estaba liso y lavado por las lluvias. Jugó con el pie izquierdo, y cuando ya se rendía encontró una saliente. Allí acomodó su pie y niveló el cuerpo para esa maniobra. Retiró, despacito, despacito, su mano izquierda, y como pudo, con la derecha, hizo correr para atrás el capuchón de pasto seco. En esto estaba, cuando el águila dio un graznido y se encocoró, encrespando las plumas, hecha una fiera… «Soy perdido, se dijo el mozo ladrón. Cómo se reirán de mí Quico y Caco…». Se quedó más quieto que la misma piedra, y con el rabo del ojo pudo ver al águila que giraba la cabeza, espiando a algo que daba vueltas en las alturas. Echó una mirada el ladrón y le fue dado ver a un buitre que rondaba el nido. «¡Ese es mi ayudante!», pensó, y ya más conforme volvió a maniobrar.
Fue metiendo la mano ¡tan despacito!, en el nido caliente. Más fue avanzando hasta que logró tocar un huevo con la punta de un dedo… Más corrió esa mano y logró hacerlo rodar hacia afuera, en dirección a la cola del águila. Allí lo dejó. «¡Esto se va componiendo!», se dijo, y ya más confiado, volvió a introducir sus finos y largos dedos de ladrón temible. Tanto se confió que fue sentido… Sin saber cómo sintió que la garra del águila le aprisionaba el índice. «¡Aquí las pagué todas juntas!», se dijo. Por un momento lo dio todo por acabado. «Cómo se reirían Quico y Caco…». Se quedó tieso. Ni respiró siquiera, pero al rato comenzó a hacerle cosquillitas al águila, rascándole con la uña del dedo aprisionado la palma de la garra. Tan pícaramente maniobró, que el ave, acosquillada, abrió la garra y él retiró su dedo. Logró tocar al segundo huevo y ya quiso maniobrarlo, pero topó con la otra pata de la que empollaba, tan fuertemente que el águila, desconfiada, metió el pico bajo su cuerpo, acomodó el huevo que halló y anduvo buscando el que faltaba. Porfió en buscarlo con más ganas, revolviendo todo el nido… Se le atropellaron las ideas al ladrón. «¿Qué hago?», se repetía. Esquivando el pico del águila, sacó la mano, buscó el huevo que había logrado hacer rodar hacia fuera y lo corrió nuevamente al medio
del nido. El ave lo encontró, lo acomodó bien debajo de su vientre calientito, y de nuevo sacó la cabeza al aire. «¡Estoy lucido!», se quejó el mozo ladrón.
Sentía su cabeza muy cansada y el pie izquierdo ya quería acalambrarse de tanto aguantar el peso del cuerpo sin moverse. Le sudaban las manos de calor y sintió que los mareos comenzaban a hacerle tiritar las carnes… Mezquinando tirar miradas a las profundas barrancas que se abrían bajo sus pies, logró acalorarse con nuevos bríos. Volvió a deslizar su mano bajo el vientre del águila, y veterano ya, hizo rodar hacia la cola al primer huevo que tocó. Volvió atrás y halló al otro y lo fue pechando despacito, despacito… Hecho esto, retiró la mano de debajo del ave, y dando un rodeo, pero con la suma de los sigilos, los fue apartando de debajo de la cola hasta que salieron al aire. ¡Ahora era cuestión de bajar con ellos! ¿Y cómo, si necesitaba, por lo menos, una mano libre para agarrarse del empinado peñasco? Pensando, pensando, se le ocurrió llevarse un huevo a la boca y luego abarcar el otro con la mano izquierda. Hizo rodar un huevo sobre la piedra, por detrás del águila, arrimó la boca al peñasco y lo tomó con los labios. Todavía se quedó un momento sin respirar y tan tieso como un palo seco. Finalmente, línea por línea, fue bajando, bajando la cabeza. Con la mañosa maniobra de una mano y sus dos pies, logró ganar como una vara… ¡Ya no lo veía el águila!
Respiró hondamente, pero cuando miró para abajo se le encrespó el cuerpo. ¡Estaba sobre el vacío, a quinientas varas de altura! No podía seguir bajando sin las dos manos libres y el trato era llevar los huevos del águila, sanitos, y depositarlos sobre la mesa de la guarida de Quico y Caco. ¡Se sentó en una saliente de la piedra y se puso a tejer una bolsita con las pajas que lo cubrían!… Como dos horas estuvo tejiendo. Triunfó porque pudo colocar los dos huevos robados dentro de ese tejido; agarró la bolsita con los dientes y con celosa ayuda de pies y manos, fue bajando por el peñasco. En una de esas ¡cuasi se manda a tierra! Pudo sujetarse a fuerza de uñas y afirmar el cuerpo en la piedra. Después de tanto lidiar con el peñasco liso y lavado, llegó a asentar el pie en el cerro. Allí se sacó el disfraz de montes secos y se tiró a descansar su corazón… Luego se vistió, y colocándose un huevo en cada bolsillo del saco, tomó cerro abajo. Dos horas anduvo bajando hasta dar con el llano. Tomó la huella de las carretas hasta llegar a las afueras del pueblo. Esperó que anocheciera y en cuanto se hizo bien oscuro, saltó las tapias de la huerta de la Matriz, avanzó por entre los perales y no bien logró tomarse del cordel de la campana trizada, subió en pocos enviones… Allí, en lo alto de la torre, lo esperaban Quico y Caco.
—¿Cómo le ha eido? —preguntó Quico.
—Bien, porque cumplí nuestro convenio —contestó el mozo ladrón, llevándose las manos a los bolsillos…
Se quedó mudo de espanto. Rebuscó en vano y ya sacó para afuera el forro, sin comprender lo que le pasaba.
—Los güevos del águila…
—Ahí los tiene sobre la mesita, mal aprendiz de ladrón —le dijo Caco, desabridamente.
Tieso se quedó el mozo, y tanto que no atinó a defenderse.
—No hay que dejarse robar lo robado, porque así no lucen los robos —le reconvino el maestro—. Cuando venía muy orondo por la huella, yo me escondí entre unos molles, y al pasar, le saqué limpiamente el güevo del bolsico derecho. Me adelanté, y cuando pasaba por entre pisquillines, le retiré el del bolsico izquierdo. ¡Y
usté más tranquilo que fraile después de la misa! —le sumó Caco.
Se disculpó el mozo ladrón y prometió ser más precavido en otra vuelta. Pidió que le señalasen nueva prueba, y tan rendidamente la solicitó que al fin, Caco, el silencioso, alumbró juicio, y dijo: —Como aprendiz de ladrón ha procedido bien, pero como ladrón fino ha fallado por confiado. Para ser merecedor de nuestra confianza se le hace de rigor otra prueba. A ver, Quico, dale otra ocasión a este pollito. Dijo Quico: —Todos los días pasa por aquel campo un viejo en una yegua llevando una oveja atravesada en la montura, que va a venderla en el mercado del pueblo. Si se la sabe robar habilidosamente, entonces puede contarse entre nosotros. —Trato hecho —dijo el mozo ladrón, vendiendo alegría—. Y si puedo, le robaré dos y ni se dará cuenta el viejo.
Adiós y adiós se dijeron los ladrones y el aprendiz bajó por la soga del campanario y se fue a dormir al altillo del Cabildo. Allí el alcalde acababa de hacer pregonar un bando en el que se ponía precio a su cabeza. Desde su escondite vio el ladrón mozo cómo salían los policianos, bien armados, a dar una batida por el pueblo… Bostezó tranquilamente y se tendió a dormir en lo más alto de la casa de la justicia.
Bien comido y bien dormido, esa madrugada bajó por los murallones ruinosos del Cabildo y dejó venir el día andando por las calles del poblado. Cuando abrieron sus puertas los negocios, se fue al mejor de todos y pidió el mejor par de botas charoladas. Se las probó, y como le anduvieran al justo del pie, cerró trato por veinticinco patacones. Se acercó al cajón del mostrador donde guardan la plata los tenderos y sacó de su tirador las monedas de plata; pero en el momento de pasárselas al dependiente se le cayeron al suelo y salieron rodando, unas para un lado y otras para otro. «Recójalas, amigo», dijo, y mientras el dependiente andaba a la caza de patacones, él, ¡tan tranquilo!, abrió el cajón y sacó no menos de ciento cincuenta cóndores relucientes. Cerró el cajón con cuidado, tomó sus botas y se fue pitando un cigarro de chala.
Más que tranquilo salió al campo. Después de caminar un rato, se apostó cerca de la huella por donde tenía que pasar el viejo con su oveja. A eso de la media mañana
lo vido venir y tomó sus disposiciones, tal como lo tenía pensado. Colocó una de las