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Alá, según la tradición islámica, hizo a los ángeles con luz, a los Yinn con fuego y a los hombres con polvo. Hay quien afirma que la materia de los segundos es un oscuro fuego de

humo. Fueron creados dos mil años antes de Adán, pero su estirpe no alcanzará el día del Juicio Final.

Al-Qazwiní los definió como "vastos animales aéreos de cuerpo transparente, capaces de asumir varias formas". Al principio se muestran como nubes o como altos pilares indefinidos; luego, según su voluntad, asumen la figura de un hombre, de un chacal, de un lobo, de un león, de un escorpión o de una culebra. Algunos son creyentes; otros, heréticos o ateos. Antes de destruir un reptil debemos pedirle que se retire, en nombre del Profeta; y es lícito matarlo si no obedece. Pueden atravesar un muro macizo o volar por los aires o hacerse bruscamente invisibles. A menudo llegan al cielo inferior, donde sorprenden la conversación de los ángeles sobre acontecimientos futuros; esto les permite ayudar a magos y adivinos. Ciertos doctores les atribuyen la construcción de las Pirámides o, por orden de Salomón, hijo de David, que conocía el Todopoderoso Nombre de Dios, del Templo de Jerusalén.

Desde las azoteas o los balcones lapidan a la gente; también tienen el hábito de raptar mujeres hermosas. Para evitar sus depredaciones conviene invocar el nombre de Alá, el Misericordioso, el Apiadado. Su morada más común son las ruinas, las casas deshabitadas, los aljibes, los ríos, y los desiertos. Los egipcios afirman que son la causa de las trombas de arena. Piensan que las estrellas fugaces son dardos arrojados por Alá contra los Yinn maléficos.

Iblis es su padre y su jefe.

YOUWARKEE

En su Breve historia de la literatura inglesa, Saintsbury considera que Youwarkee es una de las heroínas más deliciosas de esa literatura. Mitad mujer y mitad pájaro o -como escribiría el poeta Browning de su esposa muerta, Elizabeth Barrett- mitad ángel y mitad pájaro. Sus brazos pueden abrirse en alas y un sedoso plumón cubre su cuerpo. Mora en una isla perdida de los mares antárticos; ahí la descubre un náufrago, Peter Wilkins, que se casa con ella. Youwarkee es de la estirpe de los Glums, una tribu alada. Wilkins los convierte a la fe de Cristo, y muerta su mujer, logra regresar a Inglaterra.

La historia de este curioso amor puede leerse en la novela Peter Wilkins (1751), de Robert Paltock.

EL ZARATAN

Hay un cuento que ha recorrido la geografía y las épocas; el de los navegantes que desembarcan en una isla sin nombre, que luego se abisma y los pierde, porque está viva. Figura esta invención en el primer viaje de Simbad y en el canto sexto del Orlando Furioso (Ch'ella sia una isoletta ci credemo); en la leyenda irlandesa de San Brandán y en el bestiario griego de Alejandría; en la Historia de las Naciones Septentrionales (Roma, 1555), del prelado sueco Olao Magno, y en aquel pasaje del primer canto del Paraíso perdido, en el que se compara el yerto Satán con una gran ballena que duerme sobre la espuma noruega (Him hap'ly slumbering on the Norway foam).

Paradójicamente, una de las primeras redacciones de la leyenda la refiere para negarla. Consta en el Libro de los animales de Al-Yahiz, zoólogo musulmán de principios del siglo IX. Miguel Asín Palacios la ha vertido al español con estas palabras:

"En cuanto al Zaratán, jamás vi a nadie que asegurase haberlo visto con sus ojos. Algunos marineros pretenden que a veces se han aproximado a ciertas islas marítimas; y en ellas había bosques y valles y grietas; y han encendido un gran fuego; y cuando el fuego ha llegado al dorso del Zaratán, ha comenzado éste a deslizarse (sobre las aguas) con ellos (encima) y con todas las plantas que sobre él había; hasta tal punto, que sólo el que consiguió huir pudo salvarse. Este cuento colma todos los relatos más fabulosos y atrevidos".

Consideremos ahora un texto del siglo XIII. Lo escribió el cosmógrafo AI-Qazwiní y procede de la obra titulada Maravillas de la creación. Dice así:

"En cuanto a la tortuga marina, es de tan desaforada grandeza que la gente del barco la toma por una isla. Uno de los mercaderes ha referido:

"Descubrimos en el mar una isla que se elevaba sobre el agua, con verdes plantas, y desembarcamos y en la tierra cavamos hoyos para cocinar, y la isla se movió, y los marineros dijeron: "Volved, porque es una tortuga, y el calor del fuego la ha despertado, y puede perdernos".

En la Navegación de San Brandán se repite la historia:

"...y entonces navegaron, y arribaron a aquella tierra, pero como en algunos lugares había escasa profundidad, y en otros, grandes rocas, fueron a una isla, que creyeron segura, e hicieron fuego para cocinar la cena; pero San Brandán no se movió del buque. Y cuando el fuego estaba caliente y la carne a punto de asarse, esta isla empezó a moverse, y los monjes se asustaron y huyeron al buque dejando el fuego y la carne, maravillándose del movimiento. Y San Brandán los reconfortó y les dijo que era un gran pez llamado Jasconye, que día y noche trata de morderse la cola, pero es tan largo que no puede".

En el bestiario anglosajón del Códice de Exeter, la peligrosa isla es una ballena, "astuta en el mal", que embauca deliberadamente a los hombres. Estos acampan en su lomo y buscan descanso de los trabajos de los mares; de pronto, el Huésped del Océano se sumerge y los marineros se ahogan.

En el bestiario griego, la ballena quiere significar la ramera de los Proverbios ("sus pies descienden a la muerte; sus pasos sustentan el sepulcro"); en el bestiario anglosajón, simboliza el Diablo y el Mal. Guardará ese valor simbólico en Moby Dick, que se escribirá diez siglos después.

Véase el artículo El Uroboros, pág. 200.

In document LA BIBLIOTECA DE BABEL Jorge Luis Borges (página 79-81)