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Más argumentos para el idealismo trascendental

El idealismo trascendental estaba en el núcleo de lo que Schopen- hauer tomó de Kant, y debe aceptarse al menos provisionalmente, aunque sólo sea el argumento como tal, si se desea seguir el desarrollo de su filosofía. Pero para muchas personas incluso esto constituye un obstáculo, dado que su actitud ante él es inflexiblemente despectiva. De manera que antes de continuar, es necesario exponer un análisis más profundo del idealismo trascendental, no con la intención de con­ vencer al lector de su verdad, sino con la intención de convencerle de que no ha sido estudiado seriamente, fundamentalmente por dos razo­ nes: en primer lugar, es un argumento por lo general mal comprendi­ do, y por lo tanto presentado, falsamente, como un argumento que se ha estudiado detenidamente, especialmente en el mundo de habla in­ glesa; en segundo lugar, tanto el argumento como su mala interpreta­ ción tan extendida son profundamente complejos y contrarios a la in­ tuición. Comencemos por eliminar estos dos obstáculos.

He oído a muchos filósofos en Gran Bretaña, incluso a algunos muy dotados, afirmar que según el idealismo trascendental «todo existe en una mente, o en las mentes», o «la existencia es mental». Se trata de un error radical. No es lo que decían Kant y Schopenhauer, ni lo que creían. Por el contrario, ambos creían que la realidad subyacente de la que nos apartaba la superficie variable de nuestras experiencias contin­ gentes y efímeras, existía en sí misma, independientemente de la mente y de sus percepciones o experiencias. Si la realidad fuera exclusivamen­ te la percepción, o exclusivamente la experiencia, presumiblemente nos sería posible abarcarla exhaustivamente en la percepción o la expe­ riencia, conocerla completamente, sin dejar nada de lado. Pero no es así, y el objetivo fundamental del idealismo trascendental está conteni­

do en la idea de que si bien nos es posible percibir o experimentar o pensar o considerar sólo en categorías cuya posibilidad, naturaleza y lí­ mites estén determinados por nuestro aparato, lo que exista no puede existir en sí mismo en términos de esas categorías, porque la existencia como tal no puede estar comprendida en categorías de ninguna mane­ ra. Esto debe significar que de un modo no fantasmagórico y no in­ comprensible, aquello que existe independientemente de la experien­ cia debe ser en toda su naturaleza diferente del mundo de nuestras re­ presentaciones. Pero dado que el mundo de nuestras representaciones es el único mundo que conocemos — y el único que podemos cono­ cer— es casi irresistiblemente difícil no tomarlo por el mundo tout

court, por la realidad, lo que hay, el mundo como es en sí mismo. Esto

es lo que todos nosotros hacemos, es la visión de sentido común de las cosas, y sólo una reflexión profunda y sofisticada puede liberarnos de ella.

Es una tautología decir que el mundo tal y como lo percibimos y concebimos es únicamente algo que existe en términos de categorías dependientes de los sentidos y de la mente. Por esa razón, lejos de con­ siderar que dicha tautología es una tontería, todos deberíamos sentir­ nos obligados a aceptar su verdad. La cuestión es, si hay algo más que nuestras percepciones y concepciones. El realista de sentido común dice, «Sí, hay un mundo de existencia independiente al que correspon­ den nuestras percepciones y concepciones». Berkeley dice: «Sólo exis­ ten nuestras percepciones y concepciones, y las de Dios.» Kant y Scho- penhauer se diferencian sistemáticamente de ambos y dicen: «Nuestras percepciones y concepciones no pueden ser todo lo que hay, pero no pueden ser “como” lo que hay además de ellas, de manera que todo lo demás que exista no puede ser un mundo de existencia independiente que corresponda a ellas; sin embargo, dado que constituyen los límites de lo que podemos imaginar, no podemos formar ningún concepto de lo que hay además de ellas.» Sospecho que tenemos ante nosotros aquí los principales elementos de explicación de porqué una mala interpre­ tación radical del idealismo trascendental ha sido absorbida por la tra­ dición empírica. Es una tradición que se enorgullece de estar basada en la observación y el sentido común: hace suya la visión de sentido co­ mún del mundo y en consecuencia el error fundamental del realismo con el que todos crecemos. Así, es fácil ver cómo, cuando el idealista trascendental insiste en lo que en realidad es una verdad analítica, a sa­ ber, que toda nuestra concepción del mundo está en categorías menta­ les que no pueden aplicarse a nada independientemente de la concien­ cia, un empirista que cree que el mundo de la experiencia real y posible es todo lo que existe, puede pensar que está diciendo que nada existe independientemente de nuestras mentes. Esta interpretación se ve re­ forzada por el hecho de que los idealistas trascendentales utilizan tér­

minos como «mundo empírico» y «objeto físico» de acuerdo con sus propias presuposiciones y no aquellas de los empiristas: por «mundo empírico» se refieren no a la totalidad de lo que hay sino a la totalidad de las experiencias reales y posibles, lo que supone un uso más exacto de los términos; y mientras que muchos empiristas argumentarían que en el fondo todo se reduce a lo mismo, los idealistas trascendentales piensan que no es así. Y cuando hablan de «objeto físico» o de «objeto material» se refieren a un objeto tal y como figura en un mundo empí­ rico en su modo de entender el término. De manera que según su utili­ zación de los términos todo el mundo de objetos materiales es de hecho dependiente de la mente — pero sólo tautológicamente. Los idealistas trascendentales escriben en este estilo de una forma natural; pero sólo si compartieran las presuposiciones de los empiristas, cosa que no ha­ cen, dirían lo que los empiristas consideran que dicen. La tendencia del cmpirista a interpretar erróneamente se acentúa probablemente si el único filósofo idealista de cuya obra tiene un conocimiento acadé­ mico, y por lo tanto aquel de quien se derivan sus únicos conocimien­ tos sólidos del idealismo, es aquel rechazado por su propia tradición, a saber, Berkeley. Kant no sólo no fue berkeliano de ninguna manera, sino que la necesidad — de la que cada vez fue más consciente debido al modo en que se malinterpretó su primera edición de Critica de la razón

pura— de disociar su filosofía aún más claramente de la de Berkeley de

lo que lo había hecho, fue el motivo principal que le llevó a revisar el libro tan radicalmente como lo hizo para la segunda edición. En otras palabras, esa famosa revisión pretendía hacer frente precisamente al tipo de mala interpretación que sin embargo se ha perpetuado.

Después de doscientos años, sigue pareciendo que los filósofos em­ píricos parten de la presunción de que, en general, la realidad debe co­ rresponder a nuestra concepción de ella. La mayor parte de las veces no establecen ninguna distinción efectiva entre el mundo y nuestro sis­ tema del mundo, excepto en la medida en que tratan la discusión de este último como algo que sirve para la discusión del primero, como artículo de método. Conocen el argumento de la Ilusión1, por supues­

1 Este es el nombre que se suele dar a argumentos cuya finalidad es demostrar que las co­ sas no son, no pueden ser, siempre tal y como las percibimos. En la mayor parte de las cir­ cunstancias los objetos nos parecen más pequeños cuanto más lejos estén de nosotros, sin em­ bargo sabemos que su tamaño es constante; la torre de la iglesia parece roja durante la puesta de sol, sin embargo sallemos que es gris; desde todas las direcciones excepto desde un circulo parece una elipse; y así sucesivamente. I lay infinitos ejemplos de este tipo, casi todos ellos tri­ viales en si mismos, pero lo que demuestran no es trivial, a saber, que el mundo no es «real­ mente» como se nos presenta en la experiencia. E incluso un filósofo que esté inequívoca­ mente asentado en la tradición empírica encontrará, si sigue esa línea de reflexión el tiempo suficiente, que ello le conduce al dominio de lo incomunicable. Por ejemplo, Bcrtrand Rus- sell: «Se dice a veces que "la luz es una especie de movimiento ondulatorio”, lo cual es engaño­ so, pues la luz que vemos inmediatamente, que conocemos directamente por medio de nues­

to, y están de acuerdo en que las cosas no son en todos los sentidos como se nos presentan, pero tienden a pensar que las discrepancias en principio son todas susceptibles de una explicación racional, y que aparte de esas discrepancias el mundo debe ser en gran medida como lo percibimos, o de lo contrario no podríamos operar dentro de él con tanto acierto como lo hacemos. Lo que aún no se ha considerado, ni si­ quiera después de tanto tiempo, es que no hay un sentido inteligible en el que se pueda decir que nuestro sistema del mundo sea «como» el mundo es en sí mismo porque el primero sólo puede existir en térmi­ nos de categorías dependientes de la mente y de los sentidos y no bay

otros tipos de categorías a pa rtir de las cuales podamos hacer una comparación entre aquellos y e l mundo. E incluso dejando de lado la imposibilidad de la com­

paración, las categorías como tales sólo son aplicables a la experiencia, son formas de la experiencia: categorízan las percepciones, concepcio­ nes, y cualquier cosa que esté al alcance de nuestra conciencia y nues­ tro conocimiento; no es posible que sean rasgos de las cosas como son en sí mismas, independiente de la conciencia o del conocimiento. La principal conclusión a la que nos conducen esas consideraciones — que la realidad en si misma no puede ser lo que creemos que es, sino que sea lo que sea independientemente de lo que pensamos que es, es algo radicalmente inconcebible para nosotros— es, en mi opinión, inevitablemente cierta, y es el núcleo del idealismo trascendental, pero los empiristas no parecen haber comprendido correctamente ninguna de las dos cosas.

Considero que la idea de que todo existe en una mente, o en las mentes, o que la existencia es mental, es increíble — ni siquiera cohe­ rente— y contraria a la intuición. Esa idea es la falsa imagen que se suele tener del idealismo trascendental. Pero la idea correctamente comprendida también es contraria a la intuición. A pesar de que los ar­ gumentos que la defienden puedan formularse coherentemente, y a pe­

tros sentidos, no es una especie de movimiento ondulatorio, sino algo completamente dife­ rente, algo que conocemos todos si no somos ciegos, aunque no podamos describirlo de tal modo que comuniquemos nuestro conocimiento a un ciego. Al contrario, un movimiento ondulatorio puede ser perfectamente descrito a un ciego, puesto que puede adquirir el cono­ cimiento del espacio por medio del sentido del tacto; y puede tener la experiencia del movi­ miento ondulatorio casi tan bien como nosotros, por medio de un viaje marítimo. Pero lo que el ciego puede comprender, no es lo que nosotros entendemos por luz precisamente, cosa que el ciego no podrá nunca comprender, ni nosotros podremos jamás describirle.

Ahora bien: este algo, que conocemos todos los que no somos ciegos, no se halla, según la ciencia, en el mundo exterior; es algo causado por la acción de ciertas ondas sobre los ojos, los nervios y el cerebro de la persona que ve la luz. Cuando se dice que las ondas son la luz, lo que se quiere significar realmente es que las ondas son la causa física de nuestras sensaciones de luz. Pero la luz misma, la cosa cuya experiencia tienen los videntes y no los ciegos, la ciencia no supone que forma parte del mundo independiente de nosotros y de nuestros sentidos. Ob­ servaciones análogas son aplicables a las otras clases de sensaciones.» (Los problemas J e ¡a filaso- fia , pág. 32.)

sar de que nuestro entendimiento pueda aceptarlos, tratar la realidad como si realmente fuera como el argumento dice que tiene que ser nos resulta casi totalmente imposible a la mayoría de nosotros la mayor parte del tiempo. Sin embargo, lejos de ser una peculiaridad del idealis­ mo trascendental, lo mismo se puede decir de un empirismo coheren­ te. Hay un pasaje famoso hacia el final de la exposición que Hume hace de su epistemología en el que dice: «La visión intensa de estas contradic­ ciones e imperfecciones de la razón humana me ha afectado de tal modo, y ha turbado mi cerebro de tal modo que estoy dispuesto a re­ chazar toda creencia y todo razonamiento, y no soy capaz de considerar ninguna opinión ni más probable ni más posible que otras. ¿Dónde es­ toy o qué soy? ¿De qué causas puedo derivar mi existencia? ¿Qué favor he de agradecer y qué furia he de temer? ¿Qué seres me rodean? ¿sobre quién tengo influencia, o quién tiene influencia en mí? Estas preguntas me confunden y comienzo a imaginarme en la condición más deplora­ ble, rodeado de la más profunda de las oscuridades, y totalmente priva­ do del uso de cualquiera de mis miembros o facultades. Afortunada­ mente sucede que dado que la razón es incapaz de disipar estas nubes, la naturaleza misma sirve a tal fin, y me libra de esta melancolía y este delirio filosófico, ya sea relajando este estado mental, ya sea mediante una distracción, una impresión de mis sentidos que borran todas estas quimeras. Como, juego al backgammon, converso, y estoy feliz con mis amigos; y cuando, después de tres o cuatro horas vuelvo a estas especu­ laciones, aparecen tan frías y limitadas, tan ridiculas, que no siento de­ seo de profundizar en ellas»2. Aun así, como diría el mismo Hume («un verdadero escéptico será prudente ante sus dudas así como ante sus convicciones filosóficas»)3 no debemos dejar que el hecho de que algo sea contrario a la intuición nos lleve a pensar que es falso. Aquello que es contrario a la intuición es en sí algo que requiere una investigación filosófica, especialmente porque juega un papel de hecho muy importan­ te en el enfoque de las cuestiones metafísicas.

Entre los rasgos más elementales de la situación humana se cuen­ tan hechos como que estamos viviendo en la superficie de una bola gi­ gante que gira sobre su eje, y al mismo tiempo se precipita por el espa­ cio; que en el lado opuesto de la bola están otros que, en relación a no­ sotros, están al revés; que ellos al decir «arriba» se refieren a lo mismo que nosotros a pesar de que está en la dirección opuesta; y que en el es­ pacio como tal no puede haber un «arriba» y un «abajo» de ninguna ma­ nera. Supongo que ninguno de mis lectores discutirá ninguna de estas proposiciones. Sin embargo son profundamente contrarias a la intui­

2 David ñas 253-4.

3 ¡bid., págs. 257-8.

ción: todas ellas son notablemente difíciles, si no imposibles de com­ prender, especialmente la última. Los individuos que comenzaron a exponerlas — o a exponer las teorías que condujeron a ellas— fueron perseguidos como subversores de la religión o de cualquier otro orden establecido, o escarnecidos y considerados locos o lunáticos. Lutero se referia a Copérnico como «ese loco [que] desea invertir la ciencia de la astronomía». Incluso Bacon, un filósofo-científico de gran talento, consideraba que la teoría de la rotación de la Tierra era a todas luces basura indigna de un estudio serio.

Sin embargo, nuevas teorías como ésta daban origen no sólo a la ciencia moderna sino a la filosofía moderna: toda la tradición específi­ ca del pensamiento occidental se desarrolló a partir de la nueva visión del mundo de la que formaban parte. El empirismo de Locke que hoy en día puede parecemos burdo, elemental, de sentido común, incluye ideas que antes de la época de Locke habían sido ininteligibles para hombres de gran talento. En diferentes épocas importantes en el desa­ rrollo de la misma tradición había tendencias adelantadas que contem­ poráneos eminentes consideraban igualmente pasos hacia la fantasía. En resumen, la tradición intelectual de la que somos herederos, que tendemos a considerar más realista y práctica, está basada en ideas que, cuando fueron nuevas, fueron tan contrarias a la intuición como cual­ quier innovación justificada lo ha sido siempre. Lo que es más, a pesar de que áhora podamos suponer que es evidente por qué esas ideas fue­ ron contrarias a la intuición en principio, la evidencia se disipa si refle­ xionamos sobre ello. Esto queda reflejado en una famosa anécdota. «Al encontrar a un amigo en el pasillo, Wittgenstein le preguntó: “Di, ¿por qué siempre dice la gente que era natural que los hombres pensaran que el sol giraba alrededor de la Tierra en vez de que fuera la Tierra la que girara al rededor del sol?” Su amigo dijo: “Evidentemente, porque pare­

ce que el sol gira alrededor de la Tierra.” A lo que el filósofo contestó:

“¿Y cómo tendría que haber sido para que pareciera que la Tierra era la que giraba alrededor del sol?”» 4. De hecho la situación es todavía más confusa, porque hoy en día sabemos que la Tierra gira, y sin embargo nos es prácticamente imposible ver o sentir gran parte de nuestra expe­ riencia en base a la realidad de ese conocimiento. El resultado es que en nuestro pensamiento cotidiano irreflexivo la mayoría de nosotros aplicamos a todo nuestro entorno el mismo geocentrismo que nuestros remotos antepasados, que no conocían otra posibilidad.

Hay múltiples paralelismos entre la revolución conceptual llevada a cabo por Copérnico y el pensamiento de Kant, paralelismos que el mismo Kant señaló. A los que señaló, se podría añadir un paralelismo similar en el modo en que las dos teorías fueron acogidas. El idealismo

trascendental se topó con el mismo desprecio e indignación por parte de personas inteligentes, la misma presunción abiertamente declarada de que era tan claramente contrario a la intuición que podía declararse erróneo sin discusión; e incluso cuando es respetado y comprendido —de hecho, incluso cuando es aceptado— sigue siendo tremenda­ mente difícil admitir que uno realmente experimenta las cosas de acuer­ do con lo que la teoría afirma. Obviamente de estos paralelismos no se sigue que porque la teoría heliocéntrica de nuestro sistema planetario haya resultado correcta el idealismo trascendental también sea correc­ to; pero sí se sigue que estas consideraciones particulares contra él no constituyen buenos argumentos. Puede ser que la verdad acerca de cualquier rasgo de nuestra situación sea casi insuperablemente contra­ ria a la intuición. De hecho hoy sabemos que un considerable número de verdades fundamentales — tal vez, en un determinado sentido, la ma­ yor parte de ellas, incluso aquellas que ya he especificado— lo son. Schopenhauer ofrece una explicación de porqué es así, a la que me re­ feriré más adelante. Entre tanto, si se da el caso de que una teoría con­

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