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3. El tres como una constante en oralidad

3.4. México

Con el crecimiento de México como nación se van consolidando los historiadores y aunándose los escritores en esta metrópoli que empieza a despuntar como la gran impresora de textos. Los autores de fines del siglo XIX y comienzos del XX van a esta ciudad para relacionarse con lo mejor de la literatura de aquella época.

Además de darse un intercambio cultural y de dar a conocer los relatos de autores latinoamericanos, México aporta con grandes recopiladores de historia como fueron: Guillermo Prieto (1828-1897), que se hizo famoso con el seudónimo de Fidel en las “Memorias de mis tiempos” (tomo primero, 1828-1840).

Prieto nos recuerda que era lo que llamaba la atención de los niños mexicanos en aquellos años:

Los títeres de la calle de Venero, en donde se llevaba el arte a toda su perfección, me sacaban de quicio; materialmente me endiosaban. Aquel negrito enamorado y batallador que desenlazaba a puntapiés todas las escenas, aquel Don Folías que prolongaba el pescuezo y la enorme nariz, con asombro de los niños; aquella Mariquita, querida del Negrito, dulce con el prójimo, bailadora y gazmoña; aquel Juan Panadero que tenía ciertas inconveniencias con el público y aquellos coristas rezanderos y santurrones frente al guardián, y pícaros fandangueros y tremendos de desvergüenza en su ausencia, eran para mí seres reales, amistades entrañables, afectos a que me habría sacrificado gustoso (citado por Bravo-Villasante,1966, p. 460).

Estos personajes del arte popular empezaban a darle identidad propia a los relatos mexicanos y de a poco se iban desprendiendo de las versiones europeas, que a su vez tenían sus raíces en Grecia, Egipto y China; cunas de los primeros relatos que se regaron por el orbe para ser contados de generación en generación hasta enraizarse en cada pueblo.

Los primeros escritos pensados para los niños tuvieron su función pedagógica y fueron el punto de partida para llegar a los grandes cuentos que tenemos ahora. Profesores ilustrados como: José Joaquín Fernández Lizardi (1776-1827) que escribió una de las primeras novelas de la región, “El Periquillo Sarniento” en 1816.

Otro gran educador fue José Rosas Moreno (1838-1883) a quien se lo conoció como el poeta de los niños por su gran preocupación de dar a los niños una lectura propia. Bravo- Villasante (1966) rescata la siguiente información:

Escribió Rosas un periódico para los niños titulado “La edad feliz”, y más tarde otro, “Los chiquitines”. Para el teatro, la obrita “Sor Juana Inés de la Cruz”, en 1876, el primer ensayo que se ha realizado en Méjico de teatro infantil (p. 461).

Pero tenía que nacer un hombre con una sensibilidad profunda; con un arraigamiento inquebrantable a pesar de las costumbres foráneas; con una visión futurista sobre la relación hombre – naturaleza y, sobre todo, con una vivencia plena de lo que contaría en sus relatos. Bravo- Villasante (1966) lo recuerda así:

Altamirano “El indio” (1834-1893): Aquel hombre del pueblo, criado en su primera infancia como un salvaje, viviendo en la naturaleza, suelto por los campos, y luego de pronto estudiante sumergido ávidamente en las lecturas, señaló los caminos de la literatura mejicana, y muy especialmente la de los niños. Según él, los poetas de América debían desprenderse de la influencia francesa y española, y debían cantar los Andes, sus pampas, la plata y, a la sombra del ombú, los bosques inmensos (p.462).

Los relatos de Altamirano crearon una corriente cuentística que se mantiene hasta nuestros días y es que sus obras hablan de los ruiseñores y de los volcanes poblados de fantasmas. Defendió con sus palabras los que otros pretendían lograr con la fuerza: el afianzamiento de la cultura mexicana en los herederos de los nuevos procesos educativos.

José Martí lo conoció y ayudó a difundir sus pensamientos, cuando murió El indio escribió estas palabras:

Cuando la guerra; cuando se tuvo y desperdició el primer cariño de América por los héroes cubanos; cuando en una fiesta de circo las mexicanas, como cubanas, regalaban sus joyas para ayudar a la independencia de Cuba; cuando la América sagaz veía ya en la independencia de Cuba, la de nuestro continente, inseguro sin ella, o con ella, por lo menos mucho más seguro, un mexicano de raza india nos amó

y nos proclamó; un mexicano que ha muerto. El gesto imperante de Ignacio Altamirano parecía decretar, faz a faz de la historia, la suerte de una familia de pueblos libres (¶ 2).

La voz de Altamirano no se apagó porque muchos tomaron la posta y siguieron su ejemplo, así lo hicieron: Juan de Dios Peza (1852-1910) que escribe las “Tradiciones y leyendas mexicanas” y las famosas “Leyendas de las calles de México”; Alfredo Ibarra “Cuentos y leyendas de México” (1941); Pascuala Corona (seudónimo de Teresa Inturbide castello) “Cuentos mexicanos para niños” (1945); Blanca Lydia Trejo, “Cuentos y leyendas indígenas para los niños”. José Peón y Contreras (1843-1907) “Romances históricos mexicanos”; José María Roa Bárena “Leyendas”.

Estos relatos empiezan a calar en los recuerdos del pueblo mexicano y se van enriqueciendo con el gran aporte de los escritores que van cediendo a escribir esas narraciones de las casas. Así lo recuerda el escritor Antonio García Cubas en “El libro de mis recuerdos” :

Al reunirse los mayores en tertulias y para jugar al tresillo y a la malla, las criadas entretenían a los niños con historietas y consejas. Alguna anciana, rodeada de muchachas y de niños refería: “cuando bien librados salen los oyentes las aventuras de Pulgarcito, de la Caperucita encarnada, del Gato con Botas y de otros protagonistas de los Cuentos de Perrault, pues las más veces, la buena señora adopta para temas de su narración tradiciones terroríficas, como la de Don Juan Manuel, la Llorona, la Mulata de Córdoba y el Coche de Lumbre, o bien hechos criminosos, como los asesinatos de Dongo a fines del siglo XVIII o espeluznantes, como el “El Manto Verde de Venecia” o las patrañas, que, por vía de ejemplo, se mantienen vivas, y en las que figura como actor principal, unas veces el diablo con cola y cuernos, y muertos por las azoteas, brujas, “nahuales” que chupaban la sangre a los niños” (Citado por Bravo-Villasante,1966, p. 464).

La riqueza de la oralidad mexicana es muy extensa y se empieza a dar con el asentamiento de esa gran civilización que fueron los aztecas, quienes nutrieron las primeras fuentes orales para dejarle al mundo posterior su legado cultural, su gran riqueza mítica y tan llenas de leyendas donde la naturaleza y el hombre forman un solo cuerpo, una sola voz. El canto del jaguar y el volar de los papagayos se extendió por los aires y voló por el resto del continente donde se escucharon estas historias y se mezclaron con las propias.

Es la nostalgia que sienten los escritores de querer estar en esa tierra mágica para empaparse de tanta información y poderla compartir con la humanidad, unos lo lograron, otros están en proceso y algunos como Blanca Lidya Trejo lo añoran:

Yo hubiese querido recorrer todo México, dueño de indescriptibles leyendas. Llegar a los ranchos perdidos en las sierras, donde la imaginación fecunda del hombre del campo ha creado multitud de seres con quienes comparte el milagro del maíz y la amapola; descender a la serenidad de sus valles, donde el paisaje, húmedo a veces, otras cálido, tiene perennidad de cafeto o de nopal, pero en cuya policromía hay ecos del llanto de la diosa Cihuacoath y que ha llegado a nuestros días con el nombre de la “Llorona”. Blanca Lydia Trejo (Citado en Bravo-Villasante,1966, p. 465).