Parte III. Romanticismo y reconciliación
Capítulo 3. Magali Luque: el amor descontrolado
Esta es la tercera cantautora sobre la que se realizará el análisis de lo femenino. Magali Luque (43) es músico profesional y estudió formalmente Dirección Coral y Contrabajo en el Conservatorio Nacional de Música. Tocó durante algún tiempo con la Orquesta Sinfónica Nacional y fue fundadora de Sándalo, una de las primeras bandas de rock femenino en Lima. Actualmente es directora del coro del Colegio de Ingenieros, es multiinstrumentista y domina de manera autodidacta el bajo, el chelo, la flauta traversa, la flauta dulce, la guitarra, el cajón peruano, el dan bau (instrumento vietnamita) y cualquier otro instrumento que le provoque investigar. Además de ser cantautora, compone música instrumental para teatro y es actriz en montajes de teatro infantiles.
Esta artista, a diferencia de las dos anteriores, tiene una propuesta musical mucho más lúdica y variada porque explora distintos géneros e instrumentos musicales. Podemos decir que su estilo es ecléctico y creemos que esta exploración obedece a múltiples factores vinculados con el talento de la artista y con su curiosidad innata por desarrollar nuevas formas de expresión.
Sin embargo, asociamos también sus características a un modo especial de nombrar o representar afectos como la pasión, el amor y el odio, que en muchas de sus canciones se viven de forma desmesurada y lindan con lo trágico o lo cómico. La música y las imágenes que Luque produce son formas de describir vivencias donde los límites racionales parecen poco claros y el lado “emocional” ocupa el primer lugar.
Por otro lado, esta artista también construye la subjetividad de una mujer que fluye como un sujeto nómade, que va por donde la vida la lleve sin aceptar quedarse fija en
un solo lugar. Sin embargo, a diferencia de Pamela Rodríguez, en la obra de Luque hay aceptación del caos, del exceso y de la crueldad, que además vive en ocasiones con regocijo. Los personajes femeninos que nos presenta son gestores del malestar.
Nuestra hipótesis es que, dentro del excesivo amor que la artista promulga (y exige), hay algo de lo femenino-ilimitado que se pone en juego. Así mismo, este amor no depende exclusivamente del partenaire masculino, sino que en muchos casos lo excede.
La contradicción básica
En una de sus creaciones titulada Canción básica27, la artista narra todo lo que le gusta, todo lo contradictorio, extremo y excesivo que hay. No existe un orden esperable. La canción se rige por una estructura musical conocida, aunque usa solamente dos notas (Re y Fa) y por eso el nombre de “canción básica”. Experimenta libremente con percusiones de todo tipo: tambores africanos, cajones, bombos y también con la voz. Hacia el final de esta obra nos presenta –a manera de fuga– un canto tribal con voces en dos octavas distintas y una melodía extraña, más gritada que cantada y que es, por lo tanto, catártica. Este recurso melódico funciona bien como cierre y es muy expresivo, lo que la hace proseguir con el registro de lo excesivo, lo inesperado y lo contradictorio. Un fragmento de la letra dice lo siguiente:
Me gusta oír mis latidos Me gusta oler el incienso Me gusta pintar paredes Me gusta prender el fuego Me gustan las cosas sanas Me gustan los vicios extremos
Me gustan los postres inmensos Me gusta el agua que no hiervo Me gusta cerrar mis ojos Me gusta mirar al cielo
27
Me gusta quedarme inmóvil Me gusta sentir con mis dedos
Me gusta reír fuerte Me gusta vengarme a veces Me gusta el desorden del orden El orden del desorden Me gusta el color sincero Los sonidos graves Me gusta la melancolía Me gusta la velocidad Me gusta el vértigo intenso Me gusta la infancia gratuita Me gustan las hojas que caen
Me gusta el lápiz que pinta Me gusta la mano que escribe Me gusta el silencio que canta Me gusta el ruido que llora
Me gusta el cuadro que habla Me gusta la mente que inventa Me gusta el árbol que crece Me gusta la madre que mira
Desde lo audiovisual, la puesta en escena es llamativa. La artista se presenta vestida con un traje de noche largo de color melón y no abandona sus característicos lentes negros de carey. Ella es una dama cercana a las princesas de los cuentos de hadas. Ella canta y exige al público ser escuchada con atención, tanto desde lo extravagante de su propuesta musical y vocal como desde su performance llena de movimientos erráticos y saltitos naif (que nada tienen que ver con una princesa tradicional).
Esta actitud nos hace dudar si el vestido es parte de su forma de construir lo femenino o si es un cuestionamiento de la representación más clásica de lo mismo. Notamos que se trata de una imagen que, si bien rompe con la representación clásica de lo femenino, al mismo tiempo la expande. No la cuestiona directamente pero sí mueve los límites de esta representación clásica con un elemento sencillamente transgresor: los lentes de carey junto con el vestido de princesa. Esto también lo interpretamos como una manera honesta de representar lo femenino porque no se esconde: se muestra. De esta combinación de lentes y vestido de princesa surge la identidad particular de esta artista y sus canciones como producto.
Regresando a la letra de la canción, notamos que la identidad del personaje es flexible, sin una estructura esperable. ¿Qué tiene que ver el agua que no hierve con los postres inmensos, la melancolía con la velocidad o la mente que inventa con la infancia gratuita? El punto en común de estas frases y lo más resaltante es la autoafirmación del sujeto femenino, que hace una suerte de manifiesto por todo aquello que acapara su interés. De todas estas cosas, hay algunas que queremos destacar y que nos parecen temas reincidentes en su obra: la venganza, el exceso y el desorden, temas que se articulan en el encuentro amoroso y en los que ella pone de manifiesto algo de su subjetividad.