La imagen proyectada sobre la pantalla mostraba el perfil del ingeniero y del constructor,
enfrentados. Los atributos del hijo eran los defectos del padre. Él era joven, el padre viejo. Él era la nueva Argentina, el padre el pasado. Él era el hombre brillante con mundo, el padre el inmigrante ignorante. Él era el presidente de Boca, el padre el dueño de todas las empresas. Él nunca había sido político. El padre había sido menemista.
Roberto Vilensky, asesor para la construcción de su imagen, explicaba con detenimiento la estrategia.
Era imposible pensar siquiera en comenzar a diseñar un camino hacia la Casa Rosada si no lograba despegarse de la imagen de la empresa que había estado involucrada en negocios y
negociados con los diferentes gobiernos en los últimos veinte años pero, sobre todo, con la dictadura militar y el desprestigiado gobierno menemista.
La primera tarea de Mauricio Macri frente a la opinión pública era convencerla de que se había hecho grande recién al asumir como presidente de Boca Juniors. Antes de eso, los negocios y las alianzas políticas eran de su padre, el gran responsable de todo lo que acontecía en las empresas.
La decisión de comenzar a transitar su propia senda, primero en Boca pero luego en la política, iba a hacer eclosionar esa mezcla de competencia, admiración, juego de roles en que el hijo era el delfín pero también el que nunca podría llegar; el que había sido preparado desde muy niño para heredar, pero el que era desacreditado públicamente en cada ocasión que se presentaba; heredero y boicoteado al mismo tiempo.
En silencio, Gregorio Chodos, José Torello, Juan Pablo Schiavi, Gregorio Centurión y Pedro García observaban la reacción de Mauricio.
Sobre la última imagen, una propuesta.
—Mauricio tiene que viajar a Cuba, y decir que va a conocer el sistema de salud, que sabe que es bueno, aunque tenga diferencias sobre la falta de libertades...
Vilensky estaba intentando explicar el leitmotiv de la idea cuando una voz surgió potente del fondo del salón a oscuras.
—Nunca, jamás... Mientras Franco viva, nunca un Macri va a pisar Cuba. Centurión había transmitido un mensaje inapelable.
El cartero
El esfuerzo por separarse de los negocios de la Familia se volvió una obsesión en el caso de la privatización del Correo, uno de los paradigmas de las concesiones otorgadas en forma directa por el menemismo a un grupo que en apenas tres años terminó despidiendo 10.000 trabajadores, en quiebra, con una deuda millonaria con el Estado y teniendo que ser recuperada por el gobierno.
—Yo ya estaba en Boca cuando mi viejo me llamó para preguntarme si agarraba lo del Correo. ¿Para qué me preguntás, si vas a hacer lo contrario de lo que te diga?
Mauricio Macri se ríe de su propio chiste. Toda la conversación se salpica inevitablemente de alusiones a los conflictos con su padre. A sus contradicciones y sus peleas.
—Pero insistió. Así que le dije, dale contame. Ahí me dijo que le habían prometido sacar una ley para prohibir el correo privado y los motoqueros, y unificar los gremios. Había más de 80 gremios, era imposible. Le avisé, no agarrés hasta que no lo saquen. No lo van a hacer. El ministro de Trabajo era Erman González, que era de Yabrán... Pero obvio, no me hizo caso y agarró. Un desastre.
La explosión del desmanejo del Correo, su quiebra y su reestatización ocurrió precisamente en el momento en que Mauricio se lanzaba a la arena política bajo la idea de la transparencia y la
eficiencia, dos principios imposibles de sostener apenas se observaba con cierto detenimiento la gestión del Correo.
Durante veinte años Franco culpó a Mauricio de todo lo malo que sucedía en sus empresas y sus negocios. Mauricio comenzó pronto a sentir que Franco era el gran responsable de todos sus
problemas en el camino de la política. El padre lo consolaba, lo recibía después de las derrotas, lo maltrataba pero lo apañaba, le daba siempre una nueva oportunidad. Siempre y cuando estuviera dispuesto a ser el heredero. El hijo comenzó a sentir que el padre era su maldición. O era el Delfín o nunca sería nadie.
—Yo entonces era presidente de Boca —insiste Mauricio—, no tuve nada que ver...
Una postura difícil de explicar si se tiene en cuenta que no sólo era miembro del directorio del Correo, sino que la estructura del negocio se armó aquel verano en Manantiales, y en su casa de Barrio Parque se realizó buena parte de las reuniones con los empresarios socios y con el gobierno menemista, en las que se decidió la concesión.
Pero, además, los hombres clave tanto desde el Grupo Macri como desde el gobierno menemista eran en ese momento, y lo serían luego, incluso en su gobierno, el equipo de gestión y política de Mauricio Macri.
Las negociaciones por parte de la empresa fueron llevadas adelante por Orlando Salvestrini y Andrés Ibarra que, en el mismo momento en que participaban del directorio del Correo, eran tesorero y gerente general de Boca Juniors.
En el gobierno menemista hubo dos grandes artífices de los contratos, las resoluciones y los decretos cuestionados luego por la Oficina Anticorrupción y la Justicia. Uno fue el viceministro de Trabajo, luego ministro, José Uriburu, un abogado que había litigado por las empresas del grupo en varias ocasiones y que se convertiría con el tiempo en el aglutinador político del peronismo que acompañó a Mauricio Macri y en su socio en un emprendimiento agropecuario. El otro fue Germán Kammerath, secretario de Comunicación y luego intendente de la ciudad de Córdoba. Kammerath había compartido con Macri las filas de la UCD y su ceremonia de asunción como intendente de Córdoba sería uno de los primeros actos políticos en los que se presentaría ya como eventual candidato.
Un dirigente peronista pampeano, Raúl Carignano, solía recordar el viaje en que acompañó a Mauricio Macri en diciembre de 1999 a presenciar la asunción de Kammerath como intendente de la ciudad de Córdoba. «Estábamos llegando a la ciudad y teníamos previsto entrevistamos con José Manuel de la Sota. Entonces se me ocurrió decirle:
»—Cuidado con éste, Mauricio. Hace de encantador y es el tipo más malo que conozco. «Mauricio se recostó sobre el respaldo del asiento del auto, entrecerró los ojos y sonrió. »—Olvídate, me crié al lado del más encantador y más malo del mundo. Mi viejo.»
La privatización del Correo era uno de los grandes objetivos del Grupo Macri desde que
comenzaron a participar del gobierno menemista. La reconversión de SIDECO había dado impulso a las empresas de comunicaciones dentro del grupo, que se habían planteado como objetivos estratégicos los aeropuertos, los medios de comunicación y el correo.
Orlando Salvestrini estaba a cargo de ITRON, LA compañía que debía ser reconvertida para quedarse con el correo privado.
Salvestrini explica con claridad la estrategia del grupo: «En ITRON habíamos analizado
cuidadosamente las posibilidades que ofrecía el Correo. Con 6.500 oficinas diseminadas en todo el país, podíamos tener la mayor red de distribución de la Argentina. El Correo era la única
organización con capacidad para llegar a todos y cada uno de los argentinos, al menos —en
promedio— una vez al año. Si en esos contactos, a lo largo de un año, se les pudiera vender «algo» por diez pesos, con ese algo, multiplicado por 35 millones de habitantes, teníamos un potencial de ventas incalculable. Era, verdaderamente, un desafío intelectual, un acicate a nuestra creatividad». 43
El breve y escandaloso desembarco del Grupo Macri en el Correo Argentino fue un fracaso para la empresa, una estafa para el Estado y uno de los ejemplos de la forma arbitraria y oscura pero además ineficiente en que se llevaron adelante las privatizaciones durante el gobierno de Carlos Meném.
El trámite fue confuso y complejo y terminó en un fraude económico y financiero por el cual el Estado debió volver a hacerse cargo de la empresa casi en quiebra y luego de que ésta incumpliera con todos los términos del contrato.
Mauricio Macri ya aspiraba para entonces a ser jefe de Gobierno y por eso intentó siempre tomar distancia del tema, señalando que para entonces él ya era presidente de Boca Juniors y que no tenía ninguna participación en los negocios de su padre.
Sin embargo, es precisamente el Correo, y el rol de Salvestrini en esa privatización, la muestra más clara sobre la forma en que se llevaban adelante los negocios en la familia.
Para entonces, Salvestrini ya se había convertido en un íntimo amigo de Mauricio, con quien había diseñado la propuesta para la privatización de Obras Sanitarias, que finalmente perdió. Una vez más, Franco debía buscarle una ocupación a su joven mimado y decidió ponerlo al frente del
holding informático dentro del grupo SOCMA. Esto implicaba quedar a cargo, entre otras empresas menores, de ITRON, la compañía que nucleaba los mayores contratos con el gobierno de la ciudad de Buenos Aires: UTE de Rentas, Sistemas Catastrales y Pago Fácil (SEPSA).
Mauricio Macri y Orlando Salvestrini eran inseparables en esos años, los últimos de la década del noventa. Salvestrini estaba eufórico y entusiasmado llevando adelante la transformación de ITRON. Mauricio había dejado la vida trasnochada del primer tiempo después de su divorcio y comenzaba su relación con Isabel Menditeguy. A los dos los unía la pasión por los negocios y por Boca Juniors.
Pero era, además, la mano derecha de Mauricio en Boca. Allí fue tesorero, director del equipo de básquet y presidente de Boca Crece S.A., la empresa armada para manejar el marketing del equipo.
Macri vs. Macri podría haber sido un buen slogan para la campaña si no fuera tan lejano de la realidad. Decidido a contar su protagonismo en la historia de SIDECO Y de Boca al mismo tiempo, Salvestrini relata esta anécdota en su libro sobre el proceso de reconversión de ITRON.
«Desde hacía varios meses veníamos tratando de establecer contacto con un poderoso dirigente de una obra social. Todos los canales que activamos no habían tenido éxito hasta el momento. Era, lo que se dice, un tipo difícil. Pero todo tipo duro tiene su flanco débil, y en el caso de él, era el fútbol. De manera que desarrollamos un plan que consistía en una invitación que le hizo Mauricio Macri a su oficina en La Bombonera. El motivo no estaba aclarado pero, dado el lugar y quién lo invitaba, se
podían hacer suposiciones. (...) Antes de las cinco estábamos en el despacho de Macri con el discurso preparado. Mauricio avisó que llegaría demorado porque estaba en otra reunión. (...) A continuación, sin inmutamos, nosotros empezamos a derivar la conversación hacia el tema que nos interesaba, que era IMED. En este punto el hombre explotó por fin y rompió su silencio. Yo fui engañado, vine aquí a hablar de fútbol con Macri ¡y resulta que me estaba esperando para venderme un servicio! La cosa parecía que iba a pasar a mayores cuando, de pronto, Mauricio entró
providencialmente al despacho, y en menos de diez segundos rompió el clima. ¿Cómo? Hablando de fútbol. Con el interlocutor felizmente relajado, la charla fue derivando naturalmente hacia el punto que nos interesaba tratar». 44
Salvestrini cuenta también que fue quien convenció a Franco Macri de presentarse para la licitación del Correo. «Franco me miró con un brillo en los ojos. Al rato me autorizaba a presentarme en la licitación.»
Mauricio Macri protesta. «Y eso qué tiene que ver... Es lógico, era mi amigo, fanático de Boca, cuando dije me voy a Boca me dijo te acompaño... por qué le iba a decir que no.»
La llegada al Correo por parte del Grupo Macri puede ser tomada como un ensayo general del equipo que luego iba a hacerse cargo del gobierno de la ciudad de Buenos Aires.
Orlando Salvestrini como presidente y Andrés Ibarra como gerente general se encontraron de pronto con conflictos y situaciones que nadie había previsto en los ensayos de laboratorio en que pasaban los power point mostrando cómo transformarían la Empresa Nacional de Correos y Telégrafos en un correo moderno, informatizado y con poco personal.
«Eran ochenta y seis gremios... imposible trabajar así. Arreglabas con uno y te peleabas con el otro. El gobierno había prometido unificarlos... era imposible.» Efectivamente, acostumbrados a trabajar con la poderosa Unión Obrera Metalúrgica o con la Unión Obrera de la Construcción, los Macri descubrieron de pronto el entramado del Estado, donde convivían los gremios propios de la actividad con los sindicatos de los trabajadores estatales.
El apuro por entregar la privatización del Correo y salir del escándalo público en que se
encontraba inmerso el gobierno menemista antes de las elecciones de setiembre de 1997 —donde de todas maneras se impondría la oposición marcando ya el declive del gobierno de Carlos Meném— lo llevó a otorgarle al Grupo Macri todo lo que le solicitaba.
Tal como relata Mauricio Macri, el gobierno se comprometió a terminar con la desregulación del mercado postal que había comenzado apenas asumió. Un decreto permitió entonces que cualquiera que quisiera llevar adelante un servicio postal lograse la habilitación con sólo inscribirse en un registro y pagar 5.000 pesos.
La inconsistencia del gobierno menemista solía quedar al descubierto en esas situaciones. Mientras algunos funcionarios de segunda línea llevaban adelante a ultranza la biblia
neoconservadora, los principales ministros y la Familia del presidente Meném tenían que cumplir con los acuerdos previamente pactados. Como le sucedió a Macri cuando se encontró con la apertura de las importaciones de automóviles sin arancel, así también Alfredo Yabrán —que había armado a su medida el primer proyecto de ley de privatización de aeropuertos y correos— se encontró de pronto con una desregulación inédita del mercado.
En el primer año, pusieron en marcha un plan de despido masivo de trabajadores mediante un programa de retiros voluntarios por el que el Correo redujo su dotación en 10.000 empleados. Para eso, utilizaron los fondos que se habían comprometido en el contrato de concesión a aportar como inversión de capital. En el balance contable del primer año de gestión, la empresa hizo figurar como inversión 100 millones de dólares que había usado en realidad en el despido del personal.
Para llevar adelante el plan de despido y poder presentar las indemnizaciones como parte de la inversión de capital planteada en el contrato contaron con la colaboración del viceministro de Trabajo, José Uriburu, y el secretario de Comunicación, Germán Kammerath.
Uriburu había sido el principal teórico y defensor dentro del gobierno de la reforma laboral que permitió la flexibilización de las leyes que regulaban la relación de los trabajadores con el Estado y las empresas para permitir así que en el marco de las privatizaciones se pudieran realizar despidos masivos.
Cuando Mauricio Macri sostiene «eso lo tenía que arreglar Erman González, que era el ministro de Trabajo y era de Yabrán» dice dos verdades a medias. Para ese momento, ya Yabrán había muerto y sus empresas eran socias de las del Grupo Macri. Pero, además, las cuestiones del Correo en el Ministerio de Trabajo eran llevadas por Uriburu, y no por González. Quien, además, debió renunciar y dejar su lugar a su segundo a mediados de 1999 acusado de estar usufructuando una jubilación de privilegio en La Rioja mientras era funcionario del gobierno nacional.
Mauricio tenía una larga relación con Uriburu, a quien conocía de sus destinos anteriores en el gobierno: había sido presidente de la Petroquímica Bahía Blanca, de la mano del salteño Humberto Romero, y síndico del Banco Central. Desde allí, motorizó un régimen especial denominado Régimen Alternativo de Pagos, que permitía cancelar deudas financieras con la contrapartida de grandes
quitas.
En su actividad privada, Uriburu era presidente de Biblos, una empresa fantasma uruguaya subsidiaria del Banco General de Negocios, propiedad de Carlos Rohm, responsable del vaciamiento de ese Banco y que terminó procesado. Pero de ese paso por el Banco General de
Negocios nacería una sociedad compartida por Uriburu y Mauricio Macri hasta muchos años después y que constituyó la primera inversión agropecuaria del luego jefe de Gobierno: la Sociedad Pastoril Santiagueña.
La mayor propiedad de la Sociedad Pastoril Santiagueña está constituida por 40.000 hectáreas para la cría de ganado que pertenecían al tradicional Grupo Inchauspe y que Uriburu compró
mediante una sociedad panameña, Maid Investment Corporation, con la mediación del entonces presidente de la Asociación Mutual Israelita, Rubén Beraja, y una hipoteca firmada directamente por Rohm en nombre del Banco General de Negocios. La compra fue judicializada por una de las
herederas del grupo Inchauspe, quien denunció presiones y estafas pero luego de varios fallos favorables llegó finalmente a la Corte cuando todavía funcionaba la mayoría automática del menemismo.
Uriburu sería luego el operador político de Macri en su intento por aglutinar al peronismo detrás de su candidatura y su socio en la Pastoril Santiagueña, uno de los pocos emprendimientos que aún figuraban en su declaración jurada cuando ya era jefe de Gobierno. «Me retiré de la vida empresaria y estoy justamente en el tema de la ganadería en Santiago del Estero. Soy socio de José Uriburu, que es un viejo inversor en la provincia. Seguimos trabajando en la cría de ganado de exportación en el establecimiento Pastoril Santiagueña. Estamos en unas 20.000 cabezas y tenemos idea de
incrementarlas en un 20%», declaraba en el 2006. En su declaración jurada como jefe de Gobierno reconocía una inversión en acciones en Pastoril Santiagueña de 2.645.100 pesos.
Como viceministro de Trabajo del gobierno menemista, Uriburu se encargó de facilitar el ingreso del macrismo al Correo.
Desde allí, impulsó una reforma laboral y previsional que permitiera hacer más flexibles los contratos de trabajo, y más sencillo para la empresa el despido de trabajadores. Impulsó también los decretos que buscaron la equiparación de los trabajadores del Correo con los empleados de las
empresas privadas, unos de los reclamos centrales de Mauricio Macri.
El Correo fue la primera privatización en la que debieron hacerse cargo de gestionar una empresa estatal, con su infraestructura y su personal. Tanto en el caso de peajes como en el del gas, lo único que debieron hacer fue trasladar sus empresas de infraestructura a ese nuevo cometido, pero no «heredaron» trabajadores estatales.
Como los decretos de regulación de los trabajadores (que se negaban a dejar de estar
comprendidos en los convenios colectivos de su sector tanto como en el de estatales) se demoraran, Uriburu ideó junto a Macri y al secretario de Comunicación Kammerath un sistema de retiros
voluntarios que fueron en realidad el despido de casi 10.000 trabajadores.
Pero, además, convalidaron la operación permitiendo que fueran registrados en los balances de la empresa como «inversión en capital», deduciéndolo así de lo que se habían comprometido a invertir de acuerdo con el contrato original.
La maniobra derivó en una causa judicial que se prolongó por seis años, en la cual —como en el caso de las autopartes de SEVEL-Macri— Kammerath consiguió ser absuelto en primera instancia